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MI AMADO PRÍNCIPE - Capítulo 159

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Capítulo 159: CAPÍTULO 9: Consejos de Corona

El Ritual del Alba Imperial

La mañana en la residencia imperial comenzaba con una calma solemne, casi religiosa. Los primeros rayos del sol atravesaban las altas ventanas de arco ojival, fragmentándose en mil luces al chocar con los cristales antiguos. El polvo dorado danzaba sobre las cortinas de terciopelo oscuro y los muros de mármol claro, que aún conservaban el frío de la noche.

Sobre la gran cama imperial, un mueble de proporciones hercúleas tallado en madera de ébano, Caius y Magnus desayunaban en un silencio compartido. No era el silencio de quienes no tienen nada que decir, sino el de dos gobernantes que atesoran los últimos minutos de paz antes de que el mundo reclame su atención. Una bandeja de plata maciza reposaba entre ellos, cargada con los aromas del pan recién horneado, frutas estacionales, miel dorada y el vapor constante de una jarra de té imperial.

Magnus observó a Caius sobre el borde de su taza. La luz matutina suavizaba las facciones del estratega, pero no borraba la sombra de los deberes que acechaban tras la puerta.

—Hoy será un día largo —dijo Magnus, rompiendo el hechizo del silencio con una sonrisa suave.

—Todos lo son, Magnus —respondió Caius, dejando su taza con una serenidad imperturbable—. La corona no conoce los domingos.

En ese momento, cuatro sirvientes imperiales, vestidos con uniformes grises de etiqueta, entraron tras una breve señal. Se inclinaron con una precisión coreografiada. El ritual de vestidura comenzó. Era un proceso lento y simbólico: primero las túnicas de seda interior, luego las casacas de tela pesada bordadas con hilos de oro que formaban el Águila Bicéfala, y finalmente los mantos imperiales. Al colocarse los mantos, sus hombros parecieron ensancharse bajo el peso de la autoridad absoluta. Ya no eran solo hombres; eran la encarnación del Estado.

El Tablero de Mármol: La Gran Sala de Consejo

Caminaron juntos por los pasillos, donde el eco de sus botas sobre el mármol anunciaba su llegada. Al abrirse las puertas de la Gran Sala de Consejo, el murmullo de docenas de nobles se extinguió instantáneamente. Todos se pusieron de pie en un movimiento unísono, una ola de seda y joyas inclinándose ante el poder.

—Sus Majestades Imperiales —anunció el secretario Vaen Theral.

Caius y Magnus tomaron sus asientos en la cabecera de la enorme mesa de mármol circular. A su alrededor, los rostros de la vieja y la nueva nobleza aguardaban. Entre ellos, los padres de los emperadores observaban con una mezcla de orgullo y escrutinio, actuando como la memoria viva del reino.

El debate fue una tormenta de datos y ambiciones. Los nobles del norte informaron sobre el acero; los del este, sobre las rutas de seda y especias. Las escribas, situadas en una mesa lateral, movían sus plumas con una rapidez frenética, dejando que el rascado del metal sobre el pergamino fuera el único sonido rítmico de la sala.

—Propongo aumentar el impuesto del acero en un dos por ciento para financiar la flota —sugirió un marqués.

—En mi territorio —intervino otro rápidamente—, proponemos un gravamen al arroz. Los nuevos canales no se pagarán solos.

Caius escuchaba con los ojos entrecerrados, procesando no solo las cifras, sino las intenciones ocultas tras cada propuesta. Tras horas de discusión, el consejo terminó. Cada noble entregó sus peticiones selladas, sabiendo que el verdadero juicio ocurriría en la soledad del despacho imperial.

El Juicio de la Pluma: Denegado y Aprobado

Más tarde, en la penumbra del despacho, rodeados de estanterías que albergaban siglos de historia, los emperadores se enfrentaron a la pila de documentos. Vaen Theral presentaba cada pergamino como si fuera un veredicto de vida o muerte.

—Impuesto reducido al azúcar para fomentar el comercio con el sur —leyó el secretario.

Magnus revisó las proyecciones económicas. Firmó con un trazo firme. Caius hizo lo mismo.

—Aprobado. Que fluya el azúcar.

Sin embargo, cuando llegó la propuesta del impuesto al arroz, el ambiente cambió. Caius tomó el documento y sus cejas se juntaron en una línea dura.

