Luna Rechazada, Ámame de Nuevo - Capítulo 26
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26: Capítulo 26 Ya no es suyo 26: Capítulo 26 Ya no es suyo Wesley ni siquiera había terminado de leer sus informes matutinos cuando su teléfono se iluminó con el nombre de Delilah.
Suspiró, temiendo ya cualquier nuevo melodrama que estuviera tramando.
—Oh, Wesley —llegó su voz empalagosa, fingiendo una vacilación que no engañaba a nadie.
Su voz temblaba lo justo para sonar herida—.
Pensé que deberías saberlo, Riana ha estado hoy en la universidad.
Con otro hombre.
—¿Y?
—dejó los informes matutinos y se reclinó—.
¿Por qué iba a preocuparme eso?
—No quería ser esa clase de persona, pero… vi a Riana.
En un restaurante.
Con ese decano.
Parecían… cercanos.
Se quedó helado y miró a un punto fijo.
—¿Cercanos?
—Sí —continuó con dulzura—.
Riendo, hablando, cogidos de la mano.
La gente pensaba que eran pareja.
O sea, odiaría que te avergonzaran públicamente, considerando tu posición y todo eso… y, bueno, técnicamente sigue siendo… tu esposa.
Su voz se apagó con falsa preocupación.
La mandíbula de Wesley se tensó.
Permaneció en silencio.
—Ah, y además —dijo, fingiendo simpatía—.
Incluso le dije a David que lo comprobara.
Ya sabes, para que tuvieras los hechos.
Wesley no respondió.
Su tono fue frío cuando finalmente dijo: —Me encargaré.
Pero mucho después de colgar, su bolígrafo flotaba inútilmente sobre sus papeles.
La imagen de Riana riendo, de la mano de otro hombre, le arañaba por dentro como una bestia salvaje.
Se dijo a sí mismo que era orgullo.
Tenía que serlo.
«Sigue siendo mi esposa.
Mi Luna.
¡Qué falta de respeto!».
No eran celos.
Lo suyo no eran los celos.
¿Verdad?
A la mañana siguiente, su Beta y leal amigo, David, regresó con una carpeta en la mano y una expresión cautelosa.
—Alfa —empezó David, y se secó la frente sudorosa con el dorso de la mano—, tengo… lo que me pediste.
Wesley apenas levantó la vista de su escritorio.
—Ponlo ahí.
David se aclaró la garganta.
Vaciló.
—Creo que querrás verlo.
Wesley le lanzó una mirada cortante.
David abrió la carpeta.
Fotos.
Un breve videoclip.
—Riana y el Alfa Rafael Knight —susurró David, temiendo la expresión facial de su Alfa.
Una foto.
Sentados muy juntos en un restaurante con poca luz.
Su sonrisa, una sonrisa de verdad, de esas sonrisas raras y suaves que nunca le dedicaba a Wesley.
Otra foto, Rafael inclinándose, su mano rozando la de ella.
Demasiado cerca.
Y luego, esa imagen final que hizo que a Wesley le hirviera la sangre.
La mano de ella en la de él.
Por un momento, el Alfa se quedó completamente quieto.
Pero sus gélidos ojos azules estaban cambiando a los colores de la ira.
David, sabiamente, retrocedió un paso.
Cuando Wesley habló, su voz era peligrosamente tranquila.
—¿Cuánto tiempo estuvieron allí?
—Dos horas —dijo David con cautela—.
Una cena.
Ninguna prueba de… nada inapropiado.
Solo… cercanos.
—Cercanos —repitió Wesley, con un tono afilado como una navaja.
David se movió con incomodidad.
—Alfa, perdóname, pero… ¿por qué importa?
Ella solicitó el divorcio.
Tú aceptaste su decisión.
Es libre de ver a quien quiera.
¿No?
Eso le sentó como una bofetada.
Wesley levantó la vista de golpe, sus ojos cambiando de azul a ámbar.
—¿Libre?
David tragó saliva.
—Bueno, sí, técnicamente…
—Técnicamente —lo interrumpió Wesley, levantándose de su silla—, sigue siendo mi esposa.
David parpadeó.
—Sí, pero… Alfa, con todo respeto… ¿no fuiste tú quien dijo que quería seguir adelante?
¿Con Delilah?
—dio otro paso atrás.
Wesley lo fulminó con la mirada.
—¡Eso no significa que pueda pavonearse por ahí de la mano de otro hombre en público!
David frunció el ceño, intentando no sonreír.
La situación le parecía bastante confusa, ya que su manada sabía que Wesley estaba viendo a otra mujer, a Delilah.
El gruñido de Wesley llenó el despacho.
—Cierto —respondió David rápidamente—.
Eres el Alfa.
No deberías… eh, bueno, preocuparte por su… vida social.
Wesley cerró la carpeta de un golpe.
—¡Se está burlando de mí, David!
¡De esta familia!
David se cruzó de brazos.
—O tal vez, solo estaba cenando.
—¡En una cena no se va de la mano!
—¿Quizás la ayudaba a… coger la sal?
Las fotos no son tan claras si las miras desde otro ángulo.
