MI AMADO PRÍNCIPE - Capítulo 140
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Capítulo 140: CAPÍTULO 10: El Peso de la Corona
La Consagración del Oro
El taller real estaba sumido en un silencio que no era vacío, sino denso; una calma cargada de respeto, de historia y de un destino que aún no se pronunciaba, pero que ya pesaba sobre los hombros de todos los presentes. Las antorchas, ancladas en las paredes de piedra pulida, proyectaban lenguas de fuego que hacían bailar las sombras, reflejando destellos dorados sobre las mesas de trabajo cubiertas de herramientas de precisión, sedas finas y fragmentos de metales preciosos.
En el centro exacto del salón, sobre un pedestal de mármol negro que parecía absorber la luz, reposaban los dos objetos que contenían el futuro de un millón de kilómetros cuadrados. Dos coronas.
Magnus y Caius permanecían de pie frente a ellas, como quien observa un abismo o una cima inalcanzable. Durante un largo minuto, ninguno habló. No hacía falta. Ambos entendían que lo que tenían delante no eran simples insignias de mando. Eran el punto final de quienes habían sido hasta ese día y el inicio de una existencia que nadie en la historia del continente había logrado forjar.
—Es el momento —murmuró Caius. Su voz, aunque baja, resonó en las paredes de piedra con la fuerza de un decreto.
Magnus asintió, su mirada fija en el brillo del metal. El maestro artesano, Mateo, el hombre cuyas manos habían dado forma a la voluntad imperial, dio un paso al frente. Inclinó la cabeza en una reverencia que rozaba la devoción antes de tomar la primera corona entre sus manos enguantadas.
Era una pieza imponente. Oro puro de las minas más profundas, trabajado con una precisión que desafiaba lo humano. Los detalles entrelazaban la fuerza bruta de Dravendel con la elegancia milenaria de Silvaris. En el centro, el águila bicéfala extendía sus alas, sosteniendo la espada de la justicia y la corona del derecho civil.
Mateo se acercó a Magnus.
—Mi señor…
Magnus inclinó levemente la cabeza, un gesto de sumisión ante su propio destino. Cuando el aro de oro tocó sus sienes, el peso fue inmediato. Real. Irrefutable. Magnus no se movió, pero sus ojos, siempre acerados, adquirieron una profundidad nueva. No era incomodidad; era la comprensión absoluta de que, a partir de ese segundo, ya no se pertenecía a sí mismo.
—Pesa… —murmuró, sintiendo la presión del metal contra su piel.
—Está hecha completamente de oro sólido, mi señor —respondió Mateo con calma.
Caius, observando a su compañero, dejó escapar una sonrisa tenue, casi imperceptible.
—Debe pesar, Magnus —dijo con suavidad—. El poder real nunca fue algo ligero. Quien no siente el peso, no es digno de llevarla.
Magnus exhaló lentamente, aceptando la carga, y asintió.
—Está perfecta.
Luego, fue el turno de Caius. Cuando la segunda corona descendió sobre su cabeza, él no apartó la mirada ni dudó. Sintió el mismo peso abrumador, la misma sentencia de oro, pero la recibió con una firmeza que parecía nacer de sus propios huesos.
—Perfecta —sentenció con voz inquebrantable.
Mateo dio un paso atrás, con el pecho henchido de orgullo. Había creado los objetos que portarían los hombres que cambiarían la historia para siempre. Ya no era anticipación lo que llenaba el taller; era una certeza absoluta.
Los Cimientos de Eridia
Un golpe suave en la puerta rompió el trance. El arquitecto imperial entró, cubierto por una fina capa de polvo de cantera y con los planos del nuevo mundo bajo el brazo. Se inclinó ante las dos figuras coronadas.
—Majestades. El Palacio Imperial está casi terminado. Las secciones finales estarán listas en menos de un mes y medio.
—¿Y la catedral? —preguntó Caius, pensando en la legitimidad divina del Imperio.
—La Catedral de San Francisco es compleja, mi señor, pero avanza. No nos detendremos.
Caius asintió. Eridia estaba naciendo del caos, una capital de piedra blanca que sería el faro de la Diarquía.
La Soberana entre los Hombres
A cientos de kilómetros, en el Principado de Aquilón, el sonido dominante no era el silencio del taller, sino el estruendo del progreso. El martillo contra la piedra y el metal llenaba el aire de una ciudad que se negaba a descansar.
Emma Valdemar no estaba en un trono rodeada de incienso y protocolos. Estaba de pie en medio de un andamio, con el viento de la tarde agitando su cabello y un casco de protección sobre la cabeza. Observaba los planos de un nuevo hospital, el tercero que mandaba construir ese mes.
—Esa estructura no resistirá el peso de la nieve en invierno —dijo, señalando una columna con el dedo—. Refuércenla. Ahora.
Los ingenieros y obreros no asintieron por miedo al látigo, sino por un respeto profundo. Ella estaba allí, en el barro, con ellos. No aceptaba retrasos porque sabía que cada día de demora era un día que un súbdito pasaba sin atención médica. Su gobierno era precisión, acción y una presencia que no permitía el descanso de los mediocres.
La Purga Silenciosa
Mientras Aquilón construía, el Principado de Cantón Ferrum guardaba un silencio sepulcral. En lo alto del palacio, en una sala donde solo las velas se atrevían a moverse, Mattia Stonehaven-Ironthorn permanecía sentado frente a su escritorio.
No había ruido de construcción allí. Solo el rasgueo de su pluma sobre el papel. Informes de inteligencia, listas de nombres, registros bancarios recuperados. Su mirada recorría cada línea con la frialdad de un verdugo. Algunos nombres eran rodeados en círculos; otros, tachados con una línea negra definitiva.
Mattia estaba limpiando la sangre de las raíces de su país. Cada firma era una detención, cada tachadura era un corrupto que dejaba de existir en el sistema. Nadie se atrevía a entrar en esa habitación. Sabían que allí dentro se estaba decidiendo quién vería el amanecer de la nueva era y quién quedaría sepultado en el pasado.
El Destino del Continente
El tiempo avanzaba implacable. El poder se reorganizaba, las estructuras cambiaban y los líderes se alzaban como gigantes sobre la tierra. Las coronas en Eridia ya no eran solo símbolos decorativos; eran el ancla de un destino que no pedía permiso, que no miraba atrás y que, bajo ninguna circunstancia, podría ser detenido.
La era de los reinos fragmentados había terminado.
La era del Gran Sacro Imperio había comenzado.
FIN DE LA TEMPORADA 2
¡La creación es difícil, anímenme! ¡VOTEN por mí!
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