Marca del destino - Capítulo 193
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193: ¿Qué rival eras para los Zhao?
193: ¿Qué rival eras para los Zhao?
—Irrespetuosa como siempre —bufó el Patriarca Zhao, despidiendo al personal de la casa de té con un gesto de la mano.
Su asistente se situó atentamente detrás de él, con la mano apoyada en secreto sobre la daga oculta en sus mangas.
—El respeto se gana, y tú no has hecho nada para merecerlo —replicó Si Han, percatándose de la sutil acción del cuidador Li Sheng de mantener la mano bajo la manga—.
Soy violenta solo cuando alguien se mete con mis hijos.
¿Lo recuerdas?
—insinuó, refiriéndose a algo.
La boca del Patriarca Zhao se crispó.
Por supuesto que lo recordaba.
Fue el día en que Si Han rompió sus lazos con la familia Zhao.
Dejó a Suyin al cuidado de sus padres y regresó a la casa de los Zhao para recoger sus pasaportes.
Como era de esperar, su inútil hijo menor, Zhao Shu, no impidió que su esposa tomara una medida tan drástica y simplemente la dejó tomar lo que quisiera.
¿Y por qué lo haría?
Llevaba esperando ese día quién sabe cuánto tiempo.
¡Esperando a liberar a su familia de las garras del viejo!
Pero si Si Han se hubiera ido, ¿no significaba eso que Suyin también se iría con ella?
Con Zeng ya viviendo lejos de la familia, ¿cómo podría el Patriarca Zhao controlar a su hijo y consumar su venganza?
Sin olvidar, además, el dinero que ganaban Suyin y Zeng.
Con esa idea en mente, escondió sus pasaportes y otros documentos.
Pero quién iba a imaginar que Si Han se volvería una fiera y lo amenazaría con la pistola que él mismo guardaba en el cajón.
Incluso le prendió fuego al estudio para que nadie pudiera detenerla.
Ese día, el Patriarca Zhao vio en los ojos de Si Han una ira ardiente, una que no dudaría en matar a alguien.
Era como si hubiera entregado su alma para proteger a su hija.
Sin duda alguna, si se hubiera atrevido a detenerla ese día, ahora no estaría aquí sentado con vida.
—¡Basta!
No tengo tiempo que perder contigo.
Dile a tu hija que retire los cargos contra Kun y que no se meta con Feiyan —bramó el Patriarca.
Con solo ver a Si Han, su humor, que ya era pésimo, empeoró aún más.
—Como si te importaran Kun o Feiyan —se burló Si Han, lo que enfureció aún más al Patriarca, que apretó los puños—.
¿Crees que no sé que estás aquí para desquitarte con nosotras y demostrar tu inexistente autoridad sobre mi hija y sobre mí?
Pues…
sigue soñando.
Su voz se tornó grave.
—La única persona que te ha importado alguna vez fue tu hijo mayor, porque según tú era el único de tus hijos que merecía la pena, capaz de colmar tu montaña de ambiciones, mientras que mi marido era el más inútil.
—SÍ, LO ERA, LO ES Y LO SERÁ PARA SIEMPRE —rugió el Patriarca Zhao, barriendo el juego de té al suelo de un manotazo—.
¿Qué idiota renuncia a una beca de Oxford para irse a estudiar arte a Francia?
Y luego su segundo error…
TÚ.
¿Una mísera mujer de clase media que cose ropa para otros para ganarse la vida?
¿Qué partido eras tú para los Zhao?
Maldita sea, hasta tus hijos heredaron los mismos genes.
Ninguno de ellos fue tan capaz como mi Hede, que sí podía cargar con mis responsabilidades.
—¿Cargar con tus responsabilidades o quedar sepultado por tus ambiciones?
Esas ambiciones que tú no conseguiste alcanzar y le endosaste a tu hijo.
—¿Y QUÉ?
Era justo que él cumpliera mis sueños.
Pero antes de que pudiera hacerlo, tú y tu marido lo matasteis.
Lo matasteis por las propiedades y el negocio.
Si Han no parpadeó ni dejó que su voz temblara ante los rugidos del Patriarca Zhao.
Hacía tiempo que él había perdido todo el respeto a sus ojos.
—No hay nadie más sordo que el que no quiere oír ni entender nada.
¿Ves?, esa es la razón por la que mi marido, mis hijos y yo te despreciamos tanto.
¡Solo por esa creencia errónea arruinaste a mi familia!
¡Arruinaste la vida de mi hija!
Tal vez ese fue el latigazo de Dios que te golpeó, dejándote paralítico de cintura para abajo.
El rostro del Patriarca Zhao se descompuso más que nunca.
Hablar de su discapacidad era lo que más odiaba.
Fue un derrame cerebral lo que lo dejó completamente paralizado, pero gracias a los tratamientos avanzados a lo largo de los años, había recuperado la movilidad en la mitad superior del cuerpo.
¡Solo la mitad superior!
—Maldita pe…
—CÁLLATE.
No estoy aquí para escuchar las tonterías de un viejo que solo ve lo superficial.
Dile a Zhao Feiyan que es la hora de la revancha.
La revancha por todo.
Y…
si no quieres atraer la ira de mi hija, será mejor que te mantengas al margen.
—Si Han se dio la vuelta para marcharse.
Pero, como si recordara algo, miró por encima del hombro—.
Perdona, se me olvidó decirte que tu tratamiento del programa de STImulación de la Columna Vertebral comenzará una semana más tarde en los Estados.
La expresión de ira del Patriarca Zhao se tornó en una de asombro.
Era el programa más prometedor para mejorar la recuperación de pacientes paralíticos.
Habían rechazado su solicitud tres veces, pero, sorprendentemente, dos días antes había recibido una llamada del médico jefe informándole de que había sido aceptado en el programa con todos los gastos pagados.
—¿Qué quieres decir?
¿Quién te ha hablado del programa?
—preguntó él.
Después de múltiples intentos fallidos, les había pedido a Song Xianxi y a Zhao Feiyan que lo ayudaran a entrar en el programa.
¿Pero cómo lo sabía Si Han?
¿Y a qué venía ese tono?
—Si Han, no puedes irte.
¡Respóndeme!
—Necesitaba la respuesta.
Desesperadamente—.
Sheng, detenla.
Li Sheng apenas había dado un paso cuando la puerta se abrió de un empujón y Suyin apareció en el umbral.
La forma en que entrecerraba sus ojos grises recordaba a las pupilas rasgadas de una cobra.
Peligrosa.
Su mirada inmóbil iba acompañada de una mandíbula apretada y venas que sobresalían en su cuello, como si estuviera conteniendo algo.
—Créeme, no querrás saber lo que pasará si das un paso más —gruñó Suyin con una voz que sorprendió a los dos hombres.
Entrelazó sus dedos con los de Si Han y se dio la vuelta.
—SUYIN, ¿HABLASTE TÚ CON EL DIRECTOR DEL PROGRAMA?
¿POR QUÉ…?
¿SUYIN?
¡RESPÓNDEME, MALDITA SEA!
¿POR QUÉ…?
Las palabras del Patriarca Zhao cayeron en saco roto mientras Suyin y Si Han se marchaban, dejándolo con sus preguntas sin respuesta.
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