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Lux de Luna - Capítulo 107

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Capítulo 107: Un golpe devastador

El despacho de Conall, normalmente reservado para decisiones estratégicas y asuntos de liderazgo, se había convertido aquella noche en el epicentro de algo mucho más grande que una simple reunión de manada.

El aire estaba cargado.

No solo de tensión, sino de destino.

Todos estaban allí.

Conall, firme junto a su escritorio.

Zeta, apoyado contra una de las columnas, aunque su postura relajada no lograba ocultar la tormenta que llevaba dentro.

Lux, en el centro.

Siempre en el centro.

Cornelius, aún adaptándose a un mundo que no era el suyo, pero observando todo con la atención de un rey.

Hanna, Oz, Sabine, Leo, Sebástian… y, frente a ellos, Raunak y Anaisha.

Los pilares de la mandada.

Conall tomó la palabra.

—Raunak, Anaisha… os presento al Rey Cornelius del Reino Sagrado.

El impacto fue inmediato.

—¡Ah!

Ambos intercambiaron miradas, claramente sorprendidos.

Lux dio un paso al frente.

—Es mi verdadero padre.

El silencio que siguió fue distinto.

Más profundo.

Cornelius se acercó con elegancia y, en un gesto casi imperceptible, le guiñó un ojo a su hija. Aquello arrancó una leve sonrisa en Lux, suavizando por un instante el peso del momento.

Pero la calma no duró.

Raunak fue directo al punto.

—Para vosotros han pasado dos días… pero aquí han sido semanas.

Su voz era grave.

Preocupada.

—El Rey Eliseo está ansioso. No deja de enviar cuervos preguntando por Zeta.

—No he sabido explicar, porque no pudo conectarse por su enlace mental con su hijo.—reclamó Raunak. Siempre pareciendo enfadado.

Zeta presionó ligeramente la mandíbula.

—Ya no sabemos qué responderle —continuó Raunak—. Y no es lo único…

Se giró hacia Conall.

—La manada está inquieta. Hay rumores de alianzas entre otros alfas. Quieren este territorio.

El nombre de la montaña no fue necesario.

Todos sabían lo que estaba en juego.

Pico Blanco.

Las piedras runas.

El poder.

Conall se preparó para responder.

Pero Lux habló antes.

—Raunak… sé que no te caigo bien.

El Beta quedó completamente inmóvil.

—Esto se pone intersante. —bromeó Leo por lo bajo.

Sabine le dió un codazo que hizo que a Leo se le borrara la sonrisita tonta que llevaba.

—No, Luna… eso no es así…

Pero su expresión lo delataba.

Lux no se ofendió.

—No te preocupes —dijo con calma—. Lo entiendo.

Sus ojos se suavizaron.

—Has visto como le he hecho daño a tu Alfa.

Conall la miró de reojo.

Había verdad en esas palabras.

Pero también había algo más.

Algo que Raunak empezó a comprender.

—Soy sanadora —continuó Lux—. Pero en ese entonces, no controlaba bien mis poderes. Y en vez de ayudar, lo estropeé todo.

Se llevó una mano al pecho.

—Pero ahora sí.

Su voz cambió.

Se volvió más firme.

Más segura.

—Y las cosas aquí… van a cambiar.

El silencio fue absoluto.

Incluso el viento pareció detenerse.

—Nadie, excepto los que estamos aquí, deben saber sobre mis poderes.

Miró a cada uno de ellos.

—Y mucho menos… que Conall y Zeta son mis compañeros.

Zeta tensó ligeramente la mandíbula.

Pero no dijo nada.

Sabía que tenía razón.

La sala estaba impregnada de un silencio denso, solo interrumpido por el latido acelerado de los corazones que allí se encontraban. Lux, de pie en el centro.

—Tenemos mucho trabajo —continuó Lux, su voz resonando como un eco en las paredes de piedra—. Debemos diseñar una estrategia de guerra.

