Marca del destino - Capítulo 11
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11: Cachorro humano 11: Cachorro humano —¿Qué?
—Guau…
¡La misma voz!
¡Seguro que estoy borracha!
Wang Shi miró a Zhao Suyin estupefacto mientras ella murmuraba, rascándose la cabeza.
—Señorita Zhao, ¿qué está haciendo aquí?…
¡Y en ese estado!
¿Sucedió algo?
La recorrió con la mirada de arriba abajo: ropa holgada y polvorienta con agujeros, el maquillaje de los ojos corrido, el pelo como un estropajo y su piel, antes pálida y tersa, ahora parecía un mapa de carreteras.
De no haberla conocido antes, sin duda la habría confundido con una mendiga y le habría dado algo de dinero para que se apartara.
*Sin respuesta*
Suyin estaba ocupada admirando la belleza que le alborotaba las hormonas.
—Señorita Zhao —agitó la mano delante de sus ojos, pues ella no dejaba de mirarlo fijamente—.
¡Vaya…!
Cuidado…
—Se abalanzó para sujetarla por la cintura cuando estaba a punto de caer hacia atrás.
Pasaron unos segundos, pero la mujer no mostró ninguna intención de enderezarse y siguió mirando su reflejo en los ojos oscuros de él.
¡Hipnóticos!
¡Profundos!
—¿De verdad eres el bombón?
—preguntó con cautela, abriendo sus hermosos ojos grises como platos mientras le picoteaba la mejilla con un dedo.
Wang Shi se quedó sin palabras.
«¿Por quién me toma?», pensó.
—Te llevaré a casa.
La comisura de los labios de Wang Shi se crispó al cogerla en brazos, pero de repente ella se retorció y lo empujó en el pecho.
—¡Tú, estúpido chófer, bájame!
Mi bombón no recoge a mujeres de la carretera.
¡Eres un secuestrador!
¡SOCORRO!
¡SECUESTRADOR!
¡ASESINO!
—¡AAAAH!
…
Con un golpe sordo, Wang Shi la dejó caer en la carretera cuando ella le metió el dedo en el ojo derecho.
—¡Qué demonios!
—gruñó, apretando los dientes mientras se cubría el ojo afectado con la mano—.
Señorita Zhao, no sé a quién se refiere, pero créame, no tengo ninguna intención de secuestrarla —le espetó con frialdad a la borracha—.
Ahora, vamos, suba al coche.
De lo contrario, la dejaré en la carretera.
¿Quiere que haga eso?
Solo intentaba tantear el terreno asustándola, pero, milagrosamente, funcionó.
Ella negó con la cabeza como un sonajero.
—A casa…, por favor.
Al ver rodar sus lágrimas, se arrepintió de haberla regañado y sintió que algo se removía en su corazón; algo que lo inquietaba, una sensación que no había experimentado en años.
Frunció el ceño ante el extraño comportamiento de su propio corazón, que parecía actuar por su cuenta.
¡Nah!
Debe de ser otra cosa.
¡Solo palpitaciones!
Sacudiendo la cabeza para desechar la idea, se inclinó y le tendió la mano.
—Está bien, no llores.
Te llevaré a casa.
Después de asegurarse de que estaba cómodamente sentada en el asiento del copiloto, sacó su tarjeta de identificación de la cartera y se la dio.
—Lee esto.
Era importante para evitar que creara más problemas.
¿Y si empezaba a acusarlo delante de quien no debía?
—Bombón —la escuchó decir él mientras pisaba el acelerador.
—¿Eh?
—Bom… bón… —dijo ella, recorriendo con el dedo el nombre escrito en la tarjeta y articulando cada sílaba.
Wang Shi: —…
—.
«¡Borracha!», pensó.
—¿Adónde?
—¡A casa!
Wang Shi: —…
—De acuerdo, ¿y dónde está tu casa?
—En un edificio grande.
Wang Shi se golpeó la cabeza contra el volante.
******
—¿Por qué no ha llegado todavía?
¿No dijo que llegaría en treinta minutos?
En una habitación oscura, iluminada solo por la cálida luz de los apliques de la pared, un niño pequeño estaba acurrucado en el sofá, con la mitad inferior del cuerpo arropada por una manta.
