¿Me llaman falsa heredera? Pues compré la empresa de mi ex - Capítulo 167
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Capítulo 167: Capítulo 167 Acción deliberada
Más tarde esa noche, demasiado agotada como para siquiera pensar en mudarse a su nuevo apartamento, Mirena regresó al hotel y se desplomó en su silencioso lujo. La ciudad afuera bullía de vida, pero en su suite, todo se sentía distante, apagado, como si estuviera aislada del mundo.
Se sumergió en el jacuzzi, el agua caliente envolviendo su cuerpo mientras dejaba que su cabeza descansara contra el borde. El vapor se arremolinaba débilmente en el aire, suave y sofocante a la vez. Sus ojos permanecían fijos en el techo, sin enfocar, mientras su mente repetía los sucesos de la noche una y otra vez.
Y en el centro de todo, estaba Alexander.
Apretó ligeramente la mandíbula.
A estas alturas, no solo se estaba entrometiendo en su vida, sino que la estaba alterando activamente, metiéndose donde no tenía derecho a estar. ¿Y la peor parte? Lo hacía sin esfuerzo alguno, como si fuera algo natural para él.
Había que hacer algo.
La aguda vibración de su teléfono interrumpió sus pensamientos.
Lo alcanzó con pereza, tomándolo del borde de la bañera, mientras unas gotas de agua se deslizaban por sus dedos al mirar la pantalla.
En el momento en que vio el remitente, sintió una opresión en el pecho.
Eleanor.
«Haz un hueco y ven, Rena. Tengo que hablar algo contigo».
Mirena se quedó mirando el mensaje un largo segundo, con una expresión indescifrable.
Sin poder evitarlo, su mente regresó al encuentro en el hospital con Harrison. Como si no estuviera ya nerviosa pensando que él iría a chivarse a Eleanor como la última vez, y ahora… Alexander había aparecido esta noche, abierta y audazmente, delante de Ada y Logan, actuando como un novio celoso.
Apretó un poco más el teléfono.
¿Y si Eleanor se daba cuenta? ¿Y si empezaba a atar cabos?
Un ligero pliegue se formó en el entrecejo de Mirena.
Eleanor no era de las que pasaban las cosas por alto. Si llegaba a sospechar que Mirena estaba dejando que Alexander se acercara demasiado —que desdibujara los límites—, ambas sabían lo que eso significaba.
Decepción.
Mirena exhaló lentamente, con la mirada todavía fija en el mensaje.
¿Qué pensaría Eleanor si se diera cuenta de que ya había perdido varias de sus casas en este tablero de Go? ¿Que se había dejado arrastrar a algo que debería haber controlado desde el principio?
¿Que estaba perdiendo el control… y se negaba a admitirlo?
Sus labios se apretaron en una fina línea y, con una silenciosa exhalación por la nariz, bloqueó el teléfono sin responder y lo colocó boca abajo junto a la bañera.
Luego, sin dudarlo, se deslizó bajo el agua.
El calor se cerró sobre su cabeza, amortiguándolo todo.
El mundo exterior desapareció, reemplazado por un silencio pesado y sofocante mientras se dejaba hundir más, cerrando los ojos como si pudiera ahogar no solo el ruido, sino también los pensamientos.
Mantuvo los ojos cerrados bajo el agua, el cuerpo completamente inmóvil, como si el más mínimo movimiento pudiera perturbar la frágil calma a la que intentaba aferrarse. El calor la envolvía, pesado y absorbente, pero no llegaba a donde importaba.
El peso en su pecho permanecía.
Había ganado hoy. Había acorralado a Camille, la había forzado a someterse, la había despojado de su orgullo delante de todo el mundo.
Debería haberse sentido satisfactorio. Debería haberse sentido como una victoria.
Pero en este momento, no era así.
No después de lo que Alexander había hecho.
Ah, qué patético de mierda.
~~*~~
Alexander estaba sentado en el salón de su ático, tenuemente iluminado. Una copa de vino descansaba sin fuerza en una de sus manos, intacta desde hacía un rato. A sus pies, Daniela yacía cómodamente a su lado, su esponjosa cola blanca se mecía con pereza contra el suelo, con la lengua fuera en señal de satisfacción mientras lo observaba trabajar.
El suave resplandor de su portátil le iluminaba el rostro mientras se desplazaba por los documentos, con expresión tranquila…, hasta que apareció una notificación en la parte superior de la pantalla.
