Me convertí en la hija del duque sin magia y aterré al protagonista - Capítulo 201
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201: Capítulo 201 201: Capítulo 201 Suspiré.
—Está bien —dije con dulzura, mientras guardaba mi pistola de maná multiusos en la bolsa mágica que llevaba bajo la falda—.
Pero si morimos, te perseguiré como fantasma.
Partimos en un carruaje de mercaderes común y corriente.
Sin sigilos.
Sin estandartes.
Sin arrogancia real.
¿Unas horas más tarde?
Y cuando llegamos…, me quedé en shock.
El mercado negro se extendía bajo un manto de mugre y humo, oculto en un barrio olvidado de la ciudad como una herida purulenta que el reino fingía no ver.
Calles estrechas.
Puestos torcidos.
Linternas que ardían con llamas de un verde y violeta enfermizos.
El aire era denso: incienso, sudor, podredumbre, sangre, vino barato.
Los mendigos se alineaban en los márgenes: sin extremidades, sin ojos, sin esperanza.
Algunos no mendigaban; esperaban.
Vendedores ilegales pregonaban ofertas en voz baja.
Los compradores susurraban sus respuestas.
Piedras mágicas brillaban débilmente desde cajones: sin registrar, inestables, peligrosas.
Frascos de medicina prohibida tintineaban junto a runas de magia oscura grabadas en hueso y metal.
Bestias… ¡Dioses, las bestias!
Enjauladas.
Con bozal.
Mutadas.
Y entonces…
Esclavos.
Se me revolvió el estómago.
Cadenas disfrazadas de joyas.
Marcas de hierro ocultas bajo la seda.
Gente vendida con la mirada baja y expresiones vacías.
Nunca pensé que un lugar así existiera aquí.
En este reino.
A mi lado, la mandíbula de Vikingo se tensó.
Él lo sabía.
Me di cuenta.
Sus ojos recorrieron la multitud con una fría evaluación; no era sorpresa, sino un sombrío reconocimiento.
—Mantente cerca —murmuró—.
No te quedes mirando mucho tiempo.
Levanté la barbilla, metiéndome de lleno en el personaje.
Rica.
Distante.
Curiosa.
La esposa de un mercader en busca de milagros a cambio de monedas.
¿Por dentro?
Estaba furiosa.
Y en algún lugar, enterrado bajo la mugre y los susurros, estaba el culto.
Solo teníamos que sobrevivir lo suficiente para encontrarlo.
En el momento en que el carruaje se detuvo, lo supe.
Lo supe.
Este era el edificio más viejo y apestoso que había visto desde que llegué a esta tierra de fantasía —y eso incluía guaridas de goblins, tabernas junto a las alcantarillas y un memorable incidente con vino de champiñones fermentados—.
El olor me golpeó como una bofetada.
Podredumbre.
Moho.
Sangre vieja.
Algo químico.
Algo vivo.
Tuve una arcada.
Una de verdad.
Vikingo reaccionó al instante: un brazo alrededor de mi cintura y el otro tomando mi mano con practicada ternura.
—Tranquila, mi amor —murmuró, con voz baja y tranquilizadora, como si aquello no fuera un atentado contra mi olfato—.
Respira por la boca.
Un caballero.
Uno peligroso.
Un marido muy convincente.
Su mano era cálida.
Firme.
Protectora.
El tipo de agarre que decía «te tengo» sin pronunciar palabra alguna.
Maldito sea.
Las doncellas —Coffi y Latte— estaban de pie obedientemente detrás de nosotros, con rostros neutrales.
Demasiado neutrales.
Conocía esa mirada.
Fingían no ver nada.
Lo que significaba que lo estaban viendo absolutamente todo.
Ya me las imaginaba más tarde.
—¿Y cuándo decidisteis los nombres tú y Lord Vikingo?
—Creo que el primer hijo debería llamarse Escarcha o Llama.
Vikingo se inclinó hacia el único guardia apostado a la entrada del edificio: un hombre escuálido de ojos hundidos y con una daga demasiado grande para su complexión.
Murmuró algo sobre «mercancía importante» y le deslizó una moneda de plata.
Solo una.
El comportamiento del guardia cambió al instante.
Nos hicieron pasar.
La puerta se cerró.
El hedor desapareció.
Reemplazado por humo de velas.
Magia antigua.
Incienso polvoriento.
El tipo de olor que se te pegaba a la piel y susurraba que nada bueno pasaba allí.
Chubby gimió desde dentro de mi bolsa mágica.
—Maestro… magia oscura.
Por todas partes —siseó Raya suavemente, de acuerdo.
Se me puso la espalda rígida.
Un hombre emergió de las sombras.
Enorme.
Con el pelo largo y grasiento colgándole como cortinas alrededor del rostro.
Tenía las uñas tan sucias que estaba convencida de que las había usado para desenterrar a alguien.
O para enterrarlo.
Sonrió.
Lo odié al instante.
Sacó una pequeña bolsa y vertió varias piedras sobre la mesa.
—Piedras de fertilidad —graznó—.
Muy raras.
Falsas.
Lo sabía.
Chubby lo confirmó con un comentario asqueado en mi cabeza.
«Residuo de maná pintado.
No valen nada».
Me incliné, fingiendo fascinación.
—¿Oh?
Qué… radiantes.
Vikingo, sin embargo, se puso glacial.
