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Más allá de la oscuridad (BeyoND Of The DarKneSs) - Capítulo 63

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Capítulo 63: Capitulo 61 – El primer hilo

Llegó el amanecer.

La luz amarilla del nuevo día se filtró lentamente por la ventana, arrastrándose por las paredes como si el mundo insistiera en continuar… aunque yo no estuviera seguro de querer hacerlo.

Abrí los ojos con pesadez.

Por un momento me quedé mirando el techo sin moverme, escuchando el silencio de la casa. Era extraño… había dormido, eso era seguro. Mi cuerpo no estaba agotado como otras veces. Y aun así, algo dentro de mí se sentía pesado, como si el sueño no hubiera logrado tocar aquello que realmente estaba cansado.

Suspiré profundamente.

Me incorporé lentamente y estiré los brazos, sintiendo cómo los músculos se quejaban con un dolor leve pero constante. Era una sensación familiar, una que parecía haberse vuelto parte de mi vida diaria.

Otro día.

Otra rutina.

Otra oportunidad para fingir que todo estaba bien.

Me levanté de la cama y me cambié con movimientos mecánicos, colocándome el uniforme escolar casi por costumbre. No había entusiasmo en el gesto, ni siquiera molestia… solo una aceptación silenciosa, como si mi cuerpo siguiera un guion que ya conocía demasiado bien.

Bajé las escaleras arrastrando un poco los pies.

No estaba seguro de por qué me sentía tan cansado. Había dormido… o al menos eso creía. Incluso podría haber dormido más de lo normal. Aunque, siendo honesto, hacía tiempo que había perdido una verdadera noción del tiempo. Los días comenzaban a parecerse demasiado entre sí, como páginas repetidas de un libro que alguien olvidó terminar de escribir.

Al llegar a la cocina encontré el desayuno ya preparado sobre la mesa.

Alya.

Siempre Alya.

Junto al plato había una pequeña nota escrita con su letra apresurada.

Había salido temprano al hospital. Al parecer hubo un accidente y necesitaban toda la ayuda posible.

Leí la nota en silencio.

Una parte de mí sonrió débilmente.

Otra parte… sintió un extraño vacío.

Me senté frente al plato y comencé a comer lentamente, sin mucha hambre pero sabiendo que debía hacerlo. Mientras masticaba, mi mente regresó inevitablemente a lo ocurrido la noche anterior.

Llevé mi mano a la mejilla.

La sangre ya se había secado.

La textura áspera sobre la piel me recordó que aquello no había sido un sueño.

El hombre de la capucha.

Sus palabras.

Su mirada.

¿Quién era realmente?

La pregunta flotó en mi mente como una piedra hundiéndose en agua oscura.

Quizá lo descubriría en unos días.

Quizá en semanas.

Quizá nunca.

Después de todo… hay preguntas en este mundo que simplemente no tienen respuesta. Misterios que existen solo para recordarnos lo poco que entendemos de nuestra propia realidad.

Y de alguna forma, esa idea me resultaba inquietantemente familiar.

Terminé el desayuno sin recordar realmente el sabor de la comida. Luego me levanté, lavé los platos y fui al baño para cepillarme los dientes.

Los movimientos eran automáticos.

Vacíos.

Como si mi cuerpo estuviera presente… pero mi mente caminara en algún otro lugar.

Después alimenté a Moka, que me miró con esa calma simple que solo los animales parecen tener. A veces pensaba que ellos entendían algo del mundo que nosotros habíamos olvidado hace mucho tiempo.

Tomé mi mochila y salí de la casa.

El aire de la mañana estaba fresco.

La ciudad ya comenzaba a moverse: autos pasando, gente caminando, conversaciones lejanas mezclándose con el ruido cotidiano de una vida que no se detiene por nadie.

Empecé a caminar hacia la escuela.

No tenía dinero para el transporte.

Ni siquiera para comprar algo de comer más tarde.

La idea apareció en mi mente con una claridad incómoda.

Quizá debería conseguir un trabajo.

Aunque Alya seguramente se opondría.

Ella siempre decía que debía concentrarme en la escuela.

Que no me preocupara por esas cosas.

Que todo estaría bien.

Seguí caminando.

Y mientras lo hacía, una pregunta silenciosa se formó en el fondo de mi mente.

Una pregunta que no tenía respuesta.

¿Realmente todo estaba bien?

Porque a veces… incluso cuando el mundo sigue girando con normalidad…

uno no puede evitar sentir que algo dentro de sí mismo se está rompiendo lentamente.

Y lo peor de todo es que nadie parece notarlo.

Ni siquiera tú mismo.

Una vez llegué a la escuela solté un suspiro largo antes de cruzar la entrada.

El enorme portón metálico estaba abierto como siempre, recibiendo a cientos de estudiantes que entraban y salían en distintas direcciones. Me quedé unos segundos observando el lugar en silencio.

La preparatoria nocturna era enorme.

Demasiado enorme.

Los jardines estaban llenos de alumnos caminando, algunos sentados en las bancas conversando o revisando sus teléfonos, otros riendo como si el mundo fuera algo simple y ligero. Las luces blancas de los postes iluminaban los senderos de piedra y las escaleras que conectaban los distintos edificios del campus.

A veces olvidaba cuántas personas estudiaban aquí.

No sabía el número exacto, pero debía haber decenas de grupos por cada grado. Era una institución prestigiosa, conocida en todo el país. Mucha gente soñaba con estudiar aquí.

Yo… simplemente estaba aquí.

Observé a los estudiantes por unos segundos más.

Todos parecían tener algún lugar al que ir.

Algún grupo al que pertenecer.

Algún propósito que los empujaba hacia adelante.

Yo en cambio solo… caminaba.

Bajé la mirada y finalmente entré al campus.

Subí las escaleras lentamente, recorriendo pasillos largos iluminados por luces frías. El eco de pasos y conversaciones se mezclaba con el sonido de puertas abriéndose y cerrándose.

Todo era tan normal.

Tan absurdamente normal.

Y aun así mi mente seguía atrapada en lo que había ocurrido la noche anterior.

Los titiriteros.

El hombre de la capucha.

Sus palabras.

Sus ojos.

Seguí caminando hasta llegar finalmente al salón.

La primera clase era matemáticas.

Suspiré profundamente.

— Mierda… no hice la tarea —murmuré para mí mismo.

Entré al salón y me dirigí directamente a mi lugar habitual: la esquina más oscura y solitaria del aula.

Siempre me sentaba ahí.

No porque fuera cómodo.

Sino porque nadie me molestaba.

La clase comenzó pocos minutos después.

La profesora empezó a explicar ecuaciones en el pizarrón mientras el sonido de la tiza raspando la superficie llenaba el salón.

Pero mi mente estaba en otro lugar.

«Entonces… ¿cómo vamos a encontrar a los titiriteros?»

La pregunta apareció en mi cabeza sin avisar.

Miré el pizarrón, pero las ecuaciones parecían símbolos sin sentido.

«¿Y si todo esto es una trampa?»

Tal vez los titiriteros querían que los buscáramos.

Tal vez todo formaba parte de algo mucho más grande.

Algo que aún no podíamos ver.

— Dark.

La voz de la profesora sonó en algún lugar lejano.

No reaccioné.

«Quizá deberíamos dejar esto por un tiempo…»

Si seguíamos investigando podríamos meternos en algo demasiado peligroso.

— ¡Dark!

La voz fue más fuerte esta vez.

Pero mi mente seguía perdida en el mismo laberinto de pensamientos.

«O tal vez ya estamos demasiado dentro para retroceder…»

— ¡Dark!

El grito de la profesora resonó en todo el salón.

Parpadeé varias veces y finalmente reaccioné.

— Emm… sí, dígame profesora —respondí, levantando la cabeza con una expresión confundida y ligeramente atontada.

Algunos compañeros se rieron en voz baja.

La profesora me miró con evidente impaciencia.

— ¿Podrías pasar al frente y resolver estas ecuaciones?

Miré el pizarrón.

Luego volví a mirarla.

No entendía absolutamente nada de lo que estaba escrito.

Pero asentí de todas formas.

Me levanté lentamente y caminé hacia el pizarrón sintiendo varias miradas clavadas en mi espalda.

Tomé la tiza.

Miré las ecuaciones.

Luego miré hacia atrás.

Mis ojos buscaron desesperadamente algún salvador entre mis compañeros.

Encontré a Xia.

Le hice un gesto silencioso de súplica.

Junté las manos.

