Los Seis de Ventormenta - Capítulo 31
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Capítulo 31: El camino a Orgrimmar y un compañero risueño
Trinquete era un hormiguero de mala reputación. Como puerto comercial neutral de los goblins en la costa este de Kalimdor, el lugar bullía con una mezcla caótica de mercenarios de la Horda, aventureros de la Alianza con pocos escrúpulos y piratas que intentarían venderte tu propia sombra si te descuidabas.
El grupo se refugió en El Ancla Rota, una posada de techos bajos y vigas ahumadas donde el olor a ron barato y sudor de ogro era casi sólido. Mientras buscaban una mesa lo suficientemente grande para los siete, un carterista de dedos largos y rostro curtido vio en la mochila de Drazen una oportunidad de oro. Se deslizó entre la multitud con la gracia de una rata, pero antes de que su mano tocara el cuero, Drazen giró levemente el cuello.
No hubo grito, ni desenvainó acero. El medio dragón simplemente clavó sus ojos reptilianos en el ladrón. Una chispa de fuego antiguo pareció danzar en sus pupilas y un aura de depredador absoluto emanó de su figura. El carterista palideció, sus manos empezaron a temblar y, sin mediar palabra, se dio media vuelta y huyó hacia la calle como si hubiera visto al mismísimo Rey Exánime.
—Aún lo tienes, sobrino —rio Kalair, dándole una palmada en el hombro—. Esa mirada espanta hasta a las deudas.
La cena fue, por primera vez en mucho tiempo, un respiro necesario. Entre jarras de una cerveza local que Thrain juraba que servía para limpiar motores de asedio enanos, las historias empezaron a fluir.
Thomas, que siempre encontraba el momento menos oportuno para la agudeza, miró a Drazen mientras se ajustaba las gafas.
—Dígame, General… ¿Cuánto se lleva con Lady Jaina? Digo, su dama es joven, pero usted, con todo respeto… se ve más joven que yo.
Drazen soltó un suspiro. La verdad es que solo se llevaban cuatro años, pero por su sangre draconiana él envejecía muy lento. Antes de que pudiera responder, Sylvanas intervino con una sonrisa elegante, recostándose en su silla.
—La edad es un concepto muy flexible entre nosotros, pequeño sacerdote. Yo soy varios siglos mayor que Kalair, y me siento en la flor de mi juventud.
Lyra, que compartía una mirada cómplice con Alistair, se cruzó de brazos.
—Y yo le llevo miles de años a Alistair. ¿Acaso eso lo hace menos paladín?
Thrain soltó una carcajada estruendosa, golpeando la mesa con su jarra de cerveza.
—¡Por las barbas de Magni Barbabronce! ¡A mí no me importaría ser veinte años menor que una hermosa enana de Forjaz con una barba bien trenzada y brazos más fuertes que los míos!
La mesa estalló en risas. Pero el rostro de Drazen se ensombreció levemente cuando el eco de las carcajadas se apagó.
—La diferencia de edad con Jaina no fue un chiste para todos. Aunque es menos de lo que parece, creo que dejé de crecer a los quince años —confesó el medio dragón, mirando el fondo de su copa—. Fue un problema con su padre, el Almirante Proudmoore, y un detonante tremendo para el entonces príncipe Arthas. A veces me pregunto si mi presencia, ese recordatorio de que un “engendro” podía alcanzar lo que él deseaba, fue lo que terminó de empujarlo a la locura hasta convertirse en el Rey Exánime. Él siempre me trató de muchacho y de niño… y la verdad es que apenas me llevaba cuatro años con ellos.
El silencio que siguió fue denso, cargado por el peso de la trágica historia de Azeroth. Kalair le puso una mano en el brazo a Drazen, rompiendo el hechizo de melancolía.
—Nadie elige el corazón de otro, Drazen —dijo Kalair con suavidad—. Arthas eligió su propio camino de escarcha y muerte. Y… ¡¿cómo que cuatro años?!
—Los dragones envejecemos muy lento —explicó él encogiéndose de hombros.
Todos se miraron y terminaron por asentir, aceptando la extraña naturaleza de su líder.
Para aliviar la tensión, Alistair se olió discretamente la axila y arrugó la nariz ante la mirada burlona de los demás.
