Luna Rechazada: Unida a mi hermano el Alfa - Capítulo 98
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98: Capítulo 98 98: Capítulo 98 NICHOLAS
Cuando oí abrirse la puerta, al principio pensé que era Eva.
Salí alegremente del dormitorio solo para encontrar a Ilona sentada en medio de mi salón, con las piernas cruzadas como si fuera la dueña del lugar.
La irritación bulló en mi interior.
—¿Qué coño haces aquí?
Levantó la vista con pereza, como si mis gritos no tuvieran ningún efecto en ella.
—He venido a verte, por supuesto.
Después de todo, esta es tu casa.
Se me tensó la mandíbula de rabia.
—No puedes entrar en mi casa como si fuera tuya, joder.
—¿Por qué no?
—preguntó—.
Tengo acceso a todos tus correos y contraseñas.
Supongo que es para que pueda entrar y salir a mi antojo con facilidad.
Además, usas la misma contraseña para todo.
«14 de agosto» es muy soso.
Dime, ¿de quién es el cumpleaños?
Su indiferencia me crispaba los putos nervios y, con cada segundo que pasaba sentada en mi sofá como si nada, más ganas me daban de agarrarla por el puto pelo y echarla a la calle.
Hasta ahora no había habido ni un solo problema con ella.
Era buena en su trabajo, mejor de lo que lo sería la mayoría de la gente en su puesto.
Era hija de un noble, y cuando él vino a mí por primera vez para pedirme que le diera un trabajo a su hija a cambio de una alianza, dudé.
Los niños mimados de los nobles no eran mi fuerte, pero corrí el riesgo.
En aquel momento necesitaba aliados, y él era jodidamente poderoso.
Ella resultó ser lo que no me esperaba y no me había arrepentido de mi decisión hasta ahora.
Fuera cual fuera la gilipollez posesiva que se traía entre manos, tenía que acabarse de una puta vez.
Mi acuerdo con Eva era reciente, y lo último que quería era que viera a Ilona entrando y saliendo de mi casa y diera por hecho que también me la follaba a ella.
La mayoría de las veces, Eva era como un animal asustado.
Había costado mucho llegar a este punto con ella y maldita sea si iba a dejar que algo lo arruinara.
—¡Quiero que te vayas, ahora!
—ordené.
Ella puso los ojos en blanco y se tomó su tiempo para ponerse en pie.
—Vale, me iré, pero antes, he venido a traerte una invitación.
Enarqué las cejas.
—¿De qué tipo?
—Mi padre me ha pedido que te invite a cenar.
Había algo en su forma de hablar.
Demasiada alegría en sus palabras y prácticamente daba saltitos.
Me miraba desde abajo, con los ojos brillantes y rebosantes de picardía y arrogancia.
—¿De qué va esta cena?
—pregunté, cruzándome de brazos—.
¿Por qué has venido a invitarme en persona?
Se encogió de hombros.
—Tendrás que venir y—
—No tengo tiempo para jueguecitos —espeté—.
Dime qué coño es y—
Levantó las manos en señal de falsa rendición.
—Tranquilo, no tienes ni puta gracia, ¿sabes?
Acabas de arruinar una buena sorpresa.
Con cada palabra que decía, sentía que mi paciencia se agotaba.
La miré sin expresión y, al cabo de un rato, suspiró de forma dramática.
—¡A tu abuela y a mi padre se les ha ocurrido una idea para formar una única nación aliada y fuerte!
¡Han acordado que nos casemos!
—chilló, aplaudiendo con regocijo—.
¿No estás emocionado?
La miré fijamente, esperando que alguien saliera de un rincón y me dijera que era una puta broma, pero nunca ocurrió.
Ella siguió parloteando sobre lo genial que sería la unión y que sería una esposa y una Luna estupenda.
Su voz sonaba como uñas en una pizarra y, con cada palabra, sentía que me hundía lentamente al borde de la locura.
—¡Joder, cállate!
—espeté—.
No voy a casarme ni de coña.
Ella frunció el ceño.
—Ellos hicieron el trato.
—Quienquiera que hiciera el trato puede casarse con quien le dé la puta gana.
Mi abuela no toma decisiones por mí, y menos de este tipo.
¡Lárgate de mi puta casa, ahora!
Esperaba algún tipo de réplica por su parte, pero no dijo nada.
Se limitó a cruzarse de brazos y a tararear para sí, con una pequeña sonrisa dibujada en los labios.
No tenía ni idea de por qué estaba tan emocionada, teniendo en cuenta que acababa de decirle a la cara que no me casaría con ella.
—Adiós, Nicholas —dijo arrastrando las palabras mientras salía por la puerta.
Cerré la puerta de un portazo a su espalda y eché el cerrojo.
Tenía que encontrar la forma de deshacerme de ella antes de que hiciera algo que pusiera en peligro permanente mi relación con Eva.
Hasta entonces…
Marqué el número de Eva, pero no contestó, lo que me hizo fruncir el ceño.
Eché un vistazo a la hora, sabiendo que ya tenía que haber vuelto del trabajo.
Lo achaqué a que se estaba aseando, así que le envié un mensaje para que viniera.
Si no hubiera estado tan emocionado ante la perspectiva de verla, me habría dado cuenta de que lo leyó casi al instante.
Me entretuve en la cocina, preparando una olla de espaguetis con albóndigas.
Era su comida favorita de pequeña.
Justo cuando terminaba, oí sonar el timbre y corrí a abrir.
El olor de su perfume me golpeó al instante y me hice a un lado para que entrara.
—He preparado la cena —le dije, pero no respondió, se dirigió directamente a la cocina.
Fruncí el ceño ante su actitud, pero no dije nada, y opté por seguirla a la cocina.
No pude evitar darme cuenta de que no me miraba a los ojos, ni siquiera cuando me paré frente a ella.
—Tu presentación de hoy ha estado bien.
Ignora lo que dijo esa gente.
Una vez más, no respondió.
Se limitó a servirse una ración de comida y a actuar como si yo no existiera.
Estaba claro que no quería estar aquí y eso me enfurecía.
Vino a mí por la oferta porque su neurótico marido no podía ayudarla.
¿Ayer me suplicaba atención y ahora no podía molestarse?
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