Incliné un poco la cabeza.

Casi parecía que estaba rezando.

Xia me miró con expresión seca.

Negó lentamente con la cabeza.

Despectivo.

Volví a insistir con una mirada aún más desesperada.

Xia suspiró.

Rodó los ojos.

Y finalmente levantó un dedo.

Una condición.

Asentí inmediatamente.

Lo que fuera.

Xia comenzó a señalar discretamente algunos números y símbolos desde su lugar.

Seguí las indicaciones intentando parecer lo más natural posible mientras escribía en el pizarrón.

Paso a paso.

Lentamente.

Hasta que finalmente terminé.

Si no hubiera sido por Xia…

Probablemente habría hecho el ridículo frente a toda la clase.

Me giré hacia la profesora con la tiza aún en la mano.

Ella observó el resultado durante unos segundos.

Luego asintió.

— Bien, puedes regresar a tu lugar.

Le devolví la tiza y caminé de regreso a mi asiento.

Al sentarme en mi rincón oscuro volví a mirar el pizarrón.

Las ecuaciones seguían ahí.

Pero para mí seguían siendo solo símbolos sin sentido.

Suspiré otra vez.

Porque la verdad era que en ese momento había problemas mucho más grandes que las matemáticas ocupando mi mente.

Problemas que no podían resolverse con números.

Problemas que probablemente…

ni siquiera tenían solución.

Regresé a mi asiento en la esquina del salón mientras la profesora continuaba explicando la clase como si nada hubiera pasado.

El sonido de la tiza volvió a llenar el aula.

Números.

Símbolos.

Ecuaciones.

Todos parecían entender lo que estaba pasando excepto yo.

Apoyé el codo en la mesa y miré hacia el pizarrón sin realmente verlo. Mi mente seguía atrapada en otros pensamientos mucho más pesados que cualquier problema matemático.

Los titiriteros.

El hombre de la capucha.

Las palabras que dijo.

Todo aquello parecía demasiado grande… demasiado lejano de la vida de un estudiante común.

Y aun así… estaba ahí.

Suspiré suavemente.

«Debería concentrarme en la clase…»

Pero era difícil.

Cuando la campana finalmente sonó sentí un pequeño alivio.

Los estudiantes comenzaron a levantarse de inmediato. Las conversaciones llenaron el salón otra vez, como si alguien hubiera abierto una compuerta invisible.

Risas.

Quejas.

Planes para después de clases.

Yo simplemente me quedé sentado un momento más.

Miré mis manos sobre el escritorio.

Un pensamiento extraño cruzó por mi mente.

«¿Realmente pertenezco aquí?»

No era una pregunta nueva.

De hecho… aparecía cada vez más seguido.

Sacudí la cabeza levemente y me levanté antes de que el salón quedara completamente vacío.

Las siguientes clases pasaron de una forma casi mecánica.

Historia.

Literatura.

Física.

Entraba al salón, me sentaba en el mismo lugar apartado, escuchaba a medias lo que decía el profesor y salía cuando sonaba la campana.

A veces tomaba notas.

A veces no.

Era como si mi cuerpo estuviera cumpliendo con una rutina mientras mi mente observaba todo desde algún lugar lejano.

En uno de los descansos caminé por el pasillo principal.

Había estudiantes por todas partes.

Algunos hablaban sobre exámenes.

Otros discutían sobre videojuegos.

Un grupo de chicos se reía a carcajadas cerca de las máquinas expendedoras.

Me quedé observándolos un momento.

Era curioso.

Todos parecían vivir dentro de su propio pequeño mundo.

Problemas simples.

Preocupaciones normales.

Exámenes.

Tareas.

Relaciones.

Durante un segundo me pregunté cómo sería vivir así.

Sin secretos.

Sin monstruos.

Sin sombras acechando en los bordes de la realidad.

Seguí caminando.

El sonido de mis pasos se mezclaba con el ruido del pasillo lleno de estudiantes.

Saqué algunas monedas de mi bolsillo.

Las miré.

No eran muchas.

Suspiré.

«De verdad debería conseguir un trabajo…»

Pero Alya seguramente se opondría.

Ella siempre decía lo mismo.

— Concéntrate en estudiar.

— Yo me encargo del resto.

Apreté las monedas en mi mano.

No me gustaba depender de alguien más.

Especialmente cuando sabía lo duro que ella trabajaba en el hospital.

Guardé el dinero otra vez y seguí caminando hacia el siguiente salón.

Mientras avanzaba por el pasillo una sensación extraña volvió a aparecer en el fondo de mi mente.

Algo que ya había sentido antes.

Esa incómoda sensación de que…

algo estaba observando.

Me detuve un momento.

Miré a mi alrededor.

Estudiantes caminando.

Puertas abriéndose.

Voces.

Todo parecía completamente normal.

Fruncí ligeramente el ceño.

«Estoy imaginando cosas…»

Probablemente solo era cansancio.

O estrés.

Después de todo… los últimos días habían sido extraños.

Muy extraños.

Sacudí la cabeza y seguí caminando hacia el salón de la siguiente clase.

Intentando convencerme de algo simple.

Que al menos por ahora…

seguía siendo solo un estudiante más en esta enorme escuela.

Aunque en el fondo de mi mente supiera que…

eso probablemente no duraría mucho.

La campana del descanso sonó y los pasillos de la escuela se llenaron de inmediato con el murmullo constante de estudiantes moviéndose en todas direcciones.

Salí del salón sin un destino claro.

Caminaba sin rumbo entre los pasillos, mirando a mi alrededor en busca de cualquiera de mi grupo de amigos. Era extraño no ver a ninguno de ellos en clases. Incluso Kim había faltado, lo cual ya era raro… aunque no imposible.

Mientras giraba por uno de los pasillos laterales, de repente alguien tomó mi mano con fuerza y me jaló hacia un lado.

Casi pierdo el equilibrio.

— ¿Qué demonios…?

Me detuve al ver quién era.

Xia.

Ella soltó mi mano con naturalidad, como si no hubiera hecho nada extraño, y empezó a caminar.

— Ven.

— ¿Eso era necesario? —pregunté mientras la seguía.

No respondió.

Simplemente me entregó un sándwich envuelto en una servilleta.

Lo miré unos segundos.

— ¿Para mí?

— Te ves como alguien que no ha comido.

No estaba equivocada.

Acepté el sándwich y empecé a comer mientras caminábamos por los pasillos. Xia por su parte llevaba un pequeño recipiente con fruta y una botella de agua.

Comía lentamente algunos trozos de sandía mientras avanzábamos.

— ¿Y los demás? —pregunté después de un momento—. No vi a ninguno en el salón.

Xia exhaló suavemente.

— Llegamos demasiado tarde ayer.

Mordió otro trozo de fruta antes de continuar.

— Ming y Won ho se quedaron despiertos jugando videojuegos hasta la madrugada.

No pude evitar soltar una pequeña risa.

— Eso suena exactamente como ellos.

— Airi comió demasiado cuando llegó a casa y terminó con dolor de estómago.

— También suena como Airi.

Xia suspiró.

— Y Kim…

Se detuvo un momento.

— Venía conmigo esta mañana.

— ¿Ah sí?

— Pero a unas cuadras de la escuela dijo que se sentía mal.

— Déjame adivinar…

— Estaba mintiendo.

Sonreí levemente.

Kim tenía la costumbre de desaparecer misteriosamente los días en que no hacía la tarea… especialmente si sabía que Xia no se la iba a pasar.

Seguimos caminando hasta llegar al jardín trasero de la escuela.

Era una zona más tranquila, lejos del ruido de los pasillos principales. El pasto era de un tono violeta oscuro bajo la luz del cielo que comenzaba a nublarse, y varios árboles altos rodeaban el área creando sombras largas sobre el suelo.

Nos sentamos en una banca de madera.

Durante unos segundos ninguno habló.

Xia terminó su fruta, bebió un poco de agua… y suspiró profundamente.

Luego se levantó.

Caminó unos pasos hacia los árboles y se dejó caer sobre el pasto, acostándose con la espalda apoyada contra uno de los troncos.

La observé unos segundos.

Luego suspiré y me levanté para hacer lo mismo.

Por alguna razón sentí que debía seguirla.

Tal vez fue instinto.

Tal vez simplemente quería evitar volver al ruido de la escuela por unos minutos.

Me recosté cerca de ella, mirando hacia el cielo a través de las ramas de los árboles.

El viento movía suavemente las hojas.

