Magic Demon - Capítulo 87
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Capítulo 87: Capitulo 87: el combate
La pelea comenzó sin previo aviso.
Jung se lanzó primero, sus garras extendidas buscando el cuello de Sunzuki. El movimiento fue rápido, casi imperceptible, pero el soldado ya estaba reaccionando. Sunzuki giró su cuerpo, llevando la gran espada frente a él. El metal chocó contra las garras del demonio, las chispas iluminando la penumbra por un instante.
Jung retrocedió un paso, evaluando a su oponente. Sunzuki no le dio tiempo. Con un movimiento fluido, giró la espada y contraatacó, la hoja pesada cortando el aire hacia el costado del demonio. Jung saltó hacia atrás, esquivando por centímetros, y aterrizó en cuclillas, sus ojos rojos brillando con furia.
—No está mal —dijo Jung, secándose un hilo de sangre que le había brotado del brazo—. Pero no será suficiente.
Sunzuki no respondió. Apretó el mango de su espada y sintió cómo su magia comenzaba a fluir. La energía verde del Árbol Divino recorrió sus brazos, envolviendo la hoja en un brillo tenue.
—Magia de árbol divino —murmuró, y la espada cobró vida.
Lanzó un tajo horizontal, y del metal surgió una ráfaga de energía verde que voló hacia Jung como una hoja gigante. El demonio giró sobre sí mismo, esquivando la técnica, pero la ráfaga impactó en la pared detrás de él, dejando una marca profunda en la piedra.
Sunzuki no se detuvo. Una tras otra, las técnicas de su magia salían de su espada. Proyectiles verdes, arcos de energía, filamentos que se extendían como raíces buscando atrapar al demonio. Jung se movía rápido, esquivando, bloqueando, pero cada vez le costaba más.
—¡Árbol divino, lanzas de madera! —gritó Sunzuki, y del suelo brotaron estacas afiladas que apuntaron directamente al pecho de Jung.
El demonio saltó hacia atrás, giró en el aire, y aterrizó lejos, jadeando apenas.
—Eres molesto —escupió Jung, sus garras brillando con energía oscura.
Sunzuki no respondió. Solo levantó su espada, la luz verde envolviéndolo por completo. La batalla continuaba. Y él no pensaba perder.
Sunzuki detuvo su espada un momento, la hoja brillando aún con la luz verde del Árbol Divino. Miró a Jung con una calma que contrastaba con la furia del demonio.
—Tengo años que no peleo con mi máximo poder —dijo, su voz baja pero firme.
Jung sonrió, mostrando sus dientes afilados. Sus garras brillaban con energía oscura, listas para el siguiente ataque.
—Yo tampoco —respondió, y en sus ojos rojos brilló una chispa de emoción.
El demonio atacó primero. Sus garras se extendieron, y de ellas surgieron líneas negras que volaron hacia Sunzuki como serpientes hambrientas. El soldado levantó su espada, desviando algunas, pero otras lograron pasar su defensa.
Un corte en su brazo derecho. La sangre brotó inmediatamente, tiñendo su uniforme. Sunzuki apretó los dientes, pero no retrocedió.
Jung no le dio tregua. Atacó de nuevo, esta vez más rápido. Las garras del demonio impactaron en la espada de Sunzuki, y el sonido del metal resonó en la cueva. Otro corte, esta vez en su costado. La sangre empapó su ropa, pero él seguía en pie.
—No creo que seas tan fuerte, Sunzuki —dijo Jung, su voz cargada de burla mientras seguía atacando.
Golpe tras golpe, el demonio presionaba. Sus garras encontraban espacios en la defensa del soldado, abriendo nuevas heridas en sus brazos, sus piernas, su pecho. La sangre de Sunzuki caía al suelo, formando pequeños charcos oscuros.
Pero Sunzuki no caía.
A pesar del dolor, a pesar de la sangre, se mantenía firme. Su espada seguía en alto, su mirada seguía fija en el demonio. Y entonces, Jung lo vio. Una sonrisa en el rostro de Sunzuki. Pequeña, apenas perceptible, pero ahí.
Una sonrisa como si tuviera un plan.
Jung frunció el ceño, confundido.
—¿De qué te ríes? —preguntó, deteniendo su ataque por un instante.
Sunzuki no respondió. Solo apretó el mango de su espada, y la luz verde a su alrededor se intensificó. La sonrisa no desaparecía.
Jung sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Algo no estaba bien. Algo se le escapaba.
Y entonces, Sunzuki atacó.
Sunzuki no esperó más. Con un movimiento rápido, giró su espada y la hoja brilló con la luz verde del Árbol Divino. El corte fue limpio, preciso. El brazo derecho de Jung cayó al suelo con un sonido húmedo, la sangre oscura brotando del muñón.
El demonio aulló de dolor, pero su instinto de supervivencia fue más fuerte. Con su brazo izquierdo, lanzó una técnica demoníaca, una ráfaga de energía oscura que obligó a Sunzuki a retroceder. Jung aprovechó el impulso y saltó hacia atrás, creando distancia entre ellos.
