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MI AMADO PRÍNCIPE - Capítulo 160

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Capítulo 160: CAPÍTULO 10: El Decreto del Futuro de la Dinastía Zarvendel-Sylvarion

El Cambio en el Viento

La tarde caía con una pesadez dorada sobre el Palacio Imperial del Gran ducado palatino de Eridia. Tras una jornada extenuante de audiencias diplomáticas, decretos económicos y tensas reuniones con los administradores de las provincias, los dos Grandes Emperadores buscaban el refugio de sus estancias privadas. Caminaban por uno de los largos pasillos de la residencia, un corredor flanqueado por columnas de mármol veteado y ventanales que dejaban entrar el aire gélido del atardecer.

Magnus caminaba unos pasos detrás de Caius, manteniendo esa posición de guardia natural que su instinto siempre le dictaba. De pronto, Magnus se detuvo en seco. El mundo pareció entrar en un estado de suspensión. Algo en la atmósfera, algo invisible a los ojos pero perceptible para el alma, había cambiado drásticamente.

Su respiración se volvió más profunda, llenando sus pulmones con el aire del pasillo, pero sus sentidos se tensaron como cuerdas de violín. El aroma de Caius… aquel aroma que conocía mejor que su propia vida, había mutado. Ya no era solo la fragancia limpia del jabón y el toque metálico del deber; ahora era un aroma más cálido, más profundo, casi dulce. Era el olor de la tierra fértil tras la lluvia, un aroma que despertó algo primitivo en el núcleo de su ser.

El instinto de Alfa, esa fuerza ancestral que dormitaba bajo su corona, estalló en su pecho como una corriente eléctrica. Un impulso protector, feroz e inmediato, lo ancló al suelo.

—Caius… —susurró Magnus, con una voz que vibraba con una frecuencia nueva.

Caius se detuvo y se giró lentamente. Sus ojos se encontraron con los de Magnus. No hubo necesidad de palabras. En ese intercambio de miradas, en el silencio del pasillo vacío, ambos comprendieron que el destino del Imperio acababa de dar un giro irreversible.

—Llamemos al médico imperial —sentenció Magnus, dando un paso al frente para sostener el brazo de su esposo con una delicadeza extrema, como si Caius estuviera hecho de cristal.

La Confirmación en el Santuario Privado

La cámara imperial fue cerrada a cal y canto. El aroma a sándalo de los incensarios envolvía la estancia, donde las lámparas de cristal proyectaban una luz ámbar sobre el mármol. El Médico Imperial, un anciano de barbas níveas cuya lealtad al trono era tan antigua como los cimientos del palacio de Valdren city, llegó escoltado por el Círculo Interior.

El silencio era tan denso que se podía escuchar el chisporroteo de las velas. Caius tomó asiento en un sillón de terciopelo, manteniendo una compostura envidiable, aunque sus dedos apretaban ligeramente el reposabrazos. El médico comenzó la revisión. Sus manos, expertas en mil batallas y partos nobles, se movían con una precisión litúrgica. Tomó el pulso, midió la temperatura de la piel y, finalmente, colocó su mano sobre el vientre del Emperador Caius.

Incluso los Custodios del Trono, guerreros de élite que no parpadeaban ante la muerte, parecían contener el aliento tras sus máscaras rojas. Pasaron minutos que parecieron siglos. Finalmente, el médico retiró sus manos y se puso de pie. No dijo nada de inmediato; simplemente se inclinó. Fue una reverencia que nació desde la médula, una inclinación tan profunda que su frente casi rozó el suelo de mármol.

—Sus Majestades… los cielos han descendido hoy para escuchar las plegarias del Gran Sacro Imperio —su voz, quebrada por la emoción, resonó en la alcoba—. La energía vital en el vientre del Emperador Caius es firme, vibrante y está bendecida por el Creador.

Magnus sintió que el corazón le daba un vuelco. El médico levantó la mirada, con los ojos empañados por lágrimas de júbilo.

—El Altísimo ha sellado vuestra unión con el regalo más puro. Hay un heredero en camino. El linaje Zarvendel-Sylvarion tiene un brote nuevo.

En ese instante, la armadura de frialdad imperial se desmoronó. Magnus tomó la mano de Caius, llevándola a sus labios con una devoción que trascendía su rango.

—Nuestro heredero… —susurró Magnus, con los ojos brillantes.