Por un momento… todo estaba en silencio.

— Sabes, Dark…

Su voz rompió la calma.

Giré ligeramente la cabeza para mirarla.

— No sé cómo pasó —continuó— pero estoy feliz de poder tener un momento así contigo.

Parpadeé.

— ¿Así?

— Tranquilo.

Miró hacia el cielo.

— He querido hablar contigo de muchas cosas… pero nunca tenemos tiempo.

No pude evitar pensar que tenía razón.

Cada vez que nos reuníamos…

algo aparecía.

Monstruos.

Titiriteros.

Iluminados.

Dioses primigenios.

La normalidad parecía durar muy poco en nuestras vidas.

Xia suspiró.

Luego giró su cabeza hacia mí.

— Dime algo, Dark.

— ¿Qué cosa?

Sus ojos se clavaron en los míos.

— ¿Qué es la vida para ti?

La pregunta me tomó completamente por sorpresa.

Fruncí ligeramente el ceño.

— ¿En qué sentido?

— En el sentido más simple.

Su mirada no se apartaba.

— Desde tu perspectiva… ¿qué es la vida? ¿Y qué es la muerte?

Exhalé lentamente.

— Mucha gente diría que la muerte es el final de todo.

— O el comienzo de algo —añadió Xia.

— Sí.

Guardé silencio unos segundos.

— Pero… ¿por qué preguntas eso?

Xia bajó la mirada.

Su expresión cambió ligeramente.

— Porque el peso que llevas sobre tus hombros es demasiado.

Sus dedos se cerraron suavemente sobre el pasto.

— Demasiado para alguien como tú.

La miré en silencio.

— Y tengo miedo.

Esa palabra salió de su boca tan suave que casi parecía que el viento la había arrastrado.

— Miedo de perderte.

Sus ojos volvieron a encontrar los míos.

Y en ellos había algo raro.

Tristeza.

Preocupación.

Algo muy humano.

Escuchar eso de Xia… me hizo sentir peor de lo que ya me sentía.

Abrí la boca para responder.

Pero antes de que pudiera decir algo…

su mirada cambió.

La calidez desapareció.

Sus ojos se volvieron fríos.

Distantes.

Como si otra persona hubiera tomado su lugar.

— Sabes que estás caminando hacia algo terrible —dijo Xia.

Su voz ahora era firme.

Casi dura.

Miré hacia el cielo otra vez.

— Sí.

El viento movió las hojas de los árboles.

— Entonces dime algo —continuó ella—.

Su mirada volvió a fijarse en mí.

— Si sabes lo que te espera…

Hubo un pequeño silencio.

— ¿Por qué sigues caminando hacia ello?

Pensé en la pregunta.

En todo lo que había visto.

En todo lo que sabía que vendría.

Luego respondí.

— Porque alguien tiene que hacerlo.

Xia me observó en silencio durante varios segundos.

Sus ojos parecían buscar algo en mi rostro.

Algo que ni siquiera yo sabía si estaba ahí.

Finalmente cerró los ojos.

Y suspiró.

— Eso pensé.

Xia permaneció en silencio después de decir eso.

El viento movía suavemente las hojas de los árboles encima de nosotros, proyectando sombras irregulares sobre el pasto violeta.

Durante unos segundos ninguno habló.

— Sabes… —murmuró finalmente Xia—. En mi familia nos enseñaron algo desde muy pequeños.

Giré la cabeza para mirarla.

Ella seguía mirando hacia el cielo.

— Nos enseñaron que la vida y la muerte no son enemigas.

Fruncí ligeramente el ceño.

— Eso suena a filosofía antigua.

— Lo es.

Sus labios se curvaron apenas.

— Mi familia cree en el equilibrio.

Hizo un pequeño gesto con la mano, dibujando un círculo en el aire.

— Yin y yang.

— Luz y oscuridad.

— Vida y muerte.

Sus ojos se cerraron un momento.

— Para nosotros… no hay diferencia real entre ellas.

— Eso suena bastante frío —dije.

— No lo es.

Su respuesta fue inmediata.

— Es… honesto.

Giró la cabeza hacia mí.

— La mayoría de las personas viven fingiendo que la muerte no existe.

— Bueno… no es algo en lo que la gente quiera pensar todo el tiempo.

— Exacto.

Sus ojos se volvieron más profundos.

— Y por eso cuando finalmente llega… los destruye.

Hubo un breve silencio.

— En mi familia —continuó Xia— nos enseñaron algo diferente.

Se sentó lentamente, apoyando los brazos sobre las rodillas.

— Nos enseñaron a aceptar la muerte… incluso antes de entender la vida.

— Eso suena bastante duro para un niño.

— Lo era.

Su tono no mostraba arrepentimiento.

Solo una calma extraña.

— Cuando alguien debía morir… lo dejábamos ir.

— ¿Sin intentar detenerlo?

— No siempre se puede detener lo inevitable.

Miré el pasto frente a nosotros.

— Entonces… ¿para ti la vida no tiene valor?

Xia negó lentamente.

— Todo lo contrario.

Su mirada volvió a elevarse hacia los árboles.

— La vida tiene valor precisamente porque termina.

El viento sopló un poco más fuerte.

— Si la vida fuera eterna… perdería su significado.

Sus palabras quedaron flotando en el aire.

— Cada momento existe porque el siguiente desaparecerá —continuó—. Cada persona es importante porque algún día dejará de existir.

Giró la cabeza hacia mí.

— Eso es lo que da peso a nuestras decisiones.

Hubo un pequeño silencio.

— Tú entiendes eso mejor que nadie, Dark.

No respondí.

Porque en el fondo sabía que tenía razón.

Xia me observó unos segundos más.

Luego habló otra vez.

— Por eso te hice esa pregunta.

— ¿Cuál?

— Qué es la vida para ti.

Sus ojos eran increíblemente serios ahora.

— Porque alguien que camina hacia la muerte… siempre tiene una razón.

El viento volvió a moverse entre las hojas.

— En mi familia hay una regla —dijo Xia con calma—.

Sus ojos se volvieron más fríos.

Más distantes.

— Cuando alguien decide caminar hacia la muerte…

Hizo una pequeña pausa.

— …nadie tiene derecho a detenerlo.

La miré sorprendido.

— ¿Eso te enseñaron?

— Sí.

— ¿Y tú estás de acuerdo con eso?

Xia me sostuvo la mirada.

Durante varios segundos.

Luego respondió.

— No.

La palabra salió suave.

Pero firme.

— Entonces ¿por qué dices todo esto?

Xia desvió la mirada hacia el cielo otra vez.

— Porque aunque mi familia crea en el equilibrio…

Sus dedos se cerraron lentamente sobre el pasto.

— Yo sigo siendo humana.

El viento movió su cabello suavemente.

— Y los humanos somos débiles.

Hubo un largo silencio entre nosotros.

Hasta que finalmente volvió a hablar.

Su voz fue más baja esta vez.

Más pesada.

— Dark…

No aparté la mirada.

— Si algún día llegas a un punto donde no puedas regresar…

Sus ojos se clavaron en los míos otra vez.

— Si algún día la oscuridad te consume por completo…

El aire pareció volverse más pesado.

— Entonces recuerda esto.

Se inclinó ligeramente hacia mí.

Su mirada era completamente seria ahora.

Y sus palabras fueron suaves…

pero cortantes como una cuchilla.

— Si el mundo entero decide convertirse en tu enemigo…

Hubo un pequeño silencio.

— Yo seré la única persona que estará a tu lado.

Sus ojos no parpadearon.

— Incluso si eso significa…

Su voz bajó todavía más.

— …tener que matar al mundo entero contigo.

*

El descanso terminó con el sonido seco de la campana resonando por toda la escuela.

Los estudiantes comenzaron a levantarse del pasto, recogiendo mochilas, botellas de agua y restos de comida mientras regresaban lentamente hacia los edificios.

Xia se incorporó primero.

Sacudió ligeramente el pasto de su falda y miró hacia el cielo por un segundo más antes de darse la vuelta.

— Deberíamos volver —dijo con calma.

Dark asintió.

Caminaron juntos hasta los pasillos principales, pero al llegar a la intersección de corredores Xia simplemente siguió caminando en otra dirección.

No dijo nada.

Tampoco miró atrás.

Los pasillos estaban llenos de estudiantes, conversaciones cruzadas, risas y pasos apresurados.

Pero Xia caminaba con la misma calma de siempre.

Silenciosa.

Precisa.

