MI AMADO PRÍNCIPE - Capítulo 158
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Capítulo 158: CAPÍTULO 8: La Noche de los Emperadores
El Refugio sobre las Estrellas
La noche había caído finalmente sobre la capital imperial, envolviendo las torres de Eridia en un manto de terciopelo azul profundo. El Palacio Imperial, iluminado por cientos de lámparas doradas que proyectaban largos dedos de luz sobre los jardines , brillaba como un faro inexpugnable en el corazón del continente. Era el símbolo de un orden restaurado con sangre y fuego.
Dentro de sus muros, la actividad frenética del día había mutado en un silencio vigilante. Las guardias de Nivel 1 caminaban con pasos rítmicos por los corredores, sus armaduras produciendo un leve tintineo metálico que era el único latido del edificio. El viento nocturno, cargado con el aroma de los pinos y la tierra mojada, movía suavemente las banderas imperiales en las almenas.
Pero en lo más alto del complejo, en la Residencia Imperial, la atmósfera se alejaba de la política y el acero. Allí, tras las puertas de roble y oro, no estaban los soberanos ante los que el mundo se arrodillaba. Allí estaban simplemente dos hombres que se amaban por encima de cualquier corona.
El Silencio después del Deber
El gran aposento imperial era un santuario de paz. La luz cálida de las velas de cera de abeja bañaba las paredes de mármol claro, creando sombras suaves que danzaban sobre los tapices. Un balcón de arco ojival permanecía abierto, dejando que el aire fresco de la noche limpiara el rastro del incienso ceremonial del día.
Caius estaba de pie cerca de la ventana, con la mirada perdida en las luces de la ciudad que se extendía a sus pies. Se había despojado de la casaca militar, quedando solo en una fina túnica de seda. Magnus lo observaba desde la cama monumental, cubierta por telas blancas de hilo fino y terciopelo carmesí.
Habían sido semanas extenuantes. El peso de la rebelión, el horror de las ejecuciones necesarias y la carga emocional del funeral de los cuarenta y siete héroes habían dejado una huella de fatiga en sus rostros. Pero ahora, protegidos por los muros de su alcoba, estaban solos. Sin secretarios que trajeran malas noticias, sin guardias que recordaran el peligro, sin ministros que demandaran oro.
—Finalmente… silencio —dijo Magnus con una sonrisa suave, su voz rompiendo la quietud como una caricia.
Caius se giró lentamente. Sus ojos, que durante el día eran firmes, calculadores y a menudo gélidos como el diamante, ahora se suavizaban. Al mirar a Magnus, el Emperador desaparecía para dejar paso al hombre. Caminó hacia la cama con pasos lentos, sintiendo cómo la tensión abandonaba sus hombros.
—El Imperio duerme —murmuró Caius, sentándose al borde del colchón.
Magnus extendió la mano, entrelazando sus dedos con los de él.
—Entonces ven aquí. Necesito recordar quiénes somos cuando nadie mira.
Dos Emperadores, Un Solo Latido
Magnus apoyó su cabeza en el hombro de Caius, cerrando los ojos ante el contacto familiar. Durante un largo momento, el tiempo pareció detenerse. Solo se escuchaba el susurro del viento y el latido rítmico de sus corazones. Caius levantó la mano y acarició lentamente el cabello de Magnus, un gesto cargado de una ternura que el mundo exterior jamás creería posible en el hombre que borró linajes enteros esa misma semana.
—A veces olvido —murmuró Magnus con voz rota por el cansancio— que antes de las leyes, antes de las fronteras y de los títulos… antes de ser emperadores, éramos solo nosotros. Dos jóvenes con sueños demasiado grandes.
Caius sonrió levemente, besando la sien de su esposo.
—Y seguimos siendo nosotros, amor mío. La corona es solo el metal que llevamos para que otros vivan en paz, pero esto… esto es lo único real.
Magnus levantó la mirada y sus rostros quedaron a escasos centímetros. El deseo, cocinado a fuego lento por los días de separación y deber, comenzó a arder. Caius acortó la distancia, besando su frente, su mejilla y finalmente sus labios. Fue un beso lento, una exploración profunda que sabía a alivio y a pertenencia. Magnus respondió con un suspiro, rodeando el cuello de Caius con sus brazos y atrayéndolo hacia sí. Sus manos recorrieron la espalda de su esposo, reconociendo cada músculo, cada cicatriz ganada por el Imperio.
