Más allá de la oscuridad (BeyoND Of The DarKneSs) - Capítulo 62
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Capítulo 62: Capítulo 60 – La cazadora del viento y la moneda que nunca cae
La luz entró del alba entró por la ventana.
En líneas delgadas, delicadas y lentas bañando el suelo de su tenue luz atravesando la habitación y se detuvieron sobre el suelo.
El mundo seguía ahí.
Aunque anoche hubiera parecido demasiado pesado para continuar.
Desperté antes que el sonido.
No fue un movimiento lo que me sacó del sueño.
Fue la sensación de calor.
Algo tibio contra mi pecho.
Algo que respiraba.
Parpadee lentamente.
Tardé unos segundos en entender por qué no estaba en la cama.
Por qué el techo se veía desde otro ángulo.
Por qué mi cuello dolía.
Y entonces lo recordé.
El suelo.
La canción.
La confesión.
Las lágrimas.
Alya.
Mi respiración se detuvo apenas un segundo cuando bajé la mirada.
Ella seguía ahí.
Sentada contra la pared.
Dormida.
Su cabeza inclinada hacia un lado. El cabello desordenado. Una mano aún apoyada en mi espalda como si incluso dormida se negara a soltarme.
Yo seguía entre sus brazos.
Durante unos segundos no me moví.
Tenía miedo de romper algo.
No el momento.
Sino esa sensación extraña en el pecho.
No era euforia.
No era felicidad.
Era algo más silencioso.
Alivio.
Lentamente, moví un poco la mano.
Alya reaccionó de inmediato, aunque no abrió los ojos.
Su agarre se tensó apenas.
Instintivo.
Como si incluso dormida tuviera miedo de que desapareciera.
Trague saliva.
—No me voy… —murmure, casi sin voz.
No sabía si lo decía para ella… o para mí mismo.
Los párpados de Alya se movieron.
Abrió los ojos con lentitud, todavía atrapada entre sueño y realidad.
Parpadeó.
Me miró.
No sonrió.
No dijo nada.
Solo me miró como si estuviera comprobando algo.
Como si necesitara confirmar que seguía ahí.
—Buenos días… —su voz salió áspera por el cansancio.
Asentí apenas.
—Buenos días.
Un silencio suave se acomodó entre ambos.
No incómodo.
No tenso.
Distinto.
Más frágil.
Alya bajó la mirada hacia sus propias manos, todavía sobre mi.
No las retiró de inmediato.
—¿Cómo te sientes? —preguntó, con cuidado. Sin presión.
Pensé la respuesta.
No dije “bien”.
No dije “mal”.
—Cansado.
Era verdad.
Pero no era toda la verdad.
Ella asintió.
—Yo también.
Nos quedamos así unos segundos más.
La luz avanzó un poco más por el suelo hasta tocar la guitarra caída.
La noche había pasado.
El destino seguía existiendo.
Pero por ahora…
no estaba dentro de la habitación.
Alya finalmente soltó el abrazo con lentitud.
No porque quisiera.
Sino porque ambos sabíamos que quedarse ahí para siempre no era posible.
Me incorporé primero.
Le ofrecí la mano.
Ella aceptó.
Desde la puerta, un pequeño maullido interrumpió el momento.
Moka nos observaba.
Como si hubiera sido testigo de todo.
Y quizá lo fue.
Alya dejó escapar una exhalación suave.
—Creo que alguien quiere desayunar –dijo suavemente mientras se estiraba.
Miré a Moka por unos segundos dudando de si hablaba de ella, de mí o de Moka.
Luego volví a mirar a Alya.
Me quedé mirando a Alya por unos instantes apreciando su belleza. Y por primera vez en varios días una sonrisa se dibujó en mi rostro.
Ella respondió con una sonrisa difícil de describir con palabras, una sonrisa que hizo latir mi corazón como nunca antes. Una sonrisa que me recordó lo inmensamente enamorado que estaba de ella.
Hice un gesto y baje a la cocina.
La cocina estaba demasiado silenciosa para esa hora.
A pesar de despertar más animado y enamorado de Alya me movía con lentitud, como si aún estuviera calibrando mi propio cuerpo. Abrí el refrigerador. Lo cerré. Lo volví a abrir, como si esperara que algo nuevo apareciera dentro.
Alya se sentó en la mesa, apoyando los codos con cuidado. Me observaba sin que pareciera que lo hacía.
—¿Qué estás buscando? —preguntó al fin.
—No lo sé —respondí con torpeza.
Eso le arrancó una pequeña exhalación nasal.
No era risa.
Pero casi.
Me quedé pensando y saqué huevos y leche.
Tome harina de la repisa y camine hacia la mesa.
Gestos simples.
Repetitivos.
Reconocibles.
El sonido del sartén al colocarse sobre la estufa llenó el espacio. El clic del encendedor. El sonido de la batidora al ser conectada.
Normalidad.
Alya bajó la mirada hacia sus manos.
Tenía una marca leve en los nudillos. Probablemente de haber sostenido la guitarra demasiado fuerte. O de haberme abrazado con más intensidad de la que su cuerpo estaba acostumbrado.
Rompi un huevo con un golpe seco.
La cáscara se partió mal.
Parte cayó en el cuenco para preparar la mezcla de los panqueques.
Me quedé mirándolo unos segundos.
Alya se levantó sin decir nada.
Tomó una cuchara.
Retiró el fragmento con cuidado.
Sus dedos rozaron los míos por un segundo.
Ambos nos quedamos quietos.
No fue incómodo.
Fue… consciente.
—Gracias —dije, más bajo de lo habitual.
—Para eso estoy —respondió ella.
La frase quedó flotando en el aire un poco más de lo normal.
Para eso estoy.
No como obligación.
Sino como elección.
Moka saltó a una de las sillas y comenzó a observar el proceso con la dignidad de alguien que claramente se consideraba supervisora del hogar.
El olor a panqueques empezó a llenar la cocina.
Coloque dos platos sobre la mesa.
Nos sentamos frente a frente.
No muy cerca.
No muy lejos.
El sonido de los cubiertos contra el plato era suave, casi medido.
Levanté la mirada una vez.
Alya ya me estaba mirando.
Esta vez sí sonrió un poco.
Pequeño.
Auténtico.
—Sigues aquí —dijo ella, como si estuviera confirmando algo.
Sostuve su mirada.
—Sí.
No añadí nada más.
Pero esta vez ese “sí” no era resignación.
Era decisión.
Alya asintió apenas.
Tomó un sorbo de leche.
—Hoy no tienes que salvar el mundo antes del desayuno —murmuró.
