MEGADEATH TOURNAMENT: Novela oficial. - Capítulo 4
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4: Capítulo 4 — Ecos de las sombras.
4: Capítulo 4 — Ecos de las sombras.
El atardecer cayó sobre Evil City, cubriendo con un brillo gris las calles marcadas por la violencia.
John, aún con el olor a pólvora en las manos, no podía apartar la mirada del humo que salía del restaurante.
Por primera vez, no sentía victoria… solo cansancio.
—¿Sabes, Korn?
—murmuró John sin mirar atrás—.
Por un momento, cuando la vi apuntando a Sasha… volví a sentir lo mismo que aquel día en la guerra.
Korn, a unos pasos detrás, lo observaba en silencio.
Sabía que en su interior algo se estaba rompiendo.
No obstante, Korn dirigió su atención a la asesina.
—¿Y bien?
—¿Y bien qué?
—respondió ella con enojo.
—Vamos, sé sincera: ¿por qué hiciste todo esto?
—ordenó Korn.
—Ja, ¿no es obvio?
Vine a matarlo; además, tiene una buena recompensa —sonrió Hayley—.
—Ya me parecía que nada cambia en este mundo —murmuró Korn, al contemplar la devastación del local—.
Pero bueno, te llevaré conmigo al cuartel.
—¿Eh?…
¿Y por qué?
—exclamó Hayley.
—No es obvio: tú eres una cazadora ilegal y, debido a tu conducta actual, corresponde que te presente a juicio.
Korn, sin prejuicios, la cargó como un bolso de viaje sobre el hombro.
Sin embargo, al girarse, observó a John con desilusión y dolor frente al restaurante de su amiga.
—¡Me lleva la…!
—exclamó—.
¡Todo el primer piso, destruido!
—miró, hincado frente al local—.
Las reparaciones saldrán una fortuna.
Ay, ay… ¿cómo se lo tomará Sasha cuando vuelva?
—murmuró John con preocupación.
—Mis condolencias por el local, John.
Sin embargo, no hay tiempo que perder; existe una forma de que el local sea reconstruido antes de que tu amiga regrese.
—Te escucho —respondió, volteando al escuchar la propuesta.
—Acepta participar en la captura de los terroristas que acechan este mundo —sonrió, tocándole el hombro—.
Y te prometo, John, que haré lo posible para que este lugar vuelva a ser como nunca.
La culpa y la tensión impulsaron a John a levantarse.
Con la cabeza en alto, vociferó: —Okey… ¿dónde está la agencia de los Nero Forte?
—dijo con la mirada decidida.
—Cool… pues bienvenido a la cacería más grande de todos los tiempos —asintió Korn—.
Pero antes de marchar, debo realizar una llamada.
—¡Oye, oye!
¡No olvides que todavía me tienes en tu hombro, degenerado!
—pataleó y chilló Hayley.
—Tú cierra el pico… ¿No ves que me manchas el uniforme?
—ordenó Korn mientras la bajaba—.
Sí que pesas, tú, tú… ¿eh, cuál es tu nombre?
—Mi nombre es Hayley Rose Blackwood Dubois, imbécil —vociferó, escupiéndole en la cara.
—¡Ay, qué asco!
—gruñó Korn al limpiarse el escupitajo—.
Para ser una dama, tu encanto y tu cuerpo son lo único que te definen… pero no tu actitud.
Hazme un favor, John: procura que no se escape —vociferó al alejarse para dar aviso.
Un desgastado poste de luz iluminaba tenuemente a John y Hayley.
El escenario era perfecto para un asesinato.
La respiración agitada de Hayley solo alimentaba la tensión y el miedo que sentía.
De pronto, en un movimiento lento y misterioso, John metió la mano en su bolsillo, provocando el pánico en ella.
Al cerrar los ojos, creyó que iba a sacar su arma.
Sin embargo, al abrirlos levemente, vio que se trataba solo de un paquete de cigarrillos.
—No creas que te libraste —divagó John al mirarla con desprecio—.
Aún tengo cuentas pendientes contigo.
—Sí, sí… ya quisieras, rubia.
—Ay, mira tú, desgra… —gruñó, tomándola del pecho con furia.
—Eres tan fácil de provocar, ¿verdad, John?
—insinuó Hayley con una sonrisa torcida—.
¿Por qué no sacas tu arma y me disparas?
Claro, no necesitas gastar toda la munición… solo una basta, ¿no?
—añadió con cinismo.
Ella se inclinó lentamente, acortando la distancia, su voz se volvió más suave.
—¿Sabes qué es lo gracioso?
—dijo con burla— Que te observo y solo veo a un soldado que no sabe cuándo soltar el arma.
John no respondió; el cigarro se consumía entre sus dedos.
—Y mírame a mí —continuó ella—, una asesina a sueldo que sigue viva porque los hombres como tú siempre dudan en matar.
John exhaló el humo con fuerza, acercándose hasta quedar frente a ella.
—Quizás la próxima vez no dude —respondió, dejando caer el cigarro al suelo.
Desde la lejanía, una sombra se alzaba sobre una enorme pila de cadáveres.
—Vaya decepción… juré que alguno de ellos me daría una pelea satisfactoria.
En fin, lo importante es dar el mensaje.
El imponente hombre se acercó a un charco de sangre y, al contemplar su reflejo, una sensación de éxtasis invadió todo su ser.
Su expresión cambió al percibir la presencia de una misteriosa mujer que se aproximaba con calma.
—Oh, vaya, vaya —sonrió con placer—.
Me has dejado cautivada… mira esta cantidad de muerte.
—Mi señora —murmuró el hombre, arrodillándose—.
