MATÍAS DUBAN Y SUS AMISTADES - Capítulo 1
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1: Capítulo 1: Volver a empezar 1: Capítulo 1: Volver a empezar Matías se levantó temprano y fue directo a la cocina.
—Mami, vamos a comprar el uniforme para la escuela antes de que sea tarde.
Su mamá levantó la vista y asintió.
—Está bien.
Prepárate.
Un rato después caminaron juntos hasta un pequeño local de ropa escolar.
Al entrar, Matías se quedó mirando los uniformes colgados en las paredes: camisas blancas, pantalones oscuros y corbatas ordenadas en una repisa.
La dueña del local se acercó con una sonrisa.
—Hola, ¿qué están buscando?
—Estamos buscando un uniforme: camisa blanca y pantalón azul marino para mi hijo —respondió la mamá de Matías.
La señora miró a Matías de arriba abajo para calcular la talla.
—¿Qué talla es?
—No sé, puede medirlo —dijo la mamá—.
Ha bajado mucho de peso y ya no tiene un talle definido.
—Está bien, acércate, te vamos a medir —le dijo la señora a Matías.
Matías se acercó y se quedó quieto mientras la señora le medía la cintura con una cinta métrica.
—Creo que este te va a quedar bien —dijo la señora, señalando algunas prendas a la mamá.
Mientras ellas hablaban, Matías se quedó mirando una corbata que estaba colgada junto a las camisas.
La señora tomó una camisa blanca y se acercó a él.
—Probate esto —le dijo.
Matías entró al probador.
Cuando se puso la camisa y se miró, sintió algo extraño al verse con un color diferente.
Ese pequeño cambio le hizo recordar a su amigo de sexto grado.
Se acomodó el cuello de la camisa y sintió una leve nostalgia.
Matías salió del probador.
—¿Qué tal te queda?
—preguntó la señora.
—Bien —respondió Matías.
—Bueno, ahora probá este pantalón —dijo la señora mientras se lo alcanzaba.
Matías se probó el pantalón y miró el conjunto completo del uniforme.
Luego salió del vestidor.
—¿Qué tal?
—preguntó su mamá.
—Te queda bien, así lo llevamos —dijo ella.
—Sí, me queda bien —respondió Matías.
—Bueno, entonces nos llevamos eso.
Matías volvió a entrar al vestidor para cambiarse mientras la señora le cobraba a su mamá.
Cuando salió, la señora le pasó una bolsa con el uniforme doblado adentro.
—Gracias —dijo la mamá.
—Gracias —repitió Matías.
Luego salieron del local y regresaron a su casa.
Al día siguiente, Matías se levantó temprano para prepararse e ir a la escuela.
Se bañó, se puso el uniforme nuevo y se miró en el espejo.
Observó la camisa blanca, el pantalón azul marino y la corbata.
“Bueno… ¿qué tan malo podría ser este nuevo comienzo?”, pensó.
Había pasado casi dos años sin ir a clases por la cuarentena.
Su hermano lo llevó en moto hasta la escuela.
Cuando llegaron, Matías se quedó unos segundos mirando la entrada.
Sacó un tapabocas de su bolsillo y pensó en ponérselo.
—Ah… mejor no por ahora —murmuró.
Guardó el tapabocas otra vez y entró a la escuela.
Caminó por el pasillo hasta llegar a la dirección y se acercó a la directora.
—Hola, directora.
Soy Duban Matías.
—Hola, Duban.
¿En qué podemos ayudarte?
—respondió ella.
—Quería saber si podía rendir matemáticas.
La reprobé en 2021 Virtualmente.
La directora asintió.
—El profesor de matemáticas está en la clase de octavo.
Podés acercarte a hablar con él y preguntarle cómo te va a tomar el examen.
Matías se dirigió hacia la clase de octavo.
Al llegar, vio a varios chicos sentados afuera esperando.
Le dio un poco de vergüenza preguntar si ellos también iban a rendir, pero suspiró y se acercó.
—¿Ustedes también van a rendir para pasar a noveno?
—preguntó.
—Sí —respondieron algunos.
“Menos mal… no soy el único”, pensó Matías.
—El profesor está adentro —dijo una chica.
—Gracias —respondió Matías.
Entonces entró al aula de octavo.
