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Más allá de la oscuridad (BeyoND Of The DarKneSs) - Capítulo 68

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Capítulo 68: Capítulo 66 – Hilos al anochecer

La noche en Amberlath era extrañamente tranquila.

Las tres lunas de Balerin colgaban en el cielo como ojos antiguos, observándolo todo en silencio.

El aire era frío.

Pero no hostil.

No como otros lugares.

No como otros recuerdos.

Hae Won-ho caminaba por la acera con pasos lentos.

Sus manos estaban en los bolsillos.

Su mirada… perdida.

La casa de Dark quedaba atrás.

Las voces de sus amigos…

también.

¿Por qué estoy viniendo aquí otra vez…?

Se detuvo un instante frente a un farol.

La luz oscilaba suavemente.

Como si respirara.

Como si dudara.

No es mi casa.

No es mi familia.

No es… nada mío.

Apretó ligeramente los dientes.

Su reflejo en el vidrio de una ventana cercana le devolvió una imagen que no terminaba de reconocer.

Entonces… ¿por qué siento que sí lo es?

Cerró los ojos por un segundo.

Y ahí estaba otra vez.

Ese recuerdo.

Ese miedo.

Esa presencia.

“Tu voluntad no te pertenece.”

La voz de Matusalen resonó en su mente como un eco podrido.

Frío.

Invasivo.

Inevitable.

Won-ho abrió los ojos de golpe.

Respiró hondo.

— No… esta vez no.

Murmuró para sí mismo.

Esta decisión es mía.

Caminar hasta aquí… es mío.

Sentarme en esa mesa… también lo es.

Reanudó el paso.

Más firme.

Aunque sus manos temblaban levemente.

La casa de Lena apareció frente a él.

Pequeña.

Cálida.

Con una luz encendida en la ventana.

Y entonces—

ese olor.

Comida casera.

Simple.

Real.

Won-ho se quedó quieto frente a la puerta.

Esto…

Tragó saliva.

Esto no debería doler.

Pero dolía.

Porque era algo que nunca había tenido.

Y ahora…

lo estaba probando.

Levantó la mano.

Dudó.

Si entro…

¿voy a querer quedarme?

Silencio.

Luego—

tocó la puerta.

Unos segundos después, esta se abrió.

— Oh… ya estás aquí.

La voz de Lena era suave.

Cálida.

Como si siempre hubiera sabido que él vendría.

Ella sonrió al verlo.

Una sonrisa sincera.

Sin peso.

Sin intención oculta.

— Pensé que hoy no vendrías.

Won-ho apartó la mirada por un segundo.

— Yo… tampoco estaba seguro.

Lena abrió un poco más la puerta.

— Pasa. Hace frío.

Y eso fue suficiente.

Entró.

El interior era sencillo.

Nada lujoso.

Nada impresionante.

Pero…

todo estaba en su lugar.

Como si cada objeto tuviera un propósito.

Como si cada rincón hubiera sido vivido.

— Siéntate, ya casi termino.

Dijo Lena desde la cocina.

Won-ho se sentó en la mesa.

Sus manos descansaron sobre la madera.

La miró.

Una mesa…

Pasó sus dedos lentamente sobre la superficie.

Siempre pensé que las mesas eran solo… muebles.

Cerró ligeramente los ojos.

Pero esto…

Escuchó el sonido de los utensilios.

El vapor.

El leve burbujeo de algo hirviendo.

Esto se siente como… quedarse.

— ¿Te gusta?

La voz de Lena lo sacó de sus pensamientos.

Ella dejó un plato frente a él.

Comida sencilla.

Pero caliente.

— Huele bien.

Respondió él.

— Eso significa que también sabrá bien.

Dijo ella con una pequeña risa.

Won-ho tomó los cubiertos.

Pero no empezó a comer de inmediato.

— Señora Lena…

Ella lo miró.

Atenta.

— ¿Por qué hace esto?

Silencio.

— ¿Esto?

— Cocinar… invitarme… tratarme como si…

Se detuvo.

No terminó la frase.

Lena no respondió de inmediato.

Se sentó frente a él.

— Porque puedo.

Dijo simplemente.

Won-ho frunció ligeramente el ceño.

— El mundo siempre toma algo —continuó ella—. Tiempo, personas, momentos…

Su mirada se suavizó.

— Pero también da.

Won-ho bajó la mirada al plato.

— Yo ya perdí a alguien importante.

Dijo Lena con calma.

Sin dramatismo.

Sin lágrimas.

— Y no puedo traerlo de vuelta.

Una pausa.

— Pero puedo decidir qué hacer con lo que me queda.

Le sonrió.

— Y hoy… decidí compartirlo contigo.

Silencio.

Won-ho apretó ligeramente los cubiertos.

Esto… no es control.

Esto no es manipulación.

Esto es… elección.

Levantó la mirada.

— Gracias.

Dijo finalmente.

Y empezó a comer.

El sabor…

no era extraordinario.

No era perfecto.

Pero era real.

Y eso…

era suficiente.

Lena lo observó en silencio.

— Sabes…

Dijo suavemente.

— Te pareces a él.

Won-ho se detuvo.

— ¿A su hijo?

Ella asintió.

— Especialmente cuando dudas.

Won-ho soltó una pequeña risa.

Casi amarga.

— Dudo demasiado.

— No.

Dijo Lena.

— Eso significa que todavía eliges.

Silencio.

Las palabras quedaron flotando en el aire.

Y por primera vez en mucho tiempo…

Won-ho no sintió miedo de ese silencio.

Lo aceptó.

Como aceptó la comida.

La casa.

La mesa.

Como aceptó—

que quizás…

no todo en su vida tenía que ser una lucha.

Pero incluso así—

en lo más profundo de su mente—

la voz seguía ahí.

Observando.

Esperando.

“Todo lo que amas… puede ser tomado.”

Won-ho cerró los ojos un segundo.

Entonces pelearé.

Los abrió.

Y siguió comiendo.

La noche había avanzado más de lo que parecía.

Las calles de Amberlath estaban casi vacías.

Las luces cálidas de los faroles dibujaban sombras largas sobre el pavimento húmedo.

Hae Won-ho caminaba en silencio.

Sus manos aún conservaban el calor de aquella casa.

De aquella mesa.

De aquella conversación.

¿Familia…?

Bajó la mirada.

Una palabra simple.

Pero pesada.

Cuando llegó frente a la casa de Dark, levantó la vista…

y lo vio.

Dark estaba sentado en la entrada.

Apoyado contra la pared.

Mirando la calle.

La pequeña Moka dormía sobre sus piernas, hecha un ovillo blanco y negro.

Su respiración era tranquila.

Ajena al mundo.

Dark no se movió al principio.

Pero habló.

— Llegaste tarde.

Won-ho se detuvo a unos pasos de él.

— Sí…

Hizo una pequeña pausa.

— Estaba con Lena.

Dark asintió suavemente.

Como si ya lo supiera.

— ¿Y?

Won-ho dudó.

Pero esta vez…

no retrocedió.

— Se siente… bien.

Se sentó a su lado.

— Es raro.

Miró sus manos.

— No es mi familia… pero cuando estoy ahí… no siento que esté fuera de lugar.

Silencio.

El viento sopló suavemente.

Moviendo las hojas cercanas.

— Como si… pudiera quedarme.

Dark bajó la mirada hacia Moka.

La acarició suavemente.

— Entonces quédate.

Dijo sin rodeos.

Won-ho soltó una pequeña risa.

— No es tan simple.

— Nunca lo es.

Silencio otra vez.

Pero esta vez—

no incómodo.

Won-ho giró ligeramente la cabeza.

Miró a Dark.

— Oye…

Dudó.

— ¿Tú… eres feliz?

La pregunta quedó suspendida en el aire.

Pesada.

Dark no respondió de inmediato.

Su mano se detuvo sobre el pelaje de Moka.

Suspiró.

Largo.

Profundo.

— No lo sé.

Su voz era baja.

Pero firme.

— Estoy rodeado de gente.

Hizo una pausa.

— Tengo amigos… tengo a Alya…

Alya

— Tengo cosas que me mantienen ocupado todo el tiempo.

Levantó la mirada hacia la calle.

— Pero nada de eso llena esto.

Se llevó la mano al pecho.

— Este vacío…

El silencio se volvió más denso.

— Es como si algo faltara.

Continuó.

— Y no sé qué es.

Tragó saliva.

— Hay días en los que no quiero levantarme de la cama.

Won-ho no dijo nada.

— Días en los que todo pesa.

— Incluso respirar.

Dark soltó una pequeña risa seca.

— Y lo peor es que… no siempre hay una razón.

Bajó la mirada.

— Solo está ahí.

Una pausa.

— Como si mi propia mente… estuviera cansada de existir.

El viento volvió a soplar.

Más frío.

— A veces estoy con ustedes… y me río…

— y por un momento se siente real.

Cerró los ojos.

— Pero luego vuelvo a esto.

Señaló su pecho otra vez.

— A este silencio.

Won-ho apretó ligeramente los puños.

No entendía del todo.

No podía.

Pero sí entendía algo—

que Dark estaba siendo honesto.

Y eso…

era suficiente.

— No quiero arruinarlo.

Continuó Dark.

— No quiero ser ese tipo que arrastra a todos con él.

Abrió los ojos lentamente.

— Así que sonrío.

Una pausa.

— Y ya.

Silencio.

Won-ho lo miró.

Sin saber qué decir.

Las palabras no llegaban.

Y por primera vez—

no intentó forzarlas.

En lugar de eso—

se acercó un poco más.

Y lo abrazó.

Sin aviso.

Sin explicación.

Solo—

lo abrazó.

Dark se quedó inmóvil unos segundos.

Sorprendido.

Luego—

cerró los ojos.

Y correspondió.

No con fuerza.

No con desesperación.

Sino con algo más suave.

Más cansado.

Más real.

— Gracias…

Murmuró.

Won-ho no respondió.

No hacía falta.

Porque a veces—

no se trata de encontrar las palabras correctas.

Sino de quedarse.

De escuchar.

De sostener—

aunque no entiendas completamente lo que el otro está cargando.

La noche siguió su curso.

Silenciosa.

Pero por primera vez en mucho tiempo—

ese silencio no pesaba tanto.

Y en medio de todo—

Dark sonrió.

Suavemente.La mañana llegó lenta sobre Amberlath.

La luz se filtraba entre las cortinas, suave… casi tímida.

Dark estaba sentado en el sofá.

Un libro abierto en las manos.

Sin pasar la página.

No estaba leyendo.

Solo… estaba ahí.

Un bostezo rompió el silencio.

Desde el pasillo apareció Hae Won-ho, despeinado, con la ropa ligeramente arrugada.

Miró alrededor.

— Vaya… sí que es bonita tu casa.

Dark no levantó la mirada.

— Ajá.

Won-ho caminó unos pasos más, observando los estantes llenos de libros.

— Pensé que sería más… caótica.

— Lo es.

— Ya veo.

Silencio.

Won-ho cruzó los brazos, pensativo.

Luego—

sonrió.

— Oye… tengo que decirlo.

Dark suspiró.

Ya sabía que algo venía.

— ¿Qué?

Won-ho se acercó un poco más, bajando la voz como si fuera un secreto.

— Ayer en la noche… estaba pensando…

Pausa dramática.

— Si tú y Alya viven juntos…

Alya

Dark levantó lentamente la mirada.

— No empez—

— Entonces… —continuó Won-ho, ignorándolo— dormir aquí podría ser peligroso.

Silencio.

— ¿Peligroso?

— Sí.

Asintió con total seriedad.

— Imagínate que en medio de la noche empiezo a escuchar ruidos raros…

Dark cerró el libro.

Lento.

— Won-ho…

— Como… —hizo un gesto ambiguo con las manos— ya sabes… cosas de pareja.

THUD

Un libro impactó directamente en su cara.

— ¡¿QUÉ TE PASA?!

— Cállate.

Won-ho se sobó la frente.