No apartaba la vista del minutero del despertador que aferraba con sus delicadas manos.
Parecía demasiado grande para ser un bebé, pero todavía era muy joven, de unos cinco o seis años.
Sus regordetes dedos se aferraban a la manta, sin apretar con fuerza, pero lo suficiente para calmar su agitado corazón mientras miraba por las cortinas entreabiertas, esperando ansiosamente a alguien.
¡BIP!
Sus oídos captaron el sonido que esperaba y salió disparado de debajo de la manta en un tiempo récord, corriendo en su pijama de seda azul que no encajaba ni con su edad ni con su pequeña complexión.
Las luces de la mansión se encendieron automáticamente, deslumbrándolo, así que cerró los ojos instintivamente para que se acostumbraran.
Con el rostro medio fruncido, abrió la puerta…
—Pa…
—se quedó helado.
Sus pestañas abanicaban sus ojos de flor de melocotón, paralizados por la sorpresa—.
¿Quién es ella?
¿Por qué la has traído aquí?
¿Por qué la llevas en brazos?
—¿Aún despierto?
—Primero responde a mis preguntas.
—Hum…, ella es…
—Ooh…, qué cachorrito humano tan adorable.
—Antes de que Wang Shi pudiera decir nada, Suyin se zafó de sus brazos y saltó hacia el supuesto cachorrito.
—Cuidado.
—Los ojos del niño brillaron peligrosamente mientras levantaba la palma de la mano y daba un paso atrás, lanzando al mismo tiempo una mirada inquisitiva a su padre—.
Papá, encárgate de esta rarita.
—Está borracha, aguanta un poco —dijo él, caminando hacia la mesa a por un vaso de agua.
¿Cómo podía una mujer cambiar tanto al emborracharse?
¡Qué fastidio!
¡Peor que un crío!
Por fin comprendía lo que era tener que lidiar con una borracha.
—Oye…, ¡MUAC!
¡Qué suavecito!
¡MUAC!
—¡Puaj!
¡Aléjate!
¡PAPÁ!
—gritó, usando sus pequeñas manos para apartar la cara de ella y evitar más besos—.
¡Se está aprovechando de mí!
¡Soy un hombre, maldita sea!
Wang Shi: —…
—¡¿Y con esa altura tienes el descaro de llamarte hombre?!
—Wang Shi se arrodilló y le pellizcó las mejillas antes de separar a la mujer que estaba literalmente pegada a su hijo—.
La conozco, no puedo dejarla en la calle en este estado.
—¡Da igual!
Ahora tengo que bañarme.
Y tú también deberías —el rostro angelical del niño se arrugó con desdén, se limpió las mejillas regordetas y subió las escaleras al trote—.
La comida está en el microondas.
Hablaremos por la mañana.
Buenas noches.
¡PUM!
Wang Shi solo oyó el portazo.
Suyin resopló y puso un puchero.
—Cachorrito…
—¡Quieta!
Siéntate aquí.
Un dedo en los labios.
Si te atreves a moverte, te echaré a la carretera.
—Tras asegurarse de que no se movería, llamó a su mayordomo—.
Mayordomo Chu, hay una mujer en casa.
Envía a dos criadas para que la bañen.
¡Pobre Mayordomo Chu!
Apenas podía quedarse quieto al oír las palabras «una mujer en casa».
Wang Shi colgó y se giró para mirarla, pero la vio durmiendo en el sofá, abrazando el peluche favorito de su hijo: una versión en miniatura de Wang Shi que ella apretaba contra su pecho.
—Honey te estrangulará si ve esto —dijo Wang Shi mientras intentaba quitarle el peluche, pero cuanto más lo intentaba, con más fuerza lo sujetaba ella—.
¡Da igual!
—suspiró.
La llevó en brazos a la habitación de invitados, sin preocuparse de que estuviera inmunda, maloliente y cubierta de polvo.
Sabía que esa no era la verdadera ella.
Suyin se acurrucó en su cálido abrazo, aspirando su embriagador aroma.
Si se despertara y viera a su bombón llevándola en brazos como a una princesa, seguro que moriría de felicidad.
¡Era un sueño hecho realidad para ella!
¡Ojalá!
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