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Mezcla de mundos anime: El emperador intergalactico - Capítulo 39

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Capítulo 39: Capitulo 38: Yokai

El primer día de clases después de las vacaciones de invierno transcurrió como cualquier otro. Profesores reanudando sus clases con entusiasmo forzado, estudiantes bostezando sin disimulo, y montones de tareas acumuladas esperando a ser corregidas. Pero para Daniel, su regreso al Instituto Kuoh no podía ser más particular.

Lo único que realmente sobresalía ese día, fue cuando Mitsuru Kirijo, con su porte elegante y su mirada determinada, se unió a Daniel y sus novias durante la hora de comida.

El comedor se silenció por un momento cuando la heredera del Grupo Kirijo se sentó con una sonrisa leve pero genuina junto al joven que se había ganado su atención… y tal vez algo más.

Las novias de Daniel —Tamamo, Reynare, Alya, Sakura, Hikari y Hibiki— la aceptaron de forma rápida y natural. Aunque, entre miradas cómplices, todas sabían la verdad: después de esa noche durante las vacaciones, entendieron que necesitarían más refuerzos si querían evitar ser aplastadas por el instinto de dragón de Daniel. Mitsuru, con su compostura y fuerza, no era una mala opción.

—Por lo menos alguien con buena resistencia y mentalidad táctica —murmuró Hibiki entre dientes, provocando una risita por parte de Alya.

Mientras eso sucedía, Rias Gremory y Sona Shitori regresaban de sus visitas familiares en el Inframundo. Sona volvió con su clásico comportamiento serio e imperturbable, aunque cuando Daniel estaba cerca, un leve rubor decoraba sus mejillas y parecía esforzarse el doble en no mirarlo demasiado.

Rias, por otro lado, no era la misma.

La pelirroja se mostraba más callada, distante, e incluso cabizbaja. Ya no brillaba como solía hacerlo, y aunque se esforzaba en mantener una apariencia fuerte, Daniel no necesitaba leerle la mente para saber que algo la atormentaba.

Con sus recuerdos de su vida pasada y todo lo que sabía sobre su historia, no necesitaba muchas pistas para adivinar el motivo: el compromiso con Riser Phenex. Un acuerdo político impuesto por las altas esferas del Inframundo.

Daniel solo la miró de reojo ese día, sin presionarla. Sabía que no podía hacer nada… a menos que ella se lo pidiera directamente. Porque aunque podía ser un mujeriego, no era un entrometido.

—Cuando estés lista, Rias… estaré ahí —pensó para sí mismo, mientras sus ojos se encontraban por un instante con los de ella al otro lado del pasillo.

Ella bajó la mirada.

La rutina escolar volvía, pero el mundo sobrenatural nunca duerme.

Y algo en el aire… decía que esa calma no duraría mucho.

Al finalizar el horario escolar, mientras el sol descendía lentamente en el horizonte de Kuoh, Daniel y sus novias se preparaban para retirarse juntos. Caminaban entre risas, comentarios de sus clases y planes para la noche, cuando una figura inesperada apareció frente a ellos.

Un hombre de aspecto joven, con rasgos mayormente humanos, pero dotado de orejas lupinas sobre su cabeza y una cola espesa que se movía con tensión tras él, se interpuso en su camino. Su aura era firme, pero contenida. Llevaba ropa sencilla pero bien cuidada, y su rostro mostraba señales de agotamiento… y desesperación.

Daniel activó su Haki de observación de forma casi instintiva. Sintió que las intenciones del desconocido no eran ni hostiles ni maliciosas. Neutras, sí, pero con un tinte de urgencia sincera.

—Perdón por aparecer de forma tan abrupta —comenzó el hombre, con una ligera reverencia—. Sé que no es correcto, pero… necesito ayuda.

Daniel frunció el ceño con curiosidad.

—¿Ayuda? —preguntó con tono neutral pero atento—. ¿Quién eres?

—Mi nombre es Ginji. Soy un Youko, parte del clan de Yokai que vive en las afueras de Kyoto, pero tengo familia en Kuoh… o más bien, la tenía.

Tamamo y Reynare, que ya se habían puesto a cada lado de Daniel por precaución, intercambiaron miradas silenciosas.

—Hace unos meses —continuó Ginji—, la familia de mi hermano desapareció. Se habían mudado a Kuoh para empezar de nuevo… y de repente, simplemente dejaron de responder. Nadie los ha visto. Ninguna señal mágica. Ni un solo rastro.

