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Magic Demon - Capítulo 89

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Capítulo 89: Capitulo 89: los días pasan

Narrador: Dentro de la cueva no se sentía lo que se sentía afuera. El aire era el mismo, denso y frío, pero el tiempo parecía correr distinto bajo las piedras. Mientras el sol se elevaba y caía allá fuera, aquí solo la oscuridad y el eco de los pasos.

Keds siguió entrenando. Sus días se habían convertido en un ciclo de golpes, sudor y técnica. El control de su Glos ya no era un problema; lo encendía y apagaba como quien respira. La técnica Red Line, aquella que le había destrozado la mano la primera vez, ahora la ejecutaba con una precisión que ni él mismo creía posible.

Habían pasado 20 días desde que el Rey fue secuestrado. Veinte días desde que la capital quedó sin su líder. Veinte días de entrenamiento, de espera, de preguntas sin respuesta.

En la cueva, el tiempo era otro. Habían pasado 25 minutos desde que Brahun se fue. Veinticinco minutos desde que el demonio dejó al Rey Fah al lado de la máquina inactiva. Veinticinco minutos de silencio, de espera, de algo que estaba por venir.

Todo apuntaba a que lo que vendría podría ser lo último.

—

El Rey Fah abrió los ojos lentamente. La luz tenue de la cueva le pareció cegadora al principio, sus pupilas acostumbradas a la oscuridad después de tanto tiempo inconsciente. Parpadeó varias veces, tratando de enfocar la mirada.

—Mierda —murmuró, su voz ronca, apenas un susurro—. ¿Dónde estoy?

Intentó moverse, pero su cuerpo no respondía. Sus brazos pesaban como plomo, sus piernas parecían dormidas. Algo le habían inyectado. Algo que todavía corría por sus venas.

Miró a su alrededor, confundido. Las paredes de piedra, el techo alto, la humedad en el aire. Una cueva. Estaba en una cueva.

—¿Qué día es? —preguntó al vacío, sabiendo que no habría respuesta—. ¿Qué es esa máquina?

A un lado de él, una estructura antigua descansaba sobre el suelo de piedra. Sus engranajes, inmóviles, parecían esperar algo. Los símbolos grabados en su base brillaban débilmente, como si estuvieran vivos.

El Rey Fah intentó incorporarse, pero su cuerpo no le respondió. Solo pudo girar la cabeza, apenas, para observar su entorno.

—Solo recuerdo que… que un demonio me inyectó algo —dijo, los recuerdos regresando a él en fragmentos—. Pero, ¿qué fue?

Cerró los ojos un momento, tratando de ordenar sus pensamientos. El tiempo había pasado. Podía sentirlo. Los días habían corrido mientras él yacía inconsciente.

—Siento que han pasado varios días —murmuró.

Volvió a intentar levantarse. Nada. Sus músculos no respondían. Era como si su cuerpo estuviera dormido, atrapado en un sueño del que no podía despertar.

El Rey Fah quedó allí, tendido al lado de la máquina, esperando. Sin saber cuánto tiempo había pasado. Sin saber qué estaba por venir. Solo la certeza de que algo iba a pasar. Y que él no podía hacer nada para detenerlo.

El Rey Fah giró la cabeza hacia la máquina. Sus engranajes de piedra, inmóviles, parecían observarlo. Los símbolos grabados en su base brillaban con una luz tenue, casi imperceptible, como si estuvieran esperando algo. Como si estuvieran esperándolo a él.

—¿Acaso quieren quitar mi Glos con esa máquina? —murmuró, su voz ronca, apenas un hilo.

La idea se formó en su mente como un relámpago. Era lo único que tenía sentido. Él era el Rey de la capital. Su Glos era poderoso, quizás el más poderoso de todos los soldados mágicos. Si los demonios querían algo de él, no podía ser otra cosa.

—Claro, soy el Rey —dijo, pero esta vez sus palabras sonaron más inseguras.

No podía estar seguro de nada. Su cuerpo seguía paralizado, sus pensamientos nublados por el sueño inducido. La máquina frente a él era un misterio, y él solo tenía teorías.

El Rey Fah intentó mover un dedo. Nada. Intentó encender su Glos. Nada. La energía que antes fluía por sus venas ahora parecía dormida, apagada, como si la inyección del demonio hubiera sellado su poder.