Como si el ruido del mundo no la tocara.

Sus pasos eran ligeros.

Controlados.

Entrenados.

Demasiado entrenados.

Su mirada se desplazó brevemente hacia una ventana.

El reflejo del vidrio mostró su rostro.

Tranquilo.

Imperturbable.

Pero en su mente las palabras de Dark todavía resonaban.

“Porque alguien tiene que hacerlo.”

Xia bajó ligeramente la mirada mientras seguía caminando.

Idiota.

No lo pensó con desprecio.

Lo pensó con algo más cercano a la preocupación.

Caminar hacia la muerte como si fuera una obligación…

Sus dedos se cerraron ligeramente.

Eso no es valentía.

Eso es desesperación.

Sus pasos no se detuvieron.

Pero sus pensamientos comenzaron a deslizarse hacia recuerdos más antiguos.

Mucho más antiguos.

—

El sonido de madera chocando contra metal.

Un golpe seco.

Una espada cayendo al suelo.

Una voz fría.

— Más rápido.

La niña volvió a levantarse.

Sus manos pequeñas temblaban alrededor del mango de la espada de entrenamiento.

Sudor.

Dolor en los brazos.

Sangre escurriendo por su frente.

— Si dudas… mueres.

El ataque volvió a llegar.

La espada casi salió despedida de sus manos.

—

Xia parpadeó.

El pasillo volvió a su mente.

Los estudiantes seguían caminando a su alrededor.

Pero su respiración había cambiado ligeramente.

Más profunda.

Más controlada.

—

Pies descalzos sobre piedra.

Golpes.

Puños contra un saco de entrenamiento.

Sangre en los nudillos.

Rodillas contra madera.

El sonido del aire siendo expulsado de sus pulmones.

— Otra vez.

La niña cayó de rodillas.

Intentó levantarse.

— Otra vez.

—

Xia flexionó ligeramente los dedos de su mano mientras caminaba.

El movimiento fue casi imperceptible.

Otra vez.

Esa frase había sido repetida miles de veces.

—

Meditación.

Silencio.

Una habitación oscura.

La niña sentada de rodillas.

Respirando lentamente.

Una voz tranquila.

— La mente es más peligrosa que cualquier espada.

— Si tu mente duda… tu cuerpo muere.

—

Xia giró en una esquina del pasillo.

Un grupo de estudiantes pasó corriendo cerca de ella.

Ella apenas los miró.

Control.

Respiración.

Equilibrio.

Las palabras que había escuchado desde niña se movían dentro de su mente como un mantra antiguo.

Y aun así…

algo había cambiado.

Antes todo era simple.

Entrenar.

Mejorar.

Sobrevivir.

Pero ahora…

ahora había personas.

Dark.

Kimberly.

Alya.

Minho.

Airi.

Won ho.

Miriam y el profesor.

Personas que no eran parte de su entrenamiento.

Personas que no deberían importar.

Y aun así…

importaban.

Xia se detuvo frente a una ventana.

Miró su reflejo otra vez.

Por un momento su expresión se suavizó apenas.

Los humanos somos débiles.

Recordó lo que había dicho hace unos minutos.

Y también recordó lo que pensó después.

Pero no quiero dejar de serlo.

Cerró los ojos por un segundo.

Luego respiró profundamente.

Cuando volvió a abrirlos…

la calma había regresado.

La Xia Jing que todos conocían.

Fría.

Precisa.

Imperturbable.

Y ligeramente arrogante.

Pero muy en el fondo de su mente…

una pregunta permanecía.

Si Dark sigue caminando hacia la oscuridad…

Sus dedos se cerraron lentamente.

¿Seré capaz de detenerlo?

El sonido de la campana volvió a resonar.

Anunciando el inicio de la siguiente clase.

Xia se giró.

Y continuó caminando por el pasillo.

Xia avanzaba por el pasillo entre el murmullo constante de los estudiantes.

Risas.

Conversaciones.

Pasos apresurados.

Un ruido normal.

Un mundo normal.

Pero no para ella.

Xia levantó ligeramente la mirada hacia el techo mientras caminaba.

— No entiendo por qué me preocupa…

Su voz fue baja.

Casi un susurro perdido entre el ruido del pasillo.

— Si desde niña…

Hizo yna pausa de varios segundos.

— Siempre he estado rodeada de muerte.

Sus ojos se entrecerraron ligeramente.

Y entonces el mundo cambió.

No para los demás.

Solo para ella.

Los estudiantes seguían caminando, riendo, hablando… sin darse cuenta de nada.

Pero alrededor de ellos…

había hilos.

Hilos finos.

Casi invisibles.

Extendidos desde sus cuerpos hacia algún lugar que nadie más podía ver.

Algunos eran delgados como telarañas.

Otros tensos como cuerdas.

Otros estaban deshilachados…

como si estuvieran a punto de romperse.

Xia observó a un grupo de estudiantes que reían cerca de una ventana.

Uno de ellos tenía un hilo gris pálido que se extendía detrás de su espalda.

El hilo terminaba en una imagen difusa.

Una cama de hospital.

Otro tenía un hilo rojo oscuro.

Y en su extremo… una sombra metálica.

Un cuchillo.

Xia apartó la mirada.

Para ella aquello era normal.

Siempre lo había sido.

Desde que podía recordar.

El mundo no estaba lleno de personas.

Estaba lleno de finales.

Destinos.

Muertes esperando su momento.

Un chico pasó corriendo a su lado.

Su hilo era corto.

Muy corto.

Xia no miró el final.

No hacía falta.

Sabía reconocerlo.

Accidente.

Continuó caminando.

Su mirada se movía entre los estudiantes.

Entre los hilos.

Entre los destinos.

Pero entonces…

recordó algo.

Una persona.

Una sola.

Y sus pasos se detuvieron un segundo.

Dark.

Su hilo era diferente.

No era rojo.

No era gris.

No era negro.

Era…

oscuridad.

No tenía forma.

No tenía final.

No tenía dirección.

Solo se extendía hacia un lugar que Xia no podía ver.

Y eso…

eso era lo que realmente la inquietaba.

Xia cerró los ojos un momento.

Respiró lentamente.

Luego los abrió otra vez.

Los hilos desaparecieron.

El pasillo volvió a ser normal.

Risas.

Estudiantes.

Vida cotidiana.

Xia continuó caminando con la misma calma de siempre.

Pero una idea permanecía en su mente.

El destino de todos tiene un final.

Sus dedos se cerraron lentamente.

Excepto el de Dark.

*

Las últimas clases del día pasaron más lento de lo que esperaba.

O tal vez solo me parecieron lentas.

Mi mente seguía atrapada en demasiadas cosas al mismo tiempo.

Los titiriteros.

El hombre de la capucha.

Las palabras de Xia durante el descanso.

Y esa sensación constante de que algo mucho más grande se estaba moviendo detrás de todo.

Cuando finalmente sonó la campana anunciando el final de las clases, el ruido de las sillas arrastrándose y las mochilas cerrándose llenó el salón.

Los estudiantes comenzaron a salir como una pequeña avalancha humana.

Yo fui uno de los últimos en levantarme.

Guardé mis cosas lentamente y salí del salón con la mochila colgada de un solo hombro.

El cielo afuera ya comenzaba a teñirse de tonos anaranjados y violetas.

El día se estaba apagando.

Y con él…

la sensación de normalidad.

Mientras caminaba hacia la salida de la escuela sentí una ligera vibración en el bolsillo.

Saqué mi teléfono.

Un mensaje nuevo en el chat del club de la noche.

Miriam.

Abrí la conversación.

“Reunión hoy. Distrito industrial.”

“Posible actividad anómala.”

“Nos vemos en el punto habitual.”

Suspiré.

Claro.

Ni siquiera habíamos terminado el día y ya había otra investigación.

Guardé el teléfono en el bolsillo y seguí caminando hacia la salida principal.

Los estudiantes se dispersaban en distintas direcciones.

Algunos tomaban el autobús.

Otros caminaban hacia la ciudad.

Otros simplemente se quedaban conversando frente a la escuela.

Pero yo apenas había dado unos pasos fuera del portón cuando la vi.

Xia estaba apoyada contra una de las barandillas metálicas frente a la escuela.

Como si hubiera estado esperando.

Su postura era tranquila.

Brazos cruzados.

Mirada serena.

Cuando me vio acercarme, habló sin moverse.

— Miriam ya envió el mensaje.

— Sí —respondí sacando las manos de los bolsillos—. Lo acabo de ver.