Daniel lo observó detenidamente, percibiendo la desesperación contenida tras sus palabras. Luego pensó en algo.

—Los Yokai normalmente no confían en los humanos. Sona y Rias me dijeron eso con claridad —comentó—. ¿Por qué vienes a mí?

Ginji suspiró.

—Porque no tengo otra opción. Escuché sobre ti. Lo que hiciste con ese ángel caído… la forma en que protegiste a personas sin deberles nada. Pensé que tal vez tú serías distinto. Si debo elegir entre pedir ayuda a los demonios que gobiernan Kuoh o a un humano sin afiliaciones políticas, prefiero la opción con menos riesgos.

Daniel cruzó los brazos un instante, pensativo. No era el primer conflicto extraño que aparecía en Kuoh… y si había Yokai desaparecidos sin dejar rastro, podía significar algo mucho más grande.

Finalmente, asintió con calma.

—Bien. Te ayudaré.

Tamamo sonrió con orgullo, mientras Reynare asentía ya lista para la acción.

Daniel se volvió hacia el resto de sus novias. Con una sonrisa tierna, les dio un beso a cada una en los labios. Un gesto lleno de calidez, pero también de promesa.

—Vayan directo a casa. Nos vemos luego. Tengan cuidado.

—Tú también… —murmuró Sakura, aún con el sabor del beso en los labios.

—No hagas locuras —añadió Alya con una sonrisa traviesa pero preocupada.

Y así, Daniel, Tamamo, Reynare y Ginji partieron juntos, siguiendo las pistas que los llevarían al misterioso complejo de casas donde fue vista por última vez la familia Yokai.

Una nueva sombra comenzaba a alzarse sobre Kuoh…

Y Daniel estaba listo para enfrentarla.

La brisa helada de invierno acariciaba los árboles silenciosos del barrio residencial abandonado, mientras Daniel, Tamamo y Reynare observaban el entorno con seriedad. Frente a ellos, el Youko Ginji, con el ceño fruncido y los puños apretados, señalaba una de las casas del complejo donde alguna vez vivió la familia de su hermano.

—Fue ahí —dijo con voz tensa—. Ese fue el último lugar donde los vieron. Después de eso… nada.

Tamamo cerró los ojos y extendió su mano, trazando sellos arcanos invisibles en el aire. Su expresión era de concentración absoluta.

—…Hay rastros —dijo finalmente—. Muy débiles, casi imperceptibles. Pero definitivamente se usó magia aquí… hace semanas, quizás más de un mes. Casi se ha desvanecido por completo.

Reynare también se concentró, frunciendo el ceño mientras extendía sus propias alas oscuras. Su tono se volvió grave.

—Esta magia… la reconozco. Es la de un ángel caído. Y no cualquiera… es densa, caótica… arrogante. Este rastro es de Kokabiel.

Daniel entrecerró los ojos.

—Lo imaginé…

Ginji los miró, confundido y tenso.

—¿Kokabiel? ¿Ese nombre se supone que debería decirme algo?

—Kokabiel —intervino Reynare con frialdad— es uno de los ángeles caídos más poderosos y peligrosos que existen. Un psicópata obsesionado con la guerra y el caos. Si vino aquí, no fue por nada noble. Si atacó a tu familia… fue por diversión. Por ego. Porque podía hacerlo.

Ginji apretó los dientes con furia. Su cola se agitaba de un lado a otro, mostrando su creciente ira.

—¿¡Diversión!? ¿¡Eso es todo!? ¡Eran niños, una familia normal! ¿Qué clase de monstruo…?

Daniel lo detuvo con una mano en el hombro.

—No estás equivocado, Ginji. Pero perder el control ahora no te servirá de nada. Necesitamos pensar cómo localizarlos… si aún están vivos, tenemos una oportunidad.

Tamamo asintió.

—Podemos seguir el rastro, pero será complicado. Con el paso del tiempo, la magia se ha dispersado. Necesitaré preparar un ritual de rastreo más preciso. Podría tomarme unas horas… pero es posible.

—Y si el rastro se conecta con otros lugares —añadió Reynare—, tal vez podamos determinar un patrón… o el destino final al que los llevaron. Aunque tratándose de Kokabiel, no será un lugar muy amigable.

Ginji respiró profundo, recuperando la compostura.

—Entonces hagámoslo. Haré lo que sea necesario. Solo quiero que estén a salvo… y si no lo están… quiero justicia.

Daniel asintió, con una mirada determinada.