Un leve sonido la acompañó y las orejas de Daniela se irguieron de inmediato, inclinando ligeramente la cabeza con curiosidad. Sin embargo, los dedos de Alexander se detuvieron en el momento en que sus ojos se desviaron hacia arriba para leer el mensaje.
«Señor, he podido encontrar algunos clips de hace doce años».
Sin dudarlo, lo abrió.
El mensaje contenía tres archivos de vídeo.
Sus dedos vacilaron solo un segundo antes de hacer clic en el primero.
Se cargó, mostrando el conocido salón de actos de su universidad, decorado y a rebosar, bullendo de vida y celebración. Era inconfundible.
El día de la graduación.
Pero la multitud…, las decoraciones…, nada de eso retuvo su atención por mucho tiempo.
Porque ella estaba allí, en el escenario, vestida con una toga que enmarcaba a la perfección su yo más joven, y su sola presencia imponía atención. Había en ella una especie de brillantez silenciosa, algo que hacía imposible apartar la mirada.
Por un breve instante, Alexander sintió que algo se agitaba en su pecho.
Un aleteo débil e inesperado, pero se desvaneció con la misma rapidez, porque algo iba mal.
Entrecerró ligeramente los ojos mientras se concentraba en el rostro de ella.
Se la veía… pálida.
Siguiendo la línea de su mirada, sus ojos se desviaron hacia la pantalla que ella observaba fijamente y frunció el ceño lentamente.
En la pantalla había una imagen fija de él y Mirena, en medio de una conversación.
La mirada de Alexander se detuvo en ella un momento, y el reconocimiento fue casi instantáneo.
Recordaba ese día.
Había sido la primera vez que pensó que las cosas entre ellos estaban cambiando, superando la fricción constante, la competencia interminable. Por una vez, no se había sentido como una batalla. Se había sentido… diferente.
Mirena había estado enferma ese día.
Recordaba haberlo notado de inmediato: el ligero rubor en sus mejillas, la forma en que sus movimientos eran un poco más lentos de lo habitual. Y, sin embargo, aun así apareció, aun así lo desafió y aun así ganó.
Incluso ardiendo en fiebre, incluso pareciendo que podría desplomarse en cualquier segundo, quedó en primer lugar.
Eso era tan… propio de ella.
Sin embargo, después de la competición, era obvio que no podía seguir. Parecía que iba a caerse redonda allí mismo.
Así que la llevó a su habitación privada.
Recordaba lo torpe que había sido, lo extraña que le pareció la situación. No estaba acostumbrado a cuidar de nadie, y mucho menos de alguien como ella. Pero lo intentó de todos modos: le tomó la temperatura, se aseguró de que descansara, haciendo todo a su manera patosa.
Y entonces llegó la parte que se reproducía en la pantalla, donde Mirena yacía allí, claramente desorientada por la fiebre, con la voz suave y perdida mientras hablaba del orfanato y de cómo nadie la había tratado así antes, de cómo ser diferente —ser más lista que los niños de su edad— solo le había empeorado las cosas al crecer.
Y él… se había quedado allí de pie, sin saber qué decir ni qué hacer.
Así que hizo lo único que se le ocurrió.
Extendió la mano y le dio unas palmaditas en la cabeza, con torpeza, pero con sinceridad.
Al verlo ahora, había algo… tranquilo en ello. Como si, por un breve instante, el mundo se hubiera detenido a su alrededor.
Entonces, el vídeo se cortó y la escena cambió a la biblioteca. Donde él estaba sentado en su mesa de siempre, rodeado de caras conocidas.
—¿Por qué siquiera aguantas a esa pobretona? —preguntó uno de los chicos—. Si solo intentas evitar que te robe el protagonismo, ¿por qué no haces que la expulsen y ya?
Su expresión no cambió mientras se observaba a sí mismo en la pantalla. Pero lo vio, la ligera inclinación de sus labios.
—Ver a una huerfanita como ella esforzarse por igualar mi nivel —dijo su yo del pasado con pereza—, creyéndose alguien, es divertido de ver.
Sí.
También recordaba eso. Había dicho esas palabras. Esa conversación había tenido lugar.
Pero…
Su mirada se oscureció ligeramente.
Eso había sido el segundo día que conoció a Mirena.