Baje la mirada al plato.
Una sombra breve cruzó mi expresión.
Pero no fue tan profunda como la noche anterior.
—Eso ayuda —respondí.
Silencio otra vez.
Más liviano.
Más respirable.
Por unos minutos, fuimos solo una pareja compartiendo comida en una cocina iluminada por la mañana.
No el elegido.
No la profecía.
No el peso.
Solo yo, Dark.
Solo Alya.
Y entonces—
Mi teléfono vibró.
Una vez.
Luego el de Alya.
Casi al mismo tiempo.
El sonido fue pequeño.
Pero suficiente para cambiar la temperatura del aire.
Así es como mi desayuno junto a Alya se vio interrumpido por un mensaje de los chicos con una noticia que ya empezaba a causarme molestia y esa era que abría un ritual el de Xia para ser precisos ahora aquí estamos los mismo de los ultimos cuatro rituales con la excepción de un sacerdote de la iglesia de la diosa Sof ya que el segundo sendero de Xia pertenece a esa iglesia o más bien a su Diosa.
A diferencia de la diosa Deris los sacerdotes de la iglesia de la diosa Sof usan un traje gris con dorado muy elegante con detalles y bordados en dorado y un libro abierto con ojos de búho en el este diseño sería en color plata. Este estaba en el pecho. Este último es el símbolo de la Diosa Sof.
Xia a diferencia de los demás no estaba nerviosa –o eso quería aparentar– suspiro con profundidad mientras hacía movimientos con su espada para impresionar. Pero desde mi punto de vista parece más una loquita. Además que es necesario que todos tengan mínimo nivel 1 para enfrentar a los titiriteros. Los elementos que Xia necesita para su ritual son pocos de cada uno de sus senderos.
Para el sendero del viento:
1. Pluma del Vórtice Primordial
Está pluma pertenece a un pájaro elemental de Stormhold uno de los continentes más misteriosos y fascinantes de Aethra. Siendo este un continente de llanuras barridas por tormentas eternas.
Colindando al norte con el océano Astral, al oeste con el océano Currente, al este con el océano Vortex y al sur con los continentes Fulgor y Voltara.
Este continente tiene criaturas impresionantes que parecen sacadas de un libro de ciencia ficción. De ejemplo el pájaro del cuál proviene la pluma el cuál lleva por nombre Shilirit un ave de entre tres y cinco metros de envergadura. Suelen habitar dentro cuevas bajo la tierra y viven en solitario y viven muy alejados de la civilización por lo que sus plumas son capturadas en el ojo de los tornados que al igual que las tormentas son eternos.
· Propósito: Conectar su esencia con el origen del movimiento del aire.
· Uso: Debe ser ingerida, disolviéndose en su garganta como aire sólido.
2. Campana de los Vientos Silenciosos
Está campana está dorada en Voltara el continente al sur de Stormhold colindando con lo mismo que este último.
A diferencia de su vecino del norte este continente es conocido por enormes torres que se forman de manera natural que generan campos msgneticos.
La campana está forjada con cristales que resuenan con el sonido del vacío. Estos cristales son extraídos de minas y cuevas muy profundas además que son muy raras y valiosas.
· Propósito: Enseñarle a “oir” el viento que no sopla, el que está entre los mundos.
· Activación: Debe sonar una vez junto a su oído, rompiendo su percepción auditiva normal.
Para el sendero del pensador:
3. Lágrima de Cristal de Mnemosyne
Es Una gota de rocío solidificada de la Biblioteca prohibida de la Diosa Sof.
Está gota contiene conocimiento puro que puede o serte más conocimiento o traer consecuencias que no son nada buenas.
· Propósito: Saturar su mente con información cruda para forzar la evolución de su procesamiento lógico.
· Aplicación: Debe colocarse sobre su tercer ojo (frente) hasta que se absorba.
4. Hilo del Destino Lógico
· Origen: Un filamento extraído del Tapiz de la Realidad en el reino de los dioses.
· Propósito: Permitirle “ver” las líneas causales y los puntos de fractura en cualquier sistema.
· Uso: Se enrolla alrededor de sus dedos como un guante invisible.
Y finalmente un lento que se usa para sincronizar sus dos senderos:
5. Espejo de la Armonía Inestable
· Origen: Un espejo de Vidrio de Almas de Kael’Thas.
Este continente se ubica al norte de Alida y al sur de Fulgor. Colinda con el océano Current al oeste y este.
Este continente es conocido por sus desiertos de vidrio volcánico y sus tormentas de arena eléctrica.
Se dice que este espejo ha sido expuesto a dos realidades simultáneas gracias a los portales que se forjan en el continente limbo.
· Propósito: Forzar a sus dos núcleos LC a resonar en la misma frecuencia sin fundirse.
· Uso: Debe ver su doble reflejo (uno para cada sendero) durante el pico del ritual.
Cómo con todo ritual para ascender de nivel se corren muchos riesgos y en el caso de Xia son estos:
· Disociación Cósmica: Sus dos mitades podrían separarse, creando dos seres: uno puro viento, uno pura lógica.
· Parálisis por Análisis: Su mente podría calcular infinitamente las posibilidades, inmovilizándola en el tiempo.
· Pérdida del Yo Físico: Podría volverse un ser de puro viento y pensamiento, incapaz de interactuar con lo físico.
· Conflicto de Núcleos: Los dos núcleos LC podrían resonar en frecuencias opuestas y desgarrarla.
Xia se colocó en un círculo y suspiró profundamente.
Con una mirada decidida y sin vacilar ingirió la Pluma del Vórtice Primordial. Sintió cómo se disolvía en una tormenta interior. El aire abandonó sus pulmones, reemplazado por el viento primordial. Floto sin esfuerzo, pero el mundo se volvió un torbellino de sensaciones caóticas.
— Ni winds aland rum nih witan,
Ni mēl kalds in tunra kristallis,
Im sa windistaurma saei bigitiþ wēsi seina,
In augō swalta þis wōdandeins mēla —comenzó a cantar Xia en alto Luminari.
La Campana de los Vientos Silenciosos comenzó a sonar. El sonido era un pulso de silencio absoluto que borraba todo ruido mental. En ese vacío, su mente se aceleró, encontrando patrones en la nada. Colocó la Lágrima de Cristal de Mnemosyne en su frente, y el conocimiento puro inundó su cráneo como un blizzard de datos.
— Mitōna seina sinþ windōs þaiei taujand,
Wig frumaþein, winkils dauþagjans,
Hwazuh raþjō flugs saei armaiþ,
Frijaþwa fōrmōs himinakundaizōs.
