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MI AMADO PRÍNCIPE - Capítulo 139

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Capítulo 139: CAPÍTULO 9: Raíces de Poder

El Retorno a la Tierra Antigua

El aire de Silvaris siempre había sido distinto al de las llanuras industriales de Dravendel. Era un aire que pesaba, cargado de una humedad milenaria que transportaba el aroma del musgo, la resina de los pinos ancestrales y el eco de una historia que se negaba a morir. Era un aire que se sentía vivo, casi consciente.

Caius Sylvarion descendió de su carruaje antes de que la guardia pudiera formar la fila de honor. No buscaba la pompa ni el estruendo de las trompetas; en este rincón del mundo, su sola presencia era el protocolo. Las pesadas puertas de roble y hierro del palacio de su infancia se abrieron con un gemido sordo, como si la estructura misma del edificio exhalara un suspiro de reconocimiento al sentir sus pasos.

Al final del gran corredor de piedra, bañada por la luz filtrada de los vitrales verdes, estaba ella. Selena. Su madre no llevaba la corona en ese momento, pero su porte seguía siendo el de una soberana de ley. No hubo reverencias frías ni etiquetas rígidas. Hubo un abrazo; uno de esos que no pertenecen a la liturgia del trono, sino al refugio del corazón.

—Has vuelto —susurró ella, y en su voz se mezclaba el alivio de la madre con el orgullo de la ex archiduqusa consorte.

Caius cerró los ojos, permitiéndose ser hijo por un breve instante antes de volver a ser emperador.

—Nunca me fui del todo, madre. Parte de mi mente siempre estuvo custodiando estos bosques.

El encuentro con su padre, el Archiduque Emérito, tuvo una gravedad diferente. El hombre estaba sentado frente a la chimenea, con la espalda ligeramente encorvada bajo el peso de los años, pero cuando levantó la vista, Caius vio que el fuego de sus ojos seguía intacto. Eran los ojos de un hombre que había gobernado tormentas.

—Así que… ya lo hiciste —dijo el anciano con una voz que era como el crujido de la madera vieja.

Caius asintió con una solemnidad absoluta.

—Sí. El Imperio ya no es un proyecto. Es una realidad sellada.

Una leve sonrisa, cargada de una satisfacción cansada pero profunda, apareció en el rostro de su padre.

—Bien. Era lo que esta tierra necesitaba para no desangrarse.

El Soberano Caminante

Pero Caius no había regresado para descansar. El descanso era un lujo que los arquitectos de imperios no podían permitirse. Los días siguientes fueron una vorágine de movimiento constante. Gobernar, para Caius, no era un ejercicio estático desde un trono de oro; era sentir el pulso de la tierra bajo sus botas.

Visitó las ciudades industriales donde las chimeneas rugían como bestias de acero. Entró en las fundiciones, observando cada engranaje, detectando ineficiencias con una sola mirada.

—Esto se corrige —ordenaba con una calma que no admitía réplicas. Y, efectivamente, el error desaparecía antes de que él abandonara el recinto.

Se sumergió en los centros de inteligencia, esas salas silenciosas donde los mapas se actualizaban con cada parpadeo y los códigos fluían como ríos de información. Allí dejó clara la nueva jerarquía: nada, absolutamente nada, escapaba a la supervisión de la Corona. En las ciudades tecnológicas, protegió los secretos del Imperio con una orden tajante de confidencialidad.

Incluso en las ciudades militares, su presencia era suficiente para que los generales más curtidos bajaran la cabeza. No necesitó gritar; el brillo de sus ojos y la seguridad de su porte les recordaban que el mando ya no estaba repartido entre consejos y ministros. La soberanía era una línea recta que terminaba en él y en Magnus.

El Consejo de los Eméritos

Mientras tanto, en las tierras de Dravendel, Magnus operaba con la misma intensidad quirúrgica. Donde Caius era fluidez y estrategia, Magnus era estructura y control absoluto. Dos estilos, una sola voluntad.

Al caer la noche, Caius regresaba a la intimidad del palacio de sus padres. Entró en la sala privada donde Selena y Marcio lo esperaban. Pero esta vez, la dinámica había mutado. Ya no era el heredero recibiendo instrucciones; era el soberano buscando la perspectiva de quienes ya habían recorrido el camino.

Dejó un documento sobre la mesa: la lista de los nuevos cargos y gobernantes territoriales. Sus padres lo estudiaron con la minuciosidad de quien examina un campo de batalla.

