Lux de Luna - Capítulo 121
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Capítulo 121: Un vínculo prohibido
El ambiente en la cocina cambió de forma casi imperceptible… pero contundente.
Sebastián ya no era el mismo.
Su respiración se había vuelto irregular, más profunda, como si cada bocanada de aire tuviera un peso distinto. Sus ojos, antes serenos, ahora estaban cargados de algo mucho más primitivo.
Algo que Lux reconoció al instante.
Peligro.
No externo.
Interno.
—Sebastián… —dijo con firmeza, dando un paso hacia él—. Mírame.
Él no reaccionó al principio. Su mirada seguía fija en Mina, como si todo lo demás hubiera desaparecido.
—Sebastián —insistió Lux, esta vez con un tono más autoritario.
Finalmente, él giró la cabeza.
Sus ojos estaban más oscuros.
Más intensos.
—Ella no solo es humana —continuó Lux, sosteniéndole la mirada—. También es menor de edad.
Las palabras fueron directas. Sin adornos.
Un golpe de realidad.
Sebastián tensó la mandíbula.
—No es como si lo hubiera planeado.
Su voz era grave, cargada de frustración… y algo más.
Algo que no podía controlar.
Lux suavizó ligeramente el gesto, aunque no bajó la guardia.
—Lo sé.
Hizo una pausa.
—Pero este no es el momento.
Su expresión se endureció.
—No puedo permitir que ocurra.
Mina, que había estado observando en silencio, frunció el ceño.
—¿De qué estáis hablando?
Lux giró hacia ella con una sonrisa que intentaba ser tranquilizadora.
—Mina… te presento a Sebastián.
Señaló ligeramente hacia él.
—Es el guerrero personal de uno de mis compañeros.
Mina lo miró de arriba abajo, aún con cierta cautela… pero sin perder su naturalidad.
—¿De cuál?
Se cruzó de brazos, pensativa.
—¿Del que parece hormonado con esteroides… o del que tiene sonrisa de anuncio de pasta de dientes?
El silencio duró apenas un segundo.
Y luego…
Lux soltó una pequeña risa.
—¿No es adorable mi hermanita?
Sebastián no apartó la mirada de Mina.
—Sí… es adorable.
Hizo una pausa.
Su voz bajó un tono.
—Y huele… increíble.
El comentario no pasó desapercibido.
Mina se tensó levemente.
Había algo en la forma en que él lo dijo… que no le gustó del todo.
No era ofensivo.
Pero tampoco normal.
Lux lo notó.
Todo.
Cada detalle.
Cada matiz.
Y eso solo confirmaba lo que ya había intuido.
—Tenemos que sacarla de aquí… ya —pensó.
Pero antes de que pudiera actuar, dos nuevas presencias irrumpieron en la cocina.
Conall y Zeta.
Ambos se detuvieron en seco al ver la escena.
—¿Me vas a decir que tenía razón? —preguntó Conall, cruzándose de brazos, con una media sonrisa que no ocultaba su preocupación.
Lux ni siquiera lo miró.
—No. Nunca te lo diré.
Zeta avanzó un paso, observando con atención.
—Traerla aquí ha sido peligroso —dijo con calma—. Para todos… incluida ella.
Lux negó suavemente.
—Yo no lo veo así.
Pero su tono… no era tan firme como antes.
Zeta no respondió.
En su lugar, dirigió su mirada hacia Sebastián.
Y lo vio.
La tensión.
La rigidez.
La lucha interna.
—¿Qué te pasa? —preguntó—. ¿Por qué tienes esa cara?
Lux intervino de inmediato.
—Llevaré a mi hermana a la habitación.
Su voz era más cortante ahora.
—Por hoy… hemos terminado.
Mina levantó la mano como si estuviera en clase.
—¿Puedo llevarme los panecillos?
Todos la miraron.
Ella encogió los hombros.
—Tienen buena pinta.
Lux sonrió con suavidad.
—Claro, cariño. Coge los que quieras.
Mina no lo dudó.
Tomó el vaso de leche.
Un par de panecillos.
Y entonces…
Se acercó a Sebastián.
Lux sintió cómo su cuerpo se tensaba.
—Mina… —susurró, pero ya era tarde.
La chica se puso de puntillas.