Se acercó al profesor.
—Hola, profe.
La directora me mandó con usted para que me diga cómo sería eso de rendir matemáticas.
La desaprobé cuando era virtual.
El profesor se levantó de su silla y señaló hacia un costado del aula.
—Allá hay una silla.
Agarrá una.
Enseguida les doy una hoja para rendir.
Sentate con los que están afuera y ahora voy a dárselas a todos.
—Está bien —dijo Matías.
Matías se acercó a agarrar una silla.
Mientras lo hacía, notó que una chica lo estaba mirando mucho.
Él bajó la mirada hacia la silla para evitar mirarla directamente.
Luego salió afuera y se sentó con los demás que estaban esperando para rendir también.
Matías se sentó con los chicos que estaban esperando.
Al poco tiempo, el profesor salió con las hojas del examen.
—No necesito explicarles nada —dijo—.
Se supone que esto lo estudiaron en vacaciones.
Así que pónganse las pilas.
Antes del recreo tienen que entregar.
Todos miraron sus hojas y se quedaron en silencio.
Nadie entendía mucho.
—¿Vos entendés algo?
—susurró uno.
—Ni idea —respondió otro.
Algunos empezaron a intentar resolver las preguntas.
Otros sacaron sus celulares para buscar respuestas.
Una chica llamada Jessica logró resolver varios ejercicios y empezó a pasarlos a los demás.
—Copien rápido —dijo en voz baja.
Matías se acercó un poco para mirar lo que estaban haciendo.
Se quedó pensando unos segundos.
“Si copio y está mal… bueno, total no sé nada.
Mejor copio”, pensó.
Entonces todos empezaron a copiarse entre ellos.
Después de un rato, entregaron el examen.
El profesor recogió las hojas y dijo: —Bueno, les avisaré el resultado durante la semana.
Nos vemos.
Todos se levantaron y se fueron.
Matías salió de la escuela y vio a su hermano esperándolo afuera.
Mientras caminaba hacia él, pensaba: “Listo… ya soy de noveno.” Al día siguiente, Matías volvió a la escuela.
Al entrar, la directora lo vio y le dijo: —Andá al fondo.
Ahí está tu salón.
La profesora de guaraní está dando clase.
Matías pensó que ya había aprobado, porque la directora no mencionó nada del examen.
Siguió las indicaciones hasta encontrar el aula.
Cuando llegó a la puerta, vio a la profesora hablando con la clase.
Ella lo miró.
—Pasá y sentate.
Matías entró al aula y buscó una silla.
Encontró una en el medio y fue a sentarse.
La profesora comenzó a explicar la actividad.
—Hoy vamos a presentarnos hablando en guaraní.
Tienen que decir qué cosas les gustan y qué les gusta hacer.
Los alumnos empezaron a presentarse uno por uno.
Matías observaba a todos mientras hablaban y cada vez se ponía más nervioso pensando que pronto sería su turno.
Mientras escuchaba, le habló en voz baja a la chica que estaba sentada delante de él.
—¿Vos sabés presentarte bien en guaraní?
La chica se dio vuelta.
—Claro que sí.
¿Por qué?
—dijo ella.
—Porque me pone nervioso.
—No tengas vergüenza.
Te va a salir bien —le dijo con una sonrisa.
Sus palabras hicieron que Matías se calmara un poco.
—¿Cómo te llamás?
—preguntó él.
—Gabriela.
“Parece buena persona”, pensó Matías.
—¿Y vos cómo te llamás?
—preguntó Gabriela.
—Duban Matías.
Gabriela se rió un poco al escuchar su nombre.
En ese momento la profesora señaló a Gabriela.
—Ahora vos.
Gabriela se levantó para presentarse.
Matías pensó: “Uy… seguro después me toca a mí.” Y así fue.
La profesora lo señaló.
—Ahora vos.
Matías se levantó un poco nervioso.
—Me llamo Duban Matías.
Me gusta la música, me gusta actuar y escribir.
Matías se sentó todavía un poco nervioso mientras la presentación continuaba con los demás compañeros.
La chica se dio vuelta hacia él y le hizo una seña con las manos, levantando los pulgares como diciendo que lo había hecho bien.
Matías sonrió.
Se inclinó un poco hacia ella.