—Este… —señaló su padre con un dedo tembloroso pero preciso— no aquí. Es demasiado ambicioso para ese puesto de frontera. Mejor colócalo cerca de la capital, donde tus ojos puedan ver cada uno de sus movimientos.

Selena intervino, señalando otro nombre.

—Este sí tiene el temple, pero necesita supervisión constante. Es leal al sistema, pero no a las personas. Ten cuidado con él.

Caius escuchaba, absorbiendo cada consejo como una pieza vital del rompecabezas. No era un niño escuchando cuentos; era un monarca reconociendo la veteranía.

Las Sedes Históricas

El silencio se apoderó de la sala cuando Selena mencionó la Constitución.

—He leído el documento, Caius. Especialmente la parte donde la nobleza pierde su poder hereditario. Me encanta —admitió con una chispa de picardía—. Pero tengo una pregunta: ¿Qué pasará con Valdren City y Aurethia City? Ahora que Eridia será la capital, ¿qué lugar ocupan ellas?

Caius apoyó las manos sobre la mesa, proyectando una seguridad imperturbable.

—Seguirán existiendo y mantendrán sus nombres. Pero perderán el título de capitales para ser elevadas a algo más simbólico: Ducados. Las Sedes Históricas del Imperio. Representarán nuestro pasado, pero no dictarán nuestro presente.

Marcio sonrió, comprendiendo la jugada política.

—Interesante… convertirlas en monumentos vivos del poder.

—Pero Magnus y yo pensamos en algo más —añadió Caius, bajando la voz—. Queremos que ustedes los gobiernen en nuestro nombre. Como los primeros Duques de las Sedes Históricas.

El silencio que siguió fue profundo y real. Los padres de Caius lo miraron con una mezcla de sorpresa y emoción contenida.

—Íbamos a hacerlo más adelante, como una sorpresa —confesó Caius con una leve sonrisa—. Pero ya lo saben.

A miles de kilómetros, en Dravendel, Magnus mantenía exactamente la misma conversación con sus propios padres. El plan era idéntico; la confianza, absoluta. El Imperio no solo se estaba construyendo con leyes y cemento en Eridia, sino con la sangre y el legado de quienes les dieron la vida. Porque si las raíces eran firmes y estaban bien cuidadas, el Gran Sacri Imperio de Dravendel-Silvaris no solo sería grande; sería eterno.

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La Consagración del Oro

El taller real estaba sumido en un silencio que no era vacío, sino denso; una calma cargada de respeto, de historia y de un destino que aún no se pronunciaba, pero que ya pesaba sobre los hombros de todos los presentes. Las antorchas, ancladas en las paredes de piedra pulida, proyectaban lenguas de fuego que hacían bailar las sombras, reflejando destellos dorados sobre las mesas de trabajo cubiertas de herramientas de precisión, sedas finas y fragmentos de metales preciosos.

En el centro exacto del salón, sobre un pedestal de mármol negro que parecía absorber la luz, reposaban los dos objetos que contenían el futuro de un millón de kilómetros cuadrados. Dos coronas.

Magnus y Caius permanecían de pie frente a ellas, como quien observa un abismo o una cima inalcanzable. Durante un largo minuto, ninguno habló. No hacía falta. Ambos entendían que lo que tenían delante no eran simples insignias de mando. Eran el punto final de quienes habían sido hasta ese día y el inicio de una existencia que nadie en la historia del continente había logrado forjar.

—Es el momento —murmuró Caius. Su voz, aunque baja, resonó en las paredes de piedra con la fuerza de un decreto.

Magnus asintió, su mirada fija en el brillo del metal. El maestro artesano, Mateo, el hombre cuyas manos habían dado forma a la voluntad imperial, dio un paso al frente. Inclinó la cabeza en una reverencia que rozaba la devoción antes de tomar la primera corona entre sus manos enguantadas.

Era una pieza imponente. Oro puro de las minas más profundas, trabajado con una precisión que desafiaba lo humano. Los detalles entrelazaban la fuerza bruta de Dravendel con la elegancia milenaria de Silvaris. En el centro, el águila bicéfala extendía sus alas, sosteniendo la espada de la justicia y la corona del derecho civil.

Mateo se acercó a Magnus.

—Mi señor…

Magnus inclinó levemente la cabeza, un gesto de sumisión ante su propio destino. Cuando el aro de oro tocó sus sienes, el peso fue inmediato. Real. Irrefutable. Magnus no se movió, pero sus ojos, siempre acerados, adquirieron una profundidad nueva. No era incomodidad; era la comprensión absoluta de que, a partir de ese segundo, ya no se pertenecía a sí mismo.