Tal como ordenó, este territorio está bajo su dominio ahora, Lady Death.
—Espléndido —susurró la mujer mientras extendía sus manos y tomaba con gentileza el rostro del hombre—.
Tienes toda mi gratitud, The One —pronunció antes de depositar un beso en su frente.
Una nueva era de oscuridad se alzaría.
El descontrol y la corrupción reclamarían el mando de este mundo.
Ambos individuos alzaron su vista, sabiendo que el siguiente paso sería inevitable: la cacería y la recluta de nuevos guerreros para erigir su propio reino de muerte.
—Si voy a empezar a reclutar a más personas, necesitaré un nombre llamativo —pensó ella.
—Mi señora, ¿no sería mejor no mencionar el nombre de su próximo movimiento?
—Jeje, pero qué tonterías dices, The One —sonrió con jugueteo y cinismo—.
En cada evento histórico, el nombre es lo que destaca —afirmó Lady Death.
—De acuerdo, mi señora.
¿Y usted ya pensó en el nombre?
—Sí… pero puede que sea improvisado —reconoció al menear la cabeza—.
Ya lo tengo… El próximo movimiento será El Megadeth, y para darle más placer, será un torneo.
Con el destacado nombre de su próximo objetivo, la persuasiva y sensual Lady Death comenzó a imponer su era y su régimen sobre todos los renacidos de aquel misterioso y sombrío mundo.
“Para todos los que fueron víctimas, asesinos, psicópatas o seguidores… este es el momento de sumergirse en sus acciones y buscar lo que más ambicionan”, boceteó ella al alzar sus manos hacia el cielo negro de Inan Ngüne, la tierra que atrajo a todas estas almas perdidas.
Desde la salida de Evil City, el trío se aproximaba a la base más cercana de los NF.
—¡Oye, oye!
¿Por qué los tengo que llevar en mi carro?
—refunfuñó John con desagrado—.
Creí que tú, al ser parte de ellos, te beneficiarías con un transporte propio.
—Hey, no me culpes; no sabía que todos estarían ocupados con el problema de los terroristas —respondió Korn al girarse.
—Sí, sí, cúlpalos por su negligencia… ¡carajo!
—vociferó John al ser golpeado por Hayley, sometida—.
Oye, déjate de patear o te llevaré como trofeo al frente.
—¿Hasta cuándo me dejarán sujeta de esta manera?
No saben la tortura y la vergüenza que es estar así por horas.
—¡Oye!
No me vengas con tus excusas.
Por tu culpa casi destruyes el lugar que consideraba mi hogar —le reprochó John al mirarla por el retrovisor—.
Además, verte así sujeta me hace sentir algo que no quiero despertar.
—Viejo, ¿qué diablos te pasa?
—giró Korn ante el comentario—.
Mejor pon atención al frente; no sabemos cuándo pueda aparecer un loco o un terrorista.
Las palabras pronunciadas por él describían el inhóspito ambiente y el terreno que se extendía a lo largo de la autopista.
Muchas dudas y preguntas divagaban entre todos los renacidos de Inan Ngüne: ¿cómo, o por qué, llegamos a este mundo?
Esa era una de las grandes incógnitas para cada ciudadano.
Otra peculiaridad era la existencia de ciudades formadas por la mezcla de distintas eras… Era como si un pensamiento convergente hubiese sido la chispa que dio origen a una civilización en medio de este infierno.
El pensamiento de Korn fue interrumpido por el acercamiento de un carro desconocido que se aproximaba a toda velocidad.
John lo notó y, bajando la velocidad, decidió darle paso al vehículo… un grave error.
¡Crash!
—¡¿Pero qué…?!
—gritó al sentir el impacto—.
¡Hombre, ¿qué te sucede?!
—exclamó al ser embestido intencionalmente.
—¡Mierda!… Me siguieron —murmuró para sí mismo—.
¡John, para el carro!
—ordenó Korn.
—¿Eh?…
¡Ni loco!
—gritó John—.
¡Abróchense y aprieten las nalgas!
—vociferó mientras pisaba el acelerador y realizaba maniobras bruscas por la autopista.
Un momento de tensión dominaba la frenética persecución.
Korn, al ver que jamás escaparían de los tipos, bajó violentamente del carro.
—¡Oye, ¿por qué saltaste?!
—exclamó Hayley.
A solo segundos de ser atropellado, Korn respiró hondo y, con calma inquebrantable, limpió el polvo de su ropa antes de ejecutar su movimiento.
Su respiración se volvió densa, y una energía carmesí comenzó a irradiar desde su cuerpo.
El suelo tembló bajo sus pies cuando extendió ambas manos, dejando que su Nge-llün cobrara forma: su aura se solidificó en una poderosa pared de piedras flotantes, girando a su alrededor como una fortaleza viva.
—¡Domination!
—murmuró con voz firme—.
No pasarás de aquí.
El carro enemigo se frenaría a unos metros más adelante, chirriando sobre el asfalto agrietado.
¡Plofff!
—Qué desastre —pronunció al ver el carro destrozado y a un tipo incrustado en el parabrisas.
De pronto, del interior descendió una figura encapuchada, con un símbolo tallado en el pecho: un círculo fracturado atravesado por una línea roja.
Korn lo reconoció de inmediato.
—No puede ser… —susurró—.
Ese emblema… es de Lady Death.
El tipo avanzó sin dudar y, con un rugido, hizo temblar el suelo.
Korn optó por cambiar su Nge-llün a una forma de soga o cola de energía.
Ambos chocaron en un estallido de fuerza y polvo, el aire vibrando entre sus auras opuestas.
Por primera vez, Korn sintió que aquel no era un simple adversario… sino un heraldo del caos que se avecinaba.
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