—¿Lo dije bien?
—preguntó en voz baja.
—Perfecto —respondió Gabriela.
—Vos también lo hiciste bien —dijo Matías.
Los dos se rieron en silencio.
Las horas pasaron y Matías se quedó hablando con ella durante gran parte de la clase.
Matías se sentía muy feliz.
Había hecho su primera amiga.
Al salir de la escuela, su hermano lo llevó en moto y lo dejó en la casa de su mejor amigo, Kevin Portillo.
Matías entró corriendo hasta el quincho, donde Kevin estaba sentado.
Kevin no se había dado cuenta de que Matías había llegado.
Entonces Matías golpeó la mesa para llamar su atención.
—¡Hice una nueva amiga!
—dijo Matías.
—¡Ay, me asustaste, Matías!
—respondió Kevin mirándolo.
Matías dejó su mochila sobre la mesa y se sentó.
—¿Y a vos cómo te fue?
—preguntó.
—A mí me fue re mal —dijo Kevin.
En ese momento llegó Julio, el vecino de Matías.
—¿Vamos a caminar?
—dijo Julio.
—No —respondió Matías.
“Este siempre molesta”, pensó.
—Nos vemos mañana, Kevin.
Ya me tengo que ir porque es tarde.
—Está bien —dijo Kevin.
Julio se quedó con Kevin mientras Matías se iba.
Cuando llegó a su casa, Matías le dijo a su mamá: —Mami, creo que por fin ya pasé a noveno grado.
—¡Qué bien, Mati!
—respondió ella con una sonrisa.
Al día siguiente, Matías se levantó y comenzó a prepararse para ir a la escuela.
Planchó su uniforme y se lo puso.
Mientras se miraba, pensó: “Creo que no es tan malo después de todo este primer día de clases como pensé.” Salió de su habitación y fue hacia su mamá.
—Ya estoy —dijo.
—Está bien —respondió ella mientras le acomodaba la corbata.
En ese momento su hermano sacó la moto.
—¡Vamos!
—dijo.
Matías le dio un beso en la mejilla a su mamá y salió.
Su hermano encendió la moto y Matías se subió.
—Agarrate bien —le dijo.
Luego lo llevó hasta la escuela.
Al llegar, Matías entró rápido y fue hacia su aula.
Gabriela estaba afuera y lo vio llegar.
—Nos cambiamos de clase —le dijo acercándose.
—Entramos allá, hacia la entrada de la escuela —agregó señalando.
“Menos mal que está ella”, pensó Matías.
—Gracias —le dijo.
Los dos caminaron juntos hasta el aula y se sentaron.
En ese momento entró uno de los chicos que había rendido el examen el otro día.
—Vamos a rendir de nuevo.
No aprobamos —le dijo a Matías.
—¿Qué?
—respondió Matías sorprendido.
“No puede ser otra vez”, pensó.
Entonces, junto con sus compañeros, sacaron las sillas y se fueron otra vez frente al aula de octavo para rendir.
Todos acomodaron sus sillas afuera y comenzaron a esperar a que el profesor les diera las hojas.
Mientras esperaba, Matías tenía la cabeza un poco baja, pero miraba de reojo a las personas que pasaban por el pasillo.
En ese momento vio a una señora hablando con la directora.
Matías se inclinó un poco más para mirar mejor.
“Yo conozco a esa señora… y a la chica también”, pensó.
Se quedó pensando, intentando recordar.
“¿De dónde será que la vi?” De repente, algo se le vino a la mente.
“Parece la hermana de mi vecino Lorenzo.” La mamá estaba hablando con la directora y, al lado de ella, estaba una chica.
Matías miró bien a la chica y le parecía conocida.
Mirándola de reojo pensó: “Esa es Monse…”, dijo Matías en voz baja.
Volvió a mirar mejor.
“No… esa no es Monse.
Es la prima de la hija de Lorenzo… No, creo que esa es la tal Rumi.
Sí, estoy seguro.” La señora dejó de hablar con la directora y empezó a acercarse con la chica caminando detrás de ella.
Matías las seguía con la mirada, cada vez más seguro de que no se estaba equivocando.
La señora se acercó.
—¿Acá están rindiendo matemática?
—preguntó.
—Sí —respondió Jessica.