Enrollo el Hilo del Destino Lógico en sus dedos. Ahora podía ver el mundo con líneas de fuerza, puntos de presión y vectores de movimiento.
— Twai wigōs, ains wisands wakands,
Winds in saiwālai, mēl in hairtin,
Im sō faihustaiga sō fliugandē swikunþs,
Jah sa flugs saei ist winkils hrains.
Miró fijamente al Espejo de la Armonía Inestable y vio dos reflejos: uno, un ser de puro viento con ojos de tormenta; el otro, una figura geométrica perfecta de luz mental. Su desafío es no elegir, sino ser ambos.
— WINDS, KUNN!
MĒL, USSTAIG!
FIRAITJANDS, GABAIR!
IK IM SA FRAÞJANS!
Sus dos reflejos en el espejo se acercaron, se superpusieron y estallaron.
A pesar de los rituales que vi antes.
Ninguno me dejó esta sensación en el pecho.
Xia cayó de rodillas, pensé que había fallado. Durante un segundo el silencio fue tan denso que hasta el sacerdote de la diosa Sof dejó de respirar.
Pero el viento no la dejó tocar el suelo.
La sostuvo.
Como si el mundo mismo hubiese decidido que todavía no era su momento de caer.
Cuando abrió los ojos supe que algo había cambiado. No era solo el color. No era solo el brillo antinatural que parecía moverse dentro de sus pupilas.
Era la forma en que nos miró.
No nos miró como personas.
Antes sus ojos tan profundos éramos como estructuras.
Como sistemas.
Como problemas que podían resolverse.
El ojo azul… profundo, casi infinito. Y dentro de él, el emblema del volador, Un remolino con alas de ángel todo este en color gris.
girando lentamente, como si fuese el núcleo de una tormenta.
El plateado… frío, exacto. Y en él, el símbolo del pensador, un círculo con un cubo con varias divisiones cuadriculares. Este en color azul cian. Brillando con una precisión geométrica que me hizo sentir… evaluado.
Extendió la mano.
El remolino que creó en su palma con este gesto… Era perfecto.
Las partículas de polvo no giraban al azar, se alineaban en patrones fractales, en ecuaciones que yo no entendía pero que mi instinto sabía que eran correctas.
Luego miró el cristal de prueba.
Inclinó ligeramente la cabeza.
Y el cristal explotó en polvo fino.
Porque Xia encontró la manera de convencerlo de dejar de existir.
Tragué saliva.
Se sentía como el inicio de algo peligroso.
Muy peligroso.
El sacerdote declaró el ascenso completado, pero apenas lo escuché.
Porque Xia ya no estaba exactamente ahí.
Estaba de pie… sin pisar el suelo.
El viento la mantenía suspendida a unos centímetros, como si caminar fuese ahora una opción secundaria.
Y entonces nos miró.
A todos.
Y por primera vez desde que la conozco…
No vi a una loquita intentando impresionar.
Vi a alguien que podía volverse indispensable en la guerra contra los titiriteros.
O peor.
Alguien que podría convertirse en algo que ni siquiera nosotros podríamos detener.
Me acerqué un paso.
— ¿Sigues siendo tú? —pregunté.
Ella parpadeó.
El viento disminuyó.
Y por un segundo, solo por un segundo, sonrió como siempre.
— Siempre fui yo, Dark.
Pero ahora… puedo ver cómo todo se mueve.
Y eso no me tranquiliza en lo absoluto.
Con esto Xia obtuvo las siguientes habilidades:
1. Mapa de Flujos de Fuerza: Ve el mundo como un diagrama de vectores de viento, fuerza y tensión.
2. Estrategia Eólica: Puede calcular la ruta de vuelo perfecta en milisegundos, esquivando cualquier obstáculo.
3. Presión de Punto débil: Guía el viento para golpear exactamente en el punto de falla de cualquier material o ser.
4. Viento Computacional: Usa corrientes de aire para “procesar” información, creando un ordenador natural a su alrededor.
Los que debían presenciar el ritual comenzaron a retirarse uno por uno.
El aire aún estaba cargado con los restos del poder que Xia había liberado. Podía sentirlo flotando en el ambiente, como electricidad estática pegándose a la piel.
Me acerqué a ella mientras los últimos testigos se marchaban.
—Tus ojos… —murmuré sin pensar demasiado.
Ahora brillaban diferente. Más profundos. Más peligrosos.
Xia sonrió con ese orgullo silencioso que siempre llevaba consigo.
Mientras hablábamos, el miembro de las Polillas Diurnas se quedó observándome más tiempo del necesario.
No dijo nada.
Solo me miró.
Durante varios segundos.
Después llevó la mano a su intercomunicador.
Sus labios se movieron apenas, pronunciando algo demasiado bajo para que pudiera escucharlo.
Acto seguido se giró con discreción y se marchó.
Pero no sabía que alguien más lo estaba observando.
A lo lejos, entre las sombras.
Una figura inmóvil.
Silenciosa.
Una mirada fría.
Una mirada asesina.
Una mirada capaz de borrar esta ciudad entera si alguien cometía el error de tocarme… o de interferir con sus planes.
O con su propósito.
Los ojos violetas de alguien que había vivido mucho más de lo que aparentaba.
Los ojos de alguien que había tomado miles de vidas.
Volví mi atención a Xia.
A diferencia de los demás, ella no parecía tener ninguna intención de irse.
Seguía de pie, como si la adrenalina del ritual todavía la mantuviera en movimiento.
—Deberías descansar —le dije.
—Estoy bien —respondió de inmediato.
Mentía.
Lo supe incluso antes de que su cuerpo se tambaleara.
Un segundo después se desplomó.
Airi reaccionó antes que nadie.
—¡Xia!
La sostuvo antes de que golpeara el suelo.
El ascenso había sido un éxito… pero su cuerpo había pagado el precio.
Airi terminó llevándola a casa prácticamente cargándola, protestando todo el camino mientras Xia permanecía completamente inconsciente.
Yo me quedé observándolas alejarse.
El eco del ritual aún vibraba en el aire.
Y en el fondo de mi mente había una sensación incómoda.
Como si algo… o alguien… hubiera estado observando todo desde las sombras.
El parque estaba casi vacío cuando me senté en una de las bancas.
El viento movía lentamente las hojas de los árboles y, por alguna razón, todo parecía demasiado silencioso después de lo que había ocurrido.
Xia estaba descansando en su casa junto a Airi, Minho, Won Ho y Kim, que decidió quedarse con ellos por si algo pasaba.
El profesor y Miriam habían tenido que irse a atender asuntos de la escuela.