—Entonces comenzamos ahora.

Vamos a encontrar a tu familia, Ginji.

Y si Kokabiel está detrás de esto… pagará.

La noche había caído sobre Kuoh, pero en el viejo distrito industrial, un leve resplandor mágico iluminaba una zona olvidada por la ciudad. Tamamo, con expresión grave, había terminado su ritual de rastreo. Su abanico brillaba tenuemente mientras flotaban símbolos arcanos sobre la superficie del suelo.

—Aquí es… —murmuró—. El flujo de energía mágica es más fuerte en esta dirección. Almacén 13B, justo al borde del complejo.

Daniel, Reynare y Ginji intercambiaron miradas antes de avanzar. El edificio estaba en ruinas, oxidado y abandonado por fuera, pero el interior… contaba otra historia. Había restos de cadenas, símbolos dibujados en la pared con sangre ya seca y olor a muerte impregnando el aire.

Reynare frunció el ceño al detectar el aura familiar.

—Esto… no es magia común. Aquí se hicieron rituales oscuros… interrogatorios… tortura.

Tamamo, aún siguiendo los rastros, llevó al grupo hacia el fondo del almacén. Allí, detrás de un grupo de cajas oxidadas, encontraron lo que nadie quería ver.

Un cuerpo.

Ya en avanzado estado de descomposición, con restos de energía mágica oscura impregnada en la carne. A su alrededor, el suelo estaba marcado por un círculo de supresión, y sobre su pecho, había una pluma negra chamuscada: el sello macabro de Kokabiel.

Ginji cayó de rodillas, como si le hubiesen golpeado el alma misma.

—…No…

—¡NOOOOOOOOO! —el aullido que lanzó fue tan doloroso, tan cargado de furia, que resonó por todo el edificio.

Era su hermano. No había duda.

Daniel bajó la cabeza en silencio, cerrando el puño con fuerza. El aire se tornó más denso. Incluso Tamamo, normalmente serena, apretó los dientes, furiosa por la escena.

Reynare solo murmuró con voz quebrada:

—Él… fue ejecutado como advertencia. Kokabiel lo usó como ejemplo…

Ginji se levantó lentamente, con las lágrimas aún corriendo por su rostro. Caminó hasta el cuerpo y, con la ayuda de Daniel, lo envolvieron en una manta de energía purificadora conjurada por Tamamo.

No había sacerdotes. No había rezos. Solo el silencio de una noche que no olvidaría.

En las afueras del almacén, cavaron una tumba improvisada. Con respeto, la cubrieron con tierra y piedras, y Ginji colocó su espada frente al túmulo como señal de duelo.

—Lo juro —dijo Ginji, con la voz baja pero cargada de furia contenida—. Hermano… no morirás en vano. Kokabiel… pagará cada gota de sufrimiento que has pasado. Haré que sus gritos lleguen al cielo.

Daniel puso su mano en el hombro del yokai.

—No estás solo en esto, Ginji.

No importa si eres humano, ángel, demonio o yokai. Nadie merece esto.

Tamamo y Reynare asintieron.

—Kokabiel ha cruzado demasiadas líneas —dijo Reynare con voz tensa—. Esta vez, lo vamos a parar. No por política. No por alianzas. Por justicia.

Daniel miró al cielo estrellado y apretó los dientes.

—Y yo me aseguraré de que el mundo recuerde… que nadie queda impune cuando pone sus manos en inocentes.

La noche seguía su curso mientras Daniel, Tamamo, Reynare y Ginji avanzaban guiados por el tenue rastro mágico que aún flotaba en el aire. La energía residual era débil, pero Tamamo la mantenía viva con sus encantamientos de rastreo. Nadie hablaba. El aire era pesado, y el silencio sepulcral se rompía solo por los pasos apresurados del grupo.

Finalmente, llegaron a una casa apartada, oculta entre árboles secos y colinas. La fachada estaba abandonada, pero algo en el ambiente les puso los pelos de punta.

—…No están lejos —murmuró Tamamo.

Daniel entró primero, seguido por Reynare, mientras Ginji apenas contenía la respiración. Al cruzar el umbral, el olor los golpeó como una pared invisible.

—No… —murmuró Ginji, adelantándose.

Sobre el suelo, en medio del salón cubierto de sangre, yacía el cuerpo sin vida de una mujer joven. Su rostro mostraba el rastro de dolor y resistencia. Era la esposa de su hermano. Su kimono estaba desgarrado, pero aún así, su expresión indicaba que luchó hasta el final.