—¡No sé de qué hablan! Me baño dos veces al día, incluso en este barco lleno de pulgas. Me niego a aceptar que huelo a “axila de enano”, como dice Thrain.
Thrain soltó un bufido de desprecio.
—Muchacho, yo no he tocado el jabón en mi vida y huelo a tierra fresca y victoria. ¡Tú hueles a miedo y mofeta! ¡Eso espanta a los lobos!
Al amanecer, el humor de la taberna fue reemplazado por la rigidez del deber. El grupo se dispuso a abandonar la costa de Trinquete. No irían a caballo; en estas tierras, la montura por excelencia de la Horda eran los temibles lobos huargos, bestias masivas de pelaje gris y ojos inteligentes.
—Debemos movernos rápido hacia Orgrimmar —indicó Drazen mientras montaba su lobo con una agilidad natural—. Intentaremos contactar con Zeraki primero. Ella es nuestra mejor baza para entrar.
—¿Por qué no ir directo con el Jefe de Guerra? —preguntó Thomas mientras intentaba, sin mucho éxito, que su lobo dejara de morderle la túnica—. Thrall parece un orco razonable, según cuentan en Ventormenta.
Drazen esbozó una sonrisa torcida.
—Démoslo por una cuestión de diplomacia personal. Al Jefe de Guerra no le caigo especialmente bien. Dice que soy “demasiado joven” para tener tanto poder.
—¿Solo por eso? —insistió el sacerdote.
Drazen suspiró, espoleando a su montura para encabezar la marcha.
—Bueno… también está el hecho de que a Thrall también le gustaba Jaina antes de que ella y yo nos casáramos.
Todo el grupo se quedó en silencio un segundo. Luego, al unísono, asintieron con la cabeza y se encogieron de hombros. Con Drazen, a pesar de lo serio y letal que era, su vida personal siempre parecía una comedia de enredos.
El viaje a través de Los Baldíos era agotador, pero a lomo de los enormes lobos, la distancia parecía acortarse. Lyra cabalgaba al lado de Drazen, susurrándole indicaciones constantes para evitar los campamentos de los centauros y las rutas de patrullaje de la Horda. Necesitaban cruzar aquellas tierras en el más absoluto silencio.
—Gira a la derecha en el siguiente risco, Drazen. Pisadas suaves —le advirtió la elfa, notando cómo el lobo del general pisaba la maleza seca con demasiada fuerza.
Sylvanas, cabalgando justo detrás, soltó un suspiro divertido.
—Eres muchas cosas, Drazen: un guerrero legendario, un líder nato… pero sutil, definitivamente, no es una de ellas. Haces más ruido que un batallón de enanos marchando sobre escudos.
—¡Oye! —protestó Thrain desde la retaguardia—. ¡Los enanos somos muy sigilosos cuando nos lo proponemos! Solo que rara vez nos lo proponemos.
Alcanzaron el extremo norte de Los Baldíos, donde el paisaje árido comenzaba a teñirse de las sombras de los inmensos cañones de tierra roja de Durotar que rodeaban Orgrimmar. Decidieron desmontar y continuar a pie. Avanzaban agazapados cuando un sonido cortó la quietud de la sabana: un llanto. Un gimoteo agudo y desesperado.
Kalair se detuvo en seco. —¿Escucharon eso?
Lyra agudizó sus largas orejas y asintió. —Es una hiena. Un cachorro.
A pesar del peligro, Thrain apoyó su hacha en el suelo.
—Ah, por las barbas de mis ancestros… los cachorros no tienen la culpa de las guerras. No podemos dejarlo ahí.
Guiada por un instinto nostálgico, Kalair se desvió del camino. A los pocos metros encontró una escena dantesca: varios exploradores orcos muertos esparcidos por la tierra, y en el centro, el cuerpo inerte de una enorme hiena hembra. Debajo de la pata de la madre, asomaba un pequeño cachorro macho que apenas abría los ojos, gimoteando.
Kalair se arrodilló. Al mirar los ojillos asustados, el rostro de Hogger —el temido Rey Gnoll que se unió a los Valientes y se sacrificó heroicamente por ellos— cruzó por su mente.
—Los machos huérfanos no son bien recibidos por otras manadas —dijo Kalair con tristeza, extendiendo las manos. El cachorro se acurrucó contra sus palmas—. Me lo llevaré. Lo llamaré Hogg, en su honor. Y le daré los mejores jabalíes de este mundo.
