Manual para rechazar al psicopata - Capítulo 30
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Capítulo 30: No bajes la guardia.
La cara pálida tenía la mandíbula contraída.
—Esta vez, ¿qué lo trae por aquí? —preguntó el castaño, ocultando su disgusto por la improvisada llegada.
La boca del guardabosques quiso abrirse, pero solo unos leves murmullos fueron audibles.
—¿Quiere un poco de agua? —preguntó Mónica, acercándose al hombre que temblaba.
Después de que el uniformado tomara el vaso y se calmara, se dispusieron a sentarse.
El hombre, ya con canas, apretaba su vaso, apoyando en él su miedo y su esperanza de salir vivo después de lo que había visto.
—Muchas gracias, jóvenes —se pasó la mano inestable por el cabello—. Otra vez ustedes salvándome.
—No hay de qué —respondió Lucas con voz sarcástica—. ¿Qué ha pasado?
Mónica notaba el esfuerzo del castaño por no desesperarse con el pobre hombre. Pero, si era sincera, ella también estaba ansiosa por saber lo que había pasado, aunque aterrada.
—¿Recuerdan al joven que les dije que me encontré en el bosque? —hizo una pequeña pausa, como si la pregunta hubiera sido un maratón—. Pues…
Apretó más el vaso dentro de su mano.
—Pues, hace un rato me encontraba haciendo revisión en mi torre de control, pero me di cuenta de que ya no tenía leña para mi calentador —sus ojos, por primera vez, se desviaron del vacío, dirigiéndolos a los demás—. Bajé y empecé a recolectar para no tener que ir más tarde.
—Cuando llegué a una parte del bosque más hacia el oeste, del lado contrario de la mansión…
El hombre se detuvo, pensando en si continuar o no. Sus cejas subían y bajaban en una batalla silenciosa contra sus propios pensamientos.
—Bueno… pues me volví a encontrar a ese chico.
—Esta vez era de día, así que me sentí con más valor como para preguntarle quién era —el hombre empezó a sudar frío nuevamente—. Su mirada… su color era diferente. No era… humano…
—¿Cómo? —la pelirroja incluso tenía la boca abierta mientras escuchaba el relato.
—Tal vez no me crean —el hombre aclaró su garganta y continuó, esforzándose por no perder la fachada de “guardabosque valiente”—, pero ese joven no era humano. Su piel era blanca, y no hablo de una palidez normal.
La mano morena tapó los labios rojizos, impidiendo que Mónica interrumpiera el relato.
—Continúe.
—Lo peor que pude haber hecho fue acercarme. Después de no recibir respuesta, caminé en su dirección, pero… —la última palabra salió con inseguridad— se convirtió en algo… algo que no puedo explicar.
—¿Era una cosa de aproximadamente tres metros?
Los ojos del hombre se abrieron casi hasta salirse de sus órbitas.
—Exacto… ¿cómo sabe?
—Ya le diré, pero primero continúe, por favor —Lucas tendió la palma hacia arriba, apresurándolo.
—Fue horrible —tragó saliva—. Después de que se convirtió en eso, empezó a perseguirme. En un momento pensé que ya había llegado a mi final, pero después de tomar distancia ya no pudo seguirme… algo se lo impidió.
Esta nueva información entró en la mente del castaño como un mosquito que zumbaba sin parar hasta que lo aplastas.
—¿Qué fue lo que hizo, aparte de correr? —preguntó el rubio—. Algo en su comportamiento pudo salvarlo sin que usted se diera cuenta.
El tacto y la educación que Bruno sí tenía era algo de lo que Lucas carecía.
—Recuerde —insistió el castaño.
—No lo sé —la respuesta decepcionó a los tres jóvenes—. Solo recuerdo haber corrido tanto, hasta que llegué al lago.
—¿Hay un lago? —preguntó Mónica con un tono ingenuo.
El guardabosques asintió.
—Lo más probable es que ese lugar sea diferente o especial para esa cosa.
—No quiero sonar mal, pero… ¿por qué no se ven asustados? —preguntó el guardabosques, que aún intentaba calmar sus nervios.
Los ojos de Mónica y Bruno se encontraron. Ambos tenían la misma duda: ¿qué respondería Lucas?
—Verá… —Lucas dejó de recargarse en el marco de la pared y empezó a caminar en dirección opuesta—. Esta cosa empezó a molestarnos. Ahora estamos dentro de la casa, igual que usted, sin saber nada de esa aberración… pero buscando una forma de sobrevivir.
