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Lux de Luna - Capítulo 122

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Capítulo 122: Lo que el instinto reclama

La noche avanzaba inexorable, pero para Sebastián, el tiempo parecía haber sido detenido en un espacio suspendido entre el anhelo y la desesperación. No recordaba haber dejado la calidez relativa de la cocina, ni cómo sus pasos lo trajeron hasta el frío y oscuro exterior de la casa de la manada. Solo una certeza lo dominaba con intensidad abrumadora: ella.

El aire helado del Norte golpeaba su rostro, como si el bosque quisiera despertarlo, pero nada lograba desvanecer el torbellino que consumía su mente. Su pecho se alzaba y caía con dificultad, cada respiración era una batalla entre el cuerpo que exigía y el alma que clamaba. Apoyó la espalda contra un árbol robusto, cerrando los ojos con fuerza, intentando controlar el caos interno.

—Contrólate… —murmuró, casi como si pidiera clemencia a sí mismo.

Pero no podía. No era solo deseo ni atracción. Era una sensación más profunda, mucho más adictiva. Era el vínculo, esa conexión primordial y primitiva que ataba su alma a la de Mina, su compañera destinada. Sentía ese hilo invisible tironeando con una fuerza implacable, como si una parte esencial de su ser hubiera encontrado finalmente lo que buscaba desde siempre, y ahora se negara a soltarlo.

—Mina… —su nombre escapó sin permiso, un susurro cargado de esperanza y miedo, que aceleró los latidos en su pecho y le heló la sangre.

El terror se apoderó de él. Abrir los ojos fue enfrentarse a una verdad dolorosa que rechazaba aceptar. Negó vigorosamente con la cabeza mientras se apartaba del árbol, intentando poner terreno de por medio entre esa conexión brutal y su voluntad quebrantada.

—Esto no está bien… —se dijo a sí mismo, arrancando a caminar con pasos vacilantes que pronto se tornaron apresurados.

Necesitaba distancia, silencio, respirar sin sentir el tirón feroz que correspondía al nombre de Mina. Pero cuanto más se alejaba, más penetrante se hacía ese lazo implacable. Se llevó una mano al pecho, sintiendo como si algo dentro de él se tensara hasta el límite del dolor, reclamando, exigiendo, ordenando: vuelve.

Sebastián apretó los dientes con fuerza, un gesto inútil frente a la imposibilidad de luchar contra aquello.

—No… —se repetía, como un mantra destinado a protegerlo.

Sus piernas comenzaron a flaquear, su respiración se volvió errática, y de repente se detuvo abruptamente. La comprensión lo golpeó con la brutalidad de un golpe de martillo: no podía alejarse. El vínculo no solo lo conectaba a ella, sino que lo ataba irremediablemente, como cadenas invisibles que se endurecían con cada intento de huida.

Pero se centró en seguir avanzando.

Pero su cuerpo… no respondía igual.

Y entonces se detuvo en seco otra vez…

Porque lo entendió.

—No puedo alejarme…

La realización cayó como una sentencia.

El vínculo lo ataba.

Literalmente.

Cuanto más intentaba huir…

Más sufría.

—Esto es una maldita locura…

Se dejó caer de rodillas, las manos hundidas en la tierra fría y húmeda del bosque. El mundo alrededor guardaba un silencio opresivo, pero en su interior reinaba un tormento insoportable. Su garganta estaba seca y el paisaje sombrío parecía aplastarlo bajo el peso de su condena.

Pero dentro de él…

Era caos.

—Sabía que te encontraría aquí —la voz grave y serena de Zeta rompió el silencio, obligándolo a alzar la mirada sin fuerzas.

—Vete, déjame solo —respondió Sebastián con voz áspera, sin esconder el conflicto que lo devoraba.

Zeta se acercó lentamente, observándolo con atención, consciente de la batalla silenciosa que libraba su amigo. La pregunta vino sin rodeos:

—¿Es tan fuerte el vínculo?

El silencio fue la única respuesta durante unos segundos. Finalmente, Sebastián tragó saliva, intentando ordenar sus pensamientos dispersos.

—No tienes ni idea —murmuró, con un hilo de desesperación en su voz—. No es solo que la quiera cerca… es que mi cuerpo… la necesita.

Zeta frunció el ceño con preocupación genuina.

—Eso no suena bien, Sebastián.

—Lo sé, es una mierda. —admitió Sebastián con una risa amarga, el sonido quebrado reflejando el dolor que lo consumía—. Pero duele. Y no puedo hacer nada.

Zeta cruzó los brazos, meditando las palabras y el peso de aquella conexión sobrenatural.

—Entonces tendremos que poner distancia. Volverás al Gran Palacio Real de inmediato.

Los ojos de Sebastián se oscurecieron de repente.

—No funcionará —replicó Sebastián de inmediato, con firmeza que pretendía convencer, aunque por dentro sentía la derrota cercana.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque ya lo estoy intentando.

El silencio se hizo denso otra vez. Zeta lo examinó con mayor detención.

—¿Crees que es más fuerte de lo normal, Sebastián?

—Mucho más —confirmó, con un dejo de resignación amarga.

Zeta inspiró hondo, preparándose para decir lo que temía.

—Entonces hay un problema mayor.