—Es lo más probable —continuó, hablando más para sí mismo que para nadie—. Pero… pero no lo sé muy bien.

La incertidumbre lo carcomía. Los demonios eran impredecibles. Sus planes, oscuros. Podían querer su Glos. Podían querer algo más. Algo que él aún no alcanzaba a comprender.

El Rey Fah cerró los ojos un momento, agotado. La cueva seguía en silencio, solo rota por el eco lejano de gotas de agua cayendo sobre las piedras. Afuera, en algún lugar de la montaña, sus soldados lo buscaban. Su hijo Yamito lo buscaba.

Pero él estaba aquí, inmóvil, al lado de una máquina que no entendía, esperando un destino que no podía prever.

El Rey Fah observó la máquina, sus engranajes de piedra quietos, los símbolos brillando apenas en la penumbra. La idea de que pudieran arrebatarle su Glos seguía girando en su mente, pero algo no terminaba de encajar.

—Si eso puede ser… es lo más probable —murmuró, su voz ronca—. Pero, ¿por qué a mí?

Su respiración se volvió un poco más rápida. No era miedo. No exactamente. Era confusión. Una mezcla de incredulidad y rabia contenida.

—Si literalmente hay varios magos con mucho mayor Glos que el mío —continuó, moviendo apenas la cabeza hacia un lado—. Zekku, por ejemplo. Ese viejo está vivo. Su Glos es inmenso. ¿Por qué no fueron por él?

La pregunta flotó en el aire, sin respuesta. La cueva permaneció en silencio, solo rota por el eco de sus propias palabras.

El Rey Fah volvió a mirar la máquina. Los símbolos seguían brillando, indiferentes a sus dudas. Algo en ellos le pareció familiar, pero no lograba recordar dónde los había visto. Tal vez en algún libro antiguo. Tal vez en algún informe de misiones pasadas.

Su pecho subió y bajó con más rapidez. No era solo la confusión. Era también el esfuerzo. Hablar le cansaba más de lo que debería. La inyección del demonio aún corría por sus venas, adormeciendo sus músculos, nublando sus pensamientos.

—No lo sé —admitió al final, cerrando los ojos un momento—. No lo sé muy bien.

La máquina seguía allí, esperando. Y él, inmóvil, solo podía esperar también.

El Rey Fah sintió un escalofrío recorrerle la espalda. No era el frío de la cueva. Era el reconocimiento. La figura que se acercaba entre las sombras le resultaba conocida, aunque nunca la hubiera visto antes. Algo en su forma de caminar, en su presencia imponente, le heló la sangre.

—Mierda —murmuró—, pero si es Brahun.

El demonio llegó al lugar. Los treinta minutos habían pasado, y él regresaba como había prometido. Sus pasos resonaban en el suelo de piedra, cada uno más cerca que el anterior. Su cola se arrastraba detrás de él, levantando pequeñas nubes de polvo.

Brahun se detuvo frente al Rey, sus ojos rojos brillando en la penumbra. Una sonrisa lenta se dibujó en su rostro, mostrando sus dientes afilados.

—Vaya, vaya —dijo, su voz profunda y burlona—. Despertaste.

En su mano derecha sostenía una inyección. El líquido en su interior era de un color morado brillante, igual al que Jung había usado para dormir al Rey. Pero este parecía diferente. Más denso. Más brillante.

—Ahora sí —continuó Brahun, levantando la inyección frente a sus ojos—. El plan funcionará.

El Rey Fah lo miró fijamente, su cuerpo aún inmovilizado, pero su mente corriendo a mil por hora.

—Sin duda es lo que estaba pensando —dijo, su voz tensa.

Brahun inclinó la cabeza, curioso.

—¿Qué cosa?

—Quieren quitar mi Glos, ¿no? —respondió el Rey, escupiendo las palabras con desprecio.

Brahun rió, una risa baja y gutural que resonó en la cueva.

—Vaya, adivinaste —dijo, girando la inyección entre sus dedos—. Así es. Extraeremos tu Glos.

El Rey Fah apretó los dientes. Había acertado. La máquina a su lado, la inyección, todo tenía sentido ahora.

—¿Por qué a mí? —preguntó, mirando a Brahun directamente a los ojos.

El demonio dejó de reír. Lo observó en silencio por un momento, evaluando la pregunta.

—Eso —dijo finalmente—, lo descubrirás muy pronto.