Y Alya… bueno, Alya había salido con su mamá a hacer unas compras.
Así que por primera vez en todo el día, estaba solo.
Apoyé los codos sobre mis rodillas y dejé escapar un suspiro.
Algo dentro de mí no dejaba de repetirme lo mismo.
Xia no volvería a ser la misma.
No sabía explicar por qué pensaba eso.
Tal vez era paranoia.
Tal vez simplemente soy demasiado negativo.
Pero la forma en que el sacerdote la miró…
Ese momento no dejaba de repetirse en mi cabeza.
No fue sorpresa.
No fue admiración.
Fue reconocimiento.
Como si hubiera visto algo en Xia que ya conocía.
Algo antiguo.
Algo peligroso.
Y la forma en que Xia reaccionó tampoco fue normal.
Durante un instante… solo un instante… su presencia cambió.
No sé cómo describirlo.
Era como si algo más hubiera estado observando el mundo a través de sus ojos.
Quizá los demás también lo sintieron.
Quizá simplemente decidieron ignorarlo.
Pero yo no pude.
Miré mis manos por un momento.
Tengo la sensación de que ese ritual hizo algo más que elevar su nivel.
Algo despertó.
Y si eso es cierto…
Entonces necesito saber qué fue.
El pasado de Xia siempre ha sido un misterio para mí.
Cada vez que pienso en preguntarle, algo dentro de mí se detiene.
Como si supiera que estoy a punto de tocar algo frágil.
Algo que podría romperse si lo presiono demasiado.
Un cristal.
Hermoso.
Pero lleno de grietas.
Recordé lo que dijo en el santuario de Matusalén.
Que fue criada para tomar decisiones difíciles.
Decisiones como matar.
Sin arrepentimiento.
Pero ella misma confesó que sí lo siente.
Que sí le pesa.
Eso es lo que más me intriga.
Porque alguien entrenado para matar sin sentir nada…
no debería mirar el mundo como lo hace Xia.
Levanté la mirada hacia el cielo gris.
Quizá estoy pensando demasiado.
Quizá no pasó nada.
Pero una cosa es segura.
Quiero saber quién era Xia Jing antes de conocernos.
Y por qué tengo la sensación…
de que apenas estamos empezando a conocerla de verdad.
El atardecer llegó sin que me diera cuenta.
Las sombras del parque se alargaron lentamente mientras yo seguía sentado en la banca, atrapado en mis propios pensamientos.
Entonces mi teléfono vibró.
Un mensaje.
Lo abrí.
Una dirección.
Un club de jazz en el distrito del arte.
Suspiré.
Así que al final sí había movimiento.
Los titiriteros.
Si había alguna pista sobre ellos, probablemente estaría ahí.
El viaje fue largo.
Más de lo que esperaba.
Transporte público, calles que no conocía, callejones que parecían repetirse una y otra vez… y en algún punto del camino me quedé sin dinero.
También me perdí varias veces.
Cuando finalmente llegué al distrito del arte ya había oscurecido.
El lugar que buscaba no aparecía en ningún mapa turístico.
Ni en aplicaciones.
Ni en los letreros de la ciudad.
Pero al final lo encontré.
El club de jazz El Ojo de la Aguja.
No tenía anuncios.
No tenía luces.
No tenía música que escapara hacia la calle.
Solo una puerta negra al final de un callejón estrecho.
Un único farol iluminaba la entrada.
La luz amarillenta temblaba ligeramente, como si la bombilla hubiera vivido demasiados años.
Demasiados.
El resto del grupo ya estaba ahí.
Incluso Xia.
Los saludé con un gesto breve.
—Llegaste tarde —dijo Alya.
—El transporte público conspiró contra mí —respondí.
Nadie preguntó más.
Porque todos sabíamos a qué habíamos venido.
La operación titiriteros había comenzado.
Cuando abrimos la puerta, el sonido nos envolvió al instante.
Saxofón.
Suave.
Profundo.
Hipnótico.
La música parecía deslizarse por el aire como humo cálido.
Un aroma a madera vieja y alcohol refinado llenaba el ambiente.
El interior del club estaba bañado por una luz ámbar tenue que convertía todo en sombras elegantes.
Mesas redondas.
Copas de cristal.
Humo suspendido en el aire como una neblina perfumada.
Todo parecía moverse más lento.
Como si el tiempo mismo hubiera decidido sentarse a escuchar música.
En el escenario, un saxofonista tocaba con los ojos cerrados.
Vestía un traje negro impecable junto a un antifaz plateado cubriendo la parte superior de su rostro.
Cada nota que salía del instrumento era precisa.
Demasiado precisa.
Nos sentamos en una mesa cerca del fondo.
Nadie habló durante varios minutos.
Solo observamos.
Esperando.
Un error.
Una señal.
Un movimiento extraño.
Pero nada ocurrió.
Solo música.
El saxofón flotaba por el lugar con una calma inquietante.
Las personas bebían tranquilamente.
Reían.
Conversaban.
Parecía un club completamente normal.
Demasiado normal.
Y sin embargo…
Algo no estaba bien.
No sabíamos exactamente qué.
Pero todos lo sentíamos.
Era una sensación sutil.
Como si el aire mismo estuviera ligeramente fuera de ritmo.
Fue Airi quien rompió el silencio.
Sacó su teléfono y comenzó a abrir varios programas.
Gráficos.
Sensores.
Lecturas.
Sus dedos se movían rápido por la pantalla.
De pronto sus ojos se entrecerraron.
—¿Lo ven? —susurró.
Nos inclinamos hacia la mesa.
En la pantalla comenzaron a aparecer patrones.
Ondas.
Filamentos.
Pulsos diminutos.
—Está generando algo —dijo Airi.
—¿Control mental? —preguntó Alya en voz baja.
Airi negó con la cabeza.
—No.
Amplió la imagen.
Entonces lo vimos.
Líneas extremadamente finas.
Hilos invisibles que se extendían desde el escenario hacia cada persona del club.
Conectaban al saxofonista con todos los presentes.
—Es… sincronización emocional.
Miré alrededor.
Y entonces lo noté.
Las personas reían casi al mismo tiempo.
Bebían al mismo ritmo.
Incluso sus respiraciones parecían coincidir.
El club entero estaba entrando en la misma cadencia.
Como si todos fueran parte de una misma melodía.
—Los está armonizando —dijo Airi.
Volví la mirada hacia el escenario.
El saxofonista seguía tocando con los ojos cerrados.
Tranquilo.
Sereno.
Como si no existiera nadie más en el mundo.
Pero cada nota que salía de su instrumento parecía acomodar algo dentro de las personas.