— ¡Solo estaba diciendo lo que cualquiera pensaría!

— Nadie piensa eso.

— ¡Claro que sí!

Dark lo miró.

En silencio.

— Eres un idiota.

— Pero uno honesto.

Un pequeño sonido interrumpió la escena.

mrrow…

Ambos miraron hacia abajo.

La pequeña Moka estaba ahí.

Sentada.

Mirando fijamente a Dark.

Levantó una patita.

Como si exigiera algo.

Dark suspiró.

— Ya voy.

Se inclinó y la cargó suavemente.

Moka se acomodó contra su pecho, cerrando los ojos con total confianza.

Won-ho sonrió levemente al ver la escena.

— Te quiere mucho.

— Es una gata.

— Aun así.

Silencio.

Won-ho miró la hora.

— Bueno… debo irme.

— ¿A dónde?

— A desayunar con Lena.

Una pausa.

— ¿Vienes?

Dark negó con la cabeza.

— No tengo hambre.

Won-ho frunció ligeramente el ceño.

— ¿Seguro?

— Sí.

Silencio.

Won-ho no se movió.

— Ayer tampoco comiste en la escuela.

Dark no respondió.

— Y no te vi cenar.

Moka movió ligeramente la cola.

— Y ahora tampoco desayunas.

El aire se volvió un poco más pesado.

Dark bajó la mirada hacia la gata.

La acarició lentamente.

— Solo… no tengo hambre.

Su tono era plano.

Demasiado plano.

Won-ho lo observó unos segundos más.

Quería decir algo.

Pero recordó la noche anterior.

El abrazo.

El silencio.

— Está bien…

Dijo finalmente.

— Pero deberías comer algo después.

Dark no respondió.

— Nos vemos luego.

Se giró y caminó hacia la puerta.

Antes de salir—

se detuvo un segundo.

— Y oye…

Dark levantó ligeramente la mirada.

— Si escucho ruidos raros en la noche…

THUD

Otro libro.

— ¡YA ENTENDÍ!

La puerta se cerró.

Silencio otra vez.

Moka levantó la cabeza.

Miró a Dark.

Él suspiró.

— Idiota…

Murmuró.

Pero una pequeña sonrisa apareció.

Muy leve.

Duró poco.

La casa volvió a quedarse en silencio.

Y el libro en sus manos—

seguía en la misma página.

La mañana era tranquila.

Demasiado tranquila.

Won-ho caminaba por las calles de Amberlath con las manos en los bolsillos, el sabor del desayuno aún presente, cálido… casi reconfortante.

El pan de Lena.

El té ligeramente amargo.

Su risa suave.

Hacía cuánto no se sentía así…

—“Come más, estás muy delgado.”

—“Estoy bien, en serio…”

—“Los jóvenes siempre dicen eso.”

Una sonrisa apareció en su rostro.

No era forzada.

No era incómoda.

Era… real.

Por un momento, todo parecía normal.

Como si ese mundo… no existiera.

El sonido de sus pasos contra el pavimento marcaba un ritmo constante.

Tac… tac… tac…

El viento soplaba suavemente entre los edificios.

Entonces—

Se detuvo.

No por decisión.

Su cuerpo lo hizo antes que su mente.

Algo…

No estaba bien.

Giró levemente la cabeza.

Nada.

La calle seguía igual.

Personas caminando.

Un auto pasando a lo lejos.

El murmullo lejano de la ciudad.

“…Estoy cansado.”

Murmuró para sí mismo.

Y siguió caminando.

Pero entonces volvió a sentirlo.

Más claro.

Más cercano.

Una presión invisible.

Como si alguien estuviera…

mirándolo.

No.

Observándolo.

Sus pasos se volvieron más lentos.

Su respiración más pesada.

El aire… más denso.

Giró bruscamente hacia un edificio.

Una ventana.

Oscura.

Vacía.

Y entonces—

Algo se movió.

Una sombra.

No humana.

No natural.

Se deslizó detrás del vidrio…

y desapareció.

Won-ho se quedó inmóvil.

Su corazón dio un golpe seco.

—“…No hay nadie.”

Dio un paso hacia atrás.

Forzó una risa leve.

—“Claro… no hay nadie.”

Pero su voz…

no sonaba convencida.

Fue mi imaginación.

Sí… eso es todo.

Después de todo lo que ha pasado… es normal.

Se pasó una mano por el cabello.

Respiró profundo.

Y siguió caminando.

Pero ahora—

Cada sonido era más fuerte.

Cada reflejo en los cristales… sospechoso.

Cada esquina… demasiado estrecha.

No volvió a mirar atrás.

No quería hacerlo.

Porque en el fondo—

Sabía algo.

Algo que no podía explicar.

Si miro…

Va a estar ahí.

A varias calles de distancia…

Sobre la azotea de un edificio—

Una figura observaba.

Inmóvil.

Silenciosa.

Como si siempre hubiera estado ahí.

Como si perteneciera a ese lugar más que la propia ciudad.

Sus ojos seguían cada paso de Won-ho.

Sin prisa.

Sin emoción.

Sin duda.

Gael.

—“Aún sonríe…”

Su voz era baja.

Casi un susurro perdido en el viento.

—“…qué frágil.”

Inclinó ligeramente la cabeza.

Como si analizara algo… o a alguien.

—“El miedo tarda en florecer.”

Sus dedos se movieron levemente.

Como si tirara de hilos invisibles.

—“Pero cuando lo hace…”

Una leve sonrisa apareció.

No humana.

No cálida.

—“…rompe mejor que los huesos.”

El viento sopló con más fuerza.

Y por un instante—

Su silueta pareció deformarse.

Como si no fuera completamente real.

Cuando Won-ho cruzó la siguiente esquina…

Gael ya no estaba.

Pero la sensación…

No se fue.

El camino hacia la escuela se sentía… distinto.

Won Ho caminaba con las manos en los bolsillos, el aire de la mañana rozando su rostro, pero algo no encajaba. Había un peso en el ambiente, como si el mundo estuviera… ligeramente fuera de lugar.

Se detuvo por un instante.

Miró hacia un edificio cercano.

Una sombra.

Nada más que un movimiento sutil… y luego desapareció.

—…Debió ser mi imaginación…

Murmuró, aunque ni él mismo se lo creyó del todo.

Reanudó el paso.

Uno.

Dos.

Tres pasos…

Y entonces—

El mundo se inclinó.

—…¿Eh?

Su visión se distorsionó ligeramente. El suelo pareció alejarse. Un mareo repentino lo obligó a llevarse la mano a la cabeza.

Su respiración se volvió irregular.

—¿Qué… me pasa…?

Un zumbido.

No… no era un zumbido.

Era una voz.

Grave.

Rota.

Antigua.

Como si viniera desde el fondo de algo que nunca debió tener fondo.

—…Aún… puedes… escucharme…

Los ojos de Won Ho se abrieron de golpe.

—No…

Su cuerpo se tensó.

—No… tú no…

La voz se retorció dentro de su mente como un parásito despertando.

—Qué frágil eres… puente imperfecto…

Su corazón comenzó a latir con violencia.

—¡Cállate…!

Sus manos temblaban.

No era un recuerdo.

No era una ilusión.

Era él.

—He esperado… tanto… para volver a tocar tu mente…

La presión aumentó.

Como si algo intentara abrirse paso desde dentro de su cráneo.

Imágenes fragmentadas cruzaron su mente: oscuridad, grietas, algo gigantesco respirando entre mundos.

—Eres débil… débil… débil…

—¡YA CÁLLATE!

Won Ho apretó los dientes con fuerza, inclinándose hacia adelante.

—No eres más que una grieta… un error…

—¡NO!

El aire a su alrededor pareció comprimirse.

Por un instante… el mundo tembló.

—No soy… tuyo…

Silencio.

Un silencio pesado.

Y luego—

Una risa.

Grave.

Distorsionada.

—Aún… te resistes…

Una pausa.

Más fría.

Más peligrosa.

—Pero no importa…

La voz se desvanecía… lentamente…

—Pronto iré por ti…

El corazón de Won Ho se detuvo por un segundo.

—Y por toda la humanidad…

Un susurro final, cargado de algo peor que odio:

—Destruiré… el error…

Una pausa.

—El puente… que nunca debió nacer…

Silencio absoluto.

Won Ho cayó de rodillas.

—Hah… hah…

Respiraba con dificultad, como si hubiera corrido kilómetros.

Sus manos seguían temblando.

Pero sus ojos…

Sus ojos ya no eran los mismos.

—…No…

Apretó los puños.

—No voy a dejar que eso pase…

Bajó la mirada, su expresión endureciéndose.

—No voy a dejar… que te acerques a él…

Un recuerdo cruzó su mente.

Dark.

Su sonrisa.

Su forma de cargar con todo… incluso cuando estaba roto.

Won Ho cerró los ojos con fuerza.

—Si tú eres el “error”…

Sus uñas se clavaron en sus palmas.

—Entonces yo seré… lo que se interponga en tu camino.

Se levantó lentamente.

Aún temblaba.

Aún tenía miedo.

Y eso era importante.

Porque no era valentía vacía.

Era decisión.

—Voy a hacerme más fuerte…

Su voz fue baja… pero firme.

—No importa cuánto me cueste…

Alzó la mirada.

El mundo seguía igual.

Pero él no.

—Voy a subir en mi sendero…

Un paso hacia adelante.

—Voy a protegerlo…

Otro paso.

—Aunque tenga que destruirme en el proceso.

Y entonces…

Continuó caminando.

El olor a desinfectante era insoportable.

No era un olor limpio.

Era un olor que intentaba ocultar algo.

Sangre.

Muerte.

Fracaso.

Alya se apoyó contra la pared fría del pasillo, cerrando los ojos por unos segundos que se sintieron como minutos.

—…Otro más…

Su voz apenas existió.

Apenas un hilo.

Había perdido la cuenta.

No de las horas.

No de los pacientes.

Sino de las veces que había repetido exactamente ese mismo gesto:

Respirar hondo.

Seguir caminando.

Intentar salvar a alguien más.

Gritos.

Quejidos.

Monitores pitando sin ritmo.

Pasos apresurados.

Miradas vacías que ya no pedían ayuda… porque sabían que no iba a llegar.

Y lo peor…

Silencios.

Habitaciones donde el sonido simplemente… desaparecía.

Donde el tiempo dejaba de avanzar.

Donde lo único que quedaba era una línea recta en una pantalla.

Alya abrió los ojos lentamente.

El mundo seguía ahí.

No se había detenido.

Nunca lo hacía.

Se quitó los guantes con cuidado, como si ese pequeño acto aún tuviera algún tipo de dignidad.

Estaban manchados.

Oscuros.

Pero no completamente sangre.

La textura era distinta.

Más espesa.

Más lenta.

Como si lo que circulaba por los cuerpos de esos pacientes… ya no quisiera ser sangre.

Los dejó caer en el bote sin mirarlos más.

—No puedo más…

El susurro se escapó sin permiso.

Sus manos temblaban.

No era el cansancio físico.

No del todo.

Era algo más profundo.

Algo que no se quitaba durmiendo.

Algo que no se curaba.

Como si cada persona que no podía salvar… dejara algo dentro de ella.

Un peso.

Una grieta.

Una pequeña muerte acumulándose en su pecho.

¿Cuánto tiempo llevo aquí…?

Intentó recordarlo.

No pudo.

Anoche…

Sí.

Recordaba haber llegado cuando el cielo aún estaba oscuro.

Las luces del hospital brillaban más que las estrellas.

Siempre lo hacían.

Pensé que solo sería otro turno.

Una leve risa interna.

Vacía.

Siempre pienso eso.

Había empezado con algo simple.

Fiebre.

Debilidad.

Un paciente más.

Luego otro.

Y otro.

Y otro.

Y en algún punto…

La sangre dejó de ser sangre.

Se volvió más espesa… más lenta…

Recordaba el primer caso.