Ddraig habló en la mente de Daniel, su tono frío y tenso:

“Esta energía mágica… es fresca. No más de cuatro horas. Están cerca. Muy cerca.”

Ginji cayó de rodillas otra vez, su ira brotando como un volcán dormido reactivado.

—¡Malditos bastardos! ¡La mataron! ¡La mataron como si nada! —golpeó el suelo con fuerza, y sus uñas se tornaron garras, su cuerpo temblando entre llanto y rabia.

Daniel no dijo nada. Solo apoyó una mano en su hombro, con la mirada clavada en el rastro mágico que salía por la puerta trasera.

—Aún queda una esperanza… la niña.

Tamamo asintió de inmediato y activó su magia una vez más.

—¡Hay otra fuente de vida adelante! ¡Es débil, pero está viva!

Reynare desenfundó su lanza de luz oscura.

—Entonces no podemos perder ni un segundo más.

El grupo llegó a un almacén aún más grande que el anterior, cubierto por barreras ilusorias que ocultaban su presencia. Daniel las rompió como si fuesen papel con una oleada de Haki de armadura, y al cruzar la entrada, su Haki de observación se activó por completo.

—Conté al menos 12 presencias —dijo con voz baja—. La mayoría son ángeles caídos de bajo y medio rango… pero hay uno. Uno fuerte. El líder.

—Entonces ya saben lo que tienen que hacer —dijo Daniel, y los tres asintieron sin dudar.

Tamamo invocó sus fuegos espirituales y se lanzó como un vendaval sobre los enemigos de rango medio, dejando un rastro de llamas sagradas. Ginji, liberando su transformación parcial, se volvió una bestia de velocidad y furia, destrozando sin piedad a quienes se cruzaban en su camino.

Reynare, rápida y certera, se ocupaba de los más débiles. Su lanza atravesaba corazones y cráneos sin vacilación. No había misericordia. No con quienes torturaban por diversión.

Daniel, mientras tanto, caminó con calma hasta el fondo del almacén. Allí, en una cámara rodeada de símbolos de supresión, se encontraba una pequeña yokai, encadenada, llorando y temblando. Frente a ella, un ángel caído de seis alas negras, con túnicas rojas manchadas de sangre, se giró al sentir la presencia de Daniel.

—Vaya, vaya… —dijo con una sonrisa torcida—. Así que tú eres el humano que arruinó los planes de Surgal.

Daniel no respondió. Solo lo miró fijamente, su aura de dragón liberándose lentamente, volviendo el aire denso y vibrante.

—No te confundas —dijo finalmente, con voz baja pero firme—. No soy un humano cualquiera… y tú acabas de sellar tu sentencia de muerte.

—¿Por interrumpir una simple sesión de interrogatorio?

—No. Por torturar y asesinar a una familia inocente. Por convertir el sufrimiento en juego. Por mirar a una niña y pensar que podías hacerle lo mismo.

El ángel cayó en postura de combate, sonriendo con arrogancia.

—¡Entonces ven! ¡Hazme pagar si puedes!

Lo último que vio fue un destello rojo.

Daniel desapareció de su vista. Cuando el ángel intentó moverse, sintió un golpe seco en el abdomen. Luego en la cara. Luego en la espalda. Daniel lo golpeaba con una precisión brutal, usando Boost tras Boost, y mezclando Haki con su poder dracónico. El suelo se rompía con cada choque.

El ángel cayó de rodillas, escupiendo sangre.

—¿Quién… diablos eres tú…?

Daniel caminó hacia la niña, la liberó de las cadenas, y la cargó en sus brazos con cuidado.

—Yo soy la advertencia de que este mundo ya no te permitirá seguir torturando en las sombras.

Con un rugido de dragón, una ráfaga de llamas lo envolvió.

Cuando las llamas se disiparon, no quedaba nada del ángel caído. Solo cenizas.

Ginji llegó segundos después, con sangre de enemigos aún goteando de sus garras.

—¿Está… viva?

Daniel le entregó a la niña. Estaba desmayada, pero viva. Ginji rompió a llorar de nuevo, esta vez con alivio.

—Gracias… Gracias, hermano.

—No me agradezcas aún —respondió Daniel—. Aún queda Kokabiel… y esta vez, no va a escapar.

La niña yokai dormía profundamente en los brazos de Ginji, resguardada con una manta improvisada por Tamamo, su respiración apenas audible, pero constante. Daniel se mantenía en silencio, observando el entorno manchado por el dolor y la muerte. Era un pequeño alivio en medio de la tragedia, pero al menos… una vida fue salvada.