—Esto es una trampa de avaricia —sentenció Caius—. Aumentar el impuesto al arroz aplastaría a las aldeas agrícolas que apenas se recuperan de la última sequía.

Tomó la pluma, la sumergió en la tinta oscura y cruzó el pergamino con una palabra que pesaba más que el plomo: DENEGADO.

—Que el noble que presentó esto prepare una explicación detallada frente a nosotros mañana —ordenó—. Si quiere oro, que lo busque en sus lujos, no en el plato del campesino.

La Inspección en Ravengal y el Encuentro con el Heredero de Hierro

Días después, Caius emprendió el viaje al Principado de Ravengal. El Palacio Costela, una maravilla de arquitectura integrada en la naturaleza, se alzaba entre colinas esmeralda. Caius no se limitó a recibir informes. Caminó por los andamios del nuevo hospital, visitó las cunas vacías del orfanato que pronto se llenaría de risas y descendió a las instalaciones de tierras raras. Habló con los ingenieros sobre la pureza del mineral y con los trabajadores sobre sus raciones y turnos. Para Caius, un país fuerte no se construía con discursos, sino con cimientos sólidos.

A su regreso, la sorpresa aguardaba en el salón imperial. Un joven de porte noble y ojos inquietos esperaba tras la guardia. Era el Príncipe Edoardo Stonehaven-Ironthorn, de Cantón Ferrum.

—He sido nombrado Conde de Gotham —dijo el joven, tras una reverencia que rozó el suelo—, y he venido a pedir consejo. Quiero que mi hermano se sienta orgulloso de mí.

Caius lo observó desde su trono, analizando la mezcla de ansiedad y ambición en el joven.

—No vengas a alimentar nuestros egos, muchacho —dijo Caius con una calma gélida que hizo que Edoardo tragara saliva—. Los halagos son ruidos que no construyen ciudades.

Magnus, suavizando el tono con una sonrisa, añadió:

—Podrías haber enviado una carta, Edoardo. ¿Por qué cruzar la frontera?

—Porque quiero aprender de los mejores —respondió el joven con una sinceridad que finalmente rompió la barrera de los emperadores.

Durante los días siguientes, el palacio se convirtió en una academia de Estado. Caius le enseñó que la primera regla de gobierno es la confianza delegada, pero vigilada. Magnus le instruyó en la economía de la lealtad. Sin embargo, mientras Edoardo aprendía, Magnus enviaba una misiva discreta a Mattia, el Príncipe Soberano de Ferrum: “Tu hermano está a salvo. Está aprendiendo a ser un hombre de Estado”.

V. El Peso de la Corona: El Reencuentro de los Hermanos

Cuando Edoardo regresó a Gotham, el cielo estaba teñido de un violeta crepuscular. Frente al Palacio de Gobernación, la silueta de Mattia se recortaba contra las luces de la ciudad industrial. No había bienvenida calurosa.

—¿Por qué abandonaste tu puesto? —la voz de Mattia era un látigo de hielo—. ¿Por qué consultaste a un gobierno extranjero sobre asuntos que competen a nuestra corona?

Edoardo tembló, no por cobardía, sino por la decepción que veía en su hermano.

—Solo pedí consejos, Mattia. No revelé secretos de nuestras fundiciones…

—¡Son aliados, pero también son competidores! —rugió Mattia, acercándose—. Si el pueblo ve que su gobernante corre a pedir permiso al Imperio, perderán la fe en nuestro propio poder.

—¿Dónde está mi hermano? —gritó Edoardo, con los ojos empañados—. ¿Dónde está el que jugaba conmigo? ¡Nunca me habías gritado así!

El silencio que siguió fue doloroso. Mattia cerró los ojos, exhalando el aire con dificultad. El peso de la corona se hizo visible en sus hombros caídos. Se acercó y puso una mano pesada sobre el hombro de su hermano menor.

—Perdóname, Edoardo —dijo con voz quebrada—. Pero la corona pesa más de lo que imaginamos. Mamá y papá ya no están en el trono. Ahora somos nosotros contra el mundo. Si flaqueas, el Principado cae contigo.

Edoardo levantó la mirada, comprendiendo finalmente que el enojo de Mattia era, en realidad, un miedo profundo a perderlo.

—Solo quería hacerlo bien, hermano.

Mattia sonrió levemente, una expresión cansada pero llena de afecto.

—Lo sé. Y lo harás. Pero la próxima vez… recuerda que tu primer consejero vive bajo tu mismo techo.