El médico a su lado diciendo que era una anomalía.

Que seguramente había una explicación.

Que lo controlarían.

Que no era grave.

Mentira.

Todo se había salido de control demasiado rápido.

Los cuerpos empezaron a fallar.

Pero no morían.

No inmediatamente.

Se quedaban ahí.

Atrapados.

Sintiendo.

Eso es lo peor…

Alya apretó ligeramente los dedos.

Que siguen sintiendo.

Recordaba una mujer.

Le había tomado la mano.

Le había sonreído.

Le había dicho:

“Todo va a estar bien.”

La mujer le creyó.

Eso era lo peor.

Siempre me creen…

Su respiración se tensó un poco.

¿Por qué me creen…?

Porque ella lo decía con convicción.

Porque ella quería creerlo también.

Porque si dejaba de decirlo…

Entonces ya no habría nada más que ofrecer.

No puedo curarlos…

No puedo detener esto…

Pero puedo mentirles un poco más…

Cerró los ojos con fuerza.

¿Eso es lo único que soy…?

Una pausa.

Dolorosa.

No.

Negó suavemente.

No es una mentira…

Es una promesa.

Aunque no sepa cómo cumplirla.

No necesito salvar a todos…

La idea apareció, débil.

Inestable.

…pero quiero intentarlo.

Porque si dejaba de intentarlo…

Entonces esas manos…

Esas miradas…

Esas voces…

No habrían significado nada.

Si solo salvo a uno…

Sus dedos temblaron más.

Solo uno…

Entonces ese uno…

Habrá valido todo.

El cansancio.

El dolor.

El miedo.

Las noches sin dormir.

Las veces que su cuerpo gritaba que se detuviera.

No soy una diosa…

Pensó.

No soy invencible…

Miró sus manos.

Pero soy lo único que tienen…

Y eso…

Eso era suficiente.

Tenía que ser suficiente.

—Alya.

La voz la sacó de su mente como un tirón brusco.

Abrió los ojos.

El pasillo volvió a tomar forma.

—Te necesitan en la sala 3.

No respondió de inmediato.

Porque una parte de ella…

Quería decir que no.

Quería deslizarse por esa pared.

Sentarse en el suelo.

Cerrar los ojos.

Y desaparecer por unas horas.

O días.

O para siempre.

Pero esa parte…

No ganó.

Nunca ganaba.

Alya asintió.

Lentamente.

Sin palabras.

Su cuerpo se movió antes que su mente.

Un paso.

Luego otro.

Automático.

Como una máquina.

Pero no porque no sintiera…

Sino porque sentía demasiado.

Y si se detenía a procesarlo…

Se rompería ahí mismo.

En ese pasillo.

Donde nadie tenía tiempo para recoger los pedazos.

Cuando entró…

El aire cambió.

No fue inmediato.

Fue como si algo invisible se deslizara sobre su piel.

Denso.

Pesado.

Incorrecto.

El sonido de los monitores era irregular.

No caótico.

Sino… equivocado.

Como si marcaran un ritmo que no correspondía a un cuerpo humano.

Alya dio un paso más dentro de la sala.

Y lo vio.

En la camilla había un hombre.

Su cuerpo convulsionaba levemente, pero no de forma violenta.

Era peor.

Eran espasmos pequeños.

Constantes.

Como si algo dentro de él estuviera intentando… acomodarse.

Sus venas…

No eran normales.

Se marcaban bajo la piel como raíces oscuras.

Hinchadas.

Pulsando con dificultad.

Pero no fluían.

No como deberían.

Era como si algo espeso se desplazara lentamente por ellas.

Algo que no pertenecía ahí.

—¿Desde cuándo?

Su voz fue baja. Controlada.

Pero tensa.

—Hace tres días…

Respondió otro médico.

Sus manos temblaban ligeramente.

—Empezó con fiebre… luego dolor… después… esto…

Tragó saliva.

—La sangre… ya no es sangre.

Alya no respondió.

Se acercó.

Tomó la jeringa.

Insertó la aguja con precisión.

Extrajo una muestra.

Y entonces—

Se detuvo.

La sustancia dentro de la jeringa…

No fluía.

No reaccionaba como un líquido.

Se arrastraba.

Lenta.

Pesada.

Viscosa.

De un rojo oscuro mezclado con negro profundo.

Como si estuviera entre dos estados.

Ni líquido.

Ni sólido.

Algo intermedio.

Algo… vivo.

Alya giró levemente la jeringa.

La sustancia respondió con retraso.

Como si tuviera voluntad propia.

Sus pupilas se contrajeron.

—Coagulación anómala… no…

Negó suavemente.

—Esto no es coagulación…

Su mente empezó a trabajar.

Demasiado rápido.

Demasiado preciso.

La coagulación detiene el flujo.

Esto lo transforma.

El paciente abrió la boca.

Un sonido intentó salir.

Un intento de palabra.

Un intento de ayuda.

Pero no hubo voz.

Solo—

Un hilo espeso descendió lentamente desde sus labios.

Cayó sobre su barbilla.

Denso.

Pesado.

Vivo.

Alya apretó los dientes.

—Sistema circulatorio en fallo progresivo…

Observó el monitor.

—Frecuencia irregular… presión inestable…

Desvió la mirada al cuerpo.

—Los órganos están fallando.

El otro médico asintió, casi en pánico.

—Riñones comprometidos… hígado en deterioro… posible necrosis en tejido interno…

Alya no apartó la mirada del paciente.

—Y aun así sigue consciente…

Susurró.

Ese era el verdadero horror.

No era una muerte rápida.

No era un colapso inmediato.

Era un encierro.

El cuerpo fallaba.

Pero la mente seguía ahí.

Sintiendo.

Registrando.

Sufriendo cada segundo del proceso.

—Por favor…

El paciente logró articular apenas.

Un sonido roto.

Incompleto.

Sus ojos estaban abiertos.

Demasiado abiertos.

Como si no pudiera cerrarlos.

Como si algo dentro de él no se lo permitiera.

Alya sintió cómo algo se tensaba en su pecho.

Pero no se movió.

No podía romperse ahí.

No frente a él.

—¿Tratamiento?

La pregunta llegó desde atrás.

Débil.

Casi suplicante.

Alya no respondió de inmediato.

Miró la jeringa otra vez.

La sustancia seguía moviéndose lentamente.

Desafiando toda lógica.

Esto no es una enfermedad normal…

Esto es una alteración…

Algo está interfiriendo con la sangre misma…

Con su estructura… su función… su… naturaleza…

En otro contexto…

En otro mundo…

Habría tenido una respuesta.

Un protocolo.

Un plan.

Pero aquí—

Solo había incertidumbre.

Y muerte lenta.

Silencio.

Pesado.

Aplastante.

Alya cerró los ojos.

Un segundo.

Dos.

Tres.

Cuando los abrió…

Ya no había duda en ellos.

Solo decisión.

—Estabilicen lo que puedan.

Su voz fue firme.

Precisa.

Profesional.

Pero vacía.

Porque sabía la verdad.

No había cura.

No había reversión.

No había milagro.

Solo tiempo.

Muy poco tiempo.

—Administren anticoagulantes… aunque no funcionen como deberían.

—Mantengan hidratación intravenosa.

—Controlen el dolor.

Hizo una pausa.

Miró al paciente.

Sus ojos.

Aún conscientes.

Aún presentes.

—Y no lo dejen solo.

El otro médico bajó la mirada.

Entendiendo lo que eso significaba.

Cuidados paliativos.

Esperar.

Acompañar.

Nada más.

Alya dio un paso atrás.

Sus manos estaban quietas.

Pero por dentro—

Algo se estaba rompiendo otra vez.

¿Cuántos más…?

No había respuesta.

Nunca la había.

Esto no es natural…

Pero tampoco podía decirlo.

Nadie podía.

Porque en ese mundo…

Las verdaderas causas…

No tenían nombre.

Salió de la sala.

La puerta se cerró detrás de ella con un sonido suave.

Demasiado suave.

Como si nada hubiera pasado ahí dentro.

Como si alguien no estuviera muriendo lentamente a unos metros de distancia.

Caminó.

Uno.

Dos.

Tres pasos.

Y entonces—

Se detuvo.

Su cuerpo simplemente… dejó de responder.

Sus manos comenzaron a temblar otra vez.

Más fuerte.

Más visible.

Más imposible de ignorar.

—¿Para qué…?

Sus labios apenas se movieron.

La voz no salió completa.

Se quebró antes de existir.

—¿Para qué hago todo esto…?

Miró sus manos.

Las mismas manos que curaban.

Las mismas manos que sostenían.

Las mismas manos que prometían.

Y fallaban.

—No puedo salvarlos…

Su respiración se rompió en el siguiente intento.

Irregular.

Inestable.

—No puedo salvar a nadie…

Las palabras no eran dramáticas.

No eran exageradas.

Eran reales.

Dolorosamente reales.

Cerró los ojos con fuerza.

Como si eso pudiera detener lo que venía después.

Pero no pudo.

Nunca podía.

—Ni siquiera a él…

El nombre no salió.

No hacía falta.

Apareció igual.

Como siempre.

Dark.

Su mente lo trajo sin pedir permiso.

Su mirada cansada.

Sus ojeras que intentaba ocultar.

Esa sonrisa…

Esa maldita sonrisa suave que decía “estoy bien”…

cuando claramente no lo estaba.

Cuando ella sabía que no lo estaba.

Cuando nadie parecía verlo… excepto ella.

—No estoy haciendo suficiente…

Sus dedos se cerraron lentamente.

Sus uñas se clavaron en su piel.

Necesitaba sentir algo distinto.

Algo que no fuera impotencia.

—Ni en el hospital…

Un paciente más.

Otro más.

Otro que no pudo salvar.

—Ni en la escuela…

Clases perdidas.

Tiempo perdido.

Personas que necesitaban respuestas que ella no tenía.

—Ni con él…

Esa fue la que más dolió.

Su voz se quebró completamente.

—No soy suficiente…

Y ahí…

Ahí llegó el silencio.

No un silencio tranquilo.

No uno que calma.

Sino uno pesado.

Denso.

Peligroso.

El tipo de silencio donde los pensamientos no se detienen…

Se repiten.

Se clavan.

Se deforman.

—No eres suficiente.

—Nunca lo has sido.

—Solo estás retrasando lo inevitable.

Alya apretó más los puños.

Su respiración se volvió corta.

Irregular.

No.

Intentó responder.

Pero la voz no salía.

No…

Dio un paso atrás.

Su espalda tocó la pared.

Fría.

Real.

Lo único estable en ese momento.

No puedo pensar así…

Pero ya lo estaba haciendo.

Y no podía detenerlo.

Porque una parte de ella…

Una parte muy profunda…

Lo creía.

Entonces—

Un recuerdo.

Pequeño.

Frágil.

Pero firme.

Una mano.

Más pequeña que la suya.

Sujetándola.

Apretando con fuerza.

Una voz débil.

Pero llena de algo que ella ya no sentía en ese momento.

—“Gracias…”

Los ojos de la niña.

Esa niña.

La que aún seguía luchando.

La que aún la miraba como si Alya fuera suficiente.

Como si Alya fuera… esperanza.

La respiración de Alya se detuvo un segundo.

Luego—

Entró de golpe.

Profunda.

Dolorosa.

Pero viva.

Sus manos dejaron de temblar… un poco.

No del todo.

Nunca del todo.

—…No…

Susurró.

Más firme esta vez.

—No puedo salvar a todos…

Sus dedos se relajaron lentamente.

Las marcas de sus uñas quedaron en su piel.

—Pero puedo intentar salvar a alguien…

Abrió los ojos.

Lentos.

Pesados.

Pero distintos.

No estaban bien.

Ni cerca.

Pero ya no estaban rotos del todo.

—Y eso tiene que ser suficiente…

No porque lo creyera completamente.

Sino porque era lo único que tenía.

Se separó de la pared.

Enderezó la espalda.