La palabra “guerra” cayó sobre ellos como una losa pesada, provocando un instante de parálisis. Los rostros se tornaron serios; cada miembro presente estaba consciente del significado de aquella declaración. La guerra no era un juego. Era una sombra que se cernía sobre ellos con la promesa de dolor y sacrificio.

—Preparar a todos los guerreros. A cada hombre en edad de luchar —ordenó Lux, su mirada fija en cada uno de ellos, como si buscara el fuego de la determinación en sus almas.

Su mirada se endureció, recorriendo los rostros marcados por la incertidumbre. La guerra traía consigo la devastación, pero también la esperanza de proteger lo que amaban. Sus labios se apretaron, su expresión se tornó aún más seria.

—Y proteger a los que no pueden hacerlo —añadió, mientras la gravedad de sus palabras se asentaba entre los presentes.

Hizo una pausa, dejando que la atmósfera cargada absorbiera el peso de la realidad.

—Mujeres. Ancianos. Niños.

Sus ojos brillaron con una ferviente determinación. Cada palabra pronunciada era una promesa, un juramento ante aquellos que dependían de su coraje. Las imágenes de rostros familiares, de risas inocentes, fluyeron por su mente como un torrente. No podían fallarles.

—Construiremos refugios subterráneos. Lugares seguros —declaró, y su voz se elevó en firmeza, resonando como un llamado a la acción ante el inminente desastre. Sabía que cada segundo contaba, que el tiempo se escurría entre sus dedos como arena.

Raunak, dio un paso adelante, su mirada llena de ansiedad, pero también de valor.

—¿Entonces… llegará? —preguntó, con la voz temblando levemente bajo la presión de la incertidumbre.

Lux no dudó. Lo miró a los ojos, reconociendo el miedo que ambos compartían.

—Sí.

El peso de la verdad cayó sobre todos como una tormenta inminente. La guerra iba a ocurrir. Cada hombre, cada mujer, cada niño en el reino debía prepararse para lo inevitable. Un escalofrío recorrió la sala; era la sensación escalofriante de lo desconocido, de lo peligroso.

—Y debemos estar listos —finalizó Lux, su voz ahora un rugido de determinación.

Las llamas de la resistencia empezaron a arder en los corazones de todos. Se miraron unos a otros, comprendiendo que el momento de actuar había llegado. La lucha por su hogar, por su futuro, comenzaba en ese mismo instante.

La mirada de Lux se alzó.

—Pico Blanco no caerá.

No fue una promesa.

Fue una declaración.

—Ni ante el Rey Eliseo… ni ante ningún otro Alfa.

Anaisha respiró hondo.

— ¿Y cómo vamos a adelantarnos?

Lux la miró.

—Tengo visiones.

Sus dedos se entrelazaron.

—Podremos anticiparnos a algunos movimientos.

Hizo una pausa.

Y entonces dijo algo que lo cambió todo.

—Y también… puedo aniquilar un batallón con solo un chasquido de mis dedos.

El silencio fue brutal.

Todos la miraron. Ella se sonrojó de inmediato. Conall y Zeta respiraron hondo.

Algunos con asombro.

Otros con miedo.

—Soy muy poderosa —añadió—. Pero no puedo matar sin motivo.

Bajó la mirada.

—Tengo un poder oscuro.

Cornelius dio un paso adelante.

—Lux… si ese poder te consumiera…

—Está bien, papá.

Lux lo interrumpió con suavidad.

—Ellos son mi familia.

Le sostuvo la mirada.

—Deben saberlo.

Raunak frunció el fruncido.

—¿Poder oscuro? ¿Cómo?

Zeta habló.

—¿Proviene de Marcus?

Lux negó.

—No.

El silencio se tensó aún más.

—Entonces… ¿de dónde?—preguntó impaciente Conall.

Fue Oz quien avanzó.

—Si me lo permites, pequeña luminiscencia…

—¡Habla!

Conall ya estaba perdiendo la paciencia.

—Será mejor que empieces pequeño elfo, joder.

