Luna Rechazada: Unida a mi hermano el Alfa - Capítulo 6
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6: Capítulo 6 6: Capítulo 6 EVANGELINA
Solté un suspiro de alivio cuando terminé con el último paciente.
—Pareces agotada —dijo Millie, una de las enfermeras.
Apenas pude asentir con la cabeza mientras me dejaba caer en la silla que tenía al lado.
El hospital de la manada estaba más ajetreado de lo normal hoy.
La nieve cayó con fuerza esta mañana, pillando a la gente por sorpresa.
En un día normal no teníamos más que unos pocos centímetros, pero hoy la gente caminaba con la nieve hasta los tobillos.
Hubo muchos accidentes y casos de niños pequeños que aún no habían recibido a su lobo y que pillaron la gripe.
—Toma —dijo Millie, entregándome una botella de agua.
—Gracias —mascullé, vaciando la botella entera de un solo trago—.
Deberías irte a casa, Millie.
He oído que la nieve no hará más que empeorar esta noche.
Agarró su abrigo y se lo echó sobre los hombros.
—Tú también deberías.
—Lo haré, solo estoy esperando a mi marido.
Miré el reloj.
Alejandro sabía a qué hora salía del trabajo.
Ya debería haber estado aquí, pero, una vez más, había demostrado que yo no era una prioridad y llegaba tarde.
Millie abrió la boca, como si quisiera decir algo, pero en el último momento se contuvo, se dio la vuelta y se fue.
La vi desaparecer por la puerta de dos hojas y suspiré profundamente.
El coche de Alex entró en el camino de entrada casi quince minutos después y, mientras me arrastraba fuera, tocó el claxon con fuerza.
Me mordí la lengua para no soltar una respuesta grosera y me metí a toda prisa en el coche, donde él esperaba con el ceño fruncido.
—¿Por qué no estabas esperando fuera?
Le lancé una mirada incrédula.
—Está nevando, Alex.
No podía quedarme fuera.
Recorrió mi atuendo con la mirada.
Me había quitado el uniforme y me había puesto unos leggings y un simple crop top.
No era lo ideal para el frío, pero no nevaba tan fuerte cuando salí de casa.
No tuve la oportunidad de coger una chaqueta.
—¿Has abierto mi regalo?
—le pregunté, haciendo que apartara la vista de mi ropa.
—¿Qué regalo?
Fruncí el ceño.
—La caja de regalo que te di antes.
La comprensión brilló en sus ojos.
—He estado ocupado, Evangelina.
No me quedo de brazos cruzados sin hacer nada.
Me mordí el interior de la mejilla para no decir nada.
Solo tendría que aguantar su actitud un poco más.
En cuanto abriera el regalo, recibiría los papeles del divorcio.
No podía esperar a ver la expresión de su cara cuando se diera cuenta.
Solo podía imaginar la rabia…
El teléfono de Alex sonó, llenando el pequeño espacio de ruido.
Lo cogió al instante y, por nuestra proximidad, pude oír exactamente lo que decía la otra persona.
—La hemos encontrado, Alfa —dijo la persona al otro lado.
—¿Y bien?
¿Dónde está?
—espetó Alex.
Hubo un minuto de silencio.
—Está en una cita.
Un gruñido salvaje escapó de los labios de Alex y supe sin lugar a dudas que la «ella» en cuestión era Margarita.
No había nadie más que pudiera alterarlo tanto.
—¡Para el coche!
—gritó Alex, y el coche se detuvo con un chirrido.
Se volvió hacia mí—.
Sal.
Me quedé helada un momento.
—¿Perdona?
—No me hagas repetírtelo, Evangelina.
Tengo que estar en un sitio.
Sal del coche.
—¿De verdad me estás abandonando en el arcén para ir a buscar a Margarita?
Apretó la mandíbula.
—No he dicho nada de Margarita.
Ahora, muévete antes de que te eche a la fuerza.
—No puedes hacer esto.
No voy vestida adecuadamente…
No me escuchó.
Me rodeó con el brazo, abrió la puerta del coche y prácticamente me empujó fuera.
Apenas conseguí caer de pie, pero a Alex no pareció importarle, porque cerró la puerta de un portazo, centrando su atención en el conductor.
Salió a toda velocidad, dejándome allí de pie, en medio de la nieve, sin nada más que mi bolso en las manos.
Estaba temblando, mis leggings no hacían nada para protegerme del frío y mis zapatillas no estaban hechas para la nieve que me llegaba hasta los tobillos.
Aun así, no tuve más remedio que empezar a moverme.
La carretera estaba algo desierta y había pocas posibilidades de encontrar un coche a esas horas de la noche.
Llegué hasta un árbol y me desnudé.
Una vez desnuda, me transformé en mi loba, sintiendo la brisa fría contra mi pelaje.
Me estremecí por el frío y, con la ropa en la boca, empecé la larga caminata a casa.
La rabia me invadió mientras caminaba penosamente hacia casa.
Alex me había faltado al respeto constantemente durante todo nuestro matrimonio, pero esto…
esto se llevaba la palma.
Me había abandonado sin que le importara lo más mínimo porque ella estaba en una cita.
No era como si ella estuviera en peligro.
No estaba segura de cuántas horas pasé caminando, pero para cuando vi la casa a lo lejos, estaba agotada.
Mi pelaje estaba mojado y me estaba congelando.
Volví a mi forma humana y me puse la ropa antes de dar los últimos pasos hacia la casa.
El camino de entrada estaba vacío y resoplé.
Por supuesto que no estaba en casa.
Probablemente había ido a ver a Margarita y no había vuelto.
Fui recibida con risas al entrar en la casa, pero cesaron de inmediato en cuanto cerré la puerta a mi espalda.
—¿Y dónde has estado?
—arrastró las palabras una voz fría.
Alcé la vista y encontré a MI abuela de pie junto a la caldera, con los brazos cruzados sobre el pecho.
Sus labios formaban una mueca de desaprobación y me evaluó como si fuera la suciedad bajo sus zapatos.
Recordé un tiempo en que esos ojos me miraban con amor.
No me dio la oportunidad de responder a su pregunta antes de continuar.
—Por esto no quería que trabajaras.
Mira la hora a la que vuelves.
¿Quién sabe si estabas con otro hombre?
Traes la vergüenza a esta familia.
Intenté defenderme, intenté explicar que no había sido por elección propia.
—No hables —me interrumpió la abuela con un gesto firme de la mano—.
Ya que tanto te gusta estar fuera, quizá deberías quedarte ahí.
Me volví para mirarla.
—No lo entiendo.
—Vuelve a salir, Evangelina —dijo con voz firme y fría—.
Ese es tu castigo por volver tan tarde.
Quizá la próxima vez respetes la santidad de tu matrimonio y no regreses casi a medianoche.
Esperé a que dijera que era una broma macabra, pero nunca lo hizo.
Se limitó a sonreír para sí misma, con los brazos cruzados sobre el pecho, mientras esperaba a que yo obedeciera.
—No puedes hablar en serio —dije finalmente—.
Hace un frío que pela ahí fuera.
Apenas vi moverse su mano.
Conseguí agacharme a tiempo mientras un vaso de cristal se hacía añicos contra la pared donde había estado mi cabeza.
—¡Muévete, Evangelina, ahora!
—gritó—.
¡Ve a arrodillarte en la nieve!
¡Es lo que te mereces!
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