—Pesa… —murmuró, sintiendo la presión del metal contra su piel.

—Está hecha completamente de oro sólido, mi señor —respondió Mateo con calma.

Caius, observando a su compañero, dejó escapar una sonrisa tenue, casi imperceptible.

—Debe pesar, Magnus —dijo con suavidad—. El poder real nunca fue algo ligero. Quien no siente el peso, no es digno de llevarla.

Magnus exhaló lentamente, aceptando la carga, y asintió.

—Está perfecta.

Luego, fue el turno de Caius. Cuando la segunda corona descendió sobre su cabeza, él no apartó la mirada ni dudó. Sintió el mismo peso abrumador, la misma sentencia de oro, pero la recibió con una firmeza que parecía nacer de sus propios huesos.

—Perfecta —sentenció con voz inquebrantable.

Mateo dio un paso atrás, con el pecho henchido de orgullo. Había creado los objetos que portarían los hombres que cambiarían la historia para siempre. Ya no era anticipación lo que llenaba el taller; era una certeza absoluta.

Los Cimientos de Eridia

Un golpe suave en la puerta rompió el trance. El arquitecto imperial entró, cubierto por una fina capa de polvo de cantera y con los planos del nuevo mundo bajo el brazo. Se inclinó ante las dos figuras coronadas.

—Majestades. El Palacio Imperial está casi terminado. Las secciones finales estarán listas en menos de un mes y medio.

—¿Y la catedral? —preguntó Caius, pensando en la legitimidad divina del Imperio.

—La Catedral de San Francisco es compleja, mi señor, pero avanza. No nos detendremos.

Caius asintió. Eridia estaba naciendo del caos, una capital de piedra blanca que sería el faro de la Diarquía.

La Soberana entre los Hombres

A cientos de kilómetros, en el Principado de Aquilón, el sonido dominante no era el silencio del taller, sino el estruendo del progreso. El martillo contra la piedra y el metal llenaba el aire de una ciudad que se negaba a descansar.

Emma Valdemar no estaba en un trono rodeada de incienso y protocolos. Estaba de pie en medio de un andamio, con el viento de la tarde agitando su cabello y un casco de protección sobre la cabeza. Observaba los planos de un nuevo hospital, el tercero que mandaba construir ese mes.

—Esa estructura no resistirá el peso de la nieve en invierno —dijo, señalando una columna con el dedo—. Refuércenla. Ahora.

Los ingenieros y obreros no asintieron por miedo al látigo, sino por un respeto profundo. Ella estaba allí, en el barro, con ellos. No aceptaba retrasos porque sabía que cada día de demora era un día que un súbdito pasaba sin atención médica. Su gobierno era precisión, acción y una presencia que no permitía el descanso de los mediocres.

La Purga Silenciosa

Mientras Aquilón construía, el Principado de Cantón Ferrum guardaba un silencio sepulcral. En lo alto del palacio, en una sala donde solo las velas se atrevían a moverse, Mattia Stonehaven-Ironthorn permanecía sentado frente a su escritorio.

No había ruido de construcción allí. Solo el rasgueo de su pluma sobre el papel. Informes de inteligencia, listas de nombres, registros bancarios recuperados. Su mirada recorría cada línea con la frialdad de un verdugo. Algunos nombres eran rodeados en círculos; otros, tachados con una línea negra definitiva.

Mattia estaba limpiando la sangre de las raíces de su país. Cada firma era una detención, cada tachadura era un corrupto que dejaba de existir en el sistema. Nadie se atrevía a entrar en esa habitación. Sabían que allí dentro se estaba decidiendo quién vería el amanecer de la nueva era y quién quedaría sepultado en el pasado.

El Destino del Continente

El tiempo avanzaba implacable. El poder se reorganizaba, las estructuras cambiaban y los líderes se alzaban como gigantes sobre la tierra. Las coronas en Eridia ya no eran solo símbolos decorativos; eran el ancla de un destino que no pedía permiso, que no miraba atrás y que, bajo ninguna circunstancia, podría ser detenido.

La era de los reinos fragmentados había terminado.

La era del Gran Sacro Imperio había comenzado.

FIN DE LA TEMPORADA 2

¡La creación es difícil, anímenme! ¡VOTEN por mí!

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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