Caius exhaló un suspiro que parecía haber contenido durante años.

—Nuestro hijo, Magnus. El futuro del mundo.

La Misiva de los Linajes: El Grito de la Sangre

La maquinaria del protocolo se activó con una eficiencia aterradora. No se usaron pergaminos comunes; se prepararon dos pliegos de hilo de seda, reservados solo para los anuncios que cambian la historia. Magnus y Caius escribieron de su puño y letra, dejando que la tinta grabara la noticia para la posteridad.

“Padres. El trono no solo tiene soberanos… ahora tiene futuro. La bendición ha caído sobre Caius. El linaje Zarvendel-Sylvarion se expande.”

Los mensajeros imperiales, montando los corceles más veloces del establo real, partieron hacia los cuatro puntos cardinales. Horas después, en los retiros de los antiguos monarcas, el protocolo se hizo añicos. Marcio, Selena, Roderic y Seraphine, al leer las palabras, dejaron que las lágrimas fluyeran sin restricciones.

Las lágrimas aparecieron sin vergüenza y las risas resonaron en los salones antiguos. No era solo la alegría de ser abuelos; era la certeza de que el linaje de sangre real no moriría con sus hijos. Se regocijaban al saber que la majestuosa obra que Magnus y Caius habían construido con sudor y estrategia —el Imperio que ellos mismos habían alzado desde los cimientos— tendría ahora un guardián para los siglos venideros. La sucesión estaba asegurada, y el fantasma de las guerras civiles por el trono quedaba desterrado para siempre bajo la promesa de una nueva vida.

El Edicto del Secretario y el Estallido de Eridia

En la capital, la tensión crecía. El pueblo presentía algo grande. El Secretario Imperial, Vaen Theral, apareció finalmente en el Gran Balcón de la Transmisión, aquel lugar desde donde se anunciaban guerras o victorias. Miles de ciudadanos, desde los nobles más encopetados hasta los obreros de las fundiciones, llenaron la plaza principal.

Vaen Theral desplegó el pergamino con un movimiento seco que capturó toda la atención del continente.

—¡Pueblo de Dravendel-Sylvarion! ¡Súbditos del Altísimo! —su voz, amplificada por la acústica de la plaza, golpeó como un trueno—. Escuchad la voz del Trono. Hoy las estrellas brillan con una luz diferente sobre nuestras tierras.

El silencio fue absoluto. El viento movía las banderas con un susurro inquietante.

—Los Grandes Emperadores, en su infinita unión, han sido bendecidos por la divinidad. Se hace saber con júbilo que el futuro del Trono Imperial está siendo gestado en el seno de la Corona.

Hubo un segundo de incredulidad, un latido de duda, y luego… el estallido. Fue un rugido de alegría que sacudió los cimientos del palacio. Gritos de júbilo, llantos de alivio y el sonido de miles de manos aplaudiendo al unísono crearon una sinfonía de esperanza. El Imperio tenía un heredero. El linaje continuaba.

Las Banderas Blancas: El Resguardo del Tesoro

Vaen Theral levantó un segundo pergamino, silenciando a la multitud para el decreto final.

—Por orden directa de Sus Majestades, se decreta el Resguardo Imperial. Para asegurar la salud del heredero, el Emperador Caius entrará en un periodo de protección absoluta. Sus funciones militares se reducen al mínimo, y el peso administrativo recaerá temporalmente en Su Majestad el Gran Emperador Magnus.

Mientras hablaba, los tambores imperiales iniciaron un ritmo lento y poderoso. En cada torre del palacio, en cada muralla de la ciudad y en cada fortaleza fronteriza, los soldados realizaron un movimiento ritual. Debajo de la bandera roja y verde del Imperio, desplegaron una bandera blanca pura.

La bandera blanca no era rendición; era vida. Era el símbolo ancestral de la fertilidad imperial y la protección del nido. Desde las nieves de Trevaston hasta el calor de los puertos del sur, el blanco ondeó junto al águila bicéfala. Las campanas de todos los templos comenzaron a repicar, no en duelo, sino en una canción eterna de bienvenida.

El Sacro Imperio de Dravendel-Silvaris ya no era solo una estructura de leyes y acero. Ahora era un hogar que esperaba a su hijo. El futuro acababa de nacer en el silencio de una alcoba, y el mundo entero se puso en guardia para protegerlo.

¡La creación es difícil, anímenme! ¡VOTEN por mí!

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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