Una emoción.
Un impulso.
Una reacción.
Mientras observaba los datos, una idea comenzó a formarse en mi cabeza.
Una idea incómoda.
Peligrosa.
Miré a Airi.
—Está practicando —murmuré.
Ella levantó la mirada.
—Sí.
No estaba controlando a nadie.
No estaba dominando mentes.
Solo estaba afinando algo.
Probando.
Perfeccionando.
Un eco burdo del poder de los titiriteros.
Una demostración sutil.
Pero el mensaje era claro.
Si podían armonizar una sala llena de personas…
Podían hacerlo con una ciudad.
Con millones.
Los titiriteros no solo controlaban individuos.
Controlaban sistemas.
Información.
Mercados.
Algoritmos.
Comunicación.
La ciudad entera podía convertirse en una marioneta.
Y nadie se daría cuenta.
Porque todo parecería natural.
Orgánico.
Perfectamente sincronizado.
Miré nuevamente al saxofonista.
Seguía tocando.
Pero por primera vez tuve la sensación de que él sabía que estábamos ahí.
Y que esa música…
No era solo música.
Era un aviso.
Mientras seguíamos observando los patrones que aparecían en el dispositivo de Airi, el saxofón continuaba llenando el club con esa calma artificial que comenzaba a incomodarme.
Las notas eran suaves.
Demasiado suaves.
Cada respiración del músico parecía medirse con una precisión quirúrgica.
Airi seguía ampliando los datos en la pantalla. Los filamentos emocionales aparecían y desaparecían como si el aire estuviera lleno de hilos invisibles.
Pero entonces Xia dijo algo que ninguno de nosotros esperaba.
—Hay algo más.
Levanté la mirada.
Ella no estaba mirando la pantalla.
Miraba hacia arriba.
Seguí la dirección de sus ojos.
En el segundo nivel del club había un palco privado.
Hasta ese momento no le había prestado atención.
La iluminación del lugar lo mantenía parcialmente en sombra, como si fuera parte del decorado.
Xia se levantó de la mesa con calma.
No parecía apresurada.
Solo… curiosa.
La observé avanzar lentamente entre las mesas.
Cada paso suyo era silencioso.
Natural.
Como si solo fuera otra cliente que quería estirar las piernas.
Pero conocía lo suficiente a Xia como para saber que cuando algo llamaba su atención, rara vez se equivocaba.
Nosotros seguimos observando los datos.
Los hilos.
Las ondas.
Las sincronizaciones.
Pero Xia estaba mirando otra cosa.
Cuando llegó lo suficientemente cerca del palco, se detuvo.
Y entonces lo vio.
Tres personas.
Sentadas alrededor de una mesa redonda.
Vestían con una elegancia impecable.
Trajes perfectamente ajustados.
Relojes costosos.
Joyas discretas que reflejaban la luz del club con destellos suaves.
Personas de dinero.
De poder.
Parecían estar disfrutando la música como cualquier otro cliente.
Conversaban.
Bebían.
Sonreían.
Pero Xia no se movió.
Se quedó observándolos.
Porque algo no encajaba.
No era fácil de notar.
De hecho, para la mayoría habría pasado completamente desapercibido.
Pero Xia tenía una manera particular de mirar el mundo.
Una forma fría.
Analítica.
Casi quirúrgica.
Y entonces lo entendió.
No parpadeaban con naturalidad.
Sus movimientos eran demasiado exactos.
Cuando uno levantaba la copa, el gesto era perfecto.
Demasiado perfecto.
Sin variaciones.
Sin microerrores humanos.
Sin ese pequeño caos que hace que las personas… parezcan personas.
Era como ver actores interpretando una escena que ya habían ensayado demasiadas veces.
Xia regresó a nuestra mesa.
Su expresión era tranquila.
Pero sus ojos estaban más afilados que antes.
Se inclinó ligeramente.
Y habló en voz baja.
—Títeres.
Airi levantó la cabeza de inmediato.
—¿Dónde?
Xia señaló discretamente hacia el segundo nivel.
Airi giró el teléfono y activó otro programa.
La cámara capturó el palco.
Los sensores comenzaron a analizar microfluctuaciones de energía.
Los datos aparecieron en la pantalla.
Filamentos.
Mucho más finos que los del saxofonista.
Mucho más complejos.
Airi respiró despacio.
—Confirmado.
Amplió la imagen.
Los hilos estaban ahí.
Invisibles para cualquiera que no supiera qué buscar.
—Control remoto —dijo.
Luego añadió algo que me hizo tensarme.
—Alta gama.
Eso significaba una cosa.
El tipo de manipulación que solo alguien extremadamente hábil podía mantener.
Controlar un cuerpo humano ya era difícil.
Controlar tres… mientras se tocaba música abajo en el escenario…
Eso era otra liga.
El profesor, que había estado observando en silencio, entrecerró los ojos.
Se inclinó hacia adelante.
—Esperen…
Miró con más atención la imagen ampliada.
Uno de los hombres del palco levantó su copa lentamente.
Un gesto elegante.
Controlado.
Natural.
El profesor dejó escapar un suspiro corto.
—Ese hombre…
Nadie habló.
—Lo conozco.
Volvió a mirar la pantalla.
—Es el asesor económico del alcalde.
El silencio que cayó sobre nuestra mesa fue inmediato.
Pesado.
Porque si eso era cierto…
Si los titiriteros podían controlar a alguien de ese nivel…
Entonces esto ya no era un simple caso de iluminados jugando con hilos.
Esto era infiltración.
Poder real.
Influencias reales.
Miré nuevamente hacia el palco.
El asesor del alcalde sonreía mientras escuchaba la música.
Parecía completamente normal.
Completamente humano.
Pero ahora sabía la verdad.
Era una marioneta.
Una marioneta vestida con un traje de miles de lágrimas lunares.
Sentí un escalofrío recorrerme la espalda.
Porque si podían controlar a alguien dentro del gobierno de la ciudad…
Entonces quizá ya estaban dentro del gobierno nacional.
Quizá llevaban años ahí.
Moviendo decisiones.
Afectando mercados.
Influyendo en políticas.
Manipulando información.
La economía.
La política.
La opinión pública.
Todo.
Los titiriteros no eran solo un grupo oculto.
Eran un parásito dentro del sistema nervioso de la ciudad.
Y lo peor de todo…
Era que probablemente solo estábamos viendo la superficie.
La revelación cayó sobre nosotros como una losa.
Durante varios minutos nadie dijo nada.
El saxofón seguía sonando en el escenario con la misma calma artificial de siempre, pero ahora esa música se sentía distinta.
