Luna Rechazada: Unida a mi hermano el Alfa - Capítulo 30
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30: Capítulo 30 30: Capítulo 30 NICHOLAS
Fue patético lo rápido que conduje hasta un bar después de mi discusión con Evangelina.
Intenté fingir que no me molestaba, le sonreí al jefe cuando me preguntó por qué se había marchado tan bruscamente, fingí no saber nada, pero en cuanto me fui, no pude dejar de pensar en ello.
Quizá había sido un poco duro con ella, pero era lo que necesitaba.
El bar era uno de los más exclusivos, que solo servía a lobos.
Necesitábamos una dosis más alta de alcohol para emborracharnos, y era peligroso tener a humanos cerca de lobos borrachos.
Me senté en la barra.
A pesar de que era temprano, el bar estaba abarrotado de gente.
—Whisky con hielo.
El camarero se puso en marcha de inmediato y me sirvió la bebida.
Me la estaba llevando a los labios cuando oí la voz más irritante del mundo.
La reconocí al instante y odié la sensación de asco y rabia que burbujeó en mi interior al oírla.
—Acabo de cerrar el trato esta mañana —presumió Alejandro ante el grupo de hombres que se sentaban con él en la zona VIP.
Reconocí a algunos de ellos de mis años de juventud.
Todos eran amigos suyos y, al igual que él, unos cretinos pomposos.
Tenían botellas caras de bourbon esparcidas por la mesa, así como nachos sin comer.
Si hubiera tenido dos dedos de frente, los habría ignorado y habría seguido bebiendo a sorbos, pero para mi sorpresa, mis piernas se movieron por voluntad propia hasta que me encontré de pie frente a su mesa.
—Hola, caballeros —dije con voz lenta y arrastrada.
Todas las miradas se clavaron en mí con conmoción y sorpresa.
Hubo algunos murmullos cargados de curiosidad, pero no me importó ninguno de ellos, mantuve mis ojos fijos en Alejandro.
—Nicholas —dijo él, sin más—.
¿Qué haces aquí?
—Tomar una copa, igual que tú.
Me dejé caer en la silla vacía y pude sentir cómo sus amigos se movían incómodos.
Nos miraban a Alex y a mí, con los ojos llenos de confusión y recelo.
No podía culparlos por su incomodidad.
Sentarse junto a un Alfa ya era bastante tenso, pero sentarse junto a dos que estaban en plena competición de a ver quién meaba más lejos era más de lo que la mayoría de los lobos podían soportar.
Uno a uno, murmuraron excusas estúpidas y se escabulleron del reservado hasta que solo quedamos Alex y yo.
Alex apuró un vaso de bourbon.
—¿Ahora que has espantado a todos mis amigos?
¿Por qué estás aquí?
—Solo quería ponerme al día —mentí—.
¿Cómo estás?
¿Qué tal la vida de casado?
—Bien —dijo, sin más—.
Veo que sigues soltero.
—Bueno, prefiero estar soltero que tener una esposa y aun así andar por ahí follando, ¿no?
Apretó la mandíbula y apuró otro vaso.
—Si tienes algo que decir, Nicholas, dilo directamente.
Le arrebaté el siguiente vaso de la mano y me incliné hacia delante, apoyándome en los codos.
—No te mereces a Eva, todo el mundo lo sabe, incluido tú.
Haznos un favor a todos y divórciate de ella.
Se rio sin gracia.
—¿Pareces muy interesado en mi matrimonio, Nicholas?
¿Estás celoso?
Gruñí en voz baja.
—Divórciate de ella, Alejandro.
Fingió pensarlo un momento.
—No.
Y ahora, vete a la mierda.
Quería partirle la puta cara, pero ya me había pasado de la raya al pedirle que se divorciara de ella.
Con una última mirada fulminante, estrellé su vaso con fuerza contra la mesa y volví a la barra.
Su risa estridente me siguió todo el camino, y por el rabillo del ojo, vi cómo apuraba otro vaso.
Con el ritmo al que apuraba los vasos, solo tardó veinte minutos en estar completamente borracho y comportarse como un imbécil.
Se insinuaba a cada mujer que pasaba y era una jodida molestia.
Los camareros refunfuñaban y lo miraban con recelo, pero ninguno se movió para tocarlo.
Si tuviera que adivinar, diría que esto era algo habitual.
Estaba a punto de irme cuando vi su teléfono sobre la mesa y una idea se formó en mi mente.
Fue fácil cogerlo, estaba tan ido que no se dio cuenta.
Busqué el número de Eva en sus contactos y le envié un mensaje.
«Tu marido está borracho.
Ven a recogerlo».
Era la prueba de afecto definitiva.
Quería saber hasta qué punto estaba dispuesta a encubrir sus desastres.
A la Eva con la que crecí no le importaría.
Lo dejaría aquí para que afrontara las consecuencias de sus actos.
Sin embargo, estaba claro que la Eva que yo conocía había desaparecido hacía mucho tiempo, porque en exactamente diez minutos, las puertas de entrada se abrieron de golpe y Eva entró corriendo con un pijama de seda blanco.
Sus ojos recorrieron el bar hasta que se posaron en Alex y corrió hacia él.
La rabia recorrió mis venas como un infierno embravecido.
Pasó a mi lado como si no me viera e inmediatamente empezó a cuidar de su marido con devoción.
—Deberías darme las gracias, yo soy el que te envió el mensaje —dije, pero actuó como si no me oyera.
Se centró en su marido, dándole ligeros golpecitos en la mejilla.
—Necesito que te levantes, Alex.
—¿No vas a decir nada?
—pregunté.
Una vez más, fingió no oírme.
En su lugar, se concentró en poner a Alex en pie.
Él se tambaleó un poco, pero finalmente consiguió levantarse.
Lo guio hacia la puerta con cuidado… casi con devoción.
Pasó a mi lado y no pude soportarlo más.
La agarré del brazo y tiré de ella hacia mí.
—¡Suéltame!
—siseó, golpeando mi pecho con las palmas de las manos—.
Voy a gritar, joder.
—Grita, entonces.
Abrió la boca y supe que gritaría y atraería la atención de todo el mundo, así que hice lo siguiente que se me ocurrió: la agarré por la nuca y estampé mis labios contra los suyos.
Se quedó helada por un momento y mi lobo gimió dentro de mí ante la suavidad de sus labios.
La besé con más fuerza, con una mano agarrando firmemente su cadera.
—Devuélveme el beso —mascullé.
Mis palabras debieron de sacarla de su ensimismamiento, porque inmediatamente me empujó hacia atrás con una fuerza que no sabía que poseía.
No registré el movimiento de su mano hasta que sentí un escozor en la mejilla.
—¡No vuelvas a hacer eso nunca más!
—gritó antes de salir furiosa del bar, con su marido a cuestas.
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