Hizo una pausa antes de continuar:
—Lamento mi imprudencia, pero… ¿podría decirme cómo se encuentra su compañero?
Las cejas tensas del hombre descendieron.
—No está muy bien… apenas murmura cosas —la tristeza invadió su rostro—. ¿Cómo es que sobrevivieron ustedes?
—De la misma forma que usted: huyendo.
Lucas sintió cómo el efecto de las drogas había pasado. Ahora el cansancio y la somnolencia lo golpeaban, y le echó la culpa a la ducha.
Ese recuerdo quebró su concentración, desviando su mirada hacia unos ojos color miel que también lo observaban con extrañeza.
—Bueno, a todo esto… ¿cómo se llama usted?
—Me llamo Dioniso —respondió, poniéndose de pie y extendiendo la mano.
—Bueno, parece que ahora sí me cree —dijo Lucas, estrechándola.
El hombre ladeó ligeramente la cabeza, confundido.
—¿Recuerda que una vez le comenté sobre todo esto? —Lucas frunció el ceño—. Usted dijo que podía ser normal estando solo en el bosque… Bueno, esta vez no fue normal.
Un “clic” resonó en la memoria del hombre. Recordaba haberlo tomado por paranoico cuando insinuó ver cosas similares.
—Ahora me apena tanto recordarlo —una sonrisa torpe y llena de culpa marcó su rostro.
Después de esa breve reunión, el grupo se dirigió a la cocina del primer piso.
Hace años, ese lugar habría sido un lujo; ahora parecía más bien una reliquia olvidada.
La luz apenas entraba, opacada por el tapiz guinda. Las paredes frías y la mesa cubierta de polvo y polilla podían quitarle el apetito a cualquiera… excepto a alguien que no ha comido en mucho tiempo.
—Ahora que estamos todos juntos, creo que podemos comer.
La distribución de la mesa era clara: Lucas al centro, Bruno a su derecha junto a Mónica, y Dioniso al lado izquierdo.
—Pero las provisiones se quedaron en el carro que ustedes destruyeron —acusó Mónica, escuchando rugir su estómago.
Bruno también bajó la mirada hacia el suyo. ¿Cuánto tiempo llevaba sin comer? De pronto, extrañó la máquina de café agrio del hospital.
«Nunca debí ir a buscarlo… es un jodido destructor de todo».
—No se preocupen, creo tener algo —dijo Dioniso antes de ir al cuarto trasero.
Durante unos segundos, solo se escucharon objetos cayendo: cajas, latas… ¿costales?
—¿Ahora qué mierda está planeando este cabrón? —murmuró Bruno, presionándose el puente de la nariz.
Lucas, con expresión de fastidio, dejó una caja de sopa instantánea sobre la mesa.
—Después de todo lo que está pasando, lo último en lo que he pensado es en la comida… y en la electricidad —dijo con cansancio—. Tendremos que usar leña para calentar agua.
Las cejas de Bruno se fruncieron, intentando procesar aquella extraña amabilidad. No sabía si reír o preocuparse.
Sus pensamientos paranoicos fueron interrumpidos por la voz de su tormento:
—Mónica —llamó Lucas—, ¿por qué no vas con Bruno por leña?
—¿Hm?
Bruno no entendía esa actitud. Lucas ni siquiera usaba nombres, mucho menos compartía comida. ¿Qué seguía?
El estómago de Mónica gruñó. Sin pensarlo, tomó a Bruno de la camisa y lo arrastró con ella.
El leñero estaba en el corral, ese lugar donde Lucas guardaba cualquier cosa… incluso un auto.
Por suerte, habían descubierto un camino para llegar sin salir completamente al exterior.
—¿No crees que el comportamiento de Lucas es raro? —preguntó Mónica mientras recogía trozos de madera.
—Lo estaba pensando —respondió Bruno, cargando varios en su brazo—. Ni siquiera sé por qué le diría a Dioniso sobre las criaturas.
«¿Acaso cree que saldrá ileso después de que alguien más se entere de su verdadera forma?».
—Yo creo que Lucas siempre tiene algo en mente —dijo Mónica, asintiendo para sí misma—. Sí… debe ser eso.
Bruno sonrió al ver su expresión concentrada, inflando ligeramente los cachetes sin darse cuenta.
—¡Agh!
El grito los hizo mirarse al mismo tiempo.
Sin decir una palabra, corrieron de vuelta al interior.
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