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Luna Rechazada: Unida a mi hermano el Alfa - Capítulo 5

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5: Capítulo 5 5: Capítulo 5 ~ ALEJANDRO
La Fase había comenzado.

Y Margarita había vuelto a nuestra casa muy temprano esta mañana.

Cuando abrí la puerta, me sorprendió verla.

—Hola.

¿Qué tal?

—dije a modo de saludo.

Ella me sonrió y el corazón me dio un vuelco en el pecho.

Era tan jodidamente hermosa.

—Hola, Alejandro.

¿Estás bien?

—preguntó mientras entraba.

 
—Sí.

Claro.

¿Y tú?

—pregunté mientras bajábamos al salón.

Su sonrisa se desvaneció de su rostro ante la pregunta, y al instante empecé a preocuparme.

—¿Va todo bien, Margarita?

—pregunté en voz baja.

Ella negó con la cabeza y el miedo se filtró hasta mis huesos.

Algo parecía ir mal con ella.

—Es mi rodilla.

La que… la que me trataste la última vez que estuve aquí.

Ha empeorado un poco —explicó.

Le indiqué que se sentara.

Levantándole un poco el vestido, vi el hematoma del que hablaba.

No se había curado como yo esperaba.

Había empeorado un poco, y aunque sabía que podría haber ido a una farmacia a por antibióticos, me alegré de que hubiera acudido a mí.

—Espera aquí un segundo —dije y subí a por mi botiquín de primeros auxilios.

Estaba aplicándole un poco de pomada en la rodilla a Margarita cuando Evangelina entró y nos vio.

—Hola —dijo.

Dejé lo que estaba haciendo para mirarla y, en cuanto nuestras miradas se encontraron, una lujuria sin filtros me golpeó.

La emoción me tomó por sorpresa y jadeé ligeramente, con los labios entreabiertos mientras luchaba por respirar.

Evangelina ladeó la cabeza mientras me miraba fijamente.

—¿Estás bien?

—preguntó.

No.

No, no estaba bien.

Quería agarrarla y besarla con todas mis ganas, y un dolor se extendía rápidamente por mi pecho.

Esta… lujuria, este deseo desenfrenado que sentía tenía que ser por la Fase.

Es decir, nunca me había sentido atraído por ella.

Nunca.

Y, sin embargo, aquí estaba, apenas conteniendo el impulso de levantarme, agarrarla y llevarla al dormitorio para hacerle cosas indecibles.

—¿Alex?

¿Seguro que estás bien?

Pareces un poco pálido —volvió a decir Evangelina.

Pero, antes de que pudiera responder, lo hizo Margarita.

—Claro que está bien.

¿A qué vienen tantas preguntas?

¿No ves que está ocupado?

—espetó.

Y la voz de Margarita me sacó de la repentina niebla de lujuria en la que me había sumido.

Tragué saliva, superando un nudo en la garganta, y le sonreí a Evangelina.

—Estoy bien, Evangelina.

Solo… me he distraído un segundo —dije.

Se encogió de hombros y pasó a mi lado para sentarse en el sofá de enfrente de donde estaba Margarita.

No tenía ni idea de si fue intencionado o no, pero sus piernas rozaron mi espalda al pasar, y la lujuria en mi sangre volvió a subir a mi cerebro.

La aparté, confuso y un poco asustado.

¿Qué estaba pasando?

¿Por qué mi cuerpo reaccionaba de repente de esa manera ante Evangelina?

Margarita era la persona de la que estaba enamorado, y sin embargo, aquí estaba, apenas un día después del inicio del periodo de la Fase y ya perdiendo la cabeza por mi esposa.

Una esposa a la que ni siquiera había mirado de forma romántica desde que nos casamos.

Finalmente conseguí terminar de aplicar la pomada en la rodilla de Margarita, y ella me dedicó una sonrisa de agradecimiento.

Le devolví la sonrisa, agradecido de que hubiera venido a verme hoy.

Si no hubiera estado ella aquí cuando Evangelina me hablaba, ¿qué habría hecho?

¿Besar a Evangelina y acostarme con ella?

Intenté estremecerme de asco al pensarlo, pero no quedaba asco en mí.

La única emoción que quedaba era la lujuria.

Lujuria ardiente, abrasadora.

—Si has terminado de aplicar la pomada, tengo algo para ti —dijo Evangelina.

Me puse de pie y le sostuve la mirada.

—¿Qué es?

—pregunté.

Mi esposa me entregó una caja preciosamente envuelta.

—Feliz cumpleaños, Alex —dijo con una pequeña sonrisa.

El corazón me dio un vuelco al coger la caja que me ofrecía.