Sebastián alzó la mirada, sus ojos reflejaban el cansancio de batallas internas que parecían no tener fin.

—Siempre lo hay.

Hubo una pausa, la noche parecía contener el aliento ante la pesada confesión que estaba por venir.

—Es menor de edad—dijo Zeta con voz baja.

Las palabras flotaron entre ellos como una sentencia aún más cruel. Sebastián cerró los ojos, tragando el nudo que le quemaba en la garganta.

—Lo sé —murmuró.

—Es humana —agregó Zeta con delicadeza.

—También lo sé —repitió Sebastián, como si quisiera grabar aquel destino imposible.

—Es la hermana de Lux.

El golpe fue fulminante. Sebastián abrió los ojos, contemplando la realidad que convertía su vínculo ansiado en una prisión insoportable.

—Y aún así… —empezó a decir, con la voz quebrada por la pasión y la tristeza más profunda— no puedo ignorarlo.

El silencio que siguió fue abrumador, un abismo sin fondo que los separaba del consuelo.

Zeta suspendido, preparando su advertencia más dura.

—Esto va a romperte.

Sebastián esbozó una sonrisa débil, casi irónica.

—Ya lo está haciendo —respondió con desolación.

— Me lo merezco. Supongo que es mi castigo por todo lo que he hecho…

—No te castigues, Sebastián —replicó Zeta con suavidad—, ambos sabemos que no podías negarte a las órdenes de tu rey.

—Aun así, he causado mucho dolor… y ahora esto es lo que tengo que soportar.

Zeta palmeó su hombro en señal de apoyo y comprensión, pero sabía que esas palabras poco podían mitigar el tormento que su amigo atravesaba.

—Necesito verla…

La súplica surgió de Sebastián con una urgencia desesperada, una chispa de esperanza en medio de la tormenta. Pero esta vez, no hubo rechazo en su corazón; su cuerpo la demandaba.

Zeta percibió ese cambio inmediato y se plantó firme.

—No. No es una buena idea…

Sebastián lo miró, suplicante.

—Solo un momento. No la tocaré, solo necesito olerla.

—No. Y te lo pido como un amigo.

—Zeta…

—¡He dicho que no!—dejó escapar su aura Alfa y al instante, se arrepintió pero no había otra manera. El lobo de Sebastián, comenzaba a adueñarse de su conciencia.

El tono era inquebrantable, autoritario incluso, el límite que no se podía franquear. Sebastián apretó los puños con fuerza, luchando contra esa barrera invisible.

—No entiendes…

—Sí entiendo —respondió Zeta, con la mirada llena de pesar—. Y por eso mismo no te dejaré acercarte a ella ahora.

El silencio se tensó como un alambre a punto de mameluco.

— Podrías hacerle daño.

Las palabras golpearon a Sebastián con la dureza de una verdad ineludible. Dio un paso atrás, la incredulidad pintada en su rostro.

—Nunca…

—No intencionadamente —lo interrumpió Zeta—. Pero no estás en control.

Y eso era cierto. Sebastián bajó la mirada y, por primera vez, dudó de sí mismo con una profundidad devastadora.

—Entonces… ¿qué hago?

Zeta suspiró, consciente de la crueldad del destino.

—Aguantar.

Sebastián soltó una risa vacía y amarga.

—Eso no es una solución.

—Es la única que tenemos ahora.

El viento sopló entre los árboles, arrastrando consigo el eco de un futuro incierto.

—Esto no es normal, Zeta… jamás he perdido el control de esta manera.

Zeta lo evaluó, reconociendo la gravedad de la situación.

—No… —frunció el ceño, la sombra de la preocupación más profunda—. Pero supongo que cada vínculo es diferente…

—Y eso es lo que más me preocupa.—agregó Sebástian totalmente debilitado.

El vínculo, que debía ser un regalo sagrado y una promesa de unión, se había convertido en un tormento —una cadena invisible que atenazaba el alma de Sebastián y lo condenaba a un limbo cruel. La vida había sido injusta, dándole el amor verdadero solo para arrebatárselo en el instante en que la ley y el destino se interponían, colocando entre ellos años de espera y prohibición.

Cada segundo sin ella era un suicidio lento para su espíritu, un recordatorio constante de que no siempre el corazón puede dictar su voluntad en un mundo gobernado por reglas más feroces que el propio dolor. Sebastián comprendía que tenía que resistir, que debía llamar ese grito interior, pero la lucha era despiadada.

El bosque parecía cerrar sus ramas sobre él como una jaula oscura, y en aquel mismo instante, Sebastián dejó libre a su lobo para que aullara su dolor…

—¡¡¡Auuuuuuu!!!

En ese mismo momento, pero en la habitación, Mina se llevó una mano al pecho.

—¿Qué…?

Lux la miró de inmediato.

—¿Qué pasa?

Mina respiró hondo.

—Es… raro.

Cerró los ojos.

—Es como si alguien…

Dudó.

—Me llamara.

Lux se quedó completamente quieta.

—¿Lo sientes?

Mina asintió lentamente.

—Sí…

Abrió los ojos.

—¿Qué me ocurre?

Lux no respondió.

Pero no hacía falta.

Porque en su interior, ella ya sabía la respuesta.

————————–

La imagen del capítulo de hoy, os la dejo en comentarios.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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