Brahun dio un paso hacia la máquina, la inyección lista en su mano. El Rey Fah solo pudo mirar, inmóvil, mientras el demonio se acercaba al corazón de su plan.

Continuará!

Brahun observó la máquina con detenimiento. Sus dedos recorrieron los símbolos grabados en la base, sintiendo la textura de la piedra bajo sus yemas. Una sonrisa de satisfacción cruzó su rostro.

—Vaya —dijo, incorporándose—, parece que todos estos símbolos conectarán. Mínimo diez minutos. No importa, esperaré.

Levantó la inyección y la clavó directamente en el centro de la máquina. El líquido morado se inyectó lentamente, filtrándose entre los engranajes y los símbolos. Un brillo tenue comenzó a iluminar la base, extendiéndose como raíces de luz.

El Rey Fah observó la escena, su cuerpo aún inmóvil, pero su mente procesando cada detalle.

—Vaya —dijo, su voz cargada de ironía—. O sea que en diez minutos todos esos símbolos se conectarán y la máquina estará encendida.

Brahun asintió, sus ojos rojos brillando con satisfacción.

—Así es, Rey de la capital.

El Rey Fah lo miró fijamente. Había una pregunta que llevaba rondándole desde que despertó, una certeza que se afianzaba con cada palabra del demonio.

—Todo por el Rey Demonio, ¿no? —preguntó, aunque la respuesta ya la sabía.

Brahun dejó de sonreír. Su expresión se volvió seria, casi reverente.

—Desde siempre —respondió, su voz baja pero firme—. Desde siempre.

La máquina siguió brillando, los símbolos conectándose lentamente. El Rey Fah cerró los ojos un momento, agotado. Sabía lo que venía. Sabía que no podía hacer nada para detenerlo. Al menos, no solo.

—Diez minutos —murmuró para sí mismo—. Alguien vendrá. Alguien tiene que venir.

Y allí, tendido al lado de la máquina que lo despojaría de su poder, el Rey de la capital esperó.

Brahum se sentó en una roca, cruzando los brazos sobre su pecho. Sus ojos rojos brillaban en la penumbra, fijos en el Rey Fah como si fuera el espectador de un espectáculo que solo él podía ofrecer.

—Te cuento algo, Rey Fah —dijo, su voz tranquila, casi conversacional.

El Rey Fah lo miró con desprecio, su cuerpo aún inmóvil pero su lengua afilada.

—Dime.

Brahum sonrió, mostrando sus dientes afilados. Había algo en su expresión que mezclaba orgullo y diversión, como un depredador jugando con su presa antes del golpe final.

—No sé por qué te lo diré —admitió, encogiéndose de hombros—, pero es que me gusta contarle esto a mis víctimas antes de matarlas.

El Rey Fah no se inmutó. Había visto demasiado en sus años como para dejarse intimidar por las palabras de un demonio.

—Ah, sí —respondió con sarcasmo—. Cuéntame, estúpido.

Brahum abrió la boca para hablar, sus ojos brillando con anticipación. El Rey Fah lo observaba, esperando. La máquina a su lado seguía brillando, los símbolos conectándose lentamente. El tiempo corría.

—

Mientras tanto, en otro lugar de la cueva…

Mader, Frank y Danna estaban sentados contra la pared, sus cuerpos agotados por las batallas anteriores. Frank tenía los brazos apoyados sobre las rodillas, la mirada perdida. Mader respiraba hondo, recuperando fuerzas. Danna miraba hacia la oscuridad del pasadizo, sus pensamientos perdidos.

—¿Cuánto tiempo más vamos a esperar aquí? —preguntó Frank, rompiendo el silencio.

—Hasta que estemos listos para seguir —respondió Danna, sin mirarlo—. No podemos correr sin rumbo.

Pasos resonaron en la distancia. Los tres se tensaron, sus cuerpos preparándose para lo que viniera. Pero cuando la figura emergió de las sombras, reconocieron su silueta.

Korid llegó donde ellos, agitado, su respiración entrecortada por la carrera. Su rostro estaba sudoroso, sus ropas rasgadas por los golpes, pero sus ojos seguían brillando con determinación.

—Korid —dijo Danna, levantándose—. ¿Estás bien? ¿Qué pasó?

Korid se detuvo frente a ellos, apoyando las manos en las rodillas para recuperar el aliento. Su pecho subía y bajaba rápidamente.