Más peligrosa.
Más… consciente.
Observé al palco una vez más.
Los tres seguían ahí.
Conversando.
Bebiendo.
Sonriendo.
Como si no hubiera absolutamente nada extraño en ellos.
Como si no fueran más que personas disfrutando de una noche elegante.
Pero ahora sabíamos la verdad.
Eran marionetas.
Marionetas perfectas.
Y lo más inquietante era que nosotros eramos los únicos libres de ese controlaun así…
Todo seguía fluyendo con una normalidad que comenzaba a resultarme sofocante.
Sentí un ligero nudo formarse en el estómago.
Porque el problema era mucho más grande de lo que habíamos imaginado.
Airi apagó la pantalla de su dispositivo.
—Creo que deberíamos irnos —susurró.
Nadie discutió.
El profesor asintió en silencio.
Alya me miró brevemente.
Xia permanecía completamente quieta, observando el palco con una expresión difícil de descifrar.
Finalmente nos levantamos.
Pagamos las bebidas que nadie había terminado.
Y caminamos hacia la salida con la misma discreción con la que habíamos entrado.
El saxofón seguía sonando detrás de nosotros.
Una melodía lenta.
Hipnótica.
Casi melancólica.
Cuando cruzamos la puerta principal, el aire nocturno nos golpeó con una frescura inesperada.
La ciudad estaba tranquila.
Demasiado tranquila.
El callejón estaba iluminado únicamente por el farol antiguo que había visto al llegar.
Su luz amarillenta proyectaba sombras largas sobre el pavimento húmedo.
Eran casi las doce de la noche.
La música del club todavía se filtraba débilmente a través de las paredes.
Como un eco lejano.
Y entonces lo vimos.
El saxofonista.
Estaba apoyado contra la pared junto a la puerta trasera del edificio.
Como si hubiera estado esperándonos.
Su traje negro seguía impecable.
Pero ahora llevaba una capa oscura sobre los hombros que se movía suavemente con el viento nocturno.
El antifaz plateado seguía cubriendo la parte superior de su rostro.
La luz del farol se reflejaba en el metal con un brillo tenue.
Sus ojos nos observaron uno por uno.
Sin prisa.
Sin sorpresa.
Como si hubiera sabido desde el principio que estábamos ahí dentro.
Sentí un escalofrío recorrerme la espalda.
Porque en ese momento comprendí algo.
No habíamos sido nosotros quienes lo estaban observando.
Él nos había estado observando a nosotros.
El saxofonista inclinó ligeramente la cabeza.
Un gesto simple.
Pero cargado de significado.
Un saludo.
Elegante.
Casi respetuoso.
Luego dio un paso hacia adelante.
Y realizó una pequeña reverencia.
Una mano detrás de la espalda.
La otra apoyada sobre su abdomen.
Un gesto digno de un actor de teatro después de una gran función.
Nadie habló.
Nadie se movió.
El silencio entre nosotros era denso.
Casi eléctrico.
El hombre se incorporó lentamente.
Y entonces llevó la mano al bolsillo de su chaqueta.
Sacó algo grande.
Redondo.
Una lágrima lunar.
Grande.
Pulida.
La superficie azul cristalino capturó la luz del farol y la multiplicó en reflejos suaves.
Durante un segundo pensé que simplemente la guardaría.
Pero no.
La lanzó hacia nosotros.
La moneda giró en el aire.
Lentamente.
El cristal brillaba mientras rotaba bajo la luz amarilla.
Un arco perfecto.
Casi hermoso.
El tiempo pareció ralentizarse mientras descendía.
Y entonces tocó el suelo.
Un pequeño sonido del cristal.
Un clink seco contra el pavimento.
Esperé verla rodar.
Rebotar.
Caer.
Pero no ocurrió.
La lágrima lunar quedó de pie.
Sobre su canto.
Inmóvil.
Perfectamente equilibrada.
Desafiando por completo la gravedad.
El mundo pareció quedarse en silencio.
Nadie respiró.
Nadie habló.
La moneda no se movía.
Ni siquiera temblaba.
Era como si una mano invisible la sostuviera en ese punto imposible entre dos realidades.
El saxofonista sonrió apenas.
No era una sonrisa amplia.
Solo una pequeña curva en los labios.
Suficiente para revelar que aquello no había sido un accidente.
Era una demostración.
Un mensaje.
Un desafío.
Levantó lentamente su mano derecha en diagonal hacia el cielo.
La izquierda se separó ligeramente de su cuerpo, con la palma abierta apuntando hacia abajo.
Una postura extraña.
Teatral.
Como si estuviera marcando el final de una escena.
En ese momento las lunas de Balerin emergieron entre las nubes.
Su luz azul iluminó el callejón con un resplandor plateado.
El viento sopló suavemente.
La capa negra del saxofonista se agitó detrás de él.
Durante unos segundos nadie se movió.
El mundo parecía contener el aliento.
Finalmente el hombre se giró.
Sin decir una sola palabra.
Caminó hacia el interior del callejón.
Sus pasos eran tranquilos.
Relajados.
Como si no tuviera ninguna prisa.
Las sombras lo envolvieron poco a poco.
Hasta que su figura desapareció completamente entre la oscuridad.
El silencio volvió.
Miré la lágrima lunar que seguía de pie sobre el pavimento.
Inmutable.
Imposible.
Y por alguna razón…
sentí algo extraño en el pecho.
Una sensación familiar.
Una llamada silenciosa que venía desde ese callejón oscuro.
No era miedo.
No exactamente.
Era algo más complicado.
Algo más profundo.
Porque, aunque sabía que debía apartar la mirada…
la oscuridad siempre ha tenido una forma muy particular de llamarme.
Miriam recogió la moneda.
La sostuvo entre los dedos como si temiera que desapareciera si la tocaba demasiado fuerte.
La giró lentamente.
Una vez.
Dos veces.
La examinó bajo la luz tenue de la calle.
—Es… normal.
Frunció el ceño.
—Cristal lunar ordinario.
La golpeó suavemente con la uña.
El sonido fue limpio.
Sólido.
—Sin tecnología —continuó—.
Sin circuitos, sin micrograbados, sin nanoestructura artificial.
La acercó a su sensor portátil.
El dispositivo emitió un breve pitido.
Pantalla en blanco.
—Sin energía detectable.
Silencio.
Antes de que Miriam tomara la moneda había pasado cerca de una hora pero está seguía ahí.
Equilibrada.
Como si la gravedad hubiese decidido tomarse un descanso.
Perfectamente imposible.
