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Lux de Luna - Capítulo 105

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Capítulo 105: Antes de la tormenta

La noche había caído con una serenidad engañosa sobre los límites del Reino Sagrado.

El cielo, limpio y vasto, se extendía como un manto oscuro salpicado de estrellas que parecían observar en silencio el devenir de aquellos que, sin saberlo del todo, estaban a punto de cambiar el destino de varios mundos. La brisa nocturna acariciaba suavemente los campos abiertos que rodeaban la pequeña casa de Hanna, una construcción modesta pero cálida, que contrastaba con la majestuosidad del palacio que quedaba atrás.

Allí, lejos de las paredes de piedra y de las normas de la corte, todos se reunieron.

Era un momento de pausa.

Una tregua breve antes de lo inevitable.

Hanna permanecía de pie cerca de la entrada, con los brazos cruzados, observando el horizonte como si intentara memorizarlo. A su lado, Sabine la miraba con curiosidad, inclinando ligeramente la cabeza.

— ¿Te sientes triste por volver a abandonar tu reino? —preguntó con suavidad.

Hanna tardó unos segundos en responder.

No porque no supiera la respuesta, sino porque no estaba acostumbrada a decirla en voz alta.

—Mi vida en Tierra de Lobos no es tan mala —admitió finalmente—. Además, tengo una misión por cumplir… y necesito regresar junto a la princesa Lux.

Había determinación en sus palabras, aunque en el fondo se escondía algo más: una lealtad que había crecido sin que ella misma lo notara.

Sabine asintió, pero no parecía del todo satisfecha.

—¿Qué ha pasado con el antiguo rey, el padre de Lilian?

Hanna arqueó una ceja.

—¿El Rey Lucius?

-Si.

La pregunta quedó flotando en el aire.

Hanna dudó.

No era tanto el contenido de la respuesta lo que le preocupaba, sino a quién se la estaba dando. Sabine no era alguien en quien confiara completamente… pero tampoco una enemiga.

“¿Deberías confiar en ella?”, se preguntó.

Y entonces, como si la duda le resultara incómoda, decidió simplificar el asunto a su manera.

—Si me das unos diamantes, te lo cuento.

Sabine la miró con incredulidad.

—Serás codiciosa…

Hanna se llevó una mano al pecho, fingiendo ofensa.

—¡Oye! De algo tengo que vivir, ¿no? Si vosotros no os enfermáis porque sois lobos, nadie me compra mis pociones. Entonces, ¿de qué vivo?

Sabine suspiró, resignada.

Buscó entre sus pertenencias y le entregó una pequeña piedra brillante. No tenía valor real, pero relucía lo suficiente como para engañarla.

Hanna la observó con satisfacción.

—Bien… trato hecho.

Se inclinó ligeramente hacia ella, bajando la voz como si compartiera un secreto prohibido.

—Nadie sabe qué pasó realmente con él. Después de que Lilian desapareciera, el rey se encerró durante días. No salía. No hablaba con nadie.

Sabine escuchaba con atención.

—Cornelius, una tarde, decidió entrar por la fuerza… para asegurarse de que seguía con vida. Pero cuando entró…

Hanna hizo una pausa teatral.

—No había nadie.

Sabine abrió los ojos.

—¿Desapareció?

—Eso parece. Aquí solo han pasado unos meses desde entonces… pero nunca más se le volvió a ver.

El silencio que siguió fue más pesado.

— ¿Qué crees que le ocurrió? —preguntó Sabine en voz baja.

Hanna se encogió de hombros.

—Dicen que la huida de Lilian le rompió por dentro. Que no pudo soportarlo.

Miró hacia el cielo.

—Pero como nadie encontró su cuerpo… nadie lo sabe con certeza.

Sabine frunció el ceño.

—¿Y si cruzó un portal?

Hanna soltó una pequeña risa.

—Quién sabe…

—Vaya… cuánto misterio.

—¿A que sí?

En ese momento, Leo se acercó a ellas. Su presencia aportaba una calma distinta, más cálida, más terrestre. Con delicadeza, apoyó una mano en el hombro de Sabine.

