Magic Demon - Capítulo 90
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Capítulo 90: Capitulo 90: la máquina
Brahun observó la máquina con detenimiento. Sus dedos recorrieron los símbolos grabados en la base, sintiendo la textura de la piedra bajo sus yemas. Una sonrisa de satisfacción cruzó su rostro.
—Vaya —dijo, incorporándose—, parece que todos estos símbolos conectarán. Mínimo diez minutos. No importa, esperaré.
Levantó la inyección y la clavó directamente en el centro de la máquina. El líquido morado se inyectó lentamente, filtrándose entre los engranajes y los símbolos. Un brillo tenue comenzó a iluminar la base, extendiéndose como raíces de luz.
El Rey Fah observó la escena, su cuerpo aún inmóvil, pero su mente procesando cada detalle.
—Vaya —dijo, su voz cargada de ironía—. O sea que en diez minutos todos esos símbolos se conectarán y la máquina estará encendida.
Brahun asintió, sus ojos rojos brillando con satisfacción.
—Así es, Rey de la capital.
El Rey Fah lo miró fijamente. Había una pregunta que llevaba rondándole desde que despertó, una certeza que se afianzaba con cada palabra del demonio.
—Todo por el Rey Demonio, ¿no? —preguntó, aunque la respuesta ya la sabía.
Brahun dejó de sonreír. Su expresión se volvió seria, casi reverente.
—Desde siempre —respondió, su voz baja pero firme—. Desde siempre.
La máquina siguió brillando, los símbolos conectándose lentamente. El Rey Fah cerró los ojos un momento, agotado. Sabía lo que venía. Sabía que no podía hacer nada para detenerlo. Al menos, no solo.
—Diez minutos —murmuró para sí mismo—. Alguien vendrá. Alguien tiene que venir.
Y allí, tendido al lado de la máquina que lo despojaría de su poder, el Rey de la capital esperó.
Brahum se sentó en una roca, cruzando los brazos sobre su pecho. Sus ojos rojos brillaban en la penumbra, fijos en el Rey Fah como si fuera el espectador de un espectáculo que solo él podía ofrecer.
—Te cuento algo, Rey Fah —dijo, su voz tranquila, casi conversacional.
El Rey Fah lo miró con desprecio, su cuerpo aún inmóvil pero su lengua afilada.
—Dime.
Brahum sonrió, mostrando sus dientes afilados. Había algo en su expresión que mezclaba orgullo y diversión, como un depredador jugando con su presa antes del golpe final.
—No sé por qué te lo diré —admitió, encogiéndose de hombros—, pero es que me gusta contarle esto a mis víctimas antes de matarlas.
El Rey Fah no se inmutó. Había visto demasiado en sus años como para dejarse intimidar por las palabras de un demonio.
—Ah, sí —respondió con sarcasmo—. Cuéntame, estúpido.
Brahum abrió la boca para hablar, sus ojos brillando con anticipación. El Rey Fah lo observaba, esperando. La máquina a su lado seguía brillando, los símbolos conectándose lentamente. El tiempo corría.
—
Mientras tanto, en otro lugar de la cueva…
Mader, Frank y Danna estaban sentados contra la pared, sus cuerpos agotados por las batallas anteriores. Frank tenía los brazos apoyados sobre las rodillas, la mirada perdida. Mader respiraba hondo, recuperando fuerzas. Danna miraba hacia la oscuridad del pasadizo, sus pensamientos perdidos.
—¿Cuánto tiempo más vamos a esperar aquí? —preguntó Frank, rompiendo el silencio.
—Hasta que estemos listos para seguir —respondió Danna, sin mirarlo—. No podemos correr sin rumbo.
Pasos resonaron en la distancia. Los tres se tensaron, sus cuerpos preparándose para lo que viniera. Pero cuando la figura emergió de las sombras, reconocieron su silueta.
Korid llegó donde ellos, agitado, su respiración entrecortada por la carrera. Su rostro estaba sudoroso, sus ropas rasgadas por los golpes, pero sus ojos seguían brillando con determinación.
—Korid —dijo Danna, levantándose—. ¿Estás bien? ¿Qué pasó?
Korid se detuvo frente a ellos, apoyando las manos en las rodillas para recuperar el aliento. Su pecho subía y bajaba rápidamente.