Me detuve frente a ella.

— Distrito industrial.

Xia asintió ligeramente.

— Parece que esta vez no tendremos una tarde tranquila.

Solté una pequeña risa sin humor.

— ¿Alguna vez la tenemos?

Xia no respondió.

Simplemente giró la cabeza hacia la calle.

Un pequeño autobús urbano se detuvo frente a la parada.

Ella caminó hacia él con total naturalidad.

— Ven.

La seguí.

Subimos al autobús.

Xia pagó el pasaje antes de que pudiera decir algo.

El sonido de las monedas cayendo en la máquina resonó suavemente.

— Oye —dije mientras caminábamos hacia los asientos traseros—. No tenías que pagar también el mío.

— Lo sé.

— Entonces ¿por qué lo hiciste?

Xia se sentó junto a la ventana.

— Porque si no lo hacía, te ibas a quedar caminando hasta el distrito industrial.

No pude evitar sonreír ligeramente.

— Probablemente.

El autobús arrancó con un pequeño tirón.

La ciudad comenzó a moverse lentamente al otro lado de la ventana.

Durante unos minutos ninguno habló.

El paisaje urbano fue cambiando poco a poco.

Calles más vacías.

Edificios más viejos.

Fábricas.

Almacenes.

El cielo se oscurecía lentamente.

El distrito industrial siempre se veía diferente al anochecer.

Más silencioso.

Más… muerto.

Miré a Xia de reojo.

Ella observaba la ciudad a través de la ventana.

Su expresión era tranquila.

Pero algo en su mirada parecía más concentrado de lo normal.

— ¿Qué piensas? —pregunté.

— En que esta investigación será problemática.

— Eso no suena muy alentador.

— Nunca lo es.

El autobús se detuvo unas calles después.

Nos levantamos.

Al bajar, el aire era más frío.

El olor metálico de las fábricas flotaba en el ambiente.

Y a lo lejos…

vi algunas siluetas familiares.

Minho.

Won ho.

Kim.

Alya.

Airi.

Y cerca de ellos…

Miriam y el profesor Adermat.

El grupo ya estaba reunido.

La noche apenas comenzaba.

Y algo me decía…

que esta vez las cosas no iban a ser simples.

*

El sol ya comenzaba a ocultarse cuando Minho cerró la puerta de la casa en la colina.

El sonido del cerrojo resonó brevemente en el aire tranquilo de la colina.

El lugar siempre estaba silencioso a esa hora.

Demasiado silencioso.

Minho bajó los escalones del pequeño porche mientras ajustaba las correas de su mochila.

El cielo estaba teñido de naranja y violeta.

Un momento hermoso.

Pero su mente estaba demasiado ocupada para apreciarlo.

Unos pasos detrás de él, la puerta volvió a abrirse.

— ¡Oye! —la voz de Won-ho resonó con su energía habitual—. ¡Espera!

Minho se detuvo y miró por encima del hombro.

Won-ho bajó las escaleras casi saltando, con una mochila colgada descuidadamente y el cabello aún un poco despeinado.

— Pensé que te ibas a escapar solo otra vez.

— No estaba escapando.

— Claro que sí.

Won-ho se puso a su lado mientras comenzaban a caminar por la calle que descendía desde la colina.

— Cuando caminas así de rápido es porque estás pensando demasiado.

Minho soltó un pequeño suspiro.

— Siempre piensas demasiado.

— Y tú nunca piensas lo suficiente.

Won-ho sonrió.

Pero después de unos segundos notó que Minho no respondía.

La sonrisa se desvaneció un poco.

— Oye… ¿todo bien?

Minho siguió caminando unos pasos más antes de responder.

— Won-ho…

Su voz era más baja de lo habitual.

— ¿Alguna vez has sentido que todo tu esfuerzo… tal vez no sea suficiente?

Won-ho levantó una ceja.

— Esa es una pregunta muy profunda para alguien que todavía no ha cenado.

Minho no sonrió.

— Hablo en serio.

El tono de su voz hizo que Won-ho dejara de bromear.

El viento movió ligeramente los árboles de la calle.

— Cuando éramos niños —continuó Minho— siempre me dijeron lo mismo.

— Que no era talentoso.

Bajó ligeramente la mirada.

— Que tenía que esforzarme más que los demás.

— Que si entrenaba lo suficiente… podría alcanzar a los que nacieron con talento.

El silencio entre ellos se volvió más pesado.

— Y durante años… eso fue lo que hice.

Minho apretó ligeramente los puños dentro de los bolsillos de su chaqueta.

— Entrenar.

— Practicar.

— Repetir.

— Otra vez y otra vez.

— Hasta que mis manos sangraban.

Su voz tembló apenas.

— Pero últimamente…

Se detuvo.

El viento pasó entre ellos.

— Últimamente empiezo a preguntarme algo.

Won-ho lo miró con atención.

— ¿Qué cosa?

Minho levantó la mirada hacia el cielo que comenzaba a oscurecer.

— ¿Y si todo ese esfuerzo no sirve de nada?

El silencio se alargó unos segundos.

— ¿Y si al final… las personas con talento simplemente están en otro nivel?

Sus palabras salieron más pesadas de lo que quería admitir.

— No tengo miedo de perder, Won-ho.

Giró la cabeza para mirarlo.

— Tengo miedo de confirmar que tenían razón.

La expresión de Won-ho cambió.

La sonrisa desapareció por completo.

Se quedó en silencio unos segundos.

Luego soltó un pequeño suspiro.

— Minho…

Se rascó la parte de atrás de la cabeza.

— Sabes algo curioso.

Minho lo miró.

— A mí siempre me dijeron lo contrario.

— ¿Cómo que lo contrario?

Won-ho levantó los hombros.

— Que tenía talento.

— Que aprendía rápido.

— Que era fuerte.

Sonrió levemente.

— Pero también me dijeron algo más.

— ¿Qué cosa?

Won-ho metió las manos en los bolsillos mientras seguían caminando.

— Que era demasiado impulsivo.

— Que no pensaba.

— Que me aburría rápido.

— Que me rendía cuando algo dejaba de ser divertido.

Miró hacia adelante.

— Así que supongo que mi talento siempre fue… inútil.

Minho frunció ligeramente el ceño.

— Eso no es cierto.

— Tal vez no.

Won-ho lo miró con una sonrisa más tranquila.

— Pero hay algo que sí sé.

Minho lo observó.

— ¿Qué?

Won-ho levantó ligeramente un dedo.

— Mi talento es no rendirme.

Se encogió de hombros.

— Eso cuenta, ¿no?

Minho lo miró durante unos segundos.

Luego soltó una pequeña risa.

No era una risa fuerte.

Pero era honesta.

— Sí.

Continuaron caminando hacia el final de la calle.

A lo lejos, las luces de la ciudad comenzaban a encenderse.

— Además —añadió Won-ho de repente—. Si hoy alguien intenta golpearte…

— Lo golpearé primero.

Minho negó con la cabeza.

— Eso no ayuda mucho.

— Claro que ayuda.

Won-ho sonrió.

— La violencia siempre es una opción válida.

Minho suspiró.

Pero esta vez…

la tensión en su pecho se había vuelto un poco más ligera.

El distrito industrial estaba casi desierto a esa hora.

Las fábricas apagadas se alzaban como gigantes dormidos entre calles amplias y silenciosas. Algunas chimeneas aún expulsaban columnas delgadas de humo oscuro que se mezclaban con el cielo nocturno.

Las farolas iluminaban el asfalto con una luz pálida y amarillenta.

El grupo estaba reunido cerca de un viejo almacén de metal oxidado.

Minho y Won-ho acababan de llegar cuando vieron a los demás.

Alya estaba sentada en una pequeña barrera de concreto hablando con Airi, que sostenía su cámara como si fuera un escudo.

Kim caminaba de un lado a otro con los brazos cruzados.

Dark y Xia acababan de llegar también.

Y a unos metros de todos ellos…

Miriam observaba el lugar.

De pie.

Completamente inmóvil.

Sus ojos recorrían el distrito industrial con una calma inquietante.

A su lado estaba el profesor Adermat, con las manos en los bolsillos de su abrigo.

Xia caminó unos pasos hacia Miriam.

Ambas se miraron.

No hubo saludo.

No era necesario.

Solo una evaluación silenciosa.

Miriam fue la primera en hablar.

— El área es más grande de lo que esperaba.

Su voz era tranquila.

Pero completamente carente de emoción.