Cuando ella lo irritaba. Cuando sus constantes victorias se le metían bajo la piel de una forma que aún no comprendía. Cuando todo lo que quería era bajarle los humos.
No tenía nada —absolutamente nada— que ver con lo que pasó en esa habitación.
Esa conversación había tenido lugar tres semanas antes de la graduación.
No eran lo mismo.
Pero el vídeo los unía a la perfección, como si fueran una única verdad continua, como si todo lo que había hecho por ella ese día… hubiera sido falso.
La mirada de Alexander volvió a posarse en Mirena en el escenario.
Y esta vez, lo comprendió.
La forma en que su rostro había palidecido. La forma en que había mirado esa pantalla.
No había contexto ni explicación en su expresión, solo traición.
Su agarre se tensó alrededor de la copa de vino, y el leve tintineo del cristal resonó en la silenciosa habitación mientras su ceño se fruncía aún más.
¿Quién hizo esto?
La existencia de la grabación ya era bastante preocupante, pero el momento —la precisión— era lo que más lo inquietaba. Quienquiera que estuviera detrás de esto no había actuado al azar. Había esperado. Había elegido un momento en el que él no estaba cerca para intervenir. Lo había publicado de una manera que causaría el máximo daño posible.
No fue impulsivo. Fue calculado y deliberado.
Apretó ligeramente la mandíbula mientras hacía clic en el siguiente vídeo.
La pantalla permaneció en negro. Por un momento, pareció que no era nada. Un archivo dañado o quizá un error.
Sin embargo, justo cuando estaba a punto de cerrarlo, oyó un sonido.
Un sollozo suave, quebrado y apenas audible.
Sus dedos se detuvieron sobre el teclado mientras sus cejas se juntaban lentamente. Solo tardó un segundo más en reconocerlo.
Mirena.
Eran los sollozos de Mirena.
Sutiles y contenidos. Como si intentara que no la oyeran, aunque no hubiera nadie para escuchar.
Alexander no se movió.
Solo escuchó durante unos segundos. Luego, bruscamente, pausó el vídeo.
Su mano se crispó ligeramente mientras se reclinaba, exhalando por la nariz, incapaz de seguir escuchando.
A su lado, Daniela soltó un suave quejido, con las orejas caídas como si pudiera sentir el cambio en su estado de ánimo. Se incorporó y le tocó la pierna brevemente con la pata antes de volver a acomodarse, más silenciosa esta vez.
La mirada de Alexander se demoró en la pantalla negra congelada.
Luego, lentamente, cerró el portátil y cerró los ojos.
Siguió el silencio, pero no sirvió de nada. Incluso con los ojos cerrados, el rostro de Mirena persistía.
Esa expresión en el escenario y esas lágrimas, mezcladas con el sonido de su llanto, se repetían en su mente.
No fue un accidente. No podía haberlo sido.
Alguien había elegido ese momento. Ese día y esa secuencia de clips.
Alguien había querido este resultado.
Abrió los ojos lentamente, y un suspiro silencioso se le escapó mientras las piezas comenzaban a encajar.
Ahora entendía por qué su ira era tan profunda. Por qué no dudó en calificar sus sentimientos de falsos, e incluso la reacción de Ada tenía sentido.
Joder…
Incluso él tenía ganas de abofetearse ahora mismo.
Salvo que sabía una cosa con certeza: él no estaba detrás de ese vídeo.
Lo que significaba una cosa. Tenía que demostrarlo.
Cogió el teléfono y marcó sin dudar.
La línea conectó al segundo tono.
—¿Señor?
—Jeremy —dijo Alexander, con un tono tranquilo pero que no admitía demora—, averigua quién está detrás de esos vídeos. No me importa cómo lo hagas, pero tienes dos semanas. Necesito resultados. O puedes olvidarte de tus bonificaciones de los próximos tres meses… y de tus vacaciones.
No hubo protestas al otro lado. A estas alturas, Jeremy ni siquiera estaba seguro de seguir teniendo esas ventajas.
No obstante, respondió: —Entendido, señor.
Alexander terminó la llamada después de eso y bajó el teléfono lentamente, con la mirada perdida en la pared de enfrente.
Si quería avanzar, si quería tener la más mínima oportunidad de derribar lo que fuera que se interpusiera entre él y Mirena, entonces era en esto en lo que debía centrarse por el momento.
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