—Ella viene a rendir, ¿verdad?
—preguntó Matías.
—Sí —respondió la mamá.
Matías dijo: —El profe viene pronto, así nos hace rendir.
La chica lo miraba mal desde atrás de su mamá, como si no quisiera estar ahí.
—Mamá, no me quiero quedar —dijo la chica.
—Dale, andá —le contestó la señora.
Había un asiento al lado de Matías.
La chica, con cara de enojo, se acercó y se sentó.
La mamá la miró, sonrió un poco y luego se fue.
La chica se sentó un poco alejada de los demás para rendir.
Matías se le quedó mirando sin darse cuenta, y ella también lo miró por un segundo con la misma cara seria.
Matías bajó la mirada.
En ese momento la profe se acercó.
—Acá está la hoja —dijo mientras se las iba entregando.
Después se acercó a Rumi para hablarle un momento y también le dio la hoja.
Todos empezaron a copiarse otra vez, menos Rumi.
Entregaron justo antes del recreo.
Entonces sonó la campana y todos se fueron al recreo.
Matías, en el recreo, se fue a la cantina a comprar un Tilly.
Lo compró y salió mientras abría su jugo sin mirar hacia adelante.
De repente chocó con una chica y derramó un poco del jugo sobre ella.
Matías levantó la mirada.
—Perdón —dijo.
—No pasa nada —respondió ella.
Matías estaba por irse, pero la chica dijo: —Ey, ¿cómo te llamás?
Matías se volteó y sonrió.
—Me llamo Duban Matías.
Ángela lo miraba mientras él tomaba el jugo con la pajita.
“Pero qué lindo”, pensó ella.
Matías se quedó mirándola un poco incómodo.
—¿Y vos cómo te llamás?
—preguntó.
—Yo me llamo Ángela —respondió ella—.
Vamos por allá, que acá hay mucha gente.
—Está bien —dijo Matías.
Caminaron un rato mientras hablaban de cómo les habían ido los estudios durante la cuarentena.
De repente sonó la campana.
—Bueno, nos vemos en la salida —dijo Matías.
—Está bien —respondió Ángela.
Matías corrió de nuevo a su clase y se sentó al lado de Gabriela.
Pasaron las horas y finalmente sonó la campana de la salida.
Matías salió corriendo afuera.
Ángela estaba en la entrada y él se acercó.
—Bueno, nos vemos entonces.
—Sí —dijo Matías.
Cuando Matías se acercó a su hermano, la chica volvió a acercarse.
—Dame tu número —le dijo.
—Está bien —respondió Matías.
Le dio su número y luego se subió a la moto.
—Nos vemos —dijo.
—Chau —respondió Ángela sonriendo.
Cuando llegaron a su casa, Matías se cambió de ropa y fue corriendo a la casa de su vecina Alicia.
Se sentó con ella, que estaba tomando tereré.
—La hija de la hermana de Lorenzo entra en Santa Inés.
Es mi compañera —dijo Matías—.
Ay, me olvidé cómo se llamaba… creo que Monse dijo… —No, Matías.
Se llama Rumi Belén —dijo Alicia.
—Sí, ella.
Hoy rindió conmigo —dijo Matías—.
No pensé que sería mi compañera.
Luego se levantó.
—Bueno, me voy a mi casa.
—¿Tan rápido?
—preguntó Alicia.
—Es que solo venía a contarte eso.
Tengo cosas que hacer —respondió Matías.
Y se fue corriendo.
Cuando llegó a su casa, se bañó y luego fue a la cocina para preguntar qué iban a cenar.
Su mamá estaba discutiendo con su hermano.
Matías se acercó.
—¿Qué pasa?
—Tu hermano, como siempre, no quiere hacer nada en esta casa.
Se pasa todo el día encerrado —dijo la mamá.
—No le hagas caso —dijo Matías—.
Vamos a cenar mejor.
Cenaron juntos y luego los tres se fueron a acostar.
Al día siguiente, Matías se preparó para ir a la escuela.
Su hermano lo llevó como siempre y, al llegar, entró en su salón.
Se sentó enfrente de una chica.
Matías puso su mochila detrás de su espalda y miró a la chica.
Ella lo miró y le dijo sonriendo: —Hola.
—Hola —respondió Matías.