Secó rápidamente la humedad en sus ojos con el dorso de la mano.

Nadie debía verla así.

No ahora.

No aquí.

Dio un paso.

Luego otro.

Su ritmo volvió.

Lento.

Pero firme.

Porque aunque se estuviera rompiendo por dentro…

Alya aún caminaba.

Y mientras caminara…

Aún no había terminado.

—Alya…

Una voz pequeña.

Suave.

Frágil… como si pudiera romperse en cualquier momento.

La sacó de su trance.

Abrió los ojos lentamente.

El cansancio seguía ahí.

Pesado.

Aplastante.

Pero esa voz…

Esa voz siempre lograba atravesarlo.

Giró la cabeza.

Al final del pasillo…

La habitación.

Sin pensarlo demasiado, caminó hacia ella.

Cada paso…

Más ligero que el anterior.

Como si, por primera vez en horas—

Su cuerpo recordara cómo moverse sin dolor.

Abrió la puerta.

Y el mundo…

Bajó el volumen.

El ruido del hospital.

Los gritos.

Las máquinas.

El olor.

Todo quedó atrás.

Ahí, en la cama—

La niña.

Pequeña.

Demasiado pequeña.

Su piel era pálida, casi sin color, como porcelana sin vida.

Su cabello amarillo caía suavemente sobre la almohada, fino como hilos de luz.

Y sus ojos…

Azules.

Pero no intensos.

Eran suaves.

Como el cielo en una mañana tranquila.

Y aun así—

Sonreía.

—Viniste…

Alya se acercó despacio.

Como si temiera romper ese momento.

Y por primera vez en todo el día…

Sonrió de verdad.

No por compromiso.

No por deber.

Sino porque quería.

—Claro que vine.

Se sentó a su lado.

Con cuidado.

Como si incluso el colchón pudiera lastimarla.

—¿Cómo te sientes hoy?

La niña dudó.

Bajó un poco la mirada.

—…Un poquito peor.

Alya no cambió su expresión.

Pero sus ojos…

Sí.

Un destello breve.

Dolor.

Impotencia.

La enfermedad avanzaba.

Lenta.

Cruel.

El cuerpo de la niña se debilitaba día a día.

Su piel perdía color.

Su pulso… cada vez más débil.

Y en su interior—

Su sangre…

Dejaba de ser sangre.

Transformándose lentamente en un líquido claro, extraño.

Como agua que no debía existir dentro de un cuerpo humano.

Pero Alya no dejó que nada de eso se reflejara en su voz.

—Pero estás aquí.

Dijo suavemente.

La niña levantó la mirada.

Y asintió.

—Sí.

Alya tomó su mano.

Fría.

Demasiado fría.

Como si el calor del mundo la hubiera abandonado hace tiempo.

Apretó con suavidad.

—Entonces aún podemos hacer algo.

La niña la miró.

Con esa mezcla de inocencia y miedo que solo alguien tan pequeño puede tener.

—¿De verdad?

Y ahí estaba.

El momento.

La verdad—

O la esperanza.

Alya sostuvo su mirada.

Firme.

Sabe que tal vez está mintiendo

Sabe que no entiende la enfermedad

Sabe que no tiene una solución

Pero también sabe algo más—

No puede dejarla sola.

—Sí.

Su voz no tembló.

—Te voy a cuidar.

Apretó un poco más su mano.

—Y voy a encontrar la forma de ayudarte.

La niña la observó unos segundos.

Como si estuviera evaluando esas palabras.

Como si supiera… que el mundo no siempre cumple lo que promete.

Pero aun así—

Sonrió.

Una sonrisa pequeña.

Frágil.

Pero completamente real.

—Entonces… no tengo miedo.

Y eso—

Eso rompió algo dentro de Alya.

No hacia afuera.

No como antes.

No con dolor.

Hacia adentro.

Porque en ese instante entendió algo—

No podía salvar a todos.

Tal vez no podía salvar a nadie.

Pero sí podía hacer esto.

Estar ahí.

Hacer que alguien…

No tuviera miedo.

Sus dedos acariciaron suavemente el cabello amarillo de la niña.

Con una delicadeza que no había mostrado en todo el día.

—Oye…

Dijo la niña en voz baja.

—¿Tú tienes familia?

Alya se quedó en silencio un segundo.

Y entonces—

Una imagen apareció en su mente.

Dark.

Su sonrisa cansada.

Sus ojos que siempre ocultaban algo.

La forma en que intentaba ser fuerte incluso cuando no podía.

Su pecho dolió.

Pero no de la misma forma que antes.

—…No exactamente. O bueno si tengo a mis padres y mi molesta hermana menor.

Respondió en voz baja.

—Pero…

Hizo una pequeña pausa.

Sus dedos se entrelazaron suavemente con los de la niña.

—Me gustaría tener una.

La niña la miró con curiosidad.

—¿Con quién?

Alya sonrió.

Esta vez más suave.

Más íntima.

—Con alguien importante para mí.

La niña ladeó un poco la cabeza.

—¿Te hace feliz?

Alya no dudó.

—Sí.

Y por primera vez en mucho tiempo—

Esa respuesta fue completamente honesta.

La niña sonrió más.

—Entonces seguro sería una familia bonita.

Algo cálido se encendió en el pecho de Alya.

Pequeño.

Pero firme.

Una casa.

Risas.

Silencio tranquilo.

No gritos.

No muerte.

Un futuro.

Con él.

—Sí…

Susurró.

—Eso me gustaría.

La niña cerró un poco los ojos.

Cansada.

Pero tranquila.

—Entonces… cuando me cure…

¿puedo visitarlos?

El corazón de Alya se detuvo un instante.

Dolió.

Pero no apartó la mirada.

No esta vez.

—Claro.

Su voz fue suave.

Pero firme.

—Siempre serás bienvenida.

La niña asintió.

Satisfecha.

—Entonces… me voy a poner bien.

Y esa frase—

Tan simple.

Tan imposible—

Se convirtió en algo sagrado para Alya.

Se inclinó ligeramente.

Y besó su frente con suavidad.

—Descansa.

Susurró.

Y mientras la niña cerraba los ojos lentamente—

Alya permaneció ahí.

Sin moverse.

Sin pensar en el hospital.

Ni en el cansancio.

Ni en el dolor.

Solo en eso.

En ese pequeño momento.

Y en el deseo—

Cada vez más fuerte—

De algún día…

Tener algo así de verdad.

Una familia.

Con Dark.

Y por primera vez en todo el día…

Alya no se sentía rota.

Sino…

Humana.

La puerta se cerró a su espalda con un sonido suave.

Alya se quedó quieta unos segundos.

Inmóvil.

Como si su cuerpo no terminara de decidir si seguir…

o simplemente dejarse caer.

Finalmente, dio un paso.

Luego otro.

Se detuvo frente a la ventana.

El cielo estaba cubriéndose lentamente.

No era noche aún…

pero la luz ya no tenía fuerza.

Gris.

Pesado.

Casi asfixiante.

Apoyó la mano contra el vidrio frío.

—Voy a tomar horas extra…

murmuró.

No fue una decisión.

Fue una condena que aceptó sin discutir.

—No puedes seguir así.

La voz llegó desde atrás.

Suave… pero firme.

Alya no se giró.

Sus dedos se tensaron levemente contra el cristal.

—Te estás destruyendo.

Silencio.

El tipo de silencio que no calma…

sino que pesa.

—Ya lo sé.

Su voz salió baja.

Sin defensa.

Sin excusas.

Solo verdad.

Otra pausa.

Más larga.

Más incómoda.

—Pero si me detengo…

Sus labios temblaron apenas.

Casi imperceptible.

—¿Quién va a hacerlo?

Giró lentamente la cabeza.

Sus ojos encontraron a su compañera.

Y ya no eran solo cansancio.

Había algo más.

Algo que no debería estar ahí.

Determinación… llevada demasiado lejos.

—No soy una diosa.

Sus palabras no sonaban como queja.

Sonaban como límite.

—No puedo salvar a todos.

Bajó la mirada.

Por un instante…

solo un instante…

pareció quebrarse.

—Pero voy a intentarlo de todas formas.

Alzó los ojos de nuevo.

Más firmes.

Más peligrosos.

—Aunque esté prohibido.

Un leve temblor recorrió su mano.

No era debilidad.

Era poder contenido.

La energía Luminaria vibró bajo su piel.

Silenciosa.

Latente.

Observando.

Esperando.

—Aunque me rompa…

Sus dedos se cerraron lentamente.

Hasta formar un puño.

—Voy a protegerlos.

No fue una promesa.

Fue un juramento.

De esos que no se rompen…

aunque destruyan a quien los hace.

Y entonces—

un pensamiento cruzó su mente.

Uno tras otro.

Sin orden.

Sin control.

Dark…

su sonrisa cansada.

Kimberly…

su terquedad, su fuego.

Su madre…

lejana… pero presente.

Won Ho.

Xia.

Minho.

Airi.

La niña.

Sus pacientes.

Los que gritan.

Los que suplican.

Los que ya no pueden hablar.

Todos.

Su pecho dolió.

Pero no retrocedió.

—No voy a elegir a quién amar.

Susurró.

Casi como si se lo dijera a sí misma.

—Voy a amar a todos los que pueda salvar.

Sus ojos se endurecieron.

No con frialdad.

Con decisión.

Y ahí…

en ese instante silencioso…

Alya dejó de ser solo una sanadora.

Se convirtió en algo más.

Algo peligroso.

Porque las personas que quieren salvarlo todo…

son las primeras en romperse.

Y también…

las únicas capaces de desafiar incluso las leyes de su propio mundo.

La clase estaba… viva.

No por interés.

Sino por ruido.

El murmullo constante de voces, hojas moviéndose, sillas arrastrándose… una normalidad casi molesta después de todo lo demás.

Y en medio de eso—

ellos.

Won-ho estaba inclinado hacia atrás en su silla, riéndose sin ninguna intención de disimular.

—¡Te juro que no fui yo!

Minho lo miraba con incredulidad mientras terminaba algo de comer que claramente no debía estar permitido en clase.

—Hermano, te vi.

—¡Eso no prueba nada!

—Tenías el pan en la mano.

—¡Evidencia circunstancial!

Leo, sentado a su lado, soltó una risa.

—Me cae bien este tipo.

Señaló a Won-ho con el pulgar.

—Tiene alma de criminal pero cero talento para ocultarlo.

—¡Oye!

—No lo niegues.

Sasha, desde el otro lado, apoyó el codo sobre el escritorio.

—Sí, definitivamente no sobrevivirías en nada serio.

Won-ho se llevó la mano al pecho.

—¿Tú también?

—Solo digo la verdad.

Minho soltó una carcajada.

—Me agrada más desde que llegó.

Leo asintió.

—Somos un aporte al equipo.

—Nadie dijo que fueran equipo —murmuró Xia desde atrás.

Silencio.

No incómodo.

Pero sí suficiente para recordar que…

no todo ahí era normal.

Airi levantó la mirada un segundo desde su teléfono.

Observó.

Registró.

Y volvió a bajar la vista.

Kimberly, en cambio, ignoraba completamente cualquier tensión.

—Oigan, ¿y si después vamos por comida?

—Otra vez… —murmuró Xia.

—Siempre es buena idea —respondió Minho sin dudar.

—Apoyo la moción —añadió Leo.

—Traidor —dijo Sasha sin mirarlo.

—Prioridades.

Risas.

Pequeñas.

Reales.

Por unos segundos…

todo parecía normal.

Pero no para todos.

Sasha giró ligeramente la cabeza.

Sus ojos—

directos.

A Dark.

Él estaba en su lugar.

Callado.

Como siempre.

El cuaderno abierto.

Sin escribir.

Sin leer.

Solo… ahí.

Como si su cuerpo asistiera a clase—

pero él no.

Sasha lo observó unos segundos más.

Evaluando.

Midiendo.

Luego habló.

Sin rodeos.

—Oye.

Dark levantó la mirada.

