Magic Demon - Capítulo 68
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Capítulo 68: capitulo 68: El poder que crece
Mientras Brahun ve el techo, hacia arriba, como si sus ojos pudieran atravesar la montaña y ver más allá…
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Vemos el entrenamiento de Keds con Zekku.
El sol ya está alto en el cielo, las sombras cortas bajo sus pies. El recinto sin techo es un hervidero de polvo y sudor.
Keds lanza un golpe directo. Zekku lo desvía con el antebrazo, el impacto seco resonando en el aire.
Zekku: Más rápido. Tu muñeca se tensa justo antes de golpear. Te leo el golpe antes de que salga.
Keds asiente, corrige la postura, y vuelve a atacar. Directo. Gancho. Uppercut. Combinaciones que su tío bloquea una tras otra.
Zekku: No te detengas. Tu cuerpo aprende mientras tu mente cree que falla.
Keds acelera. Sus puños silban, su respiración se vuelve un ritmo constante. Golpea, falla, corrige, vuelve a golpear.
Zekku se mueve como agua, desviando cada ataque con movimientos mínimos. Pero de vez en cuando, deja pasar un golpe. Un roce aquí, un impacto allí. Suficiente para que Keds sienta que progresa.
Keds: ¡Toma esto!
Una patada giratoria. Zekku la bloquea con la pierna, el sonido del impacto retumba.
Zekku: Mejor. Pero tu pie izquierdo se arrastra cuando giras. Corrige eso.
Keds respira hondo, ajusta su postura, y vuelve a intentarlo. Una y otra vez. El sudor ya empapa su ropa, sus brazos tiemblan, pero no se detiene.
Los cocineros observan desde sus lugares, algunos comiendo frutas, otros simplemente viendo. El humo de la fogata se eleva en espiral, mezclándose con el polvo que levantan los golpes.
Zekku: Descanso. Cinco minutos.
Keds se detiene en seco, las manos en las rodillas, jadeando.
Keds: ¿Ya… ya es suficiente?
Zekku: Para la mañana, sí. Después de comer, seguimos.
Keds asiente, tomando el jarro de agua que uno de los cocineros le ofrece. Bebe largamente, sintiendo el agua fría bajar por su garganta reseca.
Mira sus manos. Los nudillos enrojecidos, los músculos temblando. Pero también siente algo más. Una chispa. Un fuego que antes no tenía. O quizás un rayo, esperando ser domado
Keds ve a Zekku.
Keds: Tío… puede que usted no sepa nada de mi mamá y papá.
Zekku: ¿Qué quieres saber?
Keds se toca por el estómago.
Keds: No, nada… olvídelo.
*Zekku en su mente: *
*Zekku: Acaso piensa que lo que tiene… espero que no. *
Keds ahora dice:
Keds: Bueno, también tengo otra pregunta.
Zekku: Dime.
Keds: Bueno, se supone que el Glos agarra el color de la magia y la mía es roja como mi fuego. ¿Cómo puede estar seguro usted de eso? O sea, tengo dos magias.
Zekku: Te diré algo rápido. Es por lo que has utilizado más: el fuego. Además, en el futuro puede que tu Glos sea de dos colores: rojo de fuego y azul de tu rayo.
Keds: Entiendo… eso creo. ¿Pero cómo puede estar seguro?
Zekku: Keds, te diría que… por instinto.
*Zekku en su mente: *
*Zekku: Claro, existe una técnica llamada Shan, que es ver dentro del cuerpo, tanto de demonios como de humanos. Más bien sirve para algo importante, no solo ver el cuerpo porque sí. Pero es muy difícil de explicar… y de enseñar. *
Zekku imagina un sello. Un círculo de líneas entrelazadas, grabado en la piel de un bebé. Sobre su estómago, justo donde el Glos debería latir. Un sello que no debería estar ahí, brillando débilmente con una luz que no es de este mundo.
Pero regresa rápido al presente. La imagen se desvanece. Keds está frente a él, sudoroso, esperando respuestas que aún no puede darle.
Zekku: Sigamos con el entrenamiento.
Keds: Ah, bueno.
Zekku: Por cierto, no te he dicho… ¿qué es esa herida que tienes en el cachete?