—¿Estáis listas?

Sabine le sonrió.

—Sí, cielo. Aquí ya hemos terminado.

A unos metros de distancia, el ambiente era completamente distinto.

Conall y Zeta se encontraron reunidos sus guerreros. La conversación era más tensa, más estratégica.

—Hemos estado dos días aquí —comentó Conall con el ceño fruncido—. Eso habrán sido semanas en nuestro reino.

—También hemos comprobado que aquí, el enlace mental con la manada, no funciona.—agregó Sion.

El tiempo entre los reinos no fluía igual.

Y eso siempre traería consecuencias.

— ¿Qué le diremos al rey cuando pregunte? —añadió Sebástian.

Zeta cruzó los brazos, pensativo.

—Puedo encargarme de mi padre.

Conall lo miró con escepticismo.

— ¿Cómo le convencerás de quedarte más tiempo en mi manada?

Zeta esbozó una leve sonrisa.

—Algo se me ocurrirá.

Conall no parecía del todo convencido.

—Eso espero… porque Lux no dejará que te vayas.

El silencio entre ambos fue breve, pero significativo.

—Lo sé —respondió Zeta finalmente—. Y tampoco quiero alejarme de ella.

Aquella confesión, sencilla pero honesta, sellaba algo que ya no necesitaba palabras.

—Nadie puede sospechar de los poderes de Lux —continuó Conall—. Ni de que tiene dos compañeros.

Zeta gruñó suavemente.

—Eso también lo sé.

—Vuestro secreto está a salvo conmigo, mi Alfa.—juró con lealtad, Sion.

—Y conmigo también. —afirmó Sebástian.

Conall añadió, con firmeza:

—Ella tiene que seguir siendo mi Luna del Norte.

Los ojos de Zeta brillaron con determinación.

—Pensaré en una estrategia. Todos saben de lo que mi mente es capaz.

Y en ese instante, el aire cambió.

Una atmósfera espesa y electrizante pareció envolver el claro del bosque donde estaban reunidos. No era un cambio sutil; se sentía como si el mundo mismo hubiese tomado una respiración contenida, esperando lo inevitable.

Ella.

Lux apareció.

No llegó caminando ni hizo el más mínimo esfuerzo para ser vista. Simplemente… estaba allí, etérea, como si siempre hubiera formado parte de ese entorno, como si el mismo aire la hubiese conjurado. A su lado, Oz, con su mirada decidida y su postura protectora. Detrás de ellos, Cornelius e Iris, quienes observaban la escena con curiosidad y un leve atisbo de inquietud.

Se habían teletransportado sin ningún esfuerzo ni la necesidad de las piedras runas.

El grupo quedó en silencio por un momento.

Zeta arqueó una ceja, rompiendo el silencio con un tono mordaz que resonó en el aire tenso.

—¿Nos han venido a despedir?

Conall soltó una risa seca, pero vacía, una reacción automática ante la incomodidad.

—Qué detalle…

Lux, sin embargo, negó con la cabeza, sus ojos brillaban con una mezcla de diversión y determinación.

—No.

El segundo se alargó, una pausa cargada de significado que generó un nudo en el estómago de todos.

—Mi padre viene con nosotros.

El impacto fue inmediato, un bombazo que reverberó entre los árboles. Las reacciones no se hicieron esperar.

—¿Qué? —exclamaron Conall y Zeta al unísono, el eco de la incredulidad aún resonando en sus voces.

—¡No, ni hablar! —protestó Zeta, su tono lleno de desdén, como si la misma idea le resultara ofensiva.

Pero Lux no vaciló. Su mirada era firme y decidida, un desafío silencioso que atravesaba el aire cargado de sospechas.

—Compañeros, ya está decidido.

Su voz no era autoritaria, sino que emanaba una convicción inherente que parecía obligar a los demás a escucharla. Había un peso en su declaración, una certeza que desdibujaba las dudas.