Lento.

—¿Qué?

Silencio breve.

—¿Siempre eres así?

—¿Así cómo?

—Como si no estuvieras aquí.

Silencio.

Minho dejó de hablar.

Won-ho dejó de reír.

Leo sonrió apenas.

Esto se iba a poner interesante.

Dark sostuvo la mirada.

No molesto.

No incómodo.

Solo… cansado.

—Depende.

—¿De qué?

—De si vale la pena estarlo.

Silencio.

Respuesta directa.

Sin defensa.

Sasha entrecerró ligeramente los ojos.

—Entonces esta clase no vale la pena.

—No.

—Honesto.

—Práctico.

Leo soltó una risa baja.

—Me agrada más cada vez.

Sasha no le hizo caso.

Seguía mirando a Dark.

—Otra.

—…

—¿Por qué ellos?

La pregunta cayó más pesada.

Más real.

No superficial.

No casual.

Kim dejó de moverse.

Airi levantó la mirada.

Xia…

observó.

Dark no respondió de inmediato.

Miró al frente.

Luego a ellos.

Won-ho.

Minho.

Kim.

Airi.

Xia.

Una pausa.

Pequeña.

Pero suficiente.

—Porque se quedaron.

Silencio.

Sasha no esperaba eso.

—¿Eso es todo?

—Es suficiente.

No hubo arrogancia.

No hubo discurso.

Solo verdad.

Simple.

Pesada.

Real.

Sasha lo sostuvo unos segundos más.

Buscando grietas.

Mentiras.

Algo.

No encontró nada.

Chasqueó la lengua suavemente.

—Qué respuesta tan molesta.

Leo sonrió.

—Traducción: le gustó.

—Cállate.

—Confirmado.

Del otro lado—

Xia observaba.

Silencio interno.

Variables actualizadas.

Leo: Ruidoso. Adaptable. Baja amenaza. Alta utilidad social.

Sasha: Directa. Perceptiva. Molesta. Potencial riesgo.

Pausa.

No eliminar.

Aún.

Su mirada se deslizó hacia Dark.

Y se detuvo ahí un segundo más.

Siempre vuelve a él.

Siempre.

—Oigan… —murmuró Won-ho, rompiendo el momento.

—¿Entonces sí vamos a comer después?

Silencio.

Luego—

—Sí.

—Obvio.

—Claro.

—Mientras no hables con la boca llena.

—¡Eso fue una vez!

—Fueron tres.

Risas otra vez.

Más ligeras.

Más humanas.

Y en medio de todo—

Dark bajó la mirada.

Sus dedos se cerraron levemente sobre el bolígrafo.

Las voces seguían.

Las risas también.

Pero dentro de él—

el ruido era otro.

Más bajo.

Más oscuro.

Más persistente.

“Todo lo que amas… puede ser tomado.”

Su expresión no cambió.

No reaccionó.

No se movió.

Pero—

por un segundo—

su mano tembló.

Y nadie lo notó.

Excepto—

Xia.

Silencio.

Registro.

Confirmación.

El problema no es externo.

Es él.

La campana sonó.

Y la normalidad—

se rompió otra vez.

Pero eso…

solo era el comienzo.

La oficina de las Polillas Diurnas no tenía ventanas.

No porque no pudiera.

Sino porque no lo necesitaba.

La luz blanca caía desde el techo sin variación, sin calidez, sin intención de parecer humana. Las paredes eran lisas, perfectas… estériles. Como si el lugar mismo rechazara cualquier rastro de emoción.

En el centro—

una mesa larga.

Oscura.

Pulida.

Y alrededor—

figuras.

No sombras.

No personas.

Algo… intermedio.

—El patrón se repite.

La voz fue seca. Precisa.

Un expediente se deslizó sobre la mesa.

—Múltiples incidentes. Actividad no registrada. Alteraciones en zonas controladas.

Otra figura cruzó las manos.

—¿Confirmación?

—No completa.

Pausa.

—Pero consistente.

Silencio.

El tipo de silencio donde no se duda.

Se decide.

—El grupo.

Esa palabra bastó.

Un gesto.

Un archivo más.

Imágenes.

Reportes.

Observaciones.

Dark.

Xia.

Airi.

Won-ho.

Minho.

Kimberly.

Leo.

Sasha.

Todos.

—Ya no es un caso aislado.

—Nunca lo fue.

—Subestimamos el alcance.

Otra pausa.

Más corta.

Más peligrosa.

—¿El agente?

—Kaito sigue asignado.

Un leve cambio en el ambiente.

Casi imperceptible.

—¿Confianza?

Silencio.

Uno más largo.

—Limitada.

Eso lo decía todo.

—Tiene historial de desviación en criterio.

—Tiene… moral.

La palabra cayó como un error en el sistema.

—Eso es un problema.

—O una herramienta.

—Depende de quién la use.

Silencio.

Decisión.

—Se mantiene en el caso.

—Pero no solo.

Un leve movimiento.

Casi invisible.

—Asignen un segundo observador.

—Encubierto.

—Sin notificación.

—Si Kaito falla…

La frase no terminó.

No hacía falta.

Todos entendieron.

—Ejecuten.

Y así—

sin emoción.

Sin duda.

Sin ruido—

la decisión quedó sellada.

Kaito ya lo sabía…

antes de que se lo dijeran.

No por información.

Por sensación.

Ese leve cambio en el ambiente.

Esa presión silenciosa en la base de la nuca.

Como si algo…

lo evaluara.

Aun así—

no dudó.

—Acepto.

Su voz fue firme.

Sin vacilación.

Pero cuando se giró para salir—

sus ojos cambiaron apenas.

Porque aceptar…

no significa confiar.

El aire fuera del edificio era distinto.

Más real.

Más sucio.

Más… humano.

Kaito caminó sin prisa.

Pero su mente no se detuvo.

El grupo.

Otra vez.

Demasiadas coincidencias.

Demasiadas anomalías.

Demasiado… todo.

Y en medio de eso—

ellos.

No parecían peligrosos.

No de la forma habitual.

Y eso…

era lo que más le preocupaba.

Exhaló lentamente.

—Necesito respuestas.

Y solo había alguien—

que podía dárselas.

La tarde caía lentamente sobre Amberlath.

La escuela comenzaba a vaciarse.

Puertas cerrándose.

Voces alejándose.

El eco de un día que fingía normalidad.

El profesor Adermat caminaba por el pasillo con su habitual calma, una carpeta bajo el brazo.

Desde fuera… era solo eso.

Un docente más terminando su jornada.

Pero no lo era.

Nunca lo fue.

Al cruzar la puerta principal, el aire frío lo recibió.

El cielo ya comenzaba a tornarse gris.

Y entonces—

—Llegas tarde.

La voz vino desde un costado.

Adermat no se detuvo de inmediato.

Solo giró ligeramente la cabeza.

Apoyado contra la reja, con las manos en los bolsillos, estaba Kaito.

Tranquilo.

Pero no relajado.

Nunca relajado.

—Estoy trabajando —respondió Adermat sin cambiar el tono—. A diferencia de otros.

Kaito esbozó una media sonrisa.

—Touché.

Se separó de la reja y se acercó un par de pasos.

No demasiado.

La distancia justa.

Siempre la distancia justa.

—Las Polillas Diurnas están inquietas.

Adermat lo miró ahora directamente.

Silencio.

—Eso no es nuevo.

—Esta vez sí lo es.

Kaito bajó ligeramente la voz.

—No es solo Dark.

Pausa.

—Es todo el grupo.

El viento pasó entre ambos, arrastrando hojas secas por el suelo.

Adermat no reaccionó de inmediato.

—¿Y?

—Desapariciones. Energía inestable. Movimientos fuera de patrón.

Los ojos de Kaito se afilaron apenas.

—Y demasiadas coincidencias.

Adermat soltó un leve suspiro.

—Siempre buscan patrones donde no los hay.

—No esta vez.

Silencio.

Más denso.

Más real.

Kaito dio un paso más cerca.

—Van a enviar a alguien más.

Ahí—

una pausa.

Pequeña.

Pero importante.

—¿Además de ti?

—Sí.

La respuesta fue directa.

Sin orgullo.

Sin molestia.

Solo… realidad.

—No confían en mí.

Adermat lo observó con más atención ahora.

—¿Y deberían?

Kaito no respondió de inmediato.

Sus ojos… cambiaron ligeramente.

—No lo sé.

Una pausa.

—Pero yo sé algo.

Adermat esperó.

—Esto se va a salir de control.

El silencio entre ambos ya no era casual.

Era decisión.

—Por eso vine —continuó Kaito—. Para darte la oportunidad.

—¿De qué?

—De actuar antes que ellos.

El nombre no fue mencionado.

Pero ambos sabían a quién se refería.

Los chicos.

El grupo.

Sus alumnos.

Su responsabilidad.

Adermat cerró ligeramente los ojos… y luego los abrió.

Tranquilo.

Demasiado tranquilo.

—No.

Kaito frunció el ceño.

—¿No?

—Vamos a esperar.

El aire pareció tensarse.

—Eso es un error.

—Es una decisión.

—Adermat—

—Kaito.

Su voz lo detuvo.

No fue fuerte.

Pero fue firme.

Inamovible.

—Aún no es el momento.

Kaito apretó ligeramente la mandíbula.

—Cuando lo sea… ya será tarde.

Silencio.

El tipo de silencio donde ninguno de los dos está dispuesto a ceder.

—Tal vez —respondió Adermat.

Pausa.

—Pero si intervienes ahora…

Su mirada se endureció apenas.

—Podrías provocar exactamente lo que intentas evitar.

Kaito lo sostuvo.

Analizando.

Midiendo.

Como si intentara ver más allá de sus palabras.

—Estás apostando demasiado.

—Siempre lo hago.

Otra pausa.

Más larga.

Más peligrosa.

Kaito exhaló lentamente.

—Van a vigilarlos.

—Lo sé.

—Van a acercarse.

—Lo sé.

—Y si encuentran algo…

Adermat no respondió.

No hacía falta.

Ambos conocían el final de esa frase.

Kaito retrocedió un paso.

—Entonces supongo que ya elegiste bando.

Adermat lo miró.

Sin duda.

—Hace tiempo.

Silencio.

El viento volvió a soplar.

—…Ten cuidado.

La voz de Kaito fue más baja ahora.

Menos agente.

Más… humano.

—Tú también.

Kaito asintió levemente.

Se giró.

Y comenzó a alejarse.

Pero antes de desaparecer entre la calle—

—No soy el único que los observa.

Adermat no se movió.

—Lo sé.

Kaito sonrió apenas.

Sin humor.

Sin ligereza.

—Entonces esto va a ser interesante.

Y se fue.

El sonido de sus pasos se perdió entre la ciudad.

Adermat permaneció ahí unos segundos más.

Inmóvil.

Pensando.

No en las Polillas.

No en Kaito.

Sino en ellos.

En lo que venía.

En lo inevitable.

—Aún no…

Murmuró.

Más para sí mismo que para el mundo.

Y luego—

retomó su camino.

Como si nada estuviera a punto de romperse.

El cielo estaba cubierto.

No oscuro.

Pero sí… pesado.

Las nubes se extendían como una capa uniforme sobre Amberlath, apagando los colores, suavizando las sombras… como si el mundo estuviera conteniendo algo.

Y aun así—

ellos reían.

El parque estaba lleno.

Niños corriendo.

Personas caminando.

El murmullo constante de una tarde común.

Y en medio de eso—

el grupo.

—¡Te dije que pidieras dos! —protestó Kim, intentando arrebatarle algo a Minho.

—¡Pedí dos! ¡Este es el segundo! —respondió él, protegiendo su comida como si fuera su vida.

—Eso no cuenta si te los comes tú solo.

—Claro que cuenta.

—No cuenta.

—Cuenta.

—No.

—Sí.

—¡NO!

—¡SÍ!

—…van a pelear de verdad —murmuró Leo con una sonrisa.