Y, con total naturalidad, dejó un pequeño beso en la mejilla de Sebastián.
—Eres raro… —dijo con una sonrisa—. Pero me has ayudado. Gracias.
El mundo se detuvo.
Para él.
Para Lux.
Para todos.
Porque ese gesto…
Fue el detonante.
Sebastián cerró los ojos un instante.
Y en ese instante…
El vínculo se afianzó.
Como una cadena invisible.
Como un latido compartido.
Como una certeza imposible de negar.
Lux reaccionó de inmediato.
—Vamos.
Tomó a Mina con suavidad pero con firmeza.
—Tenemos que arreglar esto.
Y sin mirar atrás, salió de la cocina con ella.
El silencio que quedó fue pesado.
Denso.
Zeta y Conall intercambiaron una mirada.
Y luego…
Ambos fijaron sus ojos en Sebastián.
—¿Qué… ha sido eso? —preguntó Zeta finalmente.
Sebastián no respondió de inmediato.
Su respiración aún estaba alterada.
Sus manos ligeramente tensas.
Sus sentidos… desbordados.
Cuando habló, lo hizo con una claridad que no dejaba espacio a dudas.
—Príncipe…
Alzó la mirada.
—He encontrado a mi compañera destinada.
El impacto fue inmediato.
Zeta parpadeó.
—¿Mina? ¿La pequeña humana escapista?
Sebastián asintió.
Conall dejó escapar una risa seca.
—Ay, Zeta…
Se llevó una mano a la frente.
—Puedes despedirte de tu mejor guerrero.
Zeta frunció el ceño.
—No es tan simple.
Conall lo miró con una mezcla de ironía y seriedad.
—Claro que no.
Hizo una pausa.
—Es mucho peor.
Ambos sabían lo que implicaba.
Una humana.
Menor de edad.
Hermana de Lux.
Hija de Lilian.
El silencio se volvió más oscuro.
Más peligroso.
Zeta miró a Sebastián con intensidad.
—¿Estás seguro?
Sebastián no dudó.
—Lo siento.
Negó levemente.
—No puedo equivocarme en esto.
Su voz se suavizó.
—La reconocí en cuanto la vi.
Zeta cerró los ojos un instante.
—Esto va a traer problemas…
Conall bufó.
—Problemas… es poco decir.
Se acercó un poco más.
—¿Sabes lo que pasará cuando Lilian se entere?
Sebastián no respondió.
Pero lo sabía.
Claro que lo sabía.
Y aun así…
—No puedo ignorarlo.
Su tono fue firme.
Inquebrantable.
—Es mía.
Zeta abrió los ojos.
—Cuidado con cómo dices eso.
Sebastián bajó la mirada un segundo.
—No en ese sentido…
Se corrigió.
—Es… mi destino.
El silencio volvió.
Pero esta vez…
No era solo tensión.
Era el inicio de algo.
Algo grande.
Algo peligroso.
Algo inevitable.
Algo totalmente prohibido en el reino de los lobos…
Una menor no podía ser reclamada…
Mientras tanto, Lux caminaba con Mina por el pasillo de la Fortaleza, intentando mantener la calma a pesar de la tormenta que se desataba en su interior. Sus pasos resonaban en las paredes descascaradas, pero ella apenas los escuchaba; su mente estaba atrapada en un torbellino de pensamientos oscuros.
¿Qué diría su madre cuando se enterase de lo de Mina? ¿Le hecharía la culpa a ella?
Los vínculos predestinados no se pueden evitar ¿o sí?
Lux intentaba no demostrar su preocupación, pero por dentro…
Todo se desmoronaba.
—Esto no puede estar pasando… —susurró Lux, con la voz quebrada y apenas audible.
Mina la miró de reojo, sus ojos grandes y llenos de preocupación. No entendía del todo lo que ocurría, pero sabía que había algo que no estaba bien.
—¿He hecho algo malo? —preguntó con suavidad, mordiéndose un poco el labio. —No era mi intención traerte problemas al salir corriendo de tu habitación…
Lux negó rápidamente, tratando de ocultar esa sensación de impotencia que se extendía en su pecho.
—No, cariño. —Suspiró— No es culpa tuya.
Pero sí era un problema.
Y uno muy grande.