— Detecté varias anomalías menores en las últimas horas.

Dark frunció ligeramente el ceño.

— ¿Anomalías?

Miriam señaló con la mirada las fábricas que se extendían en la distancia.

— Cambios irregulares en las fluctuaciones de energía.

— Interferencias en la red eléctrica.

— Movimientos extraños en los sensores urbanos.

Xia observó el distrito unos segundos.

— Demasiado sutil para ser un accidente.

Miriam asintió.

— Exacto.

El viento pasó entre los edificios.

Kim suspiró.

— ¿Entonces qué hacemos?

Miriam dio un paso adelante.

— Nos dividiremos.

Xia habló casi al mismo tiempo.

— Tres equipos.

Un breve silencio cayó sobre el grupo.

Los demás intercambiaron miradas.

Miriam y Xia se miraron de nuevo.

Esta vez más directamente.

Como dos estrategas evaluando el mismo tablero.

Miriam inclinó ligeramente la cabeza.

— Coincido.

Adermat observaba la escena con atención.

Como si estudiara una partida de ajedrez.

Miriam señaló el mapa que había abierto en su teléfono.

— El distrito se divide en tres zonas principales.

— Sector norte: las fábricas abandonadas.

— Sector este: los almacenes.

— Sector oeste: la red de transporte industrial.

Xia cruzó los brazos mientras analizaba el mapa.

— Si alguien está ocultando actividad…

— Elegirá el lugar con más rutas de escape.

Miriam respondió inmediatamente.

— Los almacenes.

Xia asintió apenas.

La tensión entre ambas era sutil.

Pero evidente.

— Bien —dijo Miriam—. Equipos.

Su mirada se movió por el grupo.

— Dark.

— Minho.

— Won-ho.

Señaló hacia la zona de almacenes.

— Ustedes revisarán ese sector.

Won-ho sonrió ligeramente.

— ¿La zona más peligrosa? Perfecto.

Miriam ignoró el comentario.

Luego miró hacia Alya, Kim y Airi.

— Ustedes tres cubrirán la red de transporte.

Airi ajustó nerviosamente su cámara.

— E-está bien…

Kim simplemente asintió.

Finalmente Miriam miró a Xia.

Un silencio breve.

— Nosotros revisaremos las fábricas.

Adermat levantó ligeramente una ceja.

— ¿Nosotros?

— Sí —respondió Miriam con total naturalidad.

— Usted, Xia y yo.

Xia observó el distrito unos segundos más.

Luego habló.

— Si algo sale mal…

Miró a todos los presentes.

— Retírense.

— No intenten pelear solos.

Dark levantó una ceja.

— Eso suena irónico viniendo de ti.

Xia lo miró con expresión neutra.

— No es ironía.

— Es estadística.

Miriam cerró el mapa en su teléfono.

— Comunicación cada diez minutos.

— Si alguien encuentra algo…

Sus ojos se volvieron más fríos.

— No actúe solo.

El grupo asintió.

Pero algo en la forma en que Miriam y Xia hablaban hacía evidente una cosa.

Ambas estaban acostumbradas a dirigir.

Ambas estaban acostumbradas a que otros las siguieran.

Y ninguna estaba dispuesta a ceder completamente.

Adermat observó a las dos jóvenes.

Luego suspiró suavemente.

— Dos estrategas en el mismo campo de batalla…

murmuró para sí mismo.

— Esto será interesante.

El grupo comenzó a separarse.

La noche del distrito industrial se tragó lentamente a cada equipo.

Y en alguna parte entre las sombras…

alguien los observaba.

*

Las calles del sector de almacenes estaban casi vacías.

Grandes edificios de metal y concreto se alineaban a ambos lados de la avenida industrial, con enormes portones cerrados y ventanas oscuras que reflejaban la luz amarillenta de las farolas.

El viento arrastraba hojas secas y pedazos de papel por el asfalto.

El tipo de lugar donde uno esperaría encontrar algo extraño.

O absolutamente nada.

Caminaba con las manos en los bolsillos mientras observaba las estructuras industriales alrededor.

— Este lugar siempre se siente… raro —murmuré.

— Es un distrito industrial abandonado —respondió Minho con tranquilidad—. Sería más raro si se sintiera acogedor.

Won-ho caminaba unos pasos delante de nosotros, pateando una piedra por la calle como si no estuviéramos investigando nada.

— Nah, yo creo que sería genial si aquí hubiera una cafetería.

La piedra chocó contra una alcantarilla con un sonido metálico.

— Imaginen esto: “Café Industrial”.

Levanté una ceja.

— Ese nombre espantaría a todos los clientes.

— No, no, escucha —continuó con entusiasmo mientras caminaba hacia atrás—. Todo decorado con tuberías viejas y máquinas rotas.

— Y el menú sería… —añadí— ¿qué? ¿Café con sabor a aceite de motor?

Minho dejó escapar una pequeña risa.

— Creo que eso ya existe.

Won-ho se detuvo.

— ¿En serio?

— Sí.

— Se llama café quemado.

No pude evitar reír un poco.

Won-ho fingió ofenderse.

— Oigan, estoy intentando crear un negocio aquí.

— Pues empieza por no envenenar a los clientes —dijo Minho.

Seguimos caminando por la calle revisando el área sin mucha prisa.

Me acerqué a una enorme puerta metálica y la empujé.

Cerrada.

— Nada aquí.

Won-ho miró dentro de una ventana rota.

— Solo cajas viejas.

Minho revisó un pequeño callejón entre dos almacenes.

— Tampoco hay nada por este lado.

El silencio del distrito industrial volvió a envolvernos.

Por un momento lo único que se escuchaba era el viento moviendo algunas láminas sueltas en los techos.

Won-ho estiró los brazos por encima de su cabeza.

— Bueno… esto es aburrido.

Lo miré.

— ¿Preferirías que apareciera un monstruo?

Lo pensó un segundo.

— …sí.

Minho negó con la cabeza.

— Eres un idiota.

Won-ho sonrió.

— Pero soy un idiota entretenido.

Iba a responder algo cuando noté que Minho se había detenido.

No fue algo dramático.

Solo dejó de caminar.

Pero en un lugar como ese… esos pequeños cambios se notan.

— ¿Qué pasa? —pregunté.

No respondió.

Su mirada estaba fija hacia el final de la calle.

Seguí su mirada.

Won-ho también dejó de moverse.

El ambiente había cambiado.

Era extraño.

Hace un momento todo parecía vacío.

Pero ahora…

ya no lo estaba.

Al final del camino, bajo la luz de una farola solitaria…

había alguien.

Una figura de pie en medio de la calle.

Inmóvil.

La figura no se movía.

Solo estaba ahí.

Mirándonos.

El viento sopló otra vez entre los edificios.

Nadie dijo nada.

Las bromas.

La conversación.

La tranquilidad de hace unos segundos.

Todo había desaparecido.

Y en su lugar…

solo quedaba una sensación incómoda en el pecho.

Como si acabáramos de cruzar una línea invisible.

Y del otro lado…

nos estuviera esperando algo peligroso.

La figura vestía un abrigo largo de mangas amplias y cuello alto. La tela negra caía en capas elegantes, adornadas con bordados oscuros que apenas reflejaban la luz de la farola.

Bajo el abrigo se alcanzaba a ver una camisa blanca de algodón.

Los broches del abrigo estaban marcados con detalles color vino, y un cinturón negro sostenía un pantalón oscuro de corte antiguo, también decorado con esos mismos tonos profundos.

En el cinturón colgaban dos armas.

Y en su rostro…

una máscara de teatro blanca.

El lado derecho estaba cubierto por una mancha azul turquesa que se extendía desde el ojo hacia la sien y descendía por el pómulo.

El ojo izquierdo estaba rodeado por un círculo dorado.

Entre el círculo y la marca había un número.

Uno.

No hacía falta pensarlo mucho.

Era un titiritero.

Pero no cualquiera.

El desconocido hizo una ligera reverencia, como si estuviéramos en una obra de teatro.

—Mucho gusto —dijo con un tono suave y elegante—. Permítanme presentarme.

Su voz era tranquila.

Demasiado tranquila.

—Soy el primero de los Siete Hilos… los líderes de los titiriteros.

Levantó ligeramente la cabeza.

—Mi nombre es Gael Vega Ramírez.

Sentí un escalofrío recorrerme la espalda.

Uno de los líderes.

Esto era malo.

Muy malo.

Pero entonces Gael soltó una pequeña risa.