—¿Cómo se atreve?
—dijo bruscamente, dando un paso al frente.
Su voz restalló como el hielo al quebrarse—.
¿Cree que somos tontos?
El hombre se puso rígido.
Vikingo se giró hacia mí, me tomó las manos y me besó los nudillos con una sinceridad devastadora.
—Lo siento, amada mía —dijo en voz baja—.
Debería haberte protegido de los charlatanes.
Yo… yo casi le creí.
Mi corazón dio un vuelco traicionero.
El hombre tragó saliva.
—Yo… yo no sabía…
—Somos mercaderes —continuó Vikingo con suavidad—.
Distinguimos la magia de verdad de las mentiras pintadas.
El hombre se inclinó, bajando la voz.
—Hay… alguien.
Alguien que tiene la piedra de verdad.
Ladeé la cabeza.
—¿Oh?
—Pero —susurró, con la mirada huidiza—, no es fácil.
Y debemos estar seguros de que no son espías.
Ni perros de la corona.
Ah.
Ahí estaba.
El momento.
Ahora sí que estábamos en un arco de espías.
Me enderecé, dejando que la desesperación se filtrara en mi expresión.
—Por favor —dije, con la voz temblando lo justo—.
Haré lo que sea.
Lo que sea.
Vikingo me rodeó con un brazo de forma protectora.
—Mi esposa ya ha sufrido bastante —dijo con voz sombría—.
No nos iremos con las manos vacías.
El hombre nos estudió.
Luego sonrió.
—Muy bien —dijo—.
Demuestren su desesperación.
Por dentro, estaba gritando.
¿Por fuera?
Me agarré a la manga de Vikingo como una mujer al borde de la desesperación.
Dioses, ayudadme.
No se me daba bien actuar.
Pero de algún modo…, lo estaba haciendo de todas formas.
El hombre miró a su alrededor como si las propias paredes pudieran chivarse y luego cogió un libro de la estantería.
Un libro.
Con cortinas.
Unas cortinitas diminutas, polvorientas y dramáticas.
Me le quedé mirando.
¿Por qué necesitaba privacidad un libro?
¿Qué secretos escondías, Sir volumen de dudosa literatura?
Tiró de él.
La pared hizo un clic.
Y entonces… se movió.
La piedra se deslizó a un lado con el lento y ominoso chirrido de algo que, sin duda, había asesinado a gente en el pasado.
Una cámara oculta se abrió de par en par, revelando un pasillo estrecho iluminado por lámparas de maná que parpadeaban como si estuvieran cansadas de existir.
Ah.
Una puerta secreta.
Por supuesto.
Porque, cómo no, al mercado negro de piedras de fertilidad se iba a acceder a través de un libro tímido con ansiedad social.
Luego llegó el olor.
Moho.
Incienso viejo.
Maná estancado.
Pergamino en descomposición.
Algo húmedo que no debería estarlo.
Tuve una arcada silenciosa y me aferré al brazo de Vikingo.
Él apretó el agarre al instante, con su pulgar rozándome los nudillos de una forma que me anclaba a la tierra, un «yo te cubro» que hizo que mi cerebro hiciera cortocircuito como un cristal de maná caído.
—Cuidado —murmuró, con la voz de marido amable activada.
Sir.
Por favor.
Estaba intentando sobrevivir.
El hombre nos hizo un gesto para que avanzáramos.
—Seguidme.
Si de verdad queréis lo que el mercado no puede vender…, aquí es donde se hacen los negocios.
Entramos.
El pasillo se extendía, largo y torcido, con paredes desiguales y lámparas colocadas de forma lo bastante irregular como para hacerte dudar de la percepción de la profundidad.
La luz se curvaba de forma extraña aquí, y las sombras se aferraban a las paredes como si tuvieran opinión propia.
Habló mientras caminábamos.
—Este grupo —dijo, con su voz resonando de forma extraña—, puede proporcionar cualquier cosa.
Lo que está prohibido.
Lo que ha sido borrado de los registros públicos.
Piedras, rituales, artefactos…
Ilegal a más no poder, tradujo mi cerebro amablemente.
—Las piedras de fertilidad que buscáis —continuó— no se venden abiertamente debido a… efectos secundarios.
No pregunté.
No porque no tuviera curiosidad, sino porque mi cerebro estaba ocupado haciendo algo completamente distinto.
A saber: intentar memorizar el pasillo.
Contar las curvas.
Fijarme en los puntos de referencia.
¿Por qué hay una grieta con forma de cara gritando…?
Mis pensamientos descarrilaron.
De repente, la voz de MJ apareció en mi cabeza.
🎵 You’ve been hit by— you’ve been struck by— a smoooth criminal— 🎵
¿Por qué?
¡¿POR QUÉ?!
¿Estaba literalmente en el pasillo de un culto oscuro y mi mente elegía eso?
Parpadeé con fuerza.
Vale.
Concéntrate.
Eres una mujer capaz.
Una adulta.
No eres… Vikingo me ajustó la mano en la cintura, un gesto sutil y protector.
Mi cerebro, al instante: fuera de línea.
Ah.
Así que esta era la realidad detrás de esas novelas románticas que leía en la universidad.
Cuando la mujer está con su hombre, sus instintos de supervivencia se degradan a meras «vibras».
Anotado.
Detrás de nosotros, Coffi y Latte guardaban un silencio sepulcral.
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