Lyra sonrió. —Es precioso. Yo te ayudaré a educarlo.
Thomas retrocedió, aterrado. —Kalair, Hogger era un gnoll inteligente, un guerrero excepcional. ¡Esto es una bestia de verdad, te comerá la cara!
Thrain soltó una carcajada. —Tonterías. Con un poco de cerveza y unas buenas peleas a mano limpia, se arregla. El secreto está en morderles las orejas.
Sylvanas cruzó los brazos. —Eres lo suficientemente mayor para tomar tus propias decisiones, Kalair. Si quieres arriesgarte a que te devoren, es tu problema.
Drazen se frotó la nariz. —Yo tuve a mi huargo Uxor… pero una hiena salvaje es otra historia. Apurémonos, por favor.
Ignorando las advertencias, Kalair acomodó al pequeño Hogg contra su pecho. Poco después, divisaron una fogata en un desfiladero: la señal. Al acercarse, el grupo desenvainó por instinto.
Zeraki, la imponente guerrera orca de Xera, estaba sentada tranquilamente limpiando su hacha. A su alrededor yacían los cadáveres de varios troles de la arena.
Al reconocer a Kalair, los fieros ojos de Zeraki se iluminaron. Se puso de pie y caminó hacia ella.
—Cuando Drazen me dijo que venías, no lo pude creer —sonrió la orca—. Es inmensamente feliz verte de nuevo, Kalair Zad. El Primer Amor de la Muerte.
Ambas se fundieron en un abrazo profundo. Luego, Zeraki saludó a Sylvanas con frialdad militar y abrazó a Drazen con un cariño casi maternal. Se sentaron junto al fuego, y pronto el tema derivó hacia la sombría realidad de Xera.
—Las cosas empeoraron mucho tras tu exilio —comenzó Zeraki, con voz grave—. Sok Kal engañó a Redhand. Jugó con su mente rota por tu ausencia. Orion perdió el control y terminó abusando del poder y de la propia Krasny Bel. Pero la Reina de los Demonios no se rinde fácilmente: maldijo a Redhand con vejez acelerada. Fue entonces cuando Gar’Dal volvió. Al no encontrarte, Gar’Dal enloqueció y decidió castigar a Redhand. Y en su furia, me mató a mí.
—¡¿Te mató?! —exclamó Alistair, con los ojos como platos—. ¡Pero estás aquí!
Zeraki asintió. —Mi alma fue enviada a las Tierras de las Sombras, a los dominios celestiales de Bastión. Pero la Arconte se negó a recibirme… y en su lugar, llamó a Diablo.
—¿Van der Gir? —preguntó Kalair, atónita.
—El mismo. El gran demonio ahora reside en Bastión. Usó parte de su propia alma para revivirme, y me enviaron a Azeroth porque aquí Gar’Dal está ciego gracias al Velo de Krasny Bel que te protege. Él piensa que estás muerta. Pero al verte viva, Kalair… me pregunto si alguna vez podrás volver a Xera y revertir el castigo en Redhand.
El fuego crujió. Kalair procesaba la abrumadora carga de deidades y destinos cósmicos. A su lado, Drazen asentía, comprendiendo el peso del multiverso.
Sin embargo, al mirar al resto del grupo, la escena era cómica. Alistair tenía la boca abierta; Lyra se frotaba las sienes; Thrain miraba su hacha como si no supiera qué era, y Thomas balbuceaba plegarias ininteligibles a la Luz Sagrada. Sylvanas los miraba con absoluto vacío.
—Eh… —Alistair levantó la mano tímidamente—. Con todo respeto… nos perdimos exactamente en la parte de “Sok Kal”.
—Yo me perdí cuando dijo que un demonio vive con los ángeles en Bastión —tiritó Thomas.
—A mí solo me importa saber si ese tal Gar’Dal puede ser decapitado con un hacha —concluyó Thrain—. Porque si no, tanta historia de universos me da jaqueca.
Kalair y Drazen intercambiaron una mirada cómplice y soltaron una carcajada. En un multiverso lleno de dioses y demonios, la ignorancia de sus amigos de Azeroth era el refugio más reconfortante que existía.