Había pasión, sí, pero sobre todo había una confianza absoluta. Magnus tomó la mano de Caius y besó suavemente sus dedos, uno por uno. Caius se inclinó sobre él, dejando besos ardientes en su cuello mientras Magnus soltaba una pequeña risa vibrante.
—Sigues siendo igual de peligroso, Caius —susurró contra su piel.
—Solo contigo, mi vida. Solo contigo.
Las capas imperiales, los mantos rojos que simbolizaban el poder absoluto, yacían olvidados sobre una silla cercana. En la penumbra, solo quedaba la verdad de sus cuerpos y el compromiso de sus almas. Las luces fueron apagándose una a una hasta que solo quedó la luz de la luna filtrándose por el balcón, bendiciendo una unión que era el verdadero cimiento del Imperio.
El Amanecer del Nuevo Día
La mañana llegó envuelta en una luz dorada que prometía un día de cielos despejados. Los primeros rayos del sol se colaron por el balcón, iluminando las partículas de polvo que flotaban en el aire. Caius fue el primero en despertar, sintiendo el peso reconfortante de Magnus sobre su pecho. Se quedó inmóvil un rato, simplemente disfrutando de la calidez, acariciando el cabello de su pareja mientras el mundo allá afuera comenzaba a despertar.
Magnus abrió los ojos lentamente, parpadeando ante la claridad.
—Buenos días —murmuró con voz ronca por el sueño.
—Buenos días, mi amor.
Magnus suspiró, acomodándose más cerca.
—Podríamos quedarnos aquí. Mandar a cerrar las puertas y fingir que el mundo ha dejado de existir por hoy.
Caius soltó una carcajada suave, aunque con un tinte de resignación.
—Sabes que el Imperio no lo permitiría Vaen
Y los nobles empezarían a derribar la puerta antes del mediodía.
Como si sus palabras hubieran invocado al deber, se escuchó un golpe suave pero firme en la puerta de roble.
—Sus Majestades —la voz de Vaen Theral, el secretario imperial, llegó desde el pasillo—. El desayuno está preparado.
Tras un momento de complicidad, Caius ordenó que trajeran el servicio a la habitación. Minutos después, una pequeña mesa con pan recién horneado, frutas de las provincias del sur y té imperial fue dispuesta por sirvientes que se retiraron con la rapidez de las sombras.
La Agenda de la Gloria y el Misterio
Mientras desayunaban, Vaen Theral comenzó el desglose de las obligaciones del día. La vida pública reclamaba su parte.
—Majestad, el primer asunto es vuestra visita al Principado de Ravengal —dijo Vaen, consultando su agenda de cuero—. Supervisaréis el orfanato real y el nuevo hospital. También se espera vuestra inspección en las zonas de extracción de tierras raras.
Caius asintió, su mente ya trabajando en los números y la logística. Magnus escuchaba mientras bebía su té, sabiendo que en pocas horas tendrían que enfrentarse nuevamente a los nobles para revisar los proyectos de las universidades y el gran puente hacia el Principado de Aquilon.
—¿Algo más, Vaen? —preguntó Caius.
—Sí, Majestad. Ha llegado una solicitud de audiencia urgente. Su Alteza el Príncipe Edoardo Stonehaven-Ironthorn, de Cantón Ferrum, solicita reunirse con vos. Dice que es un asunto de suma importancia que no puede esperar a los canales diplomáticos habituales.
Magnus y Caius intercambiaron una mirada de intriga. ¿Qué querría el hermano del príncipe soberano de Ferrum con tanta urgencia?
—Concédele la audiencia antes de la misa—dictaminó Caius.
Vaen se retiró con una reverencia, dejando a los emperadores solos una última vez antes de ponerse las máscaras de poder. Magnus sonrió, intentando aligerar el peso del día.
—Un día tranquilo… para dos emperadores.
Pero mientras se preparaban, ninguno de los dos podía sospechar que el destino ya había jugado su carta más importante. Bajo la superficie de la política, más allá de los puentes y las minas, un secreto sagrado empezaba a latir. Porque en ese preciso instante, en el silencio del cuerpo de Caius, una nueva vida acababa de comenzar .
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