Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

Magic Demon - Capítulo 86

  1. Inicio
  2. Magic Demon
  3. Capítulo 86 - Capítulo 86: Capitulo 86: el cuerpo solo
Anterior
Siguiente
Configuración
Tamaño de Fuente
A A 16px
Tipo de Fuente
Color de Fondo

Capítulo 86: Capitulo 86: el cuerpo solo

En la cueva más adentro, la luz apenas llegaba. Las paredes de piedra se abrían formando una cámara más amplia, y en el centro, la máquina antigua seguía inmóvil. Sus engranajes de piedra no se movían, los símbolos grabados en el suelo no brillaban.

Brahun observó la escena con los brazos cruzados. Su cola golpeaba el suelo cada pocos segundos, un golpe seco que rompía el silencio. La frustración lo carcomía. Había esperado. Había tenido paciencia. Pero el tiempo se acababa. La máquina no funcionaba. Algo faltaba, o algo había salido mal.

—Mierda —murmuró—. Iré.

Dejó el cuerpo del Rey Fah en el suelo, apoyado contra la base de la máquina inactiva. El Rey seguía inconsciente, su pecho subiendo y bajando apenas. Brahun lo miró un instante, luego apartó la vista.

Sin mirar atrás, caminó hacia el fondo de la cámara y desapareció por un pasadizo oscuro, adentrándose aún más en la cueva. El eco de sus pasos se perdió lentamente, hasta que solo quedó el silencio.

El Rey Fah quedó solo, al lado de la máquina que nunca llegó a funcionar. La luz tenue de la cueva iluminaba su rostro pálido, mientras afuera, en algún lugar de la montaña, el destino seguía su curso.

Brahun se detuvo en la entrada de la cueva, justo donde la luz del sol comenzaba a iluminar las piedras. Miró hacia atrás, hacia la oscuridad donde había dejado al Rey Fah, y luego al horizonte que se extendía frente a él.

—Volveré dentro de 30 minutos —dijo, su voz resonando apenas entre las rocas.

Sin esperar respuesta, se alejó. Sus pasos se perdieron en el silencio del paisaje, su figura haciéndose cada vez más pequeña hasta desaparecer entre los árboles y las sombras de la montaña.

—

Ahora vemos a Sunzuki y Yamito.

Avanzaban por un pasadizo estrecho, la luz de las antorchas bailando en las paredes. Sunzuki iba al frente, su espada gigante en la espalda, los ojos escaneando cada sombra. Yamito lo seguía de cerca, su respiración pausada pero su corazón latiendo con fuerza.

Sabían que estaban cerca. Podían sentirlo.

—Papá —murmuró Yamito, la voz cargada de una determinación que no admitía dudas—, ya vamos por ti.

Sunzuki asintió, apretando el puño sobre el mango de su espada.

—Lo salvaremos, Rey Fah —dijo, y sus palabras resonaron en el pasadizo como un juramento.

—

En otro extremo de la cueva, Didsy caminaba sola.

Sus pasos eran firmes, aunque el cansancio pesaba en sus hombros. La sangre de sus heridas ya se había secado, pero el dolor seguía allí, recordándole lo que habían perdido.

—Mierda —murmuró, apretando los dientes—. La muerte de Tévez es una mega desventaja.

Se detuvo un instante, cerró los ojos y respiró hondo. La imagen del soldado caído cruzó su mente, pero la apartó con fuerza. No podía permitirse debilidad. No ahora.

—Pero debemos seguir más adelante —continuó, abriendo los ojos y mirando hacia la oscuridad que se extendía frente a ella—. Tenemos que encontrar al Rey de la capital. Al Rey Fah.

Apretó los puños y reanudó la marcha.

—Lo salvaremos.

Su voz fue un susurro, pero en él había convicción. Suficiente para mantenerla en pie. Suficiente para seguir adelante.

En la oscuridad de la cueva, Korid avanzaba con paso incierto. Su cuerpo aún dolía, los golpes de Zorking resonando en sus huesos como un eco lejano. Pero el dolor físico no era nada comparado con el torbellino de pensamientos que giraba en su cabeza.

No dejaba de pensar en lo que Karen había dicho antes de irse.