Sunzuki levantó su espada, desviando el ataque con un movimiento fluido. La energía oscura impactó en la pared de la cueva, dejando una marca humeante en la piedra. Bajó la hoja lentamente y miró a Jung con desprecio.
—No eres tan fuerte —dijo, su voz fría como el hielo—. Dime, de verdad, ¿cómo hiciste para secuestrar al Rey? Eres alguien tan débil que, sin necesidad de usar mi magia, podré matarte. Y te lo aseguro.
Las palabras de Sunzuki golpearon a Jung como un puñetazo. Su frente comenzó a sudar, sus ojos rojos brillando con una mezcla de rabia y miedo. Sabía que Sunzuki era fuerte. Lo había sentido desde el primer momento. Pero escucharlo decirlo con tanta seguridad, con tanta frialdad, era otra cosa.
Sin embargo, Jung no se dejó intimidar. Apretó los dientes, el muñón de su brazo derecho aún sangrando, y levantó la mirada.
—Quiero que me lo demuestres —respondió, su voz desafiante a pesar del temor que corría por sus venas.
*Jung en su mente: *
Jung: Mierda. Seis minutos necesito para regenerar mi brazo. Maldita sea.
El demonio calculó la distancia, el tiempo, las opciones. Seis minutos. Solo seis minutos. Pero Sunzuki no parecía dispuesto a esperar.
Sunzuki dio un paso adelante, su espada brillando con la luz verde. La sangre del demonio aún goteaba en el suelo.
—Como quieras —dijo Sunzuki, y su voz era una sentencia de muerte.
Sunzuki dejó en el suelo a su gran espada, Jung lo observó, confundido por un instante. Luego entendió.
—¿Cuerpo a cuerpo? —preguntó el demonio, su voz mezcla de incredulidad y burla—. ¿Sin tu espada?
Sunzuki no respondió. Solo avanzó.
Jung atacó primero, moviéndose con una rapidez que desmentía su herida. Su brazo izquierdo se extendió, las garras brillando en la penumbra buscando el rostro del soldado. Sunzuki se agachó, sintiendo el aire cortar sobre su cabeza. Al levantarse, su puño derecho impactó directamente en el estómago del demonio.
Jung escupió sangre, retrocediendo un paso, pero no cayó. Su cola se movió como un látigo, azotando el costado de Sunzuki. El soldado recibió el golpe, el dolor recorriéndole las costillas, pero sus pies no se movieron. Plantado en el suelo, extendió el brazo y atrapó la cola del demonio antes de que pudiera retirarla.
—¿Qué…? —atinó a decir Jung.
Sunzuki tiró. El demonio perdió el equilibrio y cayó hacia adelante. En ese momento, la rodilla de Sunzuki se elevó, impactando en el rostro de Jung con una fuerza que hizo crujir los huesos. Sangre voló por el aire. El demonio aulló, soltando su cola, y rodó por el suelo.
Se levantó tambaleándose, su único brazo colgando, su rostro ensangrentado. Sunzuki ya estaba sobre él.
Un golpe en el hombro izquierdo. Jung giró, tratando de bloquear con su antebrazo, pero Sunzuki ya había cambiado de ángulo. Un rodillazo en el muslo, una patada en la rodilla. El demonio cayó de rodillas, pero Sunzuki lo tomó del cuello y lo levantó como si pesara nada.
—Solo tienes un brazo —dijo Sunzuki, su voz fría—. Esto es una masacre, no una pelea.
Jung escupió sangre en su cara.
—Cállate —gruñó.
Sunzuki lo lanzó contra la pared de la cueva. El cuerpo del demonio impactó contra la piedra con un golpe sordo, y fragmentos de roca cayeron sobre él. Jung se incorporó lentamente, su cuerpo temblando, su respiración entrecortada. Su brazo derecho aún no se regeneraba. Su izquierdo apenas podía moverse.
Sunzuki caminó hacia él, paso a paso, sin prisa.
—Seis minutos, ¿no? —preguntó, adivinando sus pensamientos—. Llevamos tres.
Jung sintió el miedo recorrerle la espalda. Sunzuki no solo era fuerte. Era implacable. Y lo sabía todo.
El demonio apretó los dientes y se lanzó contra él, su brazo izquierdo extendido, sus garras buscando desesperadamente un golpe que cambiara el rumbo de la pelea. Pero Sunzuki ya no estaba donde él creía.
Se movió a la izquierda, esquivando el ataque por centímetros, y cuando Jung pasó a su lado, su codo impactó en la nuca del demonio. Jung cayó de bruces, su cuerpo golpeando el suelo con un sonido pesado.
Sunzuki se detuvo sobre él, sin rematarlo. Esperando.
Jung giró la cabeza, su mejilla contra el suelo, sus ojos rojos encontrando los de Sunzuki.
—Todavía… no he terminado —murmuró, pero sus palabras apenas fueron un susurro.
—Lo sé —respondió Sunzuki—. Por eso aún no te mato.
Y esperó. Jung sabía que no era misericordia. Era una advertencia. Una muestra de poder. Sunzuki podía matarlo cuando quisiera. Y lo sabía.
Continuará!
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