—Ginji —dijo Daniel con voz baja pero firme—. ¿Estás bien si llamo a Azazel?

El hombre lobo levantó la mirada, sus ojos cargados de rabia y tristeza.

—¿Al gobernador de los ángeles caídos? ¿Después de todo esto?

—Lo sé —asintió Daniel—. Pero Kokabiel está actuando a espaldas de Azazel. Esta masacre… esta abominación, no fue autorizada. Si no lo contactamos, esto podría escalar en algo mucho peor. Una guerra, quizás.

Ginji dudó. El dolor le nublaba el juicio, pero sabía que el odio ciego no lo llevaría a ninguna parte. Miró a su sobrina dormida en sus brazos, y suspiró profundamente.

—Haz la llamada… Pero si ese ángel se atreve a justificar algo, lo haré pedazos.

Daniel asintió con respeto y sacó su teléfono. Marcó directamente al contacto de Azazel. La línea tardó unos segundos en establecerse, hasta que la voz despreocupada pero alerta del gobernador resonó.

—Vaya, Daniel. ¿Qué sucede? Esperaba que estuvieras descansando.

—Ojalá pudiera decir que sí —respondió Daniel con frialdad—. Pero encontré una familia yokai asesinada. El hermano de Ginji y su esposa están muertos. Su hija, apenas viva. Y todo apunta a un escuadrón de fanáticos… leales a Kokabiel.

Hubo silencio. Puro y total. Luego, la voz de Azazel cambió de tono, volviéndose más grave.

—¿Estás seguro?

—Tamamo detectó los rastros mágicos. Reynare los reconoció. Y el líder del grupo era un subordinado de Surgal.

El gobernador de Grigori maldijo en voz baja, lejos del micrófono.

—Esto… traerá consecuencias políticas muy graves —dijo—. Si los yokai se enteran oficialmente, podría provocar represalias contra nosotros, incluso si no fui yo quien dio la orden.

—Ginji quiere justicia. No venganza. Justicia. Quiere hablar contigo.

Azazel se quedó callado de nuevo. Luego soltó un suspiro y respondió:

—Acepto la reunión. No por conveniencia, sino porque esto… es inaceptable. Dile a Ginji que lo veré personalmente, cuando él esté listo.

Daniel colgó, luego giró hacia Ginji.

—Aceptó.

Ginji bajó la mirada hacia su sobrina, acariciando suavemente su cabeza con una expresión entre dolor y esperanza.

—Gracias… de verdad, Daniel. No solo por salvarla. Por… tomarte esto como si fuese tu propia familia.

Daniel negó con la cabeza.

—Esto nunca debería pasar, Ginji. No importa si eres humano, demonio, yokai o ángel. Nadie merece perder su hogar así.

El hombre lobo sonrió levemente, por primera vez desde que comenzó todo.

—Te pagaré esta deuda. Te lo juro por el nombre de mi hermano. Tengo conexiones con los clanes yokai y con la gobernadora Yasaka. Te pondré en buena palabra con ella. Lo mínimo que puedo hacer.

Daniel iba a rechazar por cortesía, pero las palabras se le quedaron atoradas. Solo asintió con una media sonrisa.

—Te lo agradezco.

Mientras Ginji partía hacia su encuentro con Azazel, acompañado por la niña envuelta en una manta mágica de protección, Daniel, Tamamo y Reynare emprendieron el camino de regreso a casa. El viento soplaba con fuerza, como si intentara arrastrar la tristeza, pero el peso en sus corazones no se desvanecía con facilidad.

—Fue… un día difícil —dijo Reynare, cruzando los brazos, pensativa.

—Pero hicimos lo que pudimos —agregó Tamamo, tomándole la mano a Daniel mientras caminaban por las calles silenciosas de Kuoh.

—Sí… —susurró Daniel, mirando el cielo nocturno—. Aunque lo que vimos hoy… no lo voy a olvidar nunca.

Y mientras se alejaban, dejando atrás los horrores de aquel almacén, en el aire flotaba una sensación amarga, pero también una chispa de esperanza.

Porque esta vez, una niña sobrevivió.

Y la justicia… comenzaba a moverse.

Regresamos despues de una semana de descanso por enfermedad, vota si te gusto el episodio y apoyame en mi patreon para seguir escribiendo mas de estas historias.

Mi patreon: SeathScale

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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