—¿Cómo te llamás?
—dijo ella mientras sacaba sus cuadernos.
—Me llamo Duban.
¿Y vos?
—Yo me llamo Vanessa.
—Mucho gusto, Vanessa —dijo Matías.
Ella sonrió.
—Mucho gusto.
En ese momento entró el profesor de matemáticas, el mismo que les había hecho rendir el día anterior.
—Los chicos que rindieron conmigo ayer, por favor vuelvan con su banco para rendir otra vez.
No pasó ninguno —dijo.
—Ay no, no puede ser —dijo Matías en voz baja.
—¿Sos uno de esos chicos?
—preguntó Vanessa.
—Lamentablemente —respondió Matías.
Matías vio a Rumi mientras sacaba su silla.
—Vamos a rendir otra vez.
La profe dijo que no pasamos —le dijo.
—Yo ya pasé.
No voy a rendir otra vez —respondió ella.
Matías la miró confundido, porque el profesor había dicho que nadie había pasado.
Pero no le dio mucha importancia y se fue con los demás.
El profesor volvió a darles las hojas.
—Por favor, no se copien.
Hagan bien el examen —dijo.
Todos empezaron a hacerlo… y otra vez comenzaron a copiarse.
Matías copió algunas cosas, pero también resolvió unas partes solo.
Cuando terminó, se levantó para entregar.
Justo en ese momento varios se levantaron también y fueron todos juntos a entregar.
En ese instante sonó la campana del recreo.
Mati salió a caminar por la escuela y se fue hacia el fondo.
Miró por la ventana de octavo, atrás de la escuela, y vio a una chica que lo estaba mirando mucho.
“¿Por qué me mira tanto?”, pensó Matías.
Matías se escondió y corrió a buscar su banco.
Lo agarró y lo volvió a meter en su salón.
Mientras acomodaba su silla, vio a Rumi en un costado, sola.
Rumi lo miraba mal y Matías desvió la mirada.
Volvió a poner su silla al lado de Vanessa y empezó a hablar con ella.
Pasaron las horas y la campana sonó.
—Nos vemos lunes —le dijo Matías a Vane.
—Chau, Matías —respondió Vanessa.
Matías agarró su mochila y salió afuera a esperar a su hermano.
Pero al ver que su hermano no llegaba, se molestó un poco.
—Qué pucha… —murmuró.
Matías empezó a caminar rápido para llegar a su casa.
Mientras caminaba, vio que un auto pasaba lento y parecía que lo seguía.
Entonces ajustó su mochila y se fue por otro camino.
Al salir a la ruta vio que el auto ya no estaba.
Se calmó un poco y siguió caminando hacia la calle que llevaba a su casa.
De repente miró hacia atrás.
El auto venía otra vez, lento.
“¿Otra vez ese auto?”, pensó Matías.
Matías se quedó parado detrás de un auto ajeno para esconderse.
El otro auto se detuvo y se estacionó al lado.
Matías no se preocupó demasiado porque estaba frente a una venta de bebidas donde había gente.
El auto volvió a moverse y se estacionó en el costado.
Matías pensó en ir por otra calle, pero como había mucha gente decidió pasar por ahí confiado en que quien lo seguía no le haría nada.
Cuando el del auto vio que Matías venía, bajó la ventanilla.
Matías lo miró de golpe.
—Ey, chico —le dijo.
Matías, con las manos agarrando su mochila, lo miró fijo.
—Creo que ya me descubriste.
Te seguía desde que saliste de la escuela… noté que mirabas mucho hacia atrás —dijo el del auto.
—¿Qué quieres?
—preguntó Matías.
—Me gustaría conocerte.
¿No quieres ir a dar un paseo conmigo?
—¿Por qué razón me subiría con un desconocido que me venía siguiendo desde la escuela?
—respondió Matías.
—Me llamo Félix y soy del mismo colegio que vos.
La diferencia es que vos sos de escuela y yo de colegio.
Voy a tercer año —dijo.
Matías se acercó un poco y vio que llevaba el uniforme del colegio: azul con pantalón negro.
—Me voy a confiar, pero quiero que sepas que tengo un cuchillo en mi mochila.
Lo saco de una si me querés hacer algo malo —dijo Mati.
Félix se rió.