—No me provoques —gruñó Wesley.
David suspiró, mascullando por lo bajo: —Sinceramente, por cómo estás actuando, cualquiera diría que estás celoso.
Wesley le lanzó una mirada furibunda.
—¡No estoy celoso!
—Claro que no —dijo David, asintiendo con una sinceridad exagerada—.
Solo estás furioso, caminando de un lado a otro como un lobo que ha perdido su hueso… —fingió toser—.
Perdón, quise decir su honor.
Algo totalmente distinto.
—¡David!
—¿Sí, Alfa?
Wesley lo fulminó con la mirada, pero David solo le devolvió la vista con esa expresión irritantemente sabelotodo.
—Bien —espetó Wesley finalmente—.
Quizá simplemente no me agrada que se exhiba mientras todavía estamos legalmente unidos.
David sonrió con suficiencia.
—Claro.
Y no porque pareciera feliz.
Guapa.
Segura de sí misma…
Wesley se quedó helado.
David rectificó de inmediato.
—Vale, me retiro.
Hay… trabajo que hacer.
El resto del día fue un borrón de distracciones.
Wesley no podía concentrarse en un solo informe.
Los números bailaban.
Su firma parecía irregular.
Delilah pasó por su despacho, toda perfume y mohínes, envolviéndose en él de esa manera tan ensayada.
Nada fuera de lo normal.
Era su rutina diaria.
—Wesley, cariño —ronroneó, apretando el pecho contra su hombro—.
Has estado muy tenso últimamente.
Deberías relajarte.
Deja que te ayude.
Él apenas se movió.
Tenía las manos sobre el escritorio.
—¿Mmm?
—dijo, haciendo un mohín al ver que no reaccionaba—.
¿Me has oído?
—Ocupado —masculló secamente.
—Anoche no estabas tan ocupado —dijo ella con ligereza, jugando con su corbata y rozando sus labios con los de él.
Eso le hizo levantar la vista, la culpa parpadeó tras sus ojos antes de que la irritación la sustituyera.
—Delilah, ahora no.
Ella ladeó la cabeza.
—¿Por qué?
¿Pasa algo?
Él se levantó bruscamente, ignorando su pregunta.
—Deberías irte a casa.
Tengo que asistir a una… reunión importante.
Su sonrisa vaciló.
—Wesley…
—Te veo mañana.
—Luego caminó hacia la puerta, sin mirarla.
El rechazo hirió su orgullo, pero más que eso, confirmó lo que temía.
«Todavía siente algo por Riana.
¡Argh!
Esa zorra».
Wesley no podía calmar a su lobo.
Seguía imaginando aquellas fotos.
La mano de ella.
La risa de Rafael.
Entonces, tomó una decisión.
—Si creía que podía pavonearse por ahí como si no fuera mi esposa, le recordaré exactamente a quién pertenece —masculló para sí, subió al coche y condujo él mismo.
*
***
*
Riana volvió a casa tarde esa noche, con los brazos cargados de informes que había recibido de Rowan para revisar, el agotamiento marcando cada uno de sus pasos.
Apenas había cerrado la puerta cuando una voz surgió de las sombras.
—Ya era hora.
Se quedó helada.
Su mano voló hacia el interruptor de la luz.
Wesley estaba sentado en su sofá como si el lugar fuera suyo, una pierna cruzada sobre la otra, sin chaqueta y con la camisa desabrochada en el cuello.
Exasperantemente sereno.
—¿Dónde has estado?
Ella entrecerró los ojos.
—¿Qué haces aquí, Wesley?
—Esperándote —dijo él con suavidad.
—¿Allanando mi casa?
Estás invadiendo mi propiedad.
—Una llave de repuesto —dijo encogiéndose de hombros—.
Deberías cambiar las cerraduras.
¿Creías que nunca descubriría que ese amigo tuyo te compró este sitio?
Su mandíbula se tensó.
—No tenías ningún derecho…
—Tengo todo el derecho —la interrumpió, poniéndose de pie, su altura y presencia llenando la habitación—.
Sigues siendo mi esposa.
—Eso es temporal.
Él se acercó más.
—Sigues siendo legalmente mi esposa.
Ella se cruzó de brazos.
—Ve al grano, Wesley.
¿Qué quieres?
Él respiró hondo, su voz teñida de ira y algo más, algo más oscuro.
—Te han visto por ahí… con hombres.
Cenando.
Riendo.
De la mano.
—Ah, ¿así que ahora me acosas?
—¡Respóndeme, Riana!
Ella rio con incredulidad.
—¿Por qué?
Has estado paseando a tu amante por todas partes desde antes de que se secara la tinta de nuestro certificado de matrimonio.
¿Y ahora quieres hablar de quién va de la mano?
Anda, ilústrame.
Su mandíbula se crispó.
—Eso es diferente.
—¡¿Cómo?!
—espetó ella—.
¿Porque cuando lo haces tú, es poder, pero cuando lo hago yo, es traición?
¡Eres increíble!
Él avanzó hasta que ella tuvo que inclinar la cabeza para encontrar su mirada.
—Porque eres mía.