—Déjalos —respondió Sasha, cruzada de brazos—. Selección natural.

Won-ho soltó una carcajada.

—Apuesto por Kim.

—Yo por Minho —dijo Leo.

—Yo por el hambre —añadió Sasha.

Risas.

Reales.

Ligeras.

Por un momento—

todo encajaba demasiado bien.

A unos pasos, Miriam caminaba junto a Airi, observando el entorno con curiosidad tranquila.

—No pensé que aceptarías venir —comentó Airi sin levantar la mirada del todo.

—Yo tampoco.

Miriam sonrió suavemente.

—Pero necesitaba aire.

Pausa.

—Y ustedes… son interesantes.

Airi asintió apenas.

Eso… tenía sentido.

Xia caminaba un poco más atrás.

Como siempre.

Observando.

Midiendo.

El parque.

Las salidas.

Las personas.

Los puntos ciegos.

Nada fuera de lugar.

Aún.

Su mirada pasó por cada uno.

Kim.

Minho.

Won-ho.

Leo.

Sasha.

Airi.

Miriam.

Y entonces—

Dark.

Se detuvo apenas.

No físicamente.

Pero sí… en atención.

Dark estaba sentado en una banca.

Con la comida en las manos.

Intacta.

No había dado ni un bocado.

Solo miraba al frente.

Sin expresión clara.

Como si el ruido alrededor no terminara de alcanzarlo.

—Oye.

Won-ho se acercó.

—¿No vas a comer?

Silencio.

Dark bajó la mirada un segundo.

—No tengo hambre.

Otra vez.

La misma respuesta.

El mismo tono.

Plano.

Demasiado plano.

Won-ho frunció ligeramente el ceño.

—Eso dijiste en la mañana.

—Y sigue siendo cierto.

—También ayer.

Silencio.

Dark no respondió.

Solo apretó levemente el envoltorio en sus manos.

Won-ho lo observó unos segundos más.

Recordó.

La noche.

El abrazo.

Las palabras.

“…hay días en los que todo pesa.”

Exhaló suavemente.

—Deberías comer algo.

—Luego.

—Siempre dices luego.

—Porque luego lo hago.

—No es verdad.

Silencio.

Un poco más pesado.

Pero no hostil.

No entre ellos.

Desde el pasto—

—¡OYE DARK! —gritó Kim— ¡SI NO LO QUIERES YO SÍ!

—No —respondió él sin levantar la voz.

—¡EGOÍSTA!

—Cómprate el tuyo.

—¡YA ME LO COMÍ!

—Entonces ese es tu problema.

Leo soltó una risa.

—Me cae mejor cuando responde así.

—Tiene potencial —añadió Sasha.

Won-ho sonrió apenas.

Pequeño.

Pero real.

—Al menos eso no ha cambiado.

Dark no respondió.

Pero—

por un segundo—

sus labios se curvaron apenas.

Casi imperceptible.

El viento pasó entre los árboles.

Las hojas se movieron suavemente.

El cielo seguía cubierto.

Como si algo…

se acercara lentamente.

Sin prisa.

—¿Saben qué? —dijo Leo de repente—. Este es probablemente el momento más normal que hemos tenido en semanas.

—No lo arruines —respondió Sasha de inmediato.

—No lo estoy arruinando.

—Lo estás diciendo en voz alta.

—¿Y?

—Eso siempre lo arruina.

Minho levantó la mano.

—Confirmo.

—Confirmo —repitió Won-ho.

Kim rodó los ojos.

—Son unos paranoicos.

Xia no dijo nada.

Pero pensó—

Correcto.

Miriam observó al grupo en silencio.

Sus miradas.

Sus dinámicas.

Sus pequeñas grietas.

Y sonrió apenas.

—No parecen lo que son.

Airi respondió sin mirarla.

—Nadie lo parece.

El tiempo pasó.

Entre risas.

Comentarios absurdos.

Pequeñas discusiones sin importancia.

Un instante…

casi feliz.

Hasta que—

—Bueno, yo me voy.

La voz de Won-ho rompió el ritmo.

Kim levantó la mirada.

—¿A dónde?

—Tengo algo que hacer.

Minho frunció el ceño.

—¿Otra vez?

—Sí.

Leo sonrió.

—Misterioso.

Sasha lo miró.

—Déjalo.

Airi solo observó.

Xia…

registró.

Dark levantó ligeramente la mirada.

—¿Vas con ella?

Won-ho asintió.

—Sí.

Una pausa.

—Nos vemos luego.

—No llegues tarde —murmuró Kim.

—No prometo nada.

—Entonces trae comida.

—Eso sí.

Pequeñas risas.

Ligero.

Natural.

El “entonces trae comida” de Kim aún flotaba en el aire cuando Won-ho levantó la mano en despedida y empezó a alejarse.

—¡Y algo dulce! —añadió ella, dando un paso hacia adelante.

—¡No prometo nada! —respondió él sin girarse.

—¡TACAÑO!

—¡TRABAJADORA EXPLOTADA!

—¡ESO NI TIENE SENTIDO!

Risas.

Won-ho desapareció entre la gente.

Y el grupo volvió a acomodarse… en ese equilibrio extraño entre normalidad y todo lo demás.

Won-ho se detuvo.

Miró atrás.

Al grupo.

A ellos.

Por un segundo…

todo se sintió en su lugar.

Luego—

se giró.

Y se fue.

Dark lo observó alejarse.

En silencio.

Sus dedos se cerraron levemente.

La comida seguía intacta.

El cielo—

seguía nublado.

Y en algún lugar—

muy dentro de él—

algo no se sentía bien.

No sabía qué.

No sabía por qué.

Pero estaba ahí.

Esa sensación.

Pequeña.

Fría.

Persistente.

Como una advertencia que aún no tenía forma.

Y mientras las risas continuaban detrás—

el mundo…

seguía avanzando.

Directo hacia algo—

que ninguno de ellos estaba listo para enfrentar.

Kim se dejó caer en el pasto otra vez.

—Bueno… ahora sí me quedé con hambre.

—Eso no es novedad —murmuró Minho.

—Cállate.

—Te comiste tres.

—Eran pequeños.

—Eran medianos.

—Eran emocionales.

—¿Qué?

—Comí por estrés.

Leo levantó la mano.

—Apoyo ese argumento.

—No lo hagas —dijo Sasha.

—Ya lo hice.

Desde la banca—

Dark observaba.

En silencio.

La bolsa de comida aún cerrada en sus manos.

Intacta.

Como si no existiera.

Kim giró la cabeza.

Lo vio.

Entrecerró los ojos.

—…Oye.

Silencio.

—¿Te vas a comer eso o lo estás adoptando?

Dark ni siquiera la miró.

—No tengo hambre.

—Perfecto.

Se levantó de golpe.

—Entonces dámelo.

—No.

—¿Cómo que no?

—Que no.

—¡Pero dijiste que no tienes hambre!

—Y no la tengo.

—¡ENTONCES PARA QUÉ LO QUIERES!

—Porque es mío.

—¡ESO ES EGOÍSMO!

—Eso es propiedad privada.

Leo se rió.

—Debate serio.

Kim cruzó los brazos.

Lo miró.

—Eres igual de glotón que Alya.

Silencio.

Un segundo.

Dos.

Y entonces—

Dark levantó la mirada.

—Eres igual de glotona que Alya.

…

Silencio absoluto.

…

Leo susurró:

—Oh no…

Sasha cerró los ojos un segundo.

—Error crítico.

Kim parpadeó.

Una vez.

Dos.

Sonrió.

Pero no era una sonrisa amable.

—¿Qué dijiste?

—Lo que escuchaste.

—Repítelo.

—No.

—Repítelo.

—No.

—Re—

THUD

Kim apareció frente a él en un instante y le soltó un sape limpio en la cabeza.

—¡RESPETA!

—¡¿QUÉ TE PASA?!

Dark se levantó de golpe.

—¡TÚ EMPEZASTE!

—¡TÚ LO EMPEORASTE!

—¡ESO NI TIENE SENTIDO!

—¡NO NECESITA TENERLO!

Kim intentó darle otro golpe.

Dark lo bloqueó.

—¡YA CÁLMATE!

—¡NO ME DIGAS QUE ME CALME!

—¡ENTONCES NO PEGUES!

—¡ENTONCES NO HABLES!

—¡ESO ES IMPOSIBLE!

—¡EXACTO!

Minho estaba doblado de la risa.

—Esto es mejor que cualquier entrenamiento.

Leo aplaudió una vez.

—Por fin acción real.

Airi miraba sin levantar la vista del todo.

—Van a romper algo.

—O a sí mismos —añadió Sasha.

Kim lanzó otro intento de golpe.

Dark lo esquivó por poco.

—¡YA, YA!

—¡NO, YA NO!

—¡KIM!

—¡DARK!

—¡KIMBERLY!

—¡NO ME DIGAS ASÍ!

—¡ENTONCES DEJA DE PEGAR!

—¡ENTONCES DEJA DE RESPONDER!

Silencio breve.

Se miraron.

Respirando agitado.

Tensos.

Y entonces—

Dark soltó una risa.

Corta.

Inesperada.

Real.

Kim se quedó congelada un segundo.

—…¿Te estás riendo?

—Un poco.

—¿UN POCO?

Y entonces—

ella también sonrió.

—Idiota.

—Tú empezaste.

—Sí, pero tú lo merecías.

—Probablemente.

El ambiente cambió.

Ligero.

Más suelto.

Más… vivo.

Sasha los observaba.

Y sin pensar demasiado, murmuró:

—…Es hermoso cuando sonríe.

Silencio.

Pequeño.

Pero suficiente.

Xia giró la cabeza.

Lento.

Preciso.

La miró.

—Tiene novia.

Directo.

Sin emoción.

Sasha no apartó la mirada de Dark.

—Lo sé.

—Entonces tu comentario es irrelevante.

—No necesariamente.

Ahora sí lo miró.

—Yo también espero que eso termine en algún momento.

Silencio.

Leo abrió los ojos.

—…wow.

Minho dejó de reír.

—Eso fue directo.

Airi levantó apenas la mirada.

Xia no respondió de inmediato.

Su expresión no cambió.

Pero—

su mano se llevó lentamente al pecho.

Un gesto mínimo.

Casi invisible.

Como si algo…

se tensara ahí dentro.

—Improbable.

Su voz salió baja.

Controlada.

—No que terminen.

Pausa.

Más lenta.

—Pero que él se fije en ti.

Sasha arqueó una ceja.

—Eso sonó personal.

Silencio.

Un segundo.

Dos.

Y entonces—

Xia parpadeó.

Una vez.

Su mano bajó.

Su postura volvió a ser la de siempre.

Recta.

Precisa.

Lejana.

—Observación objetiva.

Nada más.

Sasha la miró unos segundos.

Como si quisiera decir algo más.

Pero no lo hizo.

Solo cruzó los brazos.

—Claro.

A unos pasos—

Dark ya se había vuelto a sentar.

Su respiración aún un poco agitada.

La comida…

seguía intacta.

Pero esta vez—

no se veía igual.

Porque aunque no hubiera comido—

por un momento—

había estado presente.

De verdad.

Y bajo ese cielo nublado—

entre risas, golpes y verdades a medias—

algo pequeño había cambiado.

Nada grande.

Nada evidente.

Pero suficiente—

para que el equilibrio…

empezara a moverse.

La noche cayó sin avisar.

No hubo atardecer real. Solo… menos luz.

El hospital seguía igual.

Demasiado vivo para un lugar lleno de muerte.

Luces blancas. Pasillos interminables. El sonido constante de algo que nunca se detiene.

Alya caminaba.

Pero ya no parecía caminar por decisión.

Era inercia.

Un paso. Luego otro. Luego otro.

Su bata estaba ligeramente manchada. No lo suficiente para llamar la atención. Pero sí lo suficiente para que ella lo notara.

Siempre lo notaba.

—Doctora Alya—

No levantó la mirada de inmediato.

