Luna Rechazada: Unida a mi hermano el Alfa - Capítulo 24
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24: Capítulo 24 24: Capítulo 24 EVANGELINE
Tenía una negativa en la punta de la lengua.
Seiscientos mil era una barbaridad de dinero, pero no era suficiente para mantenerme en este matrimonio, ni un momento más.
No podía soportar más los insultos y las faltas de respeto que Alex me dedicaba.
—Por favor, piénsalo —continuó, acercándose más a mí.
Me tomó la mano y la apretó con suavidad.
Su sonrisa era dulce y encantadora, del tipo que te recordaba al amor de una madre.
—Sabes que siempre te he considerado una hija.
Fui tan feliz cuando decidiste casarte con Alex porque sabía que eras una buena chica.
Eres de la familia, Eva, y si aceptas hacer esto, tendrás la protección de mi familia.
Sabes lo inestimable que es.
La necesitarás cuando vuelvas a casa.
Estaba a punto de convencerme hasta esa última frase.
Le arrebaté la mano y di un paso atrás.
—¿Qué quieres decir con que la necesitaré?
Ni siquiera dudó antes de hablar.
—Sabes que una vez que te divorcies de él, no tendrás el apellido de mi familia para protegerte.
El maltrato de tu abuela aumentará, Eva.
De esta manera, ambas conseguimos lo que queremos.
Es una situación en la que todas ganamos.
Sus palabras dolieron más que todo lo que había pasado en este matrimonio.
Una cosa era que mi abuela me maltratara y otra muy distinta era saber que ella lo sabía y que nunca intentó detenerlo.
Si ella lo sabía, también significaba que Alex lo sabía.
—¿Quién más sabe lo de mi abuela?
—pregunté—.
¿Desde cuándo lo sabes?
—No pensarías que era un secreto, ¿verdad?
Toda la manada lo sabe.
Vemos los moratones, Eva.
—¿Y nunca intervinisteis?
—espeté—.
¿Ni una sola vez pensasteis que sería bueno ayudar a una niña que estaba siendo maltratada por la única adulta en su vida?
Simplemente os quedasteis mirando y dejasteis que pasara.
—Eva, entiendo que esto te afecte mucho.
—Dio un paso hacia mí, pero me aparté de su alcance—.
No tenemos por costumbre meternos en la vida personal de la gente.
No puedo decirle a tu abuela cómo criarte.
—¡Era una niña!
—Lo sé, querida, y por eso te ofrezco protección ahora.
No volverá a hacerte daño nunca más.
Sentí como si alguien me hubiera arrancado el corazón del pecho.
Todo lo que creía saber era una mentira, y todos en los que creía poder confiar me habían traicionado.
Se acabó hacer de niña buena.
Su oferta era buena, obtendría una protección que nunca podría conseguir en ningún otro sitio, pero ni muerta la aceptaría a ciegas.
—Un millón —dije.
Ella parpadeó.
—¿Perdona?
—Quiero un millón de dólares.
Pasé tres años de mi vida encadenada a tu hijo.
Quiero un millón y la protección.
Lo quiero por escrito y firmado para que no puedas echarte atrás más tarde.
Apretó la mandíbula y sus ojos se convirtieron en dos rendijas.
—¿Cómo te atreves a pedirme semejante cantidad de dinero?
No ganas eso ni en diez años trabajando en el hospital de la manada.
Me encogí de hombros.
—Esa es mi oferta, la tomas o la dejas.
—Necesitas mi protección.
—Cierto, pero tu familia también necesita mi cooperación.
Si no me das lo que quiero, saldré por esa puerta y le contaré a todos los medios de comunicación que quieran escuchar lo horrible que fue tu hijo como marido.
Les contaré cómo me engañó con Margarita y arruinaré la reputación de esta familia.
—¡Pequeña zorra cazafortunas!
¿Cómo te atreves a amenazarme en la casa de mi hijo?
Te arrancaré la cabeza por—
—¡Madre!
Ambas nos callamos al oír la voz de Alex.
En medio de nuestra discusión, no lo habíamos oído entrar en la casa.
Su madre entró en acción de inmediato, agarrando los papeles del divorcio y metiéndolos en su bolso.
Forzó una sonrisa en su rostro y corrió hacia él como para abrazarlo, pero él la esquivó rápidamente.
—¿Por qué demonios le estás gritando a mi mujer?
—preguntó—.
¿Cuándo has vuelto?
Se giró hacia mí, y yo me crucé de brazos, esperando a oír lo que diría.
¿Me delataría o lo encubriría?
Permaneció en silencio durante un minuto entero, sopesando sus palabras antes de suspirar por fin.
—Vine a darte una sorpresa.
—Eso no responde por qué le hablaste así a Eva.
Se giró hacia mí con una sonrisa forzada.
—Lo siento, Eva.
No volverá a pasar.
Alex resopló antes de volverse hacia mí.
—¿Estás bien?
Reprimí las ganas de vomitar.
Por supuesto que ahora que su madre estaba cerca, se hacía el marido ejemplar.
En un día normal, no le importaba lo que me pasara.
Era jodidamente patético.
—¿Ibas a alguna parte, Eva?
—me preguntó, mirando mis cajas—.
Pensaba que tu viaje a Alemania era hace dos días.
—Lo era.
Estaba pensando en ir a ver a mi abuela unos días, pero me han convencido de que cambie de opinión.
—Le lancé una mirada significativa a su madre—.
Subiré mis maletas.
—Tenemos sirvientas para eso.
Llamó a unas sirvientas, que acudieron al instante y subieron mis maletas por las escaleras.
Los tres nos quedamos en medio del salón, mirándonos mientras la tensión crecía.
Finalmente, su madre se aclaró la garganta.
—Debería irme.
—Se alisó la camisa con las manos—.
Necesito descansar un poco.
De verdad que siento haberte gritado, Eva.
¿Me perdonas?
Asentí, sin saber muy bien qué estaba haciendo.
—Por supuesto.
Se acercó a mí y me rodeó los hombros con los brazos.
El abrazo fue rígido, y no fue hasta que sentí que me metía algo en el bolsillo trasero cuando me di cuenta de la razón de todo aquello.
—Es un cheque en blanco firmado —me susurró al oído—.
Coge lo que quieras.
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