Las palabras la golpearon como una bofetada.
Riana lo miró, atónita.
Por un momento, sus miradas se encontraron.
Entonces, ella estalló en carcajadas.
—¿Tuya?
No te hagas ilusiones, Wesley.
Deliras.
Ya no soy tuya, tonto.
Sus ojos se oscurecieron.
—¿Crees que esto es divertido?
—Entonces, ¿cómo llamarías a acostarte con tu amante mientras estás casado conmigo?
Él se estremeció, un destello de culpa apareció antes de que el orgullo lo ahogara.
—Soy tu Alfa.
¡Me obedeces!
—No lo hagas —lo interrumpió fríamente—.
¡Tú.
No.
Eres.
Mi.
Alfa!
Ahora estaban a centímetros de distancia, la furia y la tensión eran densas entre ellos.
—¿Cómo te atreves a desafiarme?
—Vuelve a casa, Wesley.
Deja de hacerme perder el tiempo.
Tengo trabajo que hacer.
—¿Trabajo?
—No es asunto tuyo.
Acordamos separarnos de esta manera.
¿Has perdido la memoria?
—Vuelve a vivir conmigo —dijo él de repente.
Ella parpadeó.
—¿Qué?
—Willa necesita a su madre —dijo rápidamente, como si eso diera sentido a su locura.
—Willa tiene una nueva madre.
¿No saltabas de alegría al oír que eligió a tu amante?
—replicó—.
No volveré a vivir bajo el mismo techo que un hipócrita mentiroso.
Su mano se disparó, agarrándole la muñeca, no con dolor, pero sí con firmeza.
—Riana, escúchame…
—Suéltame —siseó, tratando de liberarse.
No lo hizo.
En medio de su discusión, hubo momentos de contacto íntimo que reavivaron el deseo de Wesley por Riana, ausente durante mucho tiempo.
No podía comprender ese tipo de sentimiento.
En cambio, su voz bajó de tono, áspera por la emoción.
—Sigues siendo mi Luna.
Nuestra reputación está en juego con tus infidelidades.
—¿Qué?
¿Mis infidelidades?
—se quedó helada.
—Odio que todavía te metas bajo mi piel —dijo, acercándose más, su aliento caliente contra la oreja de ella—.
Odio que la idea de ti con otro hombre me dé ganas de destrozar algo.
Su corazón la traicionó con un temblor, pero su mente recordaba demasiado dolor para ceder a los pretenciosos sentimientos de él hacia ella.
—Wesley —susurró—, no hagas esto.
Él le levantó la barbilla, con los ojos ardientes.
—Dime que no sientes esto.
—No lo siento.
—Mentirosa.
Antes de que sus labios tocaran los de ella, lo empujó hacia atrás con fiereza.
Riana lo empujó de nuevo, respirando con dificultad.
—¡No me toques!
Pero él la agarró de nuevo, con voz ronca.
—Eres mi esposa, empieza a comportarte como tal.
Fue la gota que colmó el vaso.
Su puño se alzó rápido, directo a su estómago.
Wesley soltó un gruñido, con los ojos muy abiertos por la sorpresa.
Riana se irguió sobre él, con el pecho agitado.
Podía percibir el olor de la intimidad entre Wesley y Delilah, y él le pareció repulsivo.
—Me das asco —escupió—.
Apestas a ella.
No te atrevas a volver a tocarme.
Él tosió, enderezándose lentamente, la ira parpadeando tras su humillación.
—Riana…
—Fuera —espetó ella—.
¡No vuelvas a acercarte a mí!
Él vaciló, con el pecho subiendo y bajando.
—¿O qué?
—la desafió, aunque su voz había perdido su filo.
Ella sonrió con frialdad.
—O cuando el divorcio sea definitivo, lucharé contigo por Willa, y ganaré.
Eso dio en el clavo.
Por una vez, Wesley no tuvo nada que decir.
Riana caminó hacia la puerta, la abrió de golpe y señaló.
—Fuera.
¡Ahora!
No eres bienvenido aquí.
Él la miró fijamente, con una emoción indescifrable en los ojos.
Ira, arrepentimiento, algo crudo y desprotegido.
Pero cuando ella le cerró la puerta en la cara, el eco hizo que algo dentro de él se desmoronara.
Riana permaneció con la espalda pegada a la puerta, temblando.
Su corazón latía con furia, desamor y agotamiento.
Su teléfono vibró.
Era una amiga, Mina.
Una loba que había estado entrenando con ella para la Reunión Lunar.
—¿Riana?
¿Estás bien?
Inhaló temblorosamente.
—¿Puedes venir?
—¿Qué ha pasado?
Riana soltó una risa hueca.
—Uf… Mina, entrenemos esta noche.
Solo quería sacar el pensamiento de Wesley de su mente.
Hubo una pausa.
Luego Mina dijo: —Claro, traeré a Miko.
Riana sonrió débilmente entre lágrimas.
—Perfecto.
Y mientras se dejaba caer al suelo, abrazándose las rodillas, se susurró a sí misma: —Nunca más.
Nunca más volveré a sentir nada por Wesley Winters.
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