—Paciente en estado crítico. Sala 5.

Asintió.

Sin palabras.

Sin energía para usarlas.

Entró.

Otro cuerpo.

Otra historia que no iba a terminar bien.

Los mismos síntomas.

Venas oscuras. Pulso irregular. Esa maldita sangre que ya no era sangre.

El paciente temblaba.

No de frío.

De algo interno. Algo que no debería existir.

—…duele…

Alya se acercó.

Sus manos ya sabían qué hacer.

Pero su mente… ya sabía que no iba a servir.

Aún así—

—Estoy aquí.

Tomó su mano.

—No te voy a dejar solo.

Mentira.

Verdad.

Las dos cosas al mismo tiempo.

El paciente intentó apretar su mano.

Lo logró apenas.

—…no… quiero…

No terminó.

No pudo.

Alya tragó saliva.

—Lo sé.

Su voz fue suave.

Controlada.

Como si no estuviera rompiéndose por dentro.

—No tienes que decirlo.

Porque ella ya lo había escuchado antes.

Demasiadas veces.

Las máquinas seguían pitando.

El ritmo… cada vez más errático.

—Prepárense—

Dijo alguien detrás.

Alya no se movió.

No se apartó.

No soltó su mano.

Porque si lo hacía…

esto se volvía real.

Más de lo que ya era.

El monitor—

línea.

Recta.

Silencio.

…

Nadie habló por unos segundos.

Porque incluso en ese lugar…

la muerte aún tenía peso.

Alya cerró los ojos.

Un segundo.

Solo uno.

Luego—

soltó la mano.

Con cuidado.

Como si aún importara.

Como si aún pudiera sentir.

—Hora de fallecimiento…

La voz de otro médico llenó el vacío.

Alya no escuchó el resto.

Ya no.

Salió de la sala.

La puerta se cerró.

Y por un instante—

el mundo se quedó en silencio.

No el hospital.

No los pasillos.

No la gente.

Su mundo.

…

Caminó.

Sin rumbo claro.

Hasta detenerse en el mismo lugar de antes.

La ventana.

Siempre la ventana.

Apoyó ambas manos contra el vidrio.

Esta vez más fuerte.

Su respiración era irregular.

—…otro más…

Sus labios temblaron.

Pero no lloró.

No podía.

No ahí.

No ahora.

—¿Cuántos más…?

La pregunta salió sola.

Sin esperar respuesta.

Porque ya la sabía.

Muchos.

Demasiados.

Todos.

Su reflejo en el vidrio…

se veía cansado.

Vacío.

Irreconocible.

—No estoy salvando a nadie…

Sus dedos se tensaron.

—Solo estoy viendo cómo se mueren…

Cerró los ojos con fuerza.

—Y sigo diciendo que puedo ayudarlos…

Su voz se quebró apenas.

Apenas.

Pero suficiente.

—¿Qué clase de persona hace eso…?

Silencio.

El tipo de silencio que responde.

El tipo de silencio que acusa.

…

Entonces—

un recuerdo.

Pequeño.

Insistente.

—“Entonces… no tengo miedo.”

La niña.

Su sonrisa.

Sus ojos.

Su fe.

Alya abrió los ojos de golpe.

Su respiración volvió.

Dolorosa.

Pero firme.

—…no…

Negó lentamente.

—No es eso…

Sus manos se relajaron un poco.

—No estoy salvando a todos…

Sus dedos se cerraron otra vez.

Pero diferente.

No desesperación.

Decisión.

—Pero estoy salvando algo…

Un paso atrás.

Se separó de la ventana.

—Estoy evitando que mueran con miedo…

Otro paso.

—Estoy evitando que estén solos…

Su pecho dolía.

Pero ya no la detenía.

—Y eso… también importa…

No porque el mundo lo diga.

Sino porque ella lo decidió.

…

—Alya.

Otra voz.

Otra llamada.

Otro paciente.

Otra batalla perdida.

…

Giró.

Sin dudar.

—Voy.

Y caminó otra vez.

Más lenta.

Más cansada.

Más rota.

Pero aún en movimiento.

Porque Alya ya no estaba intentando ganar.

Ni salvar.

Ni arreglar.

Solo—

no rendirse.

Y a veces…

eso es lo único que mantiene a alguien vivo.

Aunque nadie más lo note.

Aunque nadie más lo entienda.

Aunque ni siquiera ella misma lo crea del todo.

La noche siguió avanzando.

Y Alya también.

Paso a paso.

Paciente a paciente.

Promesa tras promesa.

Rompiéndose—

sin detenerse.

Porque aún quedaba algo.

Muy pequeño.

Pero suficiente.

Para seguir.

La noche en Amberlath volvió a ser tranquila.

Demasiado tranquila.

Como si el mundo, después de todo el ruido del día… decidiera fingir que nada estaba mal.

La luz cálida de la casa de Lena rompía con esa ilusión.

Pequeña.

Sencilla.

Viva.

Hae Won-ho estaba sentado en la mesa.

Esta vez…

no dudó en entrar.

No pensó demasiado.

No se cuestionó si pertenecía o no.

Simplemente—

tocó la puerta.

Y entró.

—Sabía que vendrías.

Lena sonrió desde la cocina, sin siquiera voltear del todo.

Won-ho dejó escapar una pequeña risa.

—¿Ya es costumbre?

—Los hábitos se construyen rápido cuando son buenos.

Silencio breve.

Pero cómodo.

Diferente al de otros lugares.

—Siéntate, ya casi está listo.

—¿Puedo ayudar?

Lena lo miró por encima del hombro.

—Claro.

Pausa.

—No estorbes.

—Eso sí sé hacerlo bien.

—Entonces vas perfecto.

Won-ho se levantó.

Se acercó.

Torpe.

Sin saber exactamente qué hacer.

Pero queriendo quedarse.

Eso ya era suficiente.

—Corta esto —dijo Lena, pasándole un cuchillo.

—¿Así?

—No.

—¿Así?

—Peor.

—Bueno, lo intento.

—Eso también cuenta.

El sonido de los utensilios.

El vapor.

La comida formándose poco a poco.

No era especial.

No era compleja.

Pero—

se sentía importante.

—¿Siempre cocinas así? —preguntó Won-ho.

—¿Así cómo?

—Como si… no tuvieras prisa.

Lena sonrió levemente.

—La comida no debería hacerse con prisa.

—¿Por qué?

—Porque alguien la va a comer.

Silencio.

Won-ho bajó la mirada un segundo.

—Tiene sentido.

Se sentaron.

La mesa.

Otra vez.

Pero esta vez…

no dolía igual.

—Come —dijo Lena.

—Sí, señora.

—No me digas señora.

—Entonces Lena.

—Me gusta más.

Won-ho probó el primer bocado.

Cerró los ojos un segundo.

No por dramatismo.

Sino porque—

quería quedarse ahí.

—¿Está bueno?

—Sí.

Pausa.

—Muy.

Lena lo observó.

Y no dijo nada más.

Porque no hacía falta.

—¿Sabes? —dijo ella después de un rato—. Te ves menos perdido hoy.

Won-ho levantó la mirada.

—¿Eso es bueno?

—Es real.

Silencio.

—Creo que… estoy intentando quedarme.

—Eso es más difícil que irse.

—Lo sé.

Pausa.

—Pero vale la pena.

Lena asintió.

—Siempre lo vale.

La conversación siguió.

Pequeña.

Simple.

Historias de antes.

Momentos sin peso.

Risas suaves.

Nada grandioso.

Pero…

todo importante.

Y por un momento—

Won-ho sintió algo.

Algo que no venía del miedo.

Ni del deber.

Ni del dolor.

Sino de algo más simple.

Más humano.

—Gracias por esto.

Lena lo miró.

—Gracias por venir.

Silencio.

Pero uno bueno.

Uno que no necesitaba llenarse.

—Oye… —murmuró Won-ho.

—¿Sí?

Dudó.

Pero habló.

—Si un día… dejo de venir…

Lena no cambió su expresión.

—¿Quieres dejar de venir?

—No.

—Entonces no dejes de venir.

—No siempre depende de mí.

Silencio.

Lena lo sostuvo con la mirada.

—Entonces ven mientras puedas.

Pausa.

—Y cuando no puedas…

Su sonrisa fue suave.

—Te guardo un lugar.

Eso—

dolió.

Pero no como antes.

Dolió…

bien.

Mientras tanto—

en otro lugar—

la noche no era cálida.

La casa de Dark estaba en silencio.

Total.

Las luces apagadas.

El aire… quieto.

Pesado.

Dark estaba en el suelo.

Boca arriba.

Sin moverse.

Sin intención de hacerlo.

Moka estaba sobre su pecho.

Dormida.

Su respiración suave…

contrastando con la de él.

Irregular.

Cansada.

El techo.

Vacío.

Como su mente.

O al menos—

eso sentía.

No había pensamientos claros.

No había decisiones.

No había fuerza.

Solo—

peso.

Uno que no se veía.

Pero aplastaba igual.

La profecía.

Siempre ahí.

No como palabras.

Sino como presencia.

Como una sombra que no podía sacarse.

—…

Exhaló.

Largo.

Lento.

Pero no alivió nada.

No tenía hambre.

No tenía sueño.

No tenía ganas de levantarse.

Ni de hablar.

Ni de pensar.

Ni de existir activamente.

Solo estaba ahí.

Porque desaparecer…

aún no era una opción.

Moka se movió levemente.

Se acomodó mejor sobre él.

Como si supiera.

Como si entendiera algo que él no podía.

Dark cerró los ojos un segundo.

—…gracias…

Murmuró.

Casi sin voz.

El silencio volvió.

Más denso.

Más pesado.

Y entonces—

la puerta.

Se abrió.

—¿Dark?

La voz de Won-ho rompió la casa.

Un paso.

Dos.

Encendió la luz.

Y se congeló.

—¿QUÉ CARAJO?

Dark no reaccionó.

Solo giró levemente la cabeza.

—Hola.

—¡¿POR QUÉ ESTÁS TIRADO EN EL SUELO?!

—Estoy acostado.

—¡ESO NO ES ACOSTADO!

—Depende de la perspectiva.

—¡PARECES MUERTO!

—No lo estoy.

—¡CASI ME MATAS A MÍ!

Silencio breve.

Moka abrió un ojo.

Molesta.

Y volvió a dormir.

Won-ho se llevó una mano al pecho.

—…idiota…

Caminó hasta él.

—¿Desde cuándo estás así?

—No sé.

—¿Comiste?

—No.

—Claro que no.

Suspiró.

—Te traje comida.

Silencio.

Dark lo miró un segundo.

—Gracias.

Pero no se levantó.

Won-ho lo observó.

Más de lo que parecía.

Más de lo que dijo.

Y entendió algo.

No todo.

Pero lo suficiente.

Se dejó caer en el suelo a su lado.

—Eres un desastre.

—Lo sé.

—Pero uno funcional.

—A veces.

Silencio.

—Oye…

Dark no respondió.

Pero escuchaba.

—No tienes que decir nada.

Pausa.

—Solo… no te quedes así solo.

Silencio.

Más largo.

Más honesto.

Dark cerró los ojos.

No para escapar.

Sino para—

soportar.

—No sé cómo dejar de sentir esto.

Won-ho no respondió de inmediato.

Porque no tenía una respuesta.

—Entonces no lo dejes.

Dark frunció ligeramente el ceño.

—¿Qué?

—No lo dejes.

Pausa.

—Solo… no lo cargues solo.

Silencio.

Denso.

Pero distinto.

Moka se estiró.

Se acomodó entre ambos.

Como si decidiera que ese era su lugar.

Y por primera vez en toda la noche—

Dark no estaba completamente solo.

Mientras tanto—

en otra parte de la ciudad—

Alya seguía caminando entre pasillos.

Paciente tras paciente.

Rompiéndose en silencio.

Tres noches.

Tres batallas distintas.

Tres formas de resistir.

Y ninguna de ellas—

iba a terminar bien.