Se llevó la mano al rostro…

y se quitó la máscara.

Su rostro tenía un tono de piel intermedio, ni claro ni oscuro.

Sus ojos eran café oscuro.

Y en ellos había algo que no me gustó nada.

Diversión.

—Bueno… —dijo estirando ligeramente el cuello—. Ya sé quiénes son ustedes.

Sonrió.

—Así que… ¿por qué no empezamos la diversión?

Minho y Won-ho intercambiaron una mirada.

Ambos se prepararon para pelear.

Gael bostezó.

Literalmente bostezó.

Luego sonrió con arrogancia.

—Adelante, pendejos.

Won-ho fue el primero en moverse.

Se lanzó hacia él con un golpe directo.

Gael simplemente dio un paso hacia un lado.

El golpe pasó por el aire.

—Mi abuela es más rápida que tú —dijo con una sonrisa burlona—. Chino de mierda.

—¡Soy coreano! —gruñó Won-ho.

Le lanzó una patada.

Gael saltó con una facilidad absurda.

Giró en el aire…

y bajó la pierna.

La patada impactó el rostro de Won-ho con un sonido seco.

Escuché el golpe.

Luego el cuerpo de Won-ho estrellándose contra el suelo.

Gael ni siquiera miró hacia abajo.

Sus ojos se posaron en Minho.

Le hizo un gesto con la mano.

—¿No vas a venir a salvar a tu novio?

Señaló en mi dirección.

—¿O prefieres besarte con él?

Di un paso adelante.

Minho me detuvo con el brazo.

Luego se lanzó.

Minho atacó rápido.

Golpe tras golpe.

Preciso.

Entrenado.

Pero Gael…

solo se movía.

Esquivaba cada golpe por centímetros.

—Tu guardia baja cuando retrocedes —comentó tranquilamente.

Esquivó otro golpe.

—Otra vez.

Minho atacó con más fuerza.

—Muy lento.

Gael inclinó la cabeza.

El puño pasó a milímetros de su rostro.

—Patético.

Entonces contraatacó.

Un golpe seco a la mandíbula.

La cabeza de Minho se sacudió violentamente.

Gael lo tomó del abrigo…

y lo lanzó al aire.

Lo siguió de un salto.

En el aire.

Sus puños comenzaron a moverse.

Uno.

Dos.

Tres.

Cuatro.

Una lluvia de golpes brutal que sacudía el cuerpo de Minho como si fuera una muñeca.

—¡En guardia! —gritó Gael de repente en uin idioma desconocido por mi.

Otro golpe.

—¿Eso es todo?

Otro.

—Vamos.

Otro.

—Otra vez.

Minho cayó al suelo con violencia.

Rodó unos metros.

Intentó levantarse.

Gael caminó hacia él con calma.

—Tu guardia se abre cuando atacas con rabia —dijo.

De repente lanzó un golpe.

La mejilla de Minho se abrió.

La sangre salió disparada.

Corrí hacia él.

Golpeé a Gael en la nuca mientras se burlaba.

—Hijo de tu—

Ni terminé la frase.

Gael giró.

Su pierna se movió.

La patada me golpeó el estómago con una fuerza monstruosa.

Escuché el aire salir de mis pulmones.

Sentí algo romperse dentro de mí.

Salí despedido contra el suelo.

La sangre salió de mi boca.

El mundo giró.

Minho y Won-ho se levantaron con furia.

—A él no lo tocas.

Los dos corrieron.

Gael saltó.

Giró en el aire.

La patada impactó a ambos al mismo tiempo.

Cayeron.

—Son una vergüenza.

Un golpe.

La nariz de Minho crujió.

Otro.

El ojo de Won-ho casi explotó bajo el impacto.

La furia llenó mi cuerpo.

Me levanté tambaleando.

Corrí hacia él.

Gael atrapó mi mano.

—Sé lo que planeas, estúpido.

Apretó.

Escuché el crujido.

El dolor explotó en mi brazo.

Grité.

La sangre brotó.

Lo había roto.

Mi grito resonó por todo el distrito industrial.

Y entonces…

una ráfaga de fuego atravesó el aire.

Gael saltó hacia atrás.

Kim estaba de pie con llamas brotando de sus ojos.

Más fuego comenzaba a acumularse en sus manos.

Pero alguien más hizo que Gael dejara de reír.

Xia.

Ya tenía la espada desenvainada.

Sus ojos estaban fríos.

Letales.

Gael sonrió.

Saltó hacia el techo de un almacén con una facilidad absurda.

Mientras Airi corría a ayudar a Minho y Won-ho…

Gael habló una última vez.

Su voz ya no sonaba burlona.

Sonaba…

extraña.

Miró a los asiáticos del grupo.

—Al menos ustedes se tuvieron los unos a los otros cuando llegaron.

Sus ojos brillaron.

—A mí…

se llevó la máscara al rostro otra vez.

—solo me encontró Él.

Luego desapareció entre las sombras del techo.

Mi brazo ardía.

No era un dolor normal.

Era algo más profundo.

Algo que se clavaba en los huesos.

Intenté moverlo y un nuevo espasmo de dolor recorrió todo mi cuerpo.

—No te muevas —dijo una voz temblorosa.

Airi estaba arrodillada junto a Minho y Won-ho, intentando detener la sangre con manos que claramente no estaban acostumbradas a hacer eso.

Unos pasos más allá, Kim seguía mirando el techo del almacén.

Sus manos estaban envueltas en fuego.

Sus ojos también.

—¡Maldito cobarde! —gritó hacia la oscuridad—. ¡La próxima vez te voy a quemar vivo!

Las llamas alrededor de sus dedos crecieron un poco más.

Xia no gritaba.

Eso era peor.

Estaba de pie con la espada aún en la mano, mirando el lugar por donde Gael había desaparecido.

Su mirada era completamente fría.

—La próxima vez que te vea… —dijo en voz baja— te mataré.

No lo dijo con rabia.

Lo dijo como si fuera un simple hecho.

Como si ya estuviera decidido.

Como si el mundo simplemente aún no se hubiera enterado.

Escuché pasos acercándose.

El profesor Adermat y Miriam habían llegado.

El profesor miró alrededor.

Vio a Won-ho en el suelo.

A Minho sangrando.

Mi brazo torcido en un ángulo imposible.

Su rostro cambió.

—Maldición…

Se llevó una mano al rostro.

—Yo dije que los protegería…

Su voz sonaba amarga.

—Soy el adulto aquí…

—Profesor —dijo Miriam con calma—. No habría cambiado nada.

Ella estaba observando el lugar de la pelea.

Analizando.

Siempre analizando.

—Ese hombre estaba en un nivel completamente distinto.

El profesor apretó los dientes.

—Eso no importa.

Miró a todos nosotros.

—Ustedes son estudiantes.

—Y yo…

no terminé de escuchar lo que iba a decir.

Porque alguien llegó corriendo hacia mí.

—¡Dark!

Alya cayó de rodillas a mi lado.

Sus ojos se abrieron al ver mi brazo.

—¿Qué… qué te hizo?

Su voz estaba temblando.

Intentó tocar mi brazo.

Se detuvo antes de hacerlo.

—Está roto…

Tragó saliva.

Sus manos comenzaron a brillar con una luz suave.

La energía curativa empezó a recorrer mi brazo.

El dolor cambió.

De algo insoportable…

a algo soportable.

Alya apretaba los dientes mientras trabajaba.

—Lo siento… —susurró.

La miré.

—¿Por qué te disculpas?

Sus ojos se llenaron de frustración.

—Porque solo puedo hacer esto.

La luz siguió extendiéndose por mi brazo.

—No puedo detenerlos.

—No puedo pelear.

—No puedo protegerte.

Su voz se quebró.

—Solo puedo arreglar lo que ya rompieron.

No supe qué decir.

La miré trabajar en silencio.

A unos metros, Minho estaba sentado en el suelo.

La sangre seguía corriendo por su rostro.

Pero no se movía.

No hablaba.

Solo miraba el suelo.

Won-ho estaba sentado a su lado.

También herido.

También sangrando.

Pero lo que más dolía ver…

era la expresión de Minho.

No era rabia.

No era dolor.

Era algo peor.

Duda.

El recuerdo de su conversación con Won-ho me golpeó como un martillo.

“Tengo miedo de confirmar que tenían razón.”

El viento sopló entre los edificios del distrito industrial.

Miriam habló de nuevo.

—Nos retiramos.

