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Luna Rechazada: Unida a mi hermano el Alfa - Capítulo 25

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25: Capítulo 25 25: Capítulo 25 ALEXANDER
Cuando recibí una llamada de mi asesor financiero, me sentí confundido.

Era muy meticuloso con mis finanzas.

Nunca gastaba más de lo que debía y, aun así, me aseguraba de consultarle primero.

—¿Hay algún problema?

—pregunté nada más descolgar—.

¿Alguien ha hecho una compra que necesites verificar?

No sería la primera vez que me llamaba para verificar una de las compras de Margarita.

Tenía gusto por la vida de lujos y nunca sabía muy bien cuándo parar.

Esa fue la razón por la que le impuse un límite a su tarjeta.

No había recibido ninguna queja desde entonces.

—No exactamente —empezó lentamente—.

Pensé que te gustaría saber que tu esposa acaba de adquirir una propiedad en la ciudad.

—¿Cuándo ha ocurrido?

¿Qué propiedad?

—Te he enviado un correo electrónico.

Corrí hacia mi portátil, quedándome boquiabierto de la impresión al contemplar la preciosa casa de dos dormitorios que se había agenciado.

Estaba en una de las mejores zonas de la ciudad, y no pude evitar preguntarme cómo demonios había conseguido el dinero para pagarla.

No ganaba lo suficiente en el hospital para pagar algo así, y no había sacado ni un céntimo de nuestras cuentas conjuntas.

—También ha hecho una donación considerable a una organización benéfica —continuó—.

Está en todas las noticias.

Pensé en llamarte porque no me informaste y, como tu asesor financiero, necesito estar al tanto de este tipo de cosas.

Me pasé las manos por el pelo con un suspiro.

—Se me olvidó —mentí—.

Se me debe de haber pasado.

—¿Ah, sí?

—pareció sorprendido—.

¿Quieres que lo anote entonces?

—No, ya te llamaré más tarde.

Colgué antes de que tuviera la oportunidad de responder y maldije en voz alta.

Mis sospechas de que planeaba dejarme no hicieron más que confirmarse con estas acciones.

Debería haber sabido después de su silencio de ayer que estaba tramando algo.

Intenté hablar con ella sobre la foto que Margarita le había enviado, pero me ignoró y se encerró en la habitación hasta que me fui a trabajar.

Incluso esta mañana, se había ido a trabajar antes de que yo me despertara.

Me dirigí a la cocina a por un vaso de agua cuando vi a unas sirvientas sacando una bolsa muy familiar por la puerta principal.

—¿Qué demonios es eso?

—pregunté, deteniéndolas en seco—.

Eso es de Evangelina, ¿verdad?

Se miraron con recelo antes de asentir.

—Nos dijo que hoy vendría un camión y que teníamos que darles las bolsas.

¿Hay algún problema, Alfa?

Pude ver la curiosidad en sus ojos.

Buscaban el próximo cotilleo para difundir por la manada.

Si hubiera sido listo, las habría dejado marchar, pero sentía curiosidad por ver qué había exactamente en la caja.

¿Había metido todas sus cosas o era algo completamente distinto?

Sin embargo, antes de que pudiera decir nada, el móvil me vibró en el bolsillo.

Lo saqué y, cuando vi el nombre de Margarita en la pantalla, descolgué de inmediato.

—Ahora mismo estoy en medio de algo —empecé—.

¿Está todo…?

—¡Alex!

—gritó, con la voz quebrada.

Inmediatamente, me erguí.

—¿Qué coño está pasando?

—Por favor, ven.

Necesito tu ayuda, están…
Nunca terminó lo que estaba diciendo; sus palabras fueron interrumpidas por un fuerte estruendo y un grito.

Salí corriendo por la puerta principal, ignorando la caja y a las sirvientas, que preguntaban si todo iba bien.

Conduje hasta casa de Margarita en cuestión de segundos, y en cuanto vi la puerta principal abierta, supe que algo iba mal.

Entré corriendo en la casa, con el corazón martilleándome frenéticamente en el pecho, y los vi.

En el momento en que los olí, supe que eran renegados.

Sus lobos tenían un olor particular, uno que demostraba que eran lobos exiliados.

Para ser un renegado, uno tenía que nacer renegado o ser exiliado de su manada.

A juzgar por el aspecto desaliñado de los hombres y la marca del exilio en sus gargantas, estaba claro lo que eran.

Eran cuatro y estaban claramente reunidos alrededor de algo… o de alguien.

—Lárgate —gruñó uno—.

Esto no es asunto tuyo.

—¡Alex!

—La voz rota de Margarita llegó desde debajo de ellos.

Su formación vaciló por un segundo y la vi.

Estaba en el suelo, con la ropa apenas colgando de un hilo.

Tenía un moratón en un lado de la cabeza y el labio superior partido.

La rabia me invadió en un instante al darme cuenta de lo que intentaban hacer.

—¡Hijos de puta!

No era frecuente que perdiera el control.

Vivir con humanos me había enseñado a mantener un control férreo sobre mis emociones y mi lobo, pero verla así, herida y magullada, rompió mis ataduras.

Con un fuerte gruñido, agarré al renegado más cercano y lo tiré al suelo, machacándole la cara a puñetazos.

Los otros entraron en acción de inmediato, intentando quitarme de encima de su amigo, pero en ese momento me impulsaba la adrenalina pura.

Mis uñas se alargaron hasta convertirse en garras, dejándome en un estado de semitransformación mientras luchaba contra ellos.

Oía gritos, no estaba seguro de si eran de Margarita o de los renegados, pero no me importaba.

Sabía que no estaría satisfecho hasta que el último de ellos se desangrara en el puto suelo.

Lo que me devolvió a la realidad fue el sonido de las sirenas.

Miré por la habitación, aturdido por la carnicería que había provocado.

Los cuatro hombres estaban en el suelo con heridas de diversa consideración, y Margarita… debió de huir en medio del caos.

—Mierda —maldije mientras contemplaba mis manos ensangrentadas.

Tenía que salir de allí antes de que la poli…
—¡Manos arriba, donde pueda verlas!

—gritó un hombre desde atrás.

Levanté las manos de inmediato.

No tenía sentido luchar.

—Tiene derecho a guardar silencio —me dijo mientras me esposaba.

—Tengo derecho a una llamada, ¿verdad?

—Sí, señor.

¿Quiere llamar a su abogado?

—No, necesito llamar a mi esposa.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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