Vemos la herida, una cicatriz fina justo debajo del ojo izquierdo, como una pequeña línea que alguien dibujó con un cuchillo. No es grande, pero es profunda, de esas que no desaparecen con el tiempo.
Keds: Ah, ¿una herida?
Zekku: ¿Peleando?
Keds: Le voy a decir la verdad… no sé cómo tengo esta herida. No recuerdo.
Zekku: Eres un tonto.
Y ríe un poco, una risa corta, casi inaudible, pero que ilumina su rostro arrugado.
Keds: ¡Oye! No es mi culpa no recordar.
Zekku: Claro que no. Vamos, sigue entrenando. La herida no te impedirá moverte.
Keds se toca la cicatriz un momento, confundido, pero luego vuelve a la posición. El pasado a veces se pierde. El presente, en cambio, se construye con cada golpe
Regresamos a la cueva.
Brahun observa la máquina antigua frente a él, sus engranajes de piedra inmóviles, los símbolos grabados en el suelo sin brillo. Golpea uno de los mecanismos con el puño, pero nada. Solo un eco sordo que se pierde en la inmensidad de la cámara.
Brahun: Vaya, la máquina no funciona. Hay que esperar 2 horas. ¡Maldición!
Pega a una de las rocas, su puño impactando contra la pared de la cueva. El golpe resuena fuerte, sacudiendo el suelo bajo sus pies. Pequeñas piedras caen del techo, y una grieta fina recorre la pared donde golpeó. La zona tiembla un instante, luego vuelve al silencio.
Brahun respira hondo, controlando su furia. Sus ojos rojos brillan en la penumbra mientras mira el cuerpo inerte del Rey Fah en el centro de la cámara.
Brahun: Dos horas… podemos esperar. No hay prisa.
Pero en el fondo, sabe que los perseguidores están cerca. Y el tiempo corre en contra.
Continuará!
Vemos a Keds entrenar todavía.
El sol ya no está tan alto, las sombras se alargan en el recinto sin techo. Keds sigue golpeando, sus puños cortando el aire una y otra vez. Su respiración es un ritmo constante, el sudor empapa su camisa.
Zekku lo observa desde una piedra, sus brazos cruzados, su mirada atenta. A veces corrige: el pie, la muñeca, la postura. Keds ajusta y sigue.
Keds: ¡Una más!
Zekku: Siempre es una más con ustedes los jóvenes.
Keds sonríe, aunque sus brazos tiemblan. Vuelve a atacar. Directo, gancho, patada, combinación. Su Glos rojo brilla en sus manos, débil pero constante.
Los cocineros han preparado la comida. El aroma llega hasta ellos, pero Zekku no lo deja parar.
Zekku: Diez más. Luego comes.
Keds: ¿Diez?
Zekku: ¿Quieres veinte?
Keds: ¡No, no! Diez está bien.
Y sigue. Golpe tras golpe. Hasta que el cansancio lo vence, y cae de rodillas, jadeando.
Zekku: Suficiente. Ahora sí, a comer.
Keds levanta la cabeza, agotado pero sonriente. Su cuerpo duele, pero por primera vez, siente que el poder que lleva dentro comienza a hacerle caso.
Vemos que Keds saca técnicas de fuego. Se separa un poco, toma distancia, y extiende sus manos.
Bolas de fuego. Las lanza una tras otra, impactando contra un árbol viejo que los cocineros usan como blanco. La madera cruje, arde.
Pistola de fuego. Apunta con sus dedos, y pequeñas ráfagas de fuego salen disparadas, precisas, perforando el tronco.
Otras cuantas más. Un muro de llamas que se eleva frente a él. Una ráfaga que barre el suelo. Pequeñas chispas que giran a su alrededor como luciérnagas.
Keds termina, jadeando. Sus manos humean, su Glos rojo aún brillando en sus brazos.
Zekku observa, sus ojos viejos brillando con algo que podría ser orgullo.
Zekku: Interesante. Sus técnicas mágicas de fuego… son buenas.
Keds: Bueno, ya di en el blanco 20 veces con mis técnicas de fuego. ¡Qué bien se siente controlar el Glos!