—Esto no es un truco —dijo Xia finalmente.
—No —respondí.
No lo era.
Lo sabíamos todos.
Era demasiado limpio.
Demasiado preciso.
Demasiado… intencional.
No era una demostración como habíamos creído…
Era un mensaje.
Claro.
Directo.
Elegante.
Podemos manipular la realidad en lo pequeño.
Una moneda.
Un objeto insignificante.
Algo que nadie notaría.
Algo que cualquiera podría ignorar.
Pero si podían hacerlo con algo tan simple…
Entonces también podían hacerlo con algo grande.
Muy grande.
Nadie dijo esa parte en voz alta.
No hacía falta.
El viento nocturno soplaba entre los edificios.
La ciudad seguía viva a nuestro alrededor.
Tráfico.
Luces.
Gente que caminaba sin saber que algo estaba cambiando justo frente a ellos.
—Es tarde —dijo Miriam finalmente.
Y tenía razón.
Las horas se habían evaporado sin que nos diéramos cuenta.
Decidimos marcharnos.
Cada uno a su casa.
Al menos por esa noche.
Alya decidió venir conmigo otra vez.
Miriam la llamó antes de que se fuera.
—Espera.
Le lanzó la moneda.
Alya la atrapó con reflejos rápidos.
La observó entre sus dedos.
La giró.
La misma moneda imposible.
—Guárdala —dijo Miriam.
—¿Por qué yo? —preguntó Alya.
Miriam se encogió de hombros.
—Porque te va a encontrar de todas formas.
Alya soltó una pequeña risa.
Luego la guardó en el bolsillo de su chaqueta.
—Entonces supongo que es mía ahora.
Nos despedimos.
Cada uno caminó en una dirección distinta.
La ciudad nos tragó otra vez.
Como si nada hubiera pasado.
Horas después…
Xia no estaba durmiendo.
Su nuevo nivel de ascenso ya estaba activo.
Sus ojos brillaban con una intensidad distinta.
Más profunda.
Más enfocada.
La interfaz se desplegó frente a ella.
Capas de información comenzaron a llenar la pantalla.
Redes.
Conexiones.
Nodos.
Flujos de datos atravesando la ciudad como arterias digitales.
Xia empezó por algo pequeño.
El asesor del alcalde.
Una pista.
Un hilo suelto.
Pero cuando tiró de él…
Todo comenzó a deshacerse.
—Interesante… —murmuró.
Los Titiriteros no estaban ocultos en un solo lugar.
Estaban en todas partes.
Las redes se expandieron.
Más nodos aparecieron.
Algoritmos bursátiles.
Frecuencias de comunicación.
Redes de noticias.
Plataformas de análisis político.
Sistemas de predicción financiera.
Cada uno parecía independiente.
Pero Xia comenzó a superponerlos.
Una capa sobre otra.
Entonces apareció el patrón.
Sutil.
Elegante.
Aterrador.
—No solo controlan personas —dijo Xia en voz baja.
Las líneas en la pantalla comenzaron a reorganizarse.
Curvas.
Flujos.
Intersecciones perfectas.
—Controlan el sistema nervioso de la ciudad.
Las rutas de transporte.
Los mercados.
Las tendencias mediáticas.
Las decisiones económicas.
Incluso los patrones de pánico colectivo.
Todo conectado.
Todo dirigido.
Todo… guiado.
Un parásito perfecto.
No necesitaba esconderse.
Porque nadie sabía que existía.
Invisible.
Intocable.
Y ahora Xia estaba mirándolo directamente a los ojos.
Suspiré mientras caminaba hacia el auto de Alya.
La noche estaba tranquila, demasiado tranquila después de todo lo que habíamos visto.
Subimos al vehículo sin decir mucho.
Alya encendió el motor y el suave sonido del auto rompió el silencio del callejón.
El trayecto fue largo.
No porque la distancia fuera grande bueno si lo era pero ta damos porque Alya manejaba despacio.
Más despacio de lo normal.
Las luces de la ciudad pasaban lentamente por las ventanas como pequeñas estrellas artificiales.
El silencio entre nosotros no era incómodo, pero tampoco era ligero.
Era el tipo de silencio que aparece cuando ambos saben que algo importante ha ocurrido, pero ninguno sabe aún cómo ponerlo en palabras.
En un par de ocasiones pensé en hablar.
Preguntarle qué pensaba de lo que había pasado en el club.
Preguntarle si también había sentido esa extraña tensión en el aire.
Pero cada vez que abría la boca…
terminaba cerrándola de nuevo.
Alya simplemente conducía.
Sus manos firmes en el volante.
Sus ojos atentos a la carretera.
Como si necesitara concentrarse en algo simple…
para no pensar demasiado.
Finalmente llegamos a mi casa.
El motor se apagó.
Durante un segundo ninguno de los dos se movió.
Luego Alya sonrió levemente.
—Vamos —dijo con suavidad.
Entramos.
La casa estaba silenciosa, envuelta en esa calma extraña que tienen los lugares cuando el mundo exterior parece demasiado ruidoso.
Alya dejó la moneda sobre la mesa de la sala.
El pequeño objeto de cristal lunar brilló débilmente bajo la luz del techo.
—Voy a preparar la cena —dijo mientras se quitaba el abrigo.
Quise ayudarla.
—Puedo ayudarte —murmuré.
Ella negó con la cabeza con una pequeña sonrisa.
—No. Hoy quiero hacer algo especial para ti.
No insistí.
La escuché caminar hacia la cocina.
El sonido de los cajones abriéndose.
El agua corriendo.
El suave golpeteo de utensilios contra la encimera.
Y entonces me quedé solo.
En la sala.
Frente a la mesa.
Frente a la moneda.
El cristal lunar reflejaba la luz con un brillo suave… casi hipnótico.
No era nada extraordinario.
Solo un objeto pequeño.
Inofensivo.
Ordinario.
Y aun así…
no podía apartar la mirada.
Algo en mi interior se movía.
Una sensación extraña.
Como si el objeto estuviera… esperándome.
Suspiré.
Durante un momento dudé.
Mis dedos se tensaron ligeramente.
Sabía que no debía hacerlo.
Sabía que probablemente era una mala idea.
Pero aun así…
di un paso hacia la mesa.
Luego otro.
Me incliné ligeramente.
Mis dedos se acercaron al cristal.
Y justo antes de tocarlo…
volví a suspirar.
Como si una parte de mí supiera que, después de ese instante…
algo cambiaría.
Para siempre.
Y a pesar de eso…
Tomé la moneda.
En el instante en que mis dedos tocaron el cristal…
el mundo desapareció.
