Lux de Luna - Capítulo 115
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Capítulo 115: Susurros nocturnos
La sala de estrategia de la Fortaleza de Escarcha Feroz estaba cargada de tensión.
No era una tensión visible, no había gritos ni discusiones abiertas… pero se sentía en el aire, densa, expectante, como la calma que precede a una tormenta que todos sabían inevitable.
Lux permanecía de pie en el centro, erguida, firme.
Su presencia ya no era la de una simple sanadora.
Era… inevitable.
—Muy bien, entonces debemos estar preparados para recibirlos a todos —había dicho, con una seguridad que incluso a ella misma la sorprendía.
Las palabras quedaron suspendidas, mientras cada uno asumía el peso real de lo que venía.
Once manadas.
La Real.
Y con ellas… ojos.
Muchos ojos.
Observando.
Midiendo.
Esperando cualquier signo de debilidad.
—No atacarán mientras dure la coronación —afirmó Conall, cruzando los brazos con un gesto pétreo, su voz cargada de una convicción que no admitía réplica alguna.
—Pero permanecerán al acecho, recopilando información —añadió Leo, recargado contra la mesa, su mente analítica escrutando cada posibilidad como si desgranara un enigma.
Zeta asintió con gravedad, sus ojos oscuros reflejaban la intensidad del panorama que se avecinaba.
—Por eso debemos reducir drásticamente la seguridad, —declaró con un frío cálculo—. Necesito que perciban vuestra vulnerabilidad, que crean que soís presas fáciles.
Raunak frunció el ceño, la preocupación marchando en arrugas profundas.
—Eso es jugar con fuego, Zeta. Podría torcerse en nuestra contra en cualquier instante.
—Tiene que fracasar —corrigió Zeta con una fría determinación, su tono carente de dudas—. Solo así ganaremos su confianza y podrán bajar la guardia.
Un silencio denso y pesado se extendió por la estancia, como la calma inquietante antes de la tormenta. Cada uno sentía el peligro latente.
No era una estrategia exenta de riesgos.
Era una provocación directa al enemigo.
Y todos eran conscientes de las consecuencias que podría acarrear.
Lux respiró hondo, dejando que el aire calmara momentáneamente el temblor que empezaba a aflorar en su voz antes de intervenir con autoridad contenida.
—Padre, para esto necesitaremos el respaldo absoluto del Reino Sagrado —dijo, fijando sus ojos en Cornelius con una mezcla de respeto y urgencia.
Sin vacilar ni siquiera un instante, Cornelius respondió con una resolución férrea.
—Todo lo que necesites, hija mía, será tuyo sin reservas —aseguró, su mirada emanaba un poder inquebrantable que fue un bálsamo para la tensión reinante.
Aquella promesa inmediata e incondicional provocó un leve fulgor en los ojos de Lux, una chispa de esperanza en medio de la inquietud.
—Protegeremos la fortaleza con un hechizo ancestral —explicó, su voz firme pero cargada de reverencia por el poder que invocarían—. Requiero la presencia y la ayuda de todos las sanadoras, hadas y hechiceros disponibles. No podemos permitir que ningún detalle quede al azar.
Conall asintió, comprendiendo la magnitud del compromiso.
—Entonces, cada movimiento será calculado. Reducir la seguridad parecerá un error, pero será nuestro mejor escudo —murmuró, ajustando mentalmente cada pieza en el tablero invisible de la estrategia.
Leo, con su mirada analítica siempre en alerta, añadió:
—Debemos anticipar sus movimientos, prever los posibles puntos de infiltración y asegurar que la información falsa circule con naturalidad.
Raunak, aunque inquieto, aceptó la realidad.
—Esto implica aceptar pérdidas… y riesgos que podrían costarnos demasiado. Pero, si logramos que crean en nuestra debilidad, el golpe será definitivo cuando llegue el momento.
Zeta, manteniendo su semblante imperturbable, concluyó:
—Provocar la confianza del enemigo es una trampa elaborada. No hay lugar para errores. Debemos jugar con esta fachada hasta que ellos mismos bajen la guardia.
Un aire de solemnidad se apoderó del lugar. Nadie habló más, conscientes de que la próxima semana decidiría el futuro de su fortaleza, y quizás, de todo su mundo.
Cada uno sabía que su papel en aquel delicado entramado podía ser la diferencia entre la derrota total o una victoria que pasaría a la historia. La tensión electrizante pendía en el ambiente, cargada de esperanza, miedo y la implacable voluntad de sobrevivir y vencer.
Cornelius asintió.
—Partiré de inmediato. Iris se encargará de organizarlo todo.
—Gracias, papi.
El abrazo fue breve… pero cargado de algo más profundo.
Urgencia.
Despedida anticipada.
Cuando Cornelius abandonó la sala, algo cambió.
Algo casi imperceptible.
—Nuestra compañera ha sido muy sutil en enviar al padre nuevamente hasta el Reino Sagrado. —comentó Vito en la mente de Zeta.
—Sí, yo también me he dado cuenta.—gruñó Titan en la de Conall—. Ha quitado del tablero a la pieza más poderosa.
Zeta sonrió levemente.
—Lux es única.
Pero Conall no compartía esa calma.
—Lux es una inconsciente.
El pensamiento fue seco. Cortante.
—Ir otra vez al Reino Humano solo nos traerá problemas.
—¿Acaso tienes miedo, Alfa? —provocó Titan.
La respuesta fue inmediata.
—Cállate. No te vengas tan arriba, lobo.
—¡Eh! Un poco más de respeto, ahora tengo nombre.