—”Mis hermanos, mis hermanos, mis hermanos…” —murmuró para sí mismo, probando las palabras en voz alta.

Karen lo había llamado hermano. No una vez, sino dos. Y habló de Keds como si lo conociera. Como si supiera quiénes eran.

Korid apretó los dientes. La confusión lo carcomía.

Caminó un poco más, y entonces el recuerdo lo golpeó con fuerza. La última página del libro que había encontrado en aquella pequeña biblioteca oculta. Las palabras grabadas en su mente como fuego.

─────────────────────────────

Autor:

Karen Akuman

Investigadores:

Kay Akuman

Kashin Akuman

─────────────────────────────

—Si esa tal Karen es mi hermana… pero lo dudo —pensó en voz alta, negando con la cabeza mientras avanzaba entre las sombras—. ¿Quiénes demonios serán Kay y Kashin Akuman?

Se detuvo un momento, la mano apoyada en la pared de piedra. Su respiración era pesada, pero no solo por el cansancio. Había algo más. Una inquietud que no podía ignorar.

—¿Seguirán vivos? —preguntó al vacío.

No hubo respuesta. Solo el eco de sus propias palabras perdido en la cueva.

Korid apretó los puños y reanudó la marcha. Sus pasos, al principio lentos y torpes, comenzaron a ganar velocidad. El dolor seguía allí, pero la necesidad de respuestas lo impulsaba más fuerte que cualquier herida.

Corrió hacia adelante, adentrándose en la oscuridad del pasadizo. Las sombras lo envolvieron, pero él no miró atrás. No podía detenerse. No ahora. No cuando sentía que la verdad estaba más cerca que nunca.

—

Korid siguió avanzando. Sus pasos resonaban en el pasadizo, cada vez más firmes a pesar del dolor que aún recorría su cuerpo. La oscuridad lo envolvía, pero él no miraba atrás. No podía detenerse. No ahora.

—

Ahora, donde estaban Sunzuki y Yamito.

Ambos corrían por un pasadizo más amplio, la luz de sus antorchas proyectando sombras danzantes en las paredes de piedra. El eco de sus pasos se perdía en la profundidad de la cueva, mezclándose con el sonido de sus respiraciones agitadas.

Sunzuki iba al frente, sus ojos escaneando la penumbra. Yamito lo seguía de cerca, el corazón latiéndole con fuerza en el pecho.

—El Glos del Rey se siente cerca —dijo Sunzuki, su voz tensa pero llena de esperanza.

Yamito asintió, apretando los puños.

—Tienes razón. Se siente cerca.

Ambos aceleraron el paso. Estaban cerca. Muy cerca. Podían sentirlo en el aire, en la energía que vibraba en las paredes de la cueva.

Pero entonces, una figura apareció en la oscuridad, bloqueando el camino.

Jung, el demonio que había secuestrado al Rey Fah, los esperaba con los brazos cruzados. Sus ojos rojos brillaban en la penumbra, una sonrisa burlona dibujada en sus labios. A pesar de las heridas de batallas anteriores, seguía en pie. Seguía siendo una amenaza.

—Hasta aquí llegaron —dijo Jung, su voz rasposa resonando en el pasadizo—. No pasarán.

Sunzuki se detuvo, su mano en el mango de su espada. Miró a Jung, evaluando al demonio. Luego giró la cabeza hacia Yamito.

—Sigue —ordenó, su voz baja pero firme—. Yo me encargo de este.

Yamito dudó un instante. Quería quedarse. Quería pelear. Pero sabía que no podía perder tiempo. Su padre lo esperaba más adelante.

—No mueras —dijo, y sin mirar atrás, rodeó a Jung por el costado y continuó corriendo hacia la oscuridad.

Jung hizo un movimiento para detenerlo, pero Sunzuki se interpuso, su espada gigante desenvainada, el metal brillando en la penumbra.

—Tu oponente soy yo —dijo Sunzuki, su voz fría como el acero.

Jung sonrió, mostrando sus dientes afilados.

—Que así sea.

Ambos se enfrentaron en el pasadizo, el eco de sus pasos perdido en la cueva. La batalla por el Rey Fah estaba lejos de terminar.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo