Manual para rechazar al psicopata - Capítulo 31
- Inicio
- Manual para rechazar al psicopata
- Capítulo 31 - Capítulo 31: Atiende a los cambios del psicópata.
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
Capítulo 31: Atiende a los cambios del psicópata.
Lucas tenía la punta de la navaja a milímetros de la retina del guardabosques.
—Qué bueno que llegan —el castaño deshizo la posición de ataque—. Estaba hablando con el señor Dioniso…
Las dos caras estaban pálidas como el pan blanco.
—He mejorado mis modales… ¿no?
Los ojos parpadearon un par de veces; la expresión era de una verdadera inocencia que se convertía en un insulto para cualquier persona moralmente correcta.
Dioniso limpió la sangre que tenía en la boca.
—¡¿Qué te pasa?! —Bruno se acercó sin importarle que Lucas sostuviera una hoja afilada—. Deberías estar agradecido—
No terminó el sermón; tuvo que dirigir toda su atención a esquivar el filo del arma blanca. La hoja apenas le rozó la mejilla, dejando una delgada línea roja.
«¿Creías que no esperaba eso?».
Bruno no se quedó con el enojo en la mano y lanzó el hook que había practicado desde que era adolescente.
La pelirroja y el causante de la discusión se convirtieron en espectadores de un enfrentamiento digno de una película de Hollywood. Los movimientos iban y venían; Bruno era tan bueno golpeando como esquivando, pero Lucas tenía una agilidad similar a la de una lagartija al moverse.
En tan solo ese encuentro pudo haber más de veinte intercambios, y todos ellos parecían suceder en cámara rápida.
—¡Deténganse! —Mónica se interpuso, arrugando la cara, esperando que la navaja dejara una cicatriz que arruinaría su apariencia.
Para sorpresa de todos en la sala, Lucas se detuvo justo a tiempo.
—Jump.
Una risa airada y soberbia golpeó el orgullo del rubio.
—No importa qué tan bueno seas… —Lucas había bajado la guardia. Su aspecto era el de un geek sin interés en nada—. Siempre estarás en desventaja.
La tensión seguía intacta después de tantos altercados y microinfartos.
—Pero, cariño —al hombre no le importaba rebajarse solo por mantener el mal estado de ánimo—, no te lo tomes personal.
Como si lo anterior hubiera sido una simple escena de teatro, recobró una actitud “decente”, dejando a los demás con rostros tensos por su extraño comportamiento. Lucas estiró las manos, invitando a los demás a sentarse.
—Pero, ¿por qué esas caras largas? —preguntó con incredulidad—. Por favor, siéntense. Iré a calentar el agua.
Lucas tomó la leña y salió por la otra habitación, ignorando la mirada asesina de Bruno.
Después de que Lucas desapareció, se podía volver a respirar. Mónica bajó los hombros y Bruno aflojó los nudillos blancos.
—¿Está bien? —la pelirroja se acercó al hombre—. ¿Lo ha golpeado?
Dioniso no podía articular palabra alguna; el shock le había dejado la boca seca.
—¿Puedes conseguir un poco de agua?
Mónica le pidió ayuda al rubio, que, al igual que ella, estaba preocupado. No sabía en qué momento la inestabilidad de Lucas había crecido tanto como para dejar de ocultar su verdadera cara.
Bruno fue a la cocina, donde seguramente habría una reserva de agua potable.
Lo primero que encontró fue una cocina rústica: sin estufa eléctrica, repisas, alacena ni algún mueble moderno. Todo lo que veía era un calentador de barro donde Lucas estaba calentando el agua.
Si lo pensaba bien, era aún más extraño ver al castaño haciendo ese tipo de labores que la “cocina” que no coincidía con la mansión.
Decidió ignorar su presencia y empezó a buscar entre trastes de aluminio y paja.
Cerca de una barra llena de polvo y un par de gallinas que salieron de la nada, había un pequeño tambo con agua.
Bruno supuso que sería potable, así que solo quedaba buscar algún recipiente para tomarla.
«Este cabrón incluso tiene gallinas… sí que pensó a largo plazo… ¿Qué se puede esperar de un extremista?… —sus pensamientos lo atormentaban mientras se esforzaba por servir el agua—. Probablemente ya hasta pensó en la manera de matarme».
Su cara estaba roja por el esfuerzo, pero por fin había conseguido el agua. Cuando se levantó, chocó con los cabellos castaños.
—¿No es suficiente ya? —preguntó entre miedo y fastidio. Sus cejas rectas estaban caídas y su boca tenía la forma de una grapa hacia abajo.
—Vuelve a proteger a alguno de ellos y no quedará conciencia en mí a la hora de verte.
Después de la advertencia, regresó a verificar las burbujas dentro del pocillo. El agua ya estaba hirviendo; los fideos pronto estarían listos.
El rubio atendió la amenaza, pero no estaba en sus planes seguir órdenes, y mucho menos dejar tirado su nuevo estilo heroico. Le había costado demasiado esa impulsividad, la misma que lo trajo hasta aquí en un principio.
Sin duda, no podría deshacerse tan fácil de este nuevo temperamento.
Salió del lugar, ofreciéndole el agua al hombre, que ya estaba entablando una charla ligeramente más “completa”.
—Lamento que toda esta situación haya caído en sus hombros —dijo Mónica. El consuelo no era su área de estudio, así que estaba en un aprieto.
El intento por comprender la posición de su nuevo “mate” solo le era posible porque ella misma estaba siendo obligada a participar en este equipo, donde la democracia y la ayuda mutua eran escasas, por no decir inexistentes.
—¿Mejor? —preguntó Bruno, sentándose al lado de Mónica.
Dioniso tragó el agua y volvió en sí, dejando salir un suspiro lleno de pena.
—Primero mi colega, luego una cosa horrenda y ahora un asesino en serie.
—Creo que quedaría mucho mejor “psicópata”… asesino le queda cor— ¡Auch!
La pelirroja le dio un codazo, intentando decirle que lo último que alguien quería escuchar en esas circunstancias era que podía ser aún peor… y que ese “peor” estaba mucho más cerca de lo que pensaba.
No pudieron interactuar por más tiempo gracias a la presencia asfixiante de Lucas.
En su rostro se dibujaba una sonrisa larga, ligeramente menos tenebrosa.
Gracias a la cicatriz, los hoyuelos casi habían desaparecido y la encía ya no era visible. Sin duda, un cambio significativo en su apariencia. Aunque eso, más que tranquilizar, era un consuelo forzado.
—Por favor, comamos.
Bruno sacó tres sopas instantáneas y empezó a verter el agua. La incomodidad había pasado a segundo plano desde que el hambre empezó a dominar.
Cuando las sopas estuvieron cubiertas de agua, solo faltaba Lucas.
—Ejem… —carraspeó, llamando la atención.
Bruno sacó otra sopa y la puso sobre la mesa, evitando mirarlo directamente.
Todos mantenían la mirada fija en su comida.
«¿Y esta mierda cuánto tardará en hacerse?» —pensó Bruno, sintiendo la tensión en el aire.
—Bien —Lucas apartó el empaque—. Ahora que todos estamos en el mismo punto de partida…
El uniformado dirigió una mirada acusadora, pero pasiva.
—No deberían hacer esto más difícil. Les explicaré —se rascó la nariz y se acomodó los lentes con el dedo medio—. Estas cosas que se figuran como monstruos, en realidad son mutantes. Lo notamos cuando Lagack se presentó con la forma de un joven, y ahora, con la presencia de una nueva “especie” híbrida donde la doctora afirma conocer al hombre, existe un 97% de probabilidad de que la hipótesis sea correcta.
Bruno no lo miraba directamente, pero prestaba atención, con los ojos fijos en la mesa.
—El otro tres por ciento está sujeto a cambios; en el caso de que no sean mutantes con un cuerpo fijo, sino que funcionen como “cambiaformas”. Esta duda está presente en la señora Laura.
Mónica asintió, concentrada.
—¿Lagack? —preguntó Dioniso—. ¿Tiene nombre?
—No es la única cosa ahí fuera —respondió Lucas con desgana—. Necesito algún indicador para diferenciarlos.
—¿Por qué Lagack?
—Me encanta que el cachorro de la manada esté aprendiendo —dijo, empezando a sorber el caldo.
»El anciano Ciro tenía apego al lago —continuó—, así que, antes de que ustedes llegaran, me puse a investigar… No encontré mucho, pero parece que hay una vieja leyenda.
Lucas soltó esas palabras con más lentitud, dirigiéndose al guardabosques.
—¿Usted la conoce, señor Dioniso? —preguntó Bruno.
El hombre se rascó el bigote.
—Creo que la he oído… Sí. ¿Hablas del lago donde la criatura dejó de perseguirme?
Los tres jóvenes levantaron la mirada. Era una pieza más del rompecabezas.
—¡Al fin! —Lucas hizo un ademán como si hubiera ganado una partida de póker—. Pensé que los viejos solo servían para ocupar espacio.
Bruno rodó los ojos y empezó a comer, pero se detuvo casi al instante cuando la pierna de Lucas levantó su pantalón.
«¡Este idiota!».
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com