Un destello.
Un recuerdo.
Una mujer.
Hermosa.
Peligrosa.
Sus ojos brillaban con una inteligencia fría… casi cruel.
No era la mirada de alguien que observa.
Era la mirada de alguien que controla.
En su mano sostenía hilos invisibles que atravesaban la ciudad entera.
Miles.
Decenas de miles.
Los edificios, las calles, los autos… todo seguía su curso normal.
Pero los humanos…
Los humanos se movían como marionetas.
Un hombre cruzaba la calle.
Una mujer reía en una cafetería.
Un niño corría detrás de un balón.
Todos atados a esos hilos.
Todos moviéndose al ritmo de una voluntad que no era la suya.
Ella sonrió.
Una sonrisa tranquila.
Segura.
Como si el mundo entero fuera su escenario.
Y por un instante…
sus ojos se movieron.
Me miraron directamente.
No a la visión.
A mí.
El mundo se quebró.
La visión explotó como vidrio roto dentro de mi mente.
Un dolor brutal atravesó mis sienes.
Me llevé las manos a la cabeza mientras nuevas imágenes irrumpían sin orden.
Fragmentos.
Visiones borrosas.
Violencia.
Sangre en una calle iluminada por neones.
Un cuerpo cayendo desde un edificio.
Alguien llorando en silencio.
Un hombre ardiendo entre sombras negras.
Un hilo cortándose.
Otro tensándose hasta romperse.
Y en medio de todo…
esa misma mujer observándolo todo.
Como si nada de aquello le sorprendiera.
Como si todo estuviera planeado.
Las imágenes se desvanecieron.
El dolor disminuyó.
La moneda cayó de mi mano.
Esta vez…
sí obedeció a la gravedad.
El sonido del cristal golpeando el suelo resonó en la habitación.
Pero algo dentro de mí sabía una cosa.
Aquello no había sido una simple visión.
Había sido…
una advertencia.
Esa noche dormí mal.
Demasiado mal.
Mi mente no dejaba de regresar al club.
A la música.
A los hilos invisibles.
A la moneda equilibrada desafiando la gravedad.
Y sobre todo…
a esa sensación de que algo nos había observado todo el tiempo.
Me moví varias veces en la cama.
Escuchaba el leve sonido de Alya respirando a mi lado.
El silencio de la casa.
El viento rozando las ventanas.
Pero incluso con todo eso…
el sueño tardó en llegar.
Cuando finalmente caí en él…
Me encontré en un teatro.
Antiguo.
Decadente.
Pero extrañamente lujoso.
Las paredes estaban cubiertas de terciopelo oscuro.
Las lámparas colgaban del techo como estrellas muertas.
El aire olía a polvo, madera vieja… y algo más.
Algo metálico.
Algo que recordaba demasiado al olor de la sangre.
Las butacas estaban completamente vacías.
Fila tras fila.
Cientos de asientos observando el escenario…
como si un público invisible estuviera esperando que comenzara la función.
Mis pasos resonaron suavemente cuando avancé por el pasillo central.
No recordaba haber empezado a caminar.
Simplemente… ya lo estaba haciendo.
Entonces lo vi.
En el escenario.
Un hombre encapuchado.
Estaba sentado en una silla de madera bajo un único foco de luz.
En sus manos sostenía un pequeño cuchillo.
Tallaba algo con paciencia.
La madera caía en virutas finas al suelo del escenario.
Cada corte era preciso.
Cuidadoso.
Casi… amoroso.
Cuando terminó, levantó la figura entre sus manos.
Y sentí un escalofrío recorrer toda mi espalda.
La marioneta tenía mi rostro.
Mi cabello.
Mis ojos.
Incluso la misma expresión cansada que había visto en el espejo tantas veces.
El hombre giró lentamente.
La capucha ocultaba la mayor parte de su rostro.
Pero su mirada…
Su mirada atravesó toda la distancia del teatro.
Directamente hacia mí.
Como si hubiera sabido que yo estaría ahí desde el principio.
—Ella te mostró su poder para asustarte.
Su voz era tranquila.
Paciente.
El tipo de voz que alguien usa cuando sabe que tiene todo el control.
—Para que dependas de ella.
Movió ligeramente la marioneta.
Los hilos invisibles se tensaron.
La pequeña figura de madera levantó la cabeza.
Exactamente igual que yo.
Sentí un nudo en el estómago.
—Yo te mostraré la verdad para que te liberes.
La marioneta terminó de tomar forma en sus manos.
El hombre observó su obra por un instante.
Luego…
clavó el cuchillo en el suelo del escenario.
El sonido del metal atravesando la madera resonó por todo el teatro.
Seco.
Brutal.
Final.
—El próximo acto comienza en la Fábrica de Sueños.
Las luces comenzaron a apagarse.
Primero una.
Luego otra.
Luego otra más.
La oscuridad avanzó por las butacas como una marea silenciosa.
—Ven solo.
Su voz fue lo último que escuché.
Un susurro que parecía venir desde todas partes al mismo tiempo.
—O ella te convertirá en el prisionero más hermoso de su colección.
Todo se volvió negro.
Y entonces…
desperté.
Abrí los ojos de golpe.
El techo de mi habitación apareció sobre mí.
Mi respiración era irregular.
Alya dormía a mi lado.
Su cabello se extendía sobre la almohada como un halo oscuro.
Su respiración era tranquila.
Pacífica.
Como si el mundo no estuviera al borde de algo terrible.
Moka estaba dormida sobre mis piernas, hecha un pequeño ovillo de calor y pelaje.
Durante unos segundos me quedé completamente inmóvil.
Pero el nombre seguía ahí.
Grabado en mi mente.
Como si alguien lo hubiera tallado directamente en mis pensamientos.
Fábrica de Sueños.
Entonces lo sentí.
El dolor.
Un latigazo atravesó mi cabeza.
Me llevé una mano al rostro mientras una presión brutal comenzaba a crecer detrás de mis ojos.
Por primera vez en varios días…
mi ojo volvió a cambiar.
El dorado regresó.
Brillante.
Antinatural.
Y una lágrima de sangre comenzó a deslizarse lentamente por mi mejilla.
Apreté los dientes.
El dolor era peor que antes.
Mucho peor.
Algo dentro de mi mente se estaba moviendo.
Despertando.
Recordando.
Saboreé algo metálico en mi boca.
Sangre.
No sabía si lo que sentía era miedo…
o curiosidad.
Pero una cosa era segura.
El próximo acto…
ya había comenzado.
Buenos días y perdón por tardar tanto con este capítulo espero lo disfruten tkm :3
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com