Los dos hermanos entraron al palacio, dejando atrás las sombras del jardín. El Imperio y el Principado seguían adelante, gobernados por hombres que estaban aprendiendo que el poder no solo se ejerce con la espada o la ley, sino con el sacrificio de la propia inocencia.

¿Tienes alguna idea sobre mi historia? Coméntala y házmelo saber.

El Cambio en el Viento

La tarde caía con una pesadez dorada sobre el Palacio Imperial del Gran ducado palatino de Eridia. Tras una jornada extenuante de audiencias diplomáticas, decretos económicos y tensas reuniones con los administradores de las provincias, los dos Grandes Emperadores buscaban el refugio de sus estancias privadas. Caminaban por uno de los largos pasillos de la residencia, un corredor flanqueado por columnas de mármol veteado y ventanales que dejaban entrar el aire gélido del atardecer.

Magnus caminaba unos pasos detrás de Caius, manteniendo esa posición de guardia natural que su instinto siempre le dictaba. De pronto, Magnus se detuvo en seco. El mundo pareció entrar en un estado de suspensión. Algo en la atmósfera, algo invisible a los ojos pero perceptible para el alma, había cambiado drásticamente.

Su respiración se volvió más profunda, llenando sus pulmones con el aire del pasillo, pero sus sentidos se tensaron como cuerdas de violín. El aroma de Caius… aquel aroma que conocía mejor que su propia vida, había mutado. Ya no era solo la fragancia limpia del jabón y el toque metálico del deber; ahora era un aroma más cálido, más profundo, casi dulce. Era el olor de la tierra fértil tras la lluvia, un aroma que despertó algo primitivo en el núcleo de su ser.

El instinto de Alfa, esa fuerza ancestral que dormitaba bajo su corona, estalló en su pecho como una corriente eléctrica. Un impulso protector, feroz e inmediato, lo ancló al suelo.

—Caius… —susurró Magnus, con una voz que vibraba con una frecuencia nueva.

Caius se detuvo y se giró lentamente. Sus ojos se encontraron con los de Magnus. No hubo necesidad de palabras. En ese intercambio de miradas, en el silencio del pasillo vacío, ambos comprendieron que el destino del Imperio acababa de dar un giro irreversible.

—Llamemos al médico imperial —sentenció Magnus, dando un paso al frente para sostener el brazo de su esposo con una delicadeza extrema, como si Caius estuviera hecho de cristal.

La Confirmación en el Santuario Privado

La cámara imperial fue cerrada a cal y canto. El aroma a sándalo de los incensarios envolvía la estancia, donde las lámparas de cristal proyectaban una luz ámbar sobre el mármol. El Médico Imperial, un anciano de barbas níveas cuya lealtad al trono era tan antigua como los cimientos del palacio de Valdren city, llegó escoltado por el Círculo Interior.

El silencio era tan denso que se podía escuchar el chisporroteo de las velas. Caius tomó asiento en un sillón de terciopelo, manteniendo una compostura envidiable, aunque sus dedos apretaban ligeramente el reposabrazos. El médico comenzó la revisión. Sus manos, expertas en mil batallas y partos nobles, se movían con una precisión litúrgica. Tomó el pulso, midió la temperatura de la piel y, finalmente, colocó su mano sobre el vientre del Emperador Caius.

Incluso los Custodios del Trono, guerreros de élite que no parpadeaban ante la muerte, parecían contener el aliento tras sus máscaras rojas. Pasaron minutos que parecieron siglos. Finalmente, el médico retiró sus manos y se puso de pie. No dijo nada de inmediato; simplemente se inclinó. Fue una reverencia que nació desde la médula, una inclinación tan profunda que su frente casi rozó el suelo de mármol.

—Sus Majestades… los cielos han descendido hoy para escuchar las plegarias del Gran Sacro Imperio —su voz, quebrada por la emoción, resonó en la alcoba—. La energía vital en el vientre del Emperador Caius es firme, vibrante y está bendecida por el Creador.

Magnus sintió que el corazón le daba un vuelco. El médico levantó la mirada, con los ojos empañados por lágrimas de júbilo.

—El Altísimo ha sellado vuestra unión con el regalo más puro. Hay un heredero en camino. El linaje Zarvendel-Sylvarion tiene un brote nuevo.

En ese instante, la armadura de frialdad imperial se desmoronó. Magnus tomó la mano de Caius, llevándola a sus labios con una devoción que trascendía su rango.

—Nuestro heredero… —susurró Magnus, con los ojos brillantes.