Oz lo miró con cierta ofensa.

—No soy un elfo. Soy un hada.

El lobo de Conall gruñó en su mente.

—¿Quieres que lo mate?

—Cállate —respondió Conall mentalmente.

Oz carraspeó.

—Hace mucho tiempo… en Tierra Media… hubo una rebelión.

Las palabras parecían antiguas.

Pesadas.

—Un grupo de brujos se alzó contra la familia sagrada.

Todos escuchaban.

—Fueron derrotados. Expulsados.

Se paseó lentamente.

—Sin poder regresar al Reino Sagrado, se dispersaron.

Hizo una pausa.

—Algunos… llegaron aquí.

El Reino de los Lobos.

—¿Y eso qué tiene que ver con Lux? —gruñó Conall.

Oz lo miró.

—Todo.

El silencio volvió.

—Estos brujos… practican magia salvaje.

Sabine alzó una ceja.

—¿Eso qué significa?

Leo se inclinó hacia adelante.

—Calla, que quiero escuchar.

Oz suspiró.

—Magia impredecible. Caótica. Pero extremadamente poderosa.

Su voz bajó.

—Y adoran a una entidad.

Se detuvo.

—Mystra.

El nombre pareció enfriar la sala.

—Y esa ¿quién es? —preguntó Sabine.

Oz la miró.

—Una diosa.

Hizo una pausa.

—O lo fue.

Todos guardaron silencio.

—Muró hace siglos.

Pero levantó un dedo.

—Su alma… no.

Leo parpadeó varias veces.

—Vale… me estoy perdiendo.

Oz ignoró el comentario.

—Sus seguidores quieren traerla de vuelta.

Miró a Lux.

—Y necesitan un recipiente.

El aire se volvió denso.

—Y el poder de las piedras runas.

Zeta se tensó.

—Mi padre…

Lux lo miró.

Y asintió.

—Lo sabe todo.

El golpe fue directo.

—Trabaja con ellos.

Zeta retrocedió un paso.

—No… ¡Maldición!

—Se hacen llamar “La Orden” —añadió Lux.

El silencio fue devastador.

—Le han prometido poder.

Zeta apretó los puños.

—¿Qué tipo de poder?

Oz miró a Lux.

Y fue ella quien respondió.

—Yo.

Zeta la miró, confundido.

—¿Qué?

Lux dio un paso hacia él.

—Zeta, tu padre me quiere para poder crear el primer cachorro, de una nueva especie.

Su voz tembló apenas.

—Mitad lobo… mitad sanador.

El horror se reflejó en los ojos de todos.

Conall habló.

—Hay que matarlo.

Directo.

Frío.

Zeta levantó la mirada.

—Estoy de acuerdo.

El dolor lo atravesaba.

—Ese ya no es mi padre.

Pero Lux negó.

—No.

Se acercó a Zeta y lo abrazó.

—Eso es lo que intento decirte.

Zeta la miró, roto.

—¿Por qué no?

Lux alzó la mirada.

—Porque no puede morir.

—¿Por qué?

Y entonces…

La verdad.

—Porque ha hecho un pacto con Mystra.

El silencio fue absoluto.

—Y alberga una oscuridad…

Su voz bajó.

—Que no debe liberarse.

Conall sintió un nudo en el pecho.

—¿Qué pasaría si muere?

Lux lo miró.

—Se abriría un portal.

El aire pareció desaparecer.

—Y lo que hay al otro lado…

Negó.

—No debe salir.

Zeta tragó saliva.

—¿Y la oscuridad?

Lux no apartó la mirada.

—Pasaría a su descendiente.

El tiempo se detuvo.

Todos giraron lentamente la cabeza hacia Zeta.

El golpe fue silencioso.

Pero devastador.

—¡Mierda! —gruñó él, tensándose por completo.

Y en ese instante…

Todos comprendieron algo.

La guerra no solo estaba fuera.

También…

Acababa de empezar dentro de ellos.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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