No todavía.

El amanecer no trajo calma.

Solo… luz.

Amberlath despertaba lentamente.

Calles húmedas. Cielo gris claro. Un día más que parecía normal.

—Te dije que vinieras.

Won-ho caminaba unos pasos adelante.

—No tenía opción.

Dark iba detrás.

Las manos en los bolsillos.

La mirada… baja.

—Claro que tenías.

—No.

—Correcto.

Silencio.

La casa de Lena apareció frente a ellos.

Igual que siempre.

Pequeña. Cálida. Familiar.

La cortina ligeramente movida.

Todo… en su lugar.

Won-ho sonrió levemente.

—¿Ves? Todo normal.

Dark no respondió.

Pero asintió apenas.

Won-ho tocó la puerta.

Una vez.

Dos.

—¿Lena?

Silencio.

—Tal vez está en la cocina —dijo, restándole importancia.

Giró la perilla.

La puerta no estaba cerrada.

Entraron.

El aire…

no era el mismo.

No había ruido.

No había movimiento.

No había vida.

—¿Lena?

La voz de Won-ho resonó más de lo que debería.

Demasiado.

La mesa.

Puesta.

Dos platos.

Dos tazas.

El desayuno… servido.

Aún caliente.

Dark frunció el ceño.

—…esto no está bien.

Won-ho no respondió.

Caminó más rápido.

—¿Lena?

Nada.

La cocina.

Vacía.

La sala.

Vacía.

El pasillo.

Vacío.

—No…

Su voz bajó.

—No, no, no…

Abrió una puerta.

Luego otra.

Luego otra.

Nada.

Volvió a la sala.

Respirando más rápido.

—No se fue.

Negó con la cabeza.

—Ella no se va así.

Dark miró alrededor.

No había señales de lucha.

No había desorden.

No había… nada.

Eso era lo peor.

—Llamemos a los demás.

Dijo Dark.

Won-ho asintió de inmediato.

Con manos temblorosas.

Minutos después—

la casa ya no estaba vacía.

—¿Qué pasó? —preguntó Minho.

—¿Por qué nos llamaste así? —añadió Airi.

Kim miraba todo con atención.

—…esto da mala espina.

Xia no habló.

Solo observaba.

Analizando.

Midiendo.

Leo y Sasha intercambiaron miradas.

Ellos también lo sentían.

Ese… vacío incorrecto.

—No hay señales de robo —dijo Airi.

—Ni de entrada forzada —añadió Sasha, recorriendo con la mirada.

—Todo está en su lugar —murmuró Minho.

—Exacto —dijo Won-ho.

Su voz… tensa.

—Eso es lo que no encaja.

Miró la mesa.

—Ella preparó el desayuno.

—Para nosotros.

Silencio.

—Lena no desaparecería así.

Más firme ahora.

Más seguro.

—No sin decir nada.

—No sin dejar rastro.

Apretó los puños.

—Esto no fue su decisión.

Silencio.

Pesado.

Real.

—Entonces fue alguien más —dijo Kim.

—Obviamente —murmuró Leo.

—Pero ¿quién? —añadió Sasha.

Xia dio un paso al frente.

—Esto no es un secuestro común.

—Es demasiado limpio.

—Demasiado… preciso.

Dark levantó ligeramente la mirada.

Como si ya supiera.

Como si algo en su interior…

ya estuviera respondiendo.

Y entonces—

toc.

El sonido fue suave.

Educado.

Casi elegante.

Todos giraron.

Al mismo tiempo.

La puerta.

toc… toc…

Nadie se movió.

Pero el aire cambió.

De golpe.

La perilla giró.

La puerta se abrió lentamente.

Y él estaba ahí.

Gael.

De pie.

Sonriendo.

Vestido impecable.

Postura relajada.

Como si estuviera llegando a una visita casual.

—Buenos días.

Su voz fue suave.

Casi encantadora.

Dio un paso dentro.

Cerró la puerta detrás de él con cuidado.

—Espero no interrumpir…

Su mirada recorrió el lugar.

Deteniéndose en cada uno.

Evaluando.

Disfrutando.

—Aunque parece que llegué justo a tiempo.

Silencio absoluto.

Won-ho dio un paso al frente.

—¿Dónde está Lena?

Directo.

Sin rodeos.

Gael inclinó ligeramente la cabeza.

Como si la pregunta fuera… interesante.

—Qué directa la juventud de hoy.

Sonrió más.

—Me agrada.

Kim dio un paso adelante.

Sus manos comenzaron a arder.

Llamas vivas.

—Te voy a quemar.

El viento se movió.

Xia.

Sus ojos… apenas cambiaron.

Ese tono rojizo emergiendo bajo la superficie.

—No.

Una palabra.

Pero suficiente para congelar el ambiente.

—Lo voy a desintegrar.

Gael rió.

Bajo.

Divertido.

—Perfecto.

Aplaudió una vez.

—Esa es la energía que buscaba.

Las llamas de Kim crecieron.

El aire alrededor de Xia se comprimió.

Y entonces—

Dark se movió.

Apareció entre ellas.

Deteniéndolas.

Una mano hacia Kim.

Otra hacia Xia.

—No.

Su voz fue baja.

Pero firme.

—¿QUÉ? —Kim lo miró.

—¡Quítate! —gruñó Xia.

—No aquí.

No ahora.

Silencio.

Tenso.

Al límite.

Gael observaba.

Sonriendo.

Como si todo esto fuera…

un espectáculo.

—Qué bonito.

Murmuró.

—De verdad.

—La rabia, el miedo, la desesperación…

Caminó lentamente.

Sin prisa.

—Todo tan… humano.

Se detuvo frente a ellos.

A unos metros.

Suficiente para ser peligro.

Suficiente para ser provocación.

—No se preocupen.

Levantó ligeramente las manos.

—Aún no he roto nada importante.

Pausa.

Miró a Won-ho.

Directamente.

—Todavía.

La sonrisa volvió.

Más afilada.

—Pero eso depende de ustedes.

Silencio.

Nadie se movió.

Nadie respiró normal.

Y ahí—

cara a cara—

sin posibilidad de retroceder—

el juego…

había comenzado.

El aire ya estaba tenso.

Pero Minho…

ya no estaba pensando.

—Tch…

Un paso.

Explosivo.

Directo.

Su puño salió disparado hacia el rostro de Gael.

Sin aviso.

Sin estrategia.

Solo rabia.

Y no llegó.

Gael lo detuvo.

Con una sola mano.

Elegante.

Preciso.

Como si hubiera estado esperándolo.

Silencio.

Minho apretó los dientes.

—Suéltame.

Gael lo miró.

Y sonrió.

—No aquí.

Su voz fue baja.

Casi amable.

Lo cual lo hacía peor.

Apretó un poco más el puño de Minho.

No para lastimar.

Sino para demostrar.

—Esto es una casa.

Lo soltó.

Con suavidad.

Como si nada hubiera pasado.

—Ten algo de respeto.

Se acomodó la manga.

Como si acabara de quitar polvo inexistente.

—Además…

Su mirada se deslizó.

Directo hacia Won-ho.

—Sería una pena arruinar el lugar donde ocurrió algo tan… íntimo.

Silencio.

Won-ho no entendió al principio.

—¿Qué…?

Gael inclinó la cabeza.

Sonriendo más.

—La noche.

Pausa.

—La compañía.

Otra pausa.

—La cama.

Y entonces—

miró a Dark.

—Aunque bueno…

Una risa suave.

—Creo que fue en el suelo, ¿no?

Silencio absoluto.

Todos miraron.

A Dark.

Y a Won-ho.

El ambiente cambió.

Otra vez.

Pero diferente.

Más… raro.

Won-ho abrió la boca.

—Eso no es—

Dark suspiró.

—Larga historia.

Eso no ayudó.

Leo se quedó congelado.

Sasha parpadeó dos veces.

Kim entrecerró los ojos.

Minho frunció el ceño.

Y Gael…

se estaba divirtiendo demasiado.

—Me encanta.

Murmuró.

—De verdad.

—Tanta tensión… y aún así encuentran tiempo para dormir juntos.

—Cállate.

La voz de Won-ho cortó el aire.

Ahora sí—

lo miraba con odio.

Real.

Profundo.

—¿Dónde está Lena?

Gael sonrió.

Pero esta vez…

había algo más.

Algo frío.

—Segura.

Pausa.

—Por ahora.

El silencio se volvió pesado.

—Pero no vine a hablar de ella.

Chasqueó los dedos.

Su tono cambió.

Más… teatral.

—Vine a proponer algo divertido.

Xia dio un paso al frente.

—No juegues.

—Siempre juego.

Respondió él.

Sin mirarla siquiera.

—Pero también soy justo.

Finalmente giró hacia ella.

—Especialmente contigo.

Sus ojos brillaron.

—Te debo algo.

Pausa.

—Después de lo que hiciste.

Xia no respondió.

Pero el aire a su alrededor…

se tensó.

—Así que—

Gael extendió una mano.

Como si presentara una obra.

—Un combate.

Al atardecer.

Silencio.

—Tú.

Señaló a Won-ho.

—Por motivos… personales.

—Tú.

Miró a Minho.

—Tenemos algo pendiente.

—Y tú…

Sus ojos se clavaron en Xia.

—Porque quiero ver si realmente eres tan buena…

como crees.

Una sonrisa.

Cruel.

—O solo fue suerte.

El viento se agitó.

Xia no se movió.

Pero su mirada…

ya había aceptado.

—Acepto.

—Yo también.

Minho no dudó.

Won-ho fue el último.

Pero su respuesta…

ya estaba decidida desde antes.

—Hazlo.

Gael aplaudió suavemente.

—Perfecto.

Se giró ligeramente.

Como si ya se fuera.

—Ah.

Se detuvo.

Sin mirar atrás.

—Después del combate…

Les daré información.

Silencio.

—Algo que les interesa.

Pausa.

—Y una misión.

Eso—

cambió todo.

—¿Qué misión? —preguntó Airi.

Gael sonrió.

Sin voltear.

—Una que decidirá si viven lo suficiente…

para odiarme después.

Silencio.

—Nos vemos al atardecer.

Y caminó hacia la puerta.

—¡Espera—!

El viento explotó.

Un torbellino directo.

Xia.

Las llamas lo siguieron.

Violentas.

Kim.

Gael no se detuvo.

Se movió.

Fluido.

Elegante.

El viento rozó su ropa.

El fuego pasó a centímetros.

Ni siquiera los miró.

—Muy lentos.

Abrió la puerta.

—Entrenen un poco.

Rió.

Y entonces—

el espacio detrás de él…

se quebró.

Un portal.

Valery.

Oscuro.

Inestable.

Gael dio un paso atrás.

Dentro.

—No lleguen tarde.

Y desapareció.

Silencio.

Pesado.

Asfixiante.

Pero no estaban solos.

A unas calles—

sobre un edificio—

una figura observaba.

—Confirmado.

Dijo por comunicador.

—Contacto directo con un titiritero.

Pausa.

—Relación activa.

La voz al otro lado respondió.

—Procedan.

—En breve.

Sus ojos se movieron.

Valery.

Cerca.

—Objetivo secundario localizado.

Se preparó para moverse.

Y entonces—

—

—No deberías correr.

Silencio.

El agente no reaccionó a tiempo.

Ya estaba ahí.

Johan.

Frente a él.

Demasiado cerca.

—¿…?

Un disparo.

Seco.

Directo.

El impacto atravesó su pecho.

El comunicador cayó.

El mundo se inclinó.

—Lástima.

Dijo Johan.

Mirándolo caer.

—Siempre llegan tarde.

El cuerpo golpeó el suelo.

Silencio.

Lejano—

la ciudad seguía igual.

Pero no lo estaba.

Porque el juego ya no era oculto.

Y ahora—

todos estaban dentro.

Al atardecer—

no sería un encuentro.

Sería una prueba.

Y ninguno de ellos…

estaba listo.

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