Mina dio un pequeño mordisco al panecillo que sostenía en la mano, como si tratara de encontrar fuerzas en ese acto simple y cotidiano. Luego levantó la vista, sus ojos buscando una respuesta que le diera tranquilidad.
—Ese lobo… Sebastián… —dijo con cautela— Es raro.
Lux se tensó de repente, sintiendo un escalofrío recorrerle la espalda.
—¿Qué pasa con él? —preguntó, su voz cargada de aprensión.
Mina se encogió de hombros, tratando de expresar con simples palabras lo que no podía explicar con claridad.
—Es majete, pero no da miedo. —Hizo una pausa— Bueno… un poco sí.
Un suspiro escapó de los labios de Lux, y por primera vez en mucho tiempo, una sonrisa pequeña y triste apareció en su rostro.
—Es un buen lobo —dijo, tratando de convencerse a sí misma tanto como a Mina.
Mina asintió lentamente, con la mirada fija en algún punto lejano del pasillo.
—Lo parece.
El silencio volvió a instalarse entre ellas, pesado y lleno de dudas. Mina rompió la quietud con una pregunta que retumbó en el corazón de Lux como un puñal.
—¿Por qué me miraba así?
Lux dudó antes de responder, porque la verdad era complicada, demasiado compleja para explicarla sin romper la frágil armonía que las mantenía a salvo, al menos por ahora.
Finalmente, con la voz temblorosa, dijo:
—Porque eres especial.
Mina suspiró, como si esas palabras fueran un déjà vu doloroso.
—Otra vez con eso… —murmuró, apartando la mirada.
Lux la miró fijamente y, por primera vez desde que habían llegado a ese lugar, sintió una punzada de duda. Sabía que aquello ya no tenía vuelta atrás; la línea entre lo posible y lo imposible se había borrado, y ahora debían enfrentar la tormenta juntas, aunque el costo fuera desconocido.
La oscuridad que las rodeaba parecía cerrarse poco a poco, y cada paso que daban las acercaba a un destino incierto. Pero no podían detenerse. No podían huir.
Porque, en el fondo, Lux sabía que proteger a Mina significaba adentrarse en aquel abismo sin importar las consecuencias.
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La imágen del capítulo de hoy, os la dejo en comentarios.
La noche avanzaba inexorable, pero para Sebastián, el tiempo parecía haber sido detenido en un espacio suspendido entre el anhelo y la desesperación. No recordaba haber dejado la calidez relativa de la cocina, ni cómo sus pasos lo trajeron hasta el frío y oscuro exterior de la casa de la manada. Solo una certeza lo dominaba con intensidad abrumadora: ella.
El aire helado del Norte golpeaba su rostro, como si el bosque quisiera despertarlo, pero nada lograba desvanecer el torbellino que consumía su mente. Su pecho se alzaba y caía con dificultad, cada respiración era una batalla entre el cuerpo que exigía y el alma que clamaba. Apoyó la espalda contra un árbol robusto, cerrando los ojos con fuerza, intentando controlar el caos interno.
—Contrólate… —murmuró, casi como si pidiera clemencia a sí mismo.
Pero no podía. No era solo deseo ni atracción. Era una sensación más profunda, mucho más adictiva. Era el vínculo, esa conexión primordial y primitiva que ataba su alma a la de Mina, su compañera destinada. Sentía ese hilo invisible tironeando con una fuerza implacable, como si una parte esencial de su ser hubiera encontrado finalmente lo que buscaba desde siempre, y ahora se negara a soltarlo.
—Mina… —su nombre escapó sin permiso, un susurro cargado de esperanza y miedo, que aceleró los latidos en su pecho y le heló la sangre.
El terror se apoderó de él. Abrir los ojos fue enfrentarse a una verdad dolorosa que rechazaba aceptar. Negó vigorosamente con la cabeza mientras se apartaba del árbol, intentando poner terreno de por medio entre esa conexión brutal y su voluntad quebrantada.
—Esto no está bien… —se dijo a sí mismo, arrancando a caminar con pasos vacilantes que pronto se tornaron apresurados.