Todos levantaron la mirada.

—Este encuentro ya nos dio suficiente información.

Miró el techo del almacén.

—Ahora sabemos quién estaba detrás.

Iván.

Los titiriteros.

Los Siete Hilos.

El profesor suspiró profundamente.

—Regresamos a la casa de la colina.

Kim apagó lentamente sus llamas.

Pero sus ojos seguían ardiendo.

—La próxima vez que vea a ese bastardo…

apretó los puños.

—lo voy a convertir en cenizas.

Xia guardó su espada.

Pero su mirada seguía fija en el lugar donde Gael había estado.

—No —dijo con calma.

Todos la miraron.

—Ese hombre…

es mío.

El silencio volvió a caer sobre el distrito industrial.

Alya terminó de sanar mi brazo lo suficiente para que pudiera moverlo.

—Esto debería mantenerlo estable por ahora.

Asentí lentamente.

Intenté levantarme.

El mundo todavía giraba un poco.

Miré una última vez hacia el techo del almacén.

El lugar donde Gael había estado de pie.

Observándonos.

Jugando con nosotros.

Como si todo hubiera sido un entrenamiento.

Como si nosotros…

solo hubiéramos sido muñecos de práctica.

Y por primera vez en mucho tiempo…

sentí algo muy claro.

No miedo.

Sino la certeza de algo mucho peor.

Esto apenas estaba comenzando.

Decidimos ir a casa de los chicos ya que necesitaban descansar y nosotros también.

Cuando llegamos a la casa de la colina nadie habló mucho.

El silencio nos acompañó durante todo el camino.

Uno de esos silencios pesados que no desaparecen aunque intentes ignorarlos.

Minho fue el primero en subir las escaleras cuando entramos.

No dijo nada.

Ni siquiera miró a nadie.

Solo caminó hacia su habitación con el rostro aún marcado por la pelea.

Won-ho lo siguió unos segundos después.

Se detuvo en las escaleras un momento, como si quisiera decir algo… pero al final solo suspiró y subió también.

Escuché el sonido de una puerta cerrándose.

Luego otra.

Y después…

silencio.

El resto nos quedamos en la sala.

Las luces estaban encendidas, pero aun así el ambiente se sentía oscuro.

Me dejé caer en el sofá con cuidado.

Mi cuerpo todavía dolía, aunque Alya había hecho lo posible por mantenerme entero.

Alya se sentó a mi lado.

—¿Cómo te sientes? —preguntó en voz baja.

—Como si un camión me hubiera atropellado.

Ella hizo una pequeña mueca.

—Eso no es gracioso.

—Un poco sí.

Intenté sonreír.

No funcionó muy bien.

Alya suspiró y apoyó su cabeza suavemente contra mi hombro.

Sus manos todavía brillaban ligeramente con esa energía curativa tenue.

—Lo siento… —susurró.

—¿Por qué?

—Porque no pude detenerlo.

Su voz estaba llena de frustración.

—Si hubiera sido más fuerte…

—Alya.

Giré un poco la cabeza para mirarla.

—Si hubieras peleado contra él habrías salido peor que nosotros.

Ella frunció ligeramente el ceño.

—Eso no ayuda.

—Lo sé.

Nos quedamos en silencio unos segundos.

—Pero al menos estás aquí —dije finalmente.

Ella no respondió.

Solo se acomodó un poco más cerca.

Sentí su mano tomar la mía.

La casa estaba tranquila.

Demasiado tranquila.

Desde el sofá podía ver parte de la cocina.

Miriam estaba ahí.

De pie junto a la encimera.

Observándonos.

No parecía molesta.

Ni triste.

Solo… pensativa.

Sus ojos iban de Alya a mí.

Como si estuviera intentando entender algo.

Como si analizara un problema que no tenía solución lógica.

El profesor Adermat pasó por el pasillo en silencio y bajo las escaleras la cocina .

La casa volvió a quedar en calma.

Alya seguía apoyada en mi hombro cuando escuché pasos suaves en la cocina.

Miriam se había movido.

La vi acercarse al profesor Adermat, que estaba preparando una taza de té como si aquella noche hubiera sido… normal.

El profesor parecía cansado.

Más cansado de lo que lo había visto en mucho tiempo.

Miriam se detuvo frente a él.

No habló de inmediato.

Primero observó sus propias manos.

Las giró lentamente, como si las viera por primera vez.

—Profesor —dijo finalmente.

Adermat levantó la mirada.

—¿Sí, Miriam?

Ella dudó.

Lo cual era raro.

Miriam casi nunca dudaba.

—¿Cómo saben… qué hacer?

El profesor frunció ligeramente el ceño.

—¿A qué te refieres?

Miriam miró hacia la sala.

Sus ojos se posaron en Alya, que seguía sentada a mi lado curando lentamente mis heridas.

La forma en que me sostenía.

La forma en que me miraba.

Algo en la expresión de Miriam cambió.

—Eso.

El profesor siguió su mirada.

Entendió de inmediato.

Miriam bajó la vista otra vez hacia sus manos.

—¿Cómo saben tocar… sin lastimar?

La pregunta quedó flotando en el aire de la cocina.

El profesor guardó silencio unos segundos.

Luego suspiró.

—No lo saben.

Miriam levantó la mirada.

—¿Entonces por qué lo hacen?

—Porque lo intentan.

El profesor tomó su taza de té.

—A veces lastiman.

—A veces se equivocan.

—A veces rompen cosas que no querían romper.

Bebió un pequeño sorbo.

—Pero siguen intentándolo.

Miriam no respondió.

Miró sus manos otra vez.

Las mismas manos que podían cortar la vida de alguien en segundos.

Las mismas manos que habían sido entrenadas para matar antes incluso de aprender a escribir bien su nombre.

—Yo no sé hacer eso —dijo finalmente.

Su voz era tan baja que casi no la escuché.

El profesor la miró con una expresión más suave.

—Lo sé.

Hubo otro pequeño silencio.

Luego añadió:

—Pero puedes aprender.

Miriam lo miró como si acabara de decir algo imposible.

—¿Aprender?

—Sí.

El profesor dejó la taza sobre la mesa.

—Después de todo…

miró hacia la sala.

—sigues aquí.

Miriam no respondió.

Pero sus ojos volvieron a mirar a Alya.

Luego a mí.

Y por primera vez desde que la conocía…

pareció realmente confundida.

Como si hubiera descubierto algo que no sabía cómo enfrentar.

El profesor tomó su taza otra vez.

—El amor es torpe, Miriam.

—Desordenado.

—Y a veces duele.

Bebió otro sorbo.

—Pero sigue siendo mejor que vivir sin él.

Miriam no dijo nada más.

Solo volvió a mirar sus manos.

Como si estuviera preguntándose…

si esas manos que solo sabían destruir…

algún día podrían aprender a sostener algo sin romperlo.

Cuando la casa volvió a su calma…

Noté otra presencia.

Más atrás.

Cerca del pasillo.

Xia estaba allí.

En la penumbra.

No se había acercado.

Solo observaba.

Sus ojos estaban fijos en nosotros.

Por un momento nuestras miradas se cruzaron.

Y entonces noté algo extraño.

Su mano estaba sobre su pecho.

Sujetando la tela de su ropa.

Como si intentara contener algo.

Su expresión era imposible de leer.

Dolor.

Calma.

Resignación.

Todo al mismo tiempo.

Su mirada bajó lentamente hacia el suelo.

Y aunque su voz fue apenas un susurro…

la escuché.

—Yo también quiero tu amor…

Las palabras se perdieron casi de inmediato en el silencio de la casa.

No supe si alguien más las escuchó.

Tal vez no.

Tal vez sí.

Xia levantó la mirada una última vez.

Luego se dio la vuelta lentamente.

Y desapareció por el pasillo.

Alya seguía apoyada contra mí.

La casa estaba tranquila.

Pero algo había cambiado.

Algo invisible.

Algo que ninguno de nosotros parecía dispuesto a decir en voz alta.

Cerré los ojos un momento.

Y por alguna razón…

la imagen de la máscara de Gael volvió a mi mente.

El número uno.

El primer hilo.

Y tuve la sensación de que esa noche…

solo habíamos visto el comienzo de algo mucho más grande.

Porque…

Siempre pensé que el destino era una cadena.

Algo pesado.

Algo inevitable.

Pero esa noche entendí que estaba equivocado.

El destino no es una cadena.

Es un hilo.

Y alguien…

ya había empezado a tirar del primero.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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