Los lobos intercambiaron miradas tensas, llenas de desconfianza. La protección instintiva chisporroteaba entre ellos, como chispas saltando en la oscuridad, pero bajo esa capa de rabia y miedo, también había resignación. Sabían que Lux había tomado su decisión.

—Estupendo… —gruñó Conall, su tono gélido contrastando con la calidez del ambiente. La tensión aumentaba, como si la propia naturaleza estuviera conteniéndose, lista para desatarse ante los acontecimientos inminentes.

La lucha se cernía sobre ellos, pero el camino ya estaba trazado.

—Y ¿quién se queda aquí? —preguntó Hanna, curiosa.

—Yo —respondió Iris, aunque su voz no sonó tan segura como hubiera querido.

—¿Te vas a quedar aquí solita?

Iris iba a responder, pero una figura imponente dio un paso al frente.

—Yo me quedaré también.

Todas las miradas se dirigieron hacia él.

Sión.

Su imponente presencia llenaba el espacio sin esfuerzo.

Lux sonrió.

—Le he pedido que se quede.

Miró a Iris con suavidad.

—Es un gran guerrero. Estoy seguro de que podrá protegerte… y ayudarte.

Hanna no tardó en intervenir, con una sonrisa cargada de picardía.

—Ya… ya me imagino qué clase de “apoyo” le va a dar…

Iris se sonrojó al instante.

Sion, en cambio, simplemente la miró de reojo.

Pero en ese cruce de miradas hubo algo más.

Algo que no necesitaba palabras.

No muy lejos, otra tensión comenzaba a formarse.

Hanna observaba a Oz con desconfianza.

—¿Y este de dónde ha salido?

Oz alzó la barbilla.

—Me llamo Oz. Soy el cuidador de la princesa Lux.

Hanna dio un paso al frente, indignada.

—¡De eso nada! La cuidadora soy yo.

Oz se acercó, desafiándola con la mirada.

—Por fin te conozco. El hada floja que no hizo bien su trabajo.

—¡Pero bueno! Que grosero…

— Deberías haber enseñado a nuestra princesa a brillar.

Hanna chasqueó la lengua.

—¡Me hubiera gustado verte bajo su poder rojo, bonito!

Oz se tensó.

—¿Me has dicho bonito?

—¡Basta! —intervino Lux.

Ambos se callaron al instante.

—No estamos aquí para enfrentarnos.

Su voz se volvió más grave.

Más profunda.

—Se acerca una guerra muy oscura.

El silencio que siguió fue distinto.

Pesado.

Real.

—Y nos necesitamos.

Nadie habló.

Hasta que Conall rompió la quietud.

—¿Muy oscura?

Lux caminó hacia él.

Tomó su mano.

Y luego la de Zeta.

—No solo lucharemos contra el Rey Eliseo.

Sus ojos brillaron.

—También contra la oscuridad que habita dentro de él y el poder oscuro del Inframundo.

Zeta frunció el ceño.

—¿Oscuridad?

Lux dudó un instante.

—Zeta… cuando llegue el momento, tendré que contarte algo sobre tu padre.

La tensión creció.

—Algo que no te gustará.

—¿Por qué no ahora?

Lux negó suavemente.

—Porque todo tiene su momento.

Sus ojos se suavizaron.

—No puedo alterar las líneas del tiempo.

Conall la miró con atención.

—¿Tienes visiones?

Lux se sonrojó suavemente.

-Si.

Hizo una pausa.

—Algunas… las vivo mientras ocurren.

Zeta dio un paso adelante.

—Entonces… ¿por qué no evitar lo que va a pasar?

La respuesta de Lux fue inmediata.

—Porque lo cambiaría todo.

El viento soplo con más fuerza.

—Y podría destruir lo que somos.

Sus dedos se entrelazaron con los de ellos.

—Si cambio el futuro…

Su voz bajó.

—Nuestro vínculo podría desaparecer.

El silencio fue absoluto.

El mundo pareció detenerse.

Y bajo aquel cielo estrellado, todos comprendieron lo mismo:

El destino ya estaba en marcha.

Y esta vez… no habría forma de detenerlo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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