Para ser sincero, no esperaba que me hiciera un regalo.

Diablos, ni siquiera esperaba que recordara que era mi cumpleaños.

Estaba a punto de darle las gracias, con una sonrisa ya dibujada en mis labios, cuando Margarita se levantó y me arrebató el paquete.

—¿Hoy es tu cumpleaños?

¿Por qué no lo sabía?

—preguntó.

Reprimí la sonrisa que se me dibujaba en los labios y miré a Evangelina sin expresión.

Sonreírle podría darle a Margarita una impresión equivocada, y no quería asustar a la mujer que amo.

—Gracias por el regalo, Evangelina —dije con frialdad.

Luego me volví hacia Margarita y le dediqué una sonrisa de disculpa.

—No tenía ni idea de que no sabías que hoy era mi cumpleaños.

Pero no pasa nada —dije en voz baja.

—¿En serio?

¿Esas son todas las gracias que recibo?

—interrumpió Evangelina.

Como no dije nada, mi esposa negó con la cabeza y resopló.

Luego se levantó y se fue.

Intenté no sentirme culpable por cómo había reaccionado ante su regalo.

Al volverme hacia Margarita, me sorprendió ver lágrimas en sus ojos.

Me senté a su lado y tomé su mano con delicadeza.

Aún sostenía el regalo que Evangelina me había dado, y aunque me moría por saber qué había dentro, no le quité la caja a Margarita.

En lugar de eso, levanté la mano hacia su cara y limpié con suavidad las lágrimas que corrían por sus mejillas.

—¿Por qué lloras, Margarita?

¿Qué ocurre?

—pregunté.

Me miró con los ojos enrojecidos.

—No lo sé.

Yo… siento que estás demasiado cerca de Evangelina.

Sé que es tu esposa y todo, pero me dijiste… dijiste que no la amabas.

Y te creí.

Pero ahora… no sé qué pensar.

¿Por qué te hace un regalo de cumpleaños?

¿Por qué siquiera se lo aceptaste?

—sollozó.

Una mezcla de culpa e ira se deslizó hasta mis huesos.

Aparté la culpa y la irritación surgió para ocupar su lugar.

Evangelina era mi esposa, y seguíamos casados.

Aunque no la amara, creo que era normal que me hiciera un regalo por mi cumpleaños.

Es decir, lo mínimo, ¿no?

Entonces, ¿por qué estaba molesta Margarita por eso?

Estaba a punto de decírselo cuando ella se inclinó hacia delante y la culpa que había estado reprimiendo me invadió.

Se me cortó la respiración.

Llevaba puesto el collar.

El collar.

Hace muchos años, tuve un accidente de coche.

Mis padres iban conmigo en el vehículo y, mientras que mi padre murió en el acto, alguien —una mujer— consiguió llevarnos a mi madre y a mí al hospital antes de que fuera demasiado tarde.

Sobreviví gracias a esa mujer, pero sentía tanto dolor por la pérdida de sangre del accidente que no tuve la oportunidad de dar las gracias a quienquiera que fuese.

Cuando me dieron el alta, intenté encontrar a la mujer.

Pero no recordaba quién era.

Su rostro se había vuelto borroso en mi memoria y todo lo que recordaba era su collar.

Sin embargo, al final la encontré.

Con el collar, la encontré y cuidé de ella.

Le debía la vida y, para mí, esa era una deuda que duraría el resto de mis años en la tierra.

Las cosas iban bien entre nosotros, y yo estaba muy enamorado de ella.

Pero cuando conoció a mi hermano mayor, todo cambió.

Y aunque mi hermano era el Alfa de la manada, aunque siempre estaba demasiado ocupado para preocuparse por alguien más, Margarita se había enamorado de él.

Verla con mi hermano me rompió el corazón, y una parte de mí quería enfrentarla, hablar con ella.

Quería decirle cómo me sentía.

Pero entonces vi lo feliz que era.

Estaba tan
perdidamente enamorada de mi hermano, y aunque me rompía el corazón verlos juntos, no había nada que pudiera hacer al respecto.

Así que les di mi bendición y la amé desde la distancia.

Pero ahora, mi hermano estaba muerto, y ella seguía llevando el collar.

La visión hizo que mi amor por ella aumentara.

Ahora que no tenía a nadie que la protegiera, yo tenía que estar ahí para ella.

Tenía que amarla y cuidarla.

Hacerle saber que haría cualquier cosa para mantenerla a salvo, protegida y amada.

Apartando los pensamientos sobre Evangelina y su regalo, abracé a Margarita, sosteniéndola con todo el amor de mi corazón.

Ella era la única para mí.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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