—Estoy bien —respondió—. Karen… ella apareció. Peleó contra Zorking y lo mató.

Mader y Frank intercambiaron miradas confusas.

—¿Karen? —preguntó Mader—. ¿Quién es Karen?

Korid levantó la cabeza, su expresión seria.

—No lo sé —mintió—. Solo sé que es fuerte. Dijo que tenía que irse, que debía informar algo. Y luego se fue.

Danna lo miró, algo en su tono le pareció extraño, pero no preguntó más.

—¿Y los demás? —intervino Frank—. ¿Yamito? ¿Sunzuki? ¿Didsy?

Korid negó con la cabeza.

—No sé dónde están. Llegué hasta aquí, pero no vi a nadie más en el camino.

Mader se puso de pie, sus músculos protestando por el movimiento.

—Entonces no sabemos si ya llegaron o si se perdieron.

—O si están peleando en algún lado —añadió Frank, su voz grave.

Korid asintió, apretando los puños.

—Por eso tenemos que movernos. No podemos quedarnos aquí esperando.

Danna lo miró un momento, luego asintió. Se puso de pie, sacudiéndose el polvo de la ropa.

—Tienes razón. Vamos.

Los cuatro se miraron un instante, luego comenzaron a caminar hacia la oscuridad del pasadizo. No sabían qué encontrarían más adelante. No sabían si Yamito y los demás habían logrado avanzar. Pero no podían quedarse atrás. No ahora.

Mientras Brahun se preparaba para hablar con el Rey Fah, en otros rincones de la cueva el tiempo corría para todos.

Yamito siguió corriendo. Sus pasos resonaban en el pasadizo, cada vez más rápido, cada vez más desesperado. El Glos de su padre se sentía más cerca, y él no podía detenerse. No cuando estaba tan cerca.

Didsy también corría por otro pasadizo, sus dos espadas aún en las manos, la sangre seca en su rostro. Había perdido a Tévez. No podía perder también al Rey.

Sunzuki avanzaba por un pasadizo distinto, su gran espada en la espalda, las heridas de su pelea con Jung aún sangrando. Pero no se detenía. No podía. El Rey lo necesitaba.

Y detrás de ellos, Korid, Danna, Mader y Frank también corrían. Sus cuerpos estaban agotados, sus heridas aún abiertas, pero sus piernas no se detenían. No podían.

Todos corrían hacia el mismo lugar. Todos buscaban lo mismo.

El Rey Fah.

En el centro de la cueva, la máquina seguía brillando. Los símbolos se conectaban lentamente, uno tras otro, mientras Brahun observaba con una sonrisa. El Rey Fah, inmóvil, solo podía esperar.

—Diez minutos —murmuró Brahun, mirando la máquina—. En diez minutos, todo cambiará.

El Rey Fah cerró los ojos. No por cansancio. Para concentrarse. Para rezar. Para que sus soldados llegaran a tiempo.

Brahum se recostó contra la pared de la cueva, sus brazos cruzados sobre el pecho. Sus ojos rojos brillaban en la penumbra, fijos en el Rey Fah, pero su mirada parecía perdida en algún recuerdo lejano.

—Lo que te diré es algo que puede que no te importe —dijo, su voz más baja que antes, casi íntima—. Pero quiero que sientas lo que yo sentí.

El Rey Fah lo observó desde el suelo, su cuerpo aún inmóvil, pero su mente atenta. Había algo en el tono del demonio que le helaba la sangre. No era la amenaza habitual. Era algo más personal. Más profundo.

—Ya sé lo que quieres decir —respondió el Rey, su voz tranquila a pesar de la situación.

Brahum asintió lentamente, como si las palabras del Rey confirmaran algo que ya sabía.

—Exactamente —dijo—. Después de eso, te diré por qué te elegimos a ti.

El Rey Fah sostuvo su mirada un momento. Luego, cerró los ojos.

—Bueno —dijo, su voz cansada pero firme—. Eso espero.

La máquina seguía brillando a su lado, los símbolos conectándose uno tras otro. Brahum se quedó en silencio, preparándose para hablar. El Rey Fah esperó, sabiendo que lo que venía no sería agradable. Pero necesitaba saber. Necesitaba entender.

En algún lugar de la cueva, sus soldados corrían hacia él. Pero por ahora, solo estaban él y el demonio. Y las palabras que estaban por ser dichas.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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