—Dale, subí.
Matías se volteó, abrió la puerta del auto, dudó unos segundos… y se subió.
—¿Adónde querés ir?
—preguntó Félix.
—A mi casa —dijo Matías.
—¿Y si damos unas vueltas primero?
—¿Hasta dónde podrías ir?
—preguntó Matías.
Matías miró el seguro de la puerta.
—Quiero que lo mantengas abierto.
No cierres con llave —le dijo.
—Está bien, así lo dejo —respondió Félix.
—A donde vos quieras ir —agregó.
Matías pensó un momento.
—Bueno… vamos al Puente de la Amistad —respondió.
“Guau… al Puente de la Amistad con un desconocido, dijo felix.
“Ya estoy adentro… si me ibas a secuestrar tal vez ya lo habrías hecho.
Ahora que ya estoy en peligro, llévame hasta allá.” —Está bien —dijo Félix.
En el camino, Matías le dice: —¿De dónde se supone que me conoces para que me andes acosando?
—Te cuento una vez que lleguemos allá —le dice Félix.
Matías mira el seguro de la puerta, todavía desconfiando.
Félix nota eso.
—No te haré nada, ¿okey?
—Pero si no estoy diciendo nada —dice Matías—.
Si te dije que me trajeras hasta acá es porque no tenía miedo.
—Bueno —dice Félix.
Llegaron al Puente de la Amistad y Félix estacionó.
Matías bajó del auto.
Justo estaban enfrente de un local de heladería.
Matías miró el letrero de los helados.
Félix se acercó.
—¿Querés helado?
—Sí —dice Matías.
Félix fue a comprarle uno.
—Vamos al puente —dice cuando vuelve.
—Vamos —responde Matías.
Se fueron caminando por el puente.
Veían cómo pasaban los autos mientras caminaban por el costado.
Matías miraba el agua y sonrió.
—Pero qué lindo… —Ahora me dirás de dónde me conoces —dice Matías mientras el viento le pegaba en la cara y le movía el pelo.
—Siempre te veía cuando ibas a la iglesia.
Sos monaguillo y mi primo también es tu compañero.
—Ah, ¿quién?
—pregunta Matías.
—Mariano.
—Él creo que ya salió porque no viene más —dice Matías.
—No sé, pero él me había hablado de vos.
Me dijo que eras el nuevo monaguillo de la parroquia.
—Ahh —dice Matías.
—Bueno… me había mostrado una foto tuya.
Después te encontré en la escuela y… bueno, acá estamos.
Quería conocerte, parecías un chico muy carismático.
—¿O sea parecía?
—Bueno, sos —dice Félix riendo.
—No me dijiste cuántos años tenés —dice Matías.
—Tengo 17, a punto de 18 —responde Félix.
—Fuaa… yo tengo 14.
Te voy a denunciar por acosarme —dice Matías riendo.
Félix se ríe.
—Vamos, que ya es tarde.
Mamá me va a retar por llegar tarde —dice Matías.
Entonces se van.
Félix lo lleva hasta su casa y lo deja enfrente.
—Ahora ya sé dónde vivís —dice Félix.
Matías se ríe, cierra la puerta del auto y se apoya en la ventana.
—Gracias.
—Nos vemos, Mati —responde Félix.
Matías entra a su casa.
—Ya llegué, mami —dice.
Después se va a tirarse en la cama.
—¿Por qué llegaste tarde, Matías?
—le pregunta su mamá.
—Me quedé en la casa de Kevin hablando, por eso vine tarde —responde.
—Andá a bañarte —le dice ella.
Matías empieza a buscar sus cosas y de repente cae una foto de él con su amigo que murió.
Matías se agacha para recogerla y se mete un poco debajo del ropero para alcanzarla.
Al meter la mano se corta sin querer.
“Me acuerdo de lo que me dijo Moisés… que si me cortaba me iba a recordar de él, como aquella vez en el bosque”, pensó Matías.
Matías guarda la foto y se va a bañarse.
Mientras se bañaba pensaba quién sería ese Félix y por qué, de la nada, le interesaba conocerlo…
REFLEXIONES DE LOS CREADORES UniverseMismi Gracias por leer este capítulo.
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Y si ven algún error, pueden avisarme en los comentarios.
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