Conall se tensó desconectándose mentalmente de Titan.
Y el vínculo se cerró de golpe.
Silencio.
La reunión terminó poco después.
Órdenes dadas.
Decisiones tomadas.
Y un destino que ya no podía evitarse.
Cuando las puertas se cerraron y quedaron solos, el ambiente cambió por completo.
Más íntimo.
Más… real.
Lux fue la primera en hablar.
—¿Por qué esa cara, Zeta?
Conall intervino antes de que él respondiera.
—¿Es por la coronación? Ya lo hemos hablado.
Pero Zeta negó.
Lentamente.
—No es eso…
Lux lo observó con atención.
Algo no encajaba.
Algo… no estaba bien.
—Entonces, ¿qué es?
Zeta bajó la mirada.
Sus manos, firmes en batalla, ahora parecían no saber dónde colocarse.
Dudó.
Y ese simple gesto hizo que el corazón de Lux se tensara.
—¿Me lo dices tú… o le pido a Vito que lo haga? —dijo ella, con una calma que no era del todo real.
—Lux… —la advirtió Conall.
Pero ella no apartó la mirada.
—Los tres somos uno.
El silencio se volvió insoportable.
Finalmente, Zeta respiró hondo.
—Tengo que regresar al palacio.
El mundo se detuvo. Lux tensó su cuerpo por completo.
Su semblante se transformó en ira.
—De eso nada.
La respuesta de Lux fue inmediata. Instintiva.
Casi… desesperada.
Zeta se acercó despacio, tomando su mano.
Su pulgar acarició suavemente el dorso, como si intentara calmar una tormenta que ya estaba naciendo.
Lux… no tengo elección. Mi padre me ha reclamado oficialmente.
Y entonces…
Ella cambió.
Su esencia vibró en un instante, como si todo su ser reaccionara a una llamada ancestral, ineludible.
Un resplandor rojizo comenzó a filtrarse bajo su piel, un fuego latente que se intensificaba lentamente, como si un poder dormido despertara con inquietud o, peor aún, estuviera a punto de desbordarse sin control.
—¡No quiero que te vayas! —exclamó Lux, su voz quebrándose entre la determinación y el temor—. No puedo perderte ahora.
—¡Lux, detente! —Conall intervino al instante, firme y sereno, sujetando su otra mano con una presión segura—. Debes controlar tu poder. No podemos permitir que esta emoción nos destruya a ambos.
El aire alrededor de ellos pareció condensarse. La atmósfera se volvió densa, vibrante, cargada de una electricidad casi palpable.
Pesada.
Peligrosa.
Zeta no retrocedió ni un centímetro. En lugar de eso, dio un paso más hacia ella, cruzando esa línea invisible que separa el miedo de la confianza absoluta.
La abrazó con delicadeza y fuerza al mismo tiempo, como si con ese gesto quisiera anclarla a la realidad, protegerla del abismo.
—Princesa… —su voz bajó a un susurro intenso, casi reverente—. No dejaré que nada, ni nadie, nos separe. Ni siquiera mi padre.
El contacto fue un bálsamo. La energía carmesí que emanaba de Lux comenzó a disiparse, desvaneciéndose poco a poco como un incendio controlado que pierde fuerza ante la lluvia.
Su respiración, agitada y temblorosa, encontró al fin un ritmo estable.
Pero en sus ojos seguía ardiendo un reflejo distinto: miedo contenido, rabia subyacente, desafío latente.
—Estoy harta de tu padre —murmuró Lux, dejando escapar un suspiro cargado de frustración y dolor—. Siempre quiere controlarlo todo, como si fuéramos piezas en su tablero de ajedrez, sin posibilidad de movernos por voluntad propia.
Zeta apretó los labios, consciente de que esas palabras no solo eran un lamento, sino una verdad innegable. Sin embargo, también sabía que enfrentarse a esa autoridad requería más que coraje: necesitaban estrategia.
Zeta apoyó su frente contra la de ella.
—Lo sé —respondió él, cuidadosamente calculando cada palabra—. Pero ahora no es el momento para enfrentamientos directos. Debemos ser pacientes, actuar con inteligencia. Solo así podremos proteger lo que realmente importa.
Y en ese “lo sé” había demasiadas cosas no dichas.
Promesas.
Mentiras necesarias.
Verdades a medias.
Lux asintió levemente, su cuerpo aún tembloroso pero su espíritu recuperando la firmeza perdida.
El brillo rojo se apagó definitivamente, pero la sombra de lo que estaba por venir permaneció suspendida en el aire.
Porque la guerra que se avecinaba no sería solo contra un padre implacable, sino contra el destino mismo que pretendía separarlos.
Y en esa batalla, ellos serían el frente impenetrable.
Conall los rodeó por detrás, envolviéndolos a ambos en un gesto firme.
Protector.
—Regresará —dijo, más como una orden al destino que como una simple frase.
Zeta levantó el rostro de Lux con suavidad.
—Volveré con la comitiva. Antes de la coronación.
Sus labios rozaron los de ella.
No fue un beso impulsivo.
Fue… una promesa.
—Confía en mí.
Lux cerró los ojos un instante.
Y asintió.
—Tienes razón, mi príncipe… debemos ceñirnos al plan.
Pero cuando volvió a abrirlos…
algo en su interior había cambiado.
Porque, por primera vez…
el plan implicaba separarse.
Y eso…
eso era mucho más peligroso que cualquier guerra.
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La imagen de Lux, invadida por su poder rojo, os la dejo en comentarios. Podeís dejarme vuestras opiniones, son todas muy bien recibidas 😉💞
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