Caius exhaló un suspiro que parecía haber contenido durante años.

—Nuestro hijo, Magnus. El futuro del mundo.

La Misiva de los Linajes: El Grito de la Sangre

La maquinaria del protocolo se activó con una eficiencia aterradora. No se usaron pergaminos comunes; se prepararon dos pliegos de hilo de seda, reservados solo para los anuncios que cambian la historia. Magnus y Caius escribieron de su puño y letra, dejando que la tinta grabara la noticia para la posteridad.

“Padres. El trono no solo tiene soberanos… ahora tiene futuro. La bendición ha caído sobre Caius. El linaje Zarvendel-Sylvarion se expande.”

Los mensajeros imperiales, montando los corceles más veloces del establo real, partieron hacia los cuatro puntos cardinales. Horas después, en los retiros de los antiguos monarcas, el protocolo se hizo añicos. Marcio, Selena, Roderic y Seraphine, al leer las palabras, dejaron que las lágrimas fluyeran sin restricciones.

Las lágrimas aparecieron sin vergüenza y las risas resonaron en los salones antiguos. No era solo la alegría de ser abuelos; era la certeza de que el linaje de sangre real no moriría con sus hijos. Se regocijaban al saber que la majestuosa obra que Magnus y Caius habían construido con sudor y estrategia —el Imperio que ellos mismos habían alzado desde los cimientos— tendría ahora un guardián para los siglos venideros. La sucesión estaba asegurada, y el fantasma de las guerras civiles por el trono quedaba desterrado para siempre bajo la promesa de una nueva vida.

El Edicto del Secretario y el Estallido de Eridia

En la capital, la tensión crecía. El pueblo presentía algo grande. El Secretario Imperial, Vaen Theral, apareció finalmente en el Gran Balcón de la Transmisión, aquel lugar desde donde se anunciaban guerras o victorias. Miles de ciudadanos, desde los nobles más encopetados hasta los obreros de las fundiciones, llenaron la plaza principal.

Vaen Theral desplegó el pergamino con un movimiento seco que capturó toda la atención del continente.

—¡Pueblo de Dravendel-Sylvarion! ¡Súbditos del Altísimo! —su voz, amplificada por la acústica de la plaza, golpeó como un trueno—. Escuchad la voz del Trono. Hoy las estrellas brillan con una luz diferente sobre nuestras tierras.

El silencio fue absoluto. El viento movía las banderas con un susurro inquietante.

—Los Grandes Emperadores, en su infinita unión, han sido bendecidos por la divinidad. Se hace saber con júbilo que el futuro del Trono Imperial está siendo gestado en el seno de la Corona.

Hubo un segundo de incredulidad, un latido de duda, y luego… el estallido. Fue un rugido de alegría que sacudió los cimientos del palacio. Gritos de júbilo, llantos de alivio y el sonido de miles de manos aplaudiendo al unísono crearon una sinfonía de esperanza. El Imperio tenía un heredero. El linaje continuaba.

Las Banderas Blancas: El Resguardo del Tesoro

Vaen Theral levantó un segundo pergamino, silenciando a la multitud para el decreto final.

—Por orden directa de Sus Majestades, se decreta el Resguardo Imperial. Para asegurar la salud del heredero, el Emperador Caius entrará en un periodo de protección absoluta. Sus funciones militares se reducen al mínimo, y el peso administrativo recaerá temporalmente en Su Majestad el Gran Emperador Magnus.

Mientras hablaba, los tambores imperiales iniciaron un ritmo lento y poderoso. En cada torre del palacio, en cada muralla de la ciudad y en cada fortaleza fronteriza, los soldados realizaron un movimiento ritual. Debajo de la bandera roja y verde del Imperio, desplegaron una bandera blanca pura.

La bandera blanca no era rendición; era vida. Era el símbolo ancestral de la fertilidad imperial y la protección del nido. Desde las nieves de Trevaston hasta el calor de los puertos del sur, el blanco ondeó junto al águila bicéfala. Las campanas de todos los templos comenzaron a repicar, no en duelo, sino en una canción eterna de bienvenida.

El Sacro Imperio de Dravendel-Silvaris ya no era solo una estructura de leyes y acero. Ahora era un hogar que esperaba a su hijo. El futuro acababa de nacer en el silencio de una alcoba, y el mundo entero se puso en guardia para protegerlo.

¡La creación es difícil, anímenme! ¡VOTEN por mí!

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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