Y sigue haciendo lo que antes no podía: tirar al mismo objetivo varias veces. Bola de fuego. Impacta. Pistola de fuego. Impacta. Otra bola. Impacta. Ráfaga. Impacta. Cada técnica encuentra su marca. Ninguna se desvía.
Narrador: Como ustedes saben, Keds antes no controlaba su Glos. Eso hacía que las técnicas de su magia se desviaran, o algunas impactaban pero no todas. Claro, era una desventaja. Pero ahora, después de entender el flujo de su energía, de aprender a encender y apagar su poder a voluntad, sus llamas finalmente obedecen. Por primera vez, Keds Akuman siente que puede ser el soldado que siempre quiso ser.
Keds: Qué cansado me siento.
Zekku: Eso es por lo que peleaste cuerpo a cuerpo antes. Eso te dejó cansado, más las técnicas que usaste.
Keds: Entiendo, tío.
Pero Keds ve el punto blanco donde antes impactaban sus técnicas. El árbol viejo está marcado, quemado, humeante. Keds lo mira fijamente, como si algo en su interior le pidiera más. Su mano se eleva lentamente, los dedos extendidos.
Zekku lo observa en silencio, sin interrumpir.
Keds intenta hacer algo. Su Glos se enciende, rojo como siempre. Pero en el fondo, algo más pugna por salir. Una chispa diferente. Un color distinto.
Su mano tiembla. El aura roja parpadea. Por un instante, un destello azul cruza sus dedos.
Luego se apaga.
Keds baja la mano, frustrado.
Zekku: Paciencia, sobrino. El rayo es más rebelde que el fuego. Pero llegará.
Keds asiente, mirando sus manos vacías. Sabe que su tío tiene razón. Pero también sabe que no puede esperar para siempre.
Keds: Pero… ¿cómo en esa batalla peleé?
Keds recuerda su pelea contra Brosh, el demonio de 200 brazos. La primera vez que le salió rayo.
En su memoria, vuelve a verse rodeado por los brazos del demonio, acorralado, sin escapatoria. La desesperación. El miedo. Y de repente, esa chispa. Ese destello azul que brotó de sus manos sin aviso, sin control.
Y lo utilizó con fuego como si lo dominara. Las llamas rojas y los rayos azules bailaron juntos, como si siempre hubieran sido uno. Golpearon a Brosh, lo derribaron, lo vencieron. Keds recuerda la sensación: el poder fluyendo, la energía respondiendo, la victoria.
Pero en el recuerdo, también ve la confusión. La inestabilidad. Las técnicas que se desviaban, el rayo que aparecía cuando no debía.
Keds: Allí salió… sin que yo quisiera. Y funcionó.
Zekku: La desesperación, sobrino. A veces, cuando no hay otra salida, el cuerpo hace lo que la mente no puede ordenar. Pero eso no es control. Es instinto.
Keds: ¿Y cómo hago para que el instinto se vuelva control?
Zekku: Practicando. Fallando. Volviendo a intentar. Hasta que tu cuerpo sepa lo que tu mente quiere antes de que tú mismo lo sepas.
Keds mira sus manos. Las cierra. Las abre. Sabe que el camino es largo. Pero también sabe que, algún día, esas dos magias dejarán de pelearse dentro de él. Y cuando eso pase, será imparable.
Mientras vemos que en el camino ven a Ganh. El demonio lagarto espera en medio del pasadizo, sus brazos cruzados, su cola arrastrándose detrás de él. Sus ojos reptilianos brillan en la penumbra.
Tévez dice:
Tévez: Muy bien. Me quedaré.
Sunzuki: No te mueras, amigo.
Yamito: Claro. Aunque tengas 46 años, eres joven, Tévez.
Tévez: Lo sé. No moriré. ¡Y seguiré!
Entonces Tévez cae de la rama mágica, aterrizando en el suelo con un golpe seco. Se pone de pie, estirando los hombros.
Ganh ve la rama y dice:
Ganh: No dejaré que escape.
Tévez le da una patada en la cara. El impacto resuena en el pasadizo. Ganh retrocede un paso, sorprendido.
Tévez: ¡Tú pelearás conmigo, demonio!
Continuará!
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