Necesitaba distancia, silencio, respirar sin sentir el tirón feroz que correspondía al nombre de Mina. Pero cuanto más se alejaba, más penetrante se hacía ese lazo implacable. Se llevó una mano al pecho, sintiendo como si algo dentro de él se tensara hasta el límite del dolor, reclamando, exigiendo, ordenando: vuelve.
Sebastián apretó los dientes con fuerza, un gesto inútil frente a la imposibilidad de luchar contra aquello.
—No… —se repetía, como un mantra destinado a protegerlo.
Sus piernas comenzaron a flaquear, su respiración se volvió errática, y de repente se detuvo abruptamente. La comprensión lo golpeó con la brutalidad de un golpe de martillo: no podía alejarse. El vínculo no solo lo conectaba a ella, sino que lo ataba irremediablemente, como cadenas invisibles que se endurecían con cada intento de huida.
Pero se centró en seguir avanzando.
Pero su cuerpo… no respondía igual.
Y entonces se detuvo en seco otra vez…
Porque lo entendió.
—No puedo alejarme…
La realización cayó como una sentencia.
El vínculo lo ataba.
Literalmente.
Cuanto más intentaba huir…
Más sufría.
—Esto es una maldita locura…
Se dejó caer de rodillas, las manos hundidas en la tierra fría y húmeda del bosque. El mundo alrededor guardaba un silencio opresivo, pero en su interior reinaba un tormento insoportable. Su garganta estaba seca y el paisaje sombrío parecía aplastarlo bajo el peso de su condena.
Pero dentro de él…
Era caos.
—Sabía que te encontraría aquí —la voz grave y serena de Zeta rompió el silencio, obligándolo a alzar la mirada sin fuerzas.
—Vete, déjame solo —respondió Sebastián con voz áspera, sin esconder el conflicto que lo devoraba.
Zeta se acercó lentamente, observándolo con atención, consciente de la batalla silenciosa que libraba su amigo. La pregunta vino sin rodeos:
—¿Es tan fuerte el vínculo?
El silencio fue la única respuesta durante unos segundos. Finalmente, Sebastián tragó saliva, intentando ordenar sus pensamientos dispersos.
—No tienes ni idea —murmuró, con un hilo de desesperación en su voz—. No es solo que la quiera cerca… es que mi cuerpo… la necesita.
Zeta frunció el ceño con preocupación genuina.
—Eso no suena bien, Sebastián.
—Lo sé, es una mierda. —admitió Sebastián con una risa amarga, el sonido quebrado reflejando el dolor que lo consumía—. Pero duele. Y no puedo hacer nada.
Zeta cruzó los brazos, meditando las palabras y el peso de aquella conexión sobrenatural.
—Entonces tendremos que poner distancia. Volverás al Gran Palacio Real de inmediato.
Los ojos de Sebastián se oscurecieron de repente.
—No funcionará —replicó Sebastián de inmediato, con firmeza que pretendía convencer, aunque por dentro sentía la derrota cercana.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque ya lo estoy intentando.
El silencio se hizo denso otra vez. Zeta lo examinó con mayor detención.
—¿Crees que es más fuerte de lo normal, Sebastián?
—Mucho más —confirmó, con un dejo de resignación amarga.
Zeta inspiró hondo, preparándose para decir lo que temía.
—Entonces hay un problema mayor.
Sebastián alzó la mirada, sus ojos reflejaban el cansancio de batallas internas que parecían no tener fin.
—Siempre lo hay.
Hubo una pausa, la noche parecía contener el aliento ante la pesada confesión que estaba por venir.
—Es menor de edad—dijo Zeta con voz baja.
Las palabras flotaron entre ellos como una sentencia aún más cruel. Sebastián cerró los ojos, tragando el nudo que le quemaba en la garganta.
—Lo sé —murmuró.
—Es humana —agregó Zeta con delicadeza.
—También lo sé —repitió Sebastián, como si quisiera grabar aquel destino imposible.
—Es la hermana de Lux.
El golpe fue fulminante. Sebastián abrió los ojos, contemplando la realidad que convertía su vínculo ansiado en una prisión insoportable.
—Y aún así… —empezó a decir, con la voz quebrada por la pasión y la tristeza más profunda— no puedo ignorarlo.
El silencio que siguió fue abrumador, un abismo sin fondo que los separaba del consuelo.
Zeta suspendido, preparando su advertencia más dura.