—Estoy bien —respondió—. Karen… ella apareció. Peleó contra Zorking y lo mató.
Mader y Frank intercambiaron miradas confusas.
—¿Karen? —preguntó Mader—. ¿Quién es Karen?
Korid levantó la cabeza, su expresión seria.
—No lo sé —mintió—. Solo sé que es fuerte. Dijo que tenía que irse, que debía informar algo. Y luego se fue.
Danna lo miró, algo en su tono le pareció extraño, pero no preguntó más.
—¿Y los demás? —intervino Frank—. ¿Yamito? ¿Sunzuki? ¿Didsy?
Korid negó con la cabeza.
—No sé dónde están. Llegué hasta aquí, pero no vi a nadie más en el camino.
Mader se puso de pie, sus músculos protestando por el movimiento.
—Entonces no sabemos si ya llegaron o si se perdieron.
—O si están peleando en algún lado —añadió Frank, su voz grave.
Korid asintió, apretando los puños.
—Por eso tenemos que movernos. No podemos quedarnos aquí esperando.
Danna lo miró un momento, luego asintió. Se puso de pie, sacudiéndose el polvo de la ropa.
—Tienes razón. Vamos.
Los cuatro se miraron un instante, luego comenzaron a caminar hacia la oscuridad del pasadizo. No sabían qué encontrarían más adelante. No sabían si Yamito y los demás habían logrado avanzar. Pero no podían quedarse atrás. No ahora.
Mientras Brahun se preparaba para hablar con el Rey Fah, en otros rincones de la cueva el tiempo corría para todos.
Yamito siguió corriendo. Sus pasos resonaban en el pasadizo, cada vez más rápido, cada vez más desesperado. El Glos de su padre se sentía más cerca, y él no podía detenerse. No cuando estaba tan cerca.
Didsy también corría por otro pasadizo, sus dos espadas aún en las manos, la sangre seca en su rostro. Había perdido a Tévez. No podía perder también al Rey.
Sunzuki avanzaba por un pasadizo distinto, su gran espada en la espalda, las heridas de su pelea con Jung aún sangrando. Pero no se detenía. No podía. El Rey lo necesitaba.
Y detrás de ellos, Korid, Danna, Mader y Frank también corrían. Sus cuerpos estaban agotados, sus heridas aún abiertas, pero sus piernas no se detenían. No podían.
Todos corrían hacia el mismo lugar. Todos buscaban lo mismo.
El Rey Fah.
En el centro de la cueva, la máquina seguía brillando. Los símbolos se conectaban lentamente, uno tras otro, mientras Brahun observaba con una sonrisa. El Rey Fah, inmóvil, solo podía esperar.
—Diez minutos —murmuró Brahun, mirando la máquina—. En diez minutos, todo cambiará.
El Rey Fah cerró los ojos. No por cansancio. Para concentrarse. Para rezar. Para que sus soldados llegaran a tiempo.
Brahum se recostó contra la pared de la cueva, sus brazos cruzados sobre el pecho. Sus ojos rojos brillaban en la penumbra, fijos en el Rey Fah, pero su mirada parecía perdida en algún recuerdo lejano.
—Lo que te diré es algo que puede que no te importe —dijo, su voz más baja que antes, casi íntima—. Pero quiero que sientas lo que yo sentí.
El Rey Fah lo observó desde el suelo, su cuerpo aún inmóvil, pero su mente atenta. Había algo en el tono del demonio que le helaba la sangre. No era la amenaza habitual. Era algo más personal. Más profundo.
—Ya sé lo que quieres decir —respondió el Rey, su voz tranquila a pesar de la situación.
Brahum asintió lentamente, como si las palabras del Rey confirmaran algo que ya sabía.
—Exactamente —dijo—. Después de eso, te diré por qué te elegimos a ti.
El Rey Fah sostuvo su mirada un momento. Luego, cerró los ojos.
—Bueno —dijo, su voz cansada pero firme—. Eso espero.
La máquina seguía brillando a su lado, los símbolos conectándose uno tras otro. Brahum se quedó en silencio, preparándose para hablar. El Rey Fah esperó, sabiendo que lo que venía no sería agradable. Pero necesitaba saber. Necesitaba entender.
En algún lugar de la cueva, sus soldados corrían hacia él. Pero por ahora, solo estaban él y el demonio. Y las palabras que estaban por ser dichas.
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