—Esto va a romperte.
Sebastián esbozó una sonrisa débil, casi irónica.
—Ya lo está haciendo —respondió con desolación.
— Me lo merezco. Supongo que es mi castigo por todo lo que he hecho…
—No te castigues, Sebastián —replicó Zeta con suavidad—, ambos sabemos que no podías negarte a las órdenes de tu rey.
—Aun así, he causado mucho dolor… y ahora esto es lo que tengo que soportar.
Zeta palmeó su hombro en señal de apoyo y comprensión, pero sabía que esas palabras poco podían mitigar el tormento que su amigo atravesaba.
—Necesito verla…
La súplica surgió de Sebastián con una urgencia desesperada, una chispa de esperanza en medio de la tormenta. Pero esta vez, no hubo rechazo en su corazón; su cuerpo la demandaba.
Zeta percibió ese cambio inmediato y se plantó firme.
—No. No es una buena idea…
Sebastián lo miró, suplicante.
—Solo un momento. No la tocaré, solo necesito olerla.
—No. Y te lo pido como un amigo.
—Zeta…
—¡He dicho que no!—dejó escapar su aura Alfa y al instante, se arrepintió pero no había otra manera. El lobo de Sebastián, comenzaba a adueñarse de su conciencia.
El tono era inquebrantable, autoritario incluso, el límite que no se podía franquear. Sebastián apretó los puños con fuerza, luchando contra esa barrera invisible.
—No entiendes…
—Sí entiendo —respondió Zeta, con la mirada llena de pesar—. Y por eso mismo no te dejaré acercarte a ella ahora.
El silencio se tensó como un alambre a punto de mameluco.
— Podrías hacerle daño.
Las palabras golpearon a Sebastián con la dureza de una verdad ineludible. Dio un paso atrás, la incredulidad pintada en su rostro.
—Nunca…
—No intencionadamente —lo interrumpió Zeta—. Pero no estás en control.
Y eso era cierto. Sebastián bajó la mirada y, por primera vez, dudó de sí mismo con una profundidad devastadora.
—Entonces… ¿qué hago?
Zeta suspiró, consciente de la crueldad del destino.
—Aguantar.
Sebastián soltó una risa vacía y amarga.
—Eso no es una solución.
—Es la única que tenemos ahora.
El viento sopló entre los árboles, arrastrando consigo el eco de un futuro incierto.
—Esto no es normal, Zeta… jamás he perdido el control de esta manera.
Zeta lo evaluó, reconociendo la gravedad de la situación.
—No… —frunció el ceño, la sombra de la preocupación más profunda—. Pero supongo que cada vínculo es diferente…
—Y eso es lo que más me preocupa.—agregó Sebástian totalmente debilitado.
El vínculo, que debía ser un regalo sagrado y una promesa de unión, se había convertido en un tormento —una cadena invisible que atenazaba el alma de Sebastián y lo condenaba a un limbo cruel. La vida había sido injusta, dándole el amor verdadero solo para arrebatárselo en el instante en que la ley y el destino se interponían, colocando entre ellos años de espera y prohibición.
Cada segundo sin ella era un suicidio lento para su espíritu, un recordatorio constante de que no siempre el corazón puede dictar su voluntad en un mundo gobernado por reglas más feroces que el propio dolor. Sebastián comprendía que tenía que resistir, que debía llamar ese grito interior, pero la lucha era despiadada.
El bosque parecía cerrar sus ramas sobre él como una jaula oscura, y en aquel mismo instante, Sebastián dejó libre a su lobo para que aullara su dolor…
—¡¡¡Auuuuuuu!!!
En ese mismo momento, pero en la habitación, Mina se llevó una mano al pecho.
—¿Qué…?
Lux la miró de inmediato.
—¿Qué pasa?
Mina respiró hondo.
—Es… raro.
Cerró los ojos.
—Es como si alguien…
Dudó.
—Me llamara.
Lux se quedó completamente quieta.
—¿Lo sientes?
Mina asintió lentamente.
—Sí…
Abrió los ojos.
—¿Qué me ocurre?
Lux no respondió.
Pero no hacía falta.
Porque en su interior, ella ya sabía la respuesta.
————————–
La imagen del capítulo de hoy, os la dejo en comentarios.
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