MI AMADO PRÍNCIPE - Capítulo 165
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Capítulo 165: CAPÍTULO 15: Donde Comenzó Todo
El Legado de los Gemelos
Quince años habían pasado desde que el cielo de Ravengal se desgarrara con el rugido de los truenos para recibir al Titán. Quince años desde que el cuerpo de Marcio Sylvarion fuera entregado a la piedra milenaria. En ese tiempo, el Gran Sacro Imperio de Dravendel-Silvaris no solo había sobrevivido, sino que había florecido hasta alcanzar una era de esplendor que los antiguos textos solo atribuían a los mitos.
Las ciudades, antes limitadas por murallas de guerra, se habían expandido en avenidas de mármol y bibliotecas públicas. Las rutas comerciales, ahora protegidas por una flota que dominaba los mares, conectaban los principados con una eficiencia nunca vista. Pero, aunque el mundo exterior vibraba con el progreso, en el corazón del Palacio Imperial de Eridia, la memoria se cultivaba como el tesoro más valioso de la corona.
En el Salón de los Retratos, donde la luz de la tarde entraba en haces dorados cargados de motas de polvo, dos jóvenes caminaban con paso firme pero respetuoso. El príncipe heredero Marcio Zarvendel-Sylvarion y su hermana gemela, la Gran princesa Seraphine Zarvendel-Sylvarion, ya no eran los niños que jugaban en las faldas de sus abuelos. A sus quince años, Marcio poseía la espalda ancha de su padre Magnus y la mirada analítica de Caius; Seraphine, por su parte, caminaba con una gracia real, llevando en su rostro la belleza de sus abuelas Seraphine y Selena y la chispa indomable de los Sylvarion.
Se detuvieron frente al lienzo más imponente de la sala. El retrato de su abuelo. El hombre de cabello plateado y mirada severa parecía observarlos desde la eternidad.
—Padre… —susurró Seraphine, sintiendo la presencia de los dos emperadores que se acercaban detrás de ellos.
Magnus Zarvendel-Sylvariony Caius Sylvarion-Zarvendel, ahora con la madurez marcada en sus rostros y algunas hebras de plata en sus cabellos, observaron a sus hijos.
—¿Cómo era el abuelo realmente? —preguntó el joven Marcio, tocando inconscientemente la empuñadura de su espada ceremonial—. En los libros es un dios de la guerra, pero queremos saber quién era el hombre tras el mito.
Caius suspiró, una sonrisa nostálgica curvando sus labios.
—Era un hombre de contradicciones —respondió Caius, acercándose al retrato—. Tenía un carácter de hierro, capaz de silenciar un salón con un solo paso. Pero su corazón era un refugio. Nunca abandonaba a nadie. Si eras de los suyos, podías estar seguro de que él recibiría el golpe por ti.
Magnus asintió, colocando una mano en el hombro de su hijo.
—Fue el hombre que nos dio el tiempo y la paz para que hoy ustedes puedan caminar sin miedo. Un gran hombre, en toda la extensión de la palabra.
El Jubileo de Oro: Cincuenta Años de Gloria
Ese día, el Imperio no solo recordaba a los caídos, sino que celebraba la vida. Se cumplían cincuenta años desde que Magnus y Caius habían unido sus destinos y tomado las riendas del Trono Imperial. Medio siglo de un reinado que había unificado continentes y abolido tiranías.
La capital era un estallido de colores. Las campanas de las catedrales no dejaban de repicar, una música alegre que se mezclaba con los vítores de los ciudadanos que abarrotaban las plazas. Los barcos imperiales, engalanados con cintas de seda, desfilaban por el río mientras los soldados de los tres niveles realizaban exhibiciones de honor. El mundo entero miraba hacia Eridia.
Sin embargo, antes de que el protocolo los obligara a sentarse en sus tronos ante los embajadores de Cantón Ferrum y Aquilon, los dos emperadores decidieron hacer algo que no figuraba en las agendas de los secretarios. Algo que solo les pertenecía a ellos, a los dos muchachos que alguna vez fueron antes de ser leyendas.
El Árbol del Norte: El Regreso al Origen
Un carruaje pequeño, sin escolta pesada y sin estandartes ostentosos, salió discretamente por la puerta trasera del palacio. Se dirigió hacia el norte, alejándose del bullicio de la celebración, hacia una llanura abierta donde el viento soplaba libre.
Allí, solitaria y majestuosa, se levantaba una Tule antigua. Sus ramas eran tan amplias que podían cobijar a un ejército, y sus raíces se hundían en la tierra con la fuerza de los siglos. Magnus y Caius descendieron y caminaron sobre la hierba alta. El silencio del campo era el contrapunto perfecto al ruido de la capital.
Magnus se detuvo bajo la sombra del árbol y soltó una carcajada suave que le restó años de encima.
—Aquí fue, Caius. Exactamente aquí.
Caius asintió, cerrando los ojos por un momento para respirar el aroma a tierra y libertad.
—Parece que fue ayer. Dos jóvenes escapando de las lecciones de estrategia y los banquetes aburridos. Montando a caballo como si el mundo no tuviera fronteras.
El recuerdo era vívido: dos muchachos riendo, sin coronas, sin responsabilidades de estado, impulsados por la valentía —o la imprudencia— de la juventud. Bajo ese mismo árbol, protegidos por sus hojas, se habían dado su primer beso. Un beso que selló un pacto mucho más profundo que cualquier tratado político.
—Éramos tan jóvenes —murmuró Magnus, volviéndose hacia su esposo.
—Demasiado —respondió Caius, tomando las manos de Magnus—. Pero sabíamos lo que queríamos. Sabíamos que, pasara lo que pasara, caminaríamos juntos.
El Beso que Detuvo el Tiempo
Magnus observó a Caius. Cincuenta años de batallas, de construir ciudades, de criar hijos y de despedir padres. Cincuenta años siendo el pilar el uno del otro.
—Cincuenta años —dijo Magnus con la voz cargada de emoción—. Y todavía te miro y veo al muchacho que me robo mi corazón en esta frontera.
Caius sonrió, esa sonrisa tranquila que siempre era el puerto seguro de Magnus.
—Y todavía estamos aquí, Magnus. El Imperio puede cambiar, las fronteras pueden moverse, pero esto… esto no ha cambiado ni un ápice.
El sol comenzaba a hundirse en el horizonte, tiñendo el campo de una luz carmesí y dorada, el mismo color de las capas imperiales, pero mucho más hermoso. Bajo las ramas del árbol que vio nacer su amor, donde todo había comenzado cuando no tenían nada más que sus nombres, los dos emperadores se acercaron.
Se dieron un beso.
Fue un beso tranquilo, lento, que cargaba con el peso de medio siglo de historia, pero que mantenía la frescura de aquella primera tarde. No era el beso de dos soberanos ante su pueblo; era el beso de dos almas que habían encontrado su hogar el uno en el otro. En ese momento, el poder no existía. Las leyes no importaban. La sucesión estaba asegurada y el futuro era brillante.
El sol desapareció finalmente, dejando paso a la primera estrella de la noche. El viento movió las hojas del árbol en un susurro de aprobación. La historia de los Grandes Emperadores, de los gemelos herederos y del Titán que ascendió como un Fénix, quedaría grabada en los libros. Pero allí, en la quietud del norte, la historia personal de Magnus y Caius llegaba a su fin de la única manera posible: con la paz del deber cumplido y el amor intacto.
Donde todo comenzó… allí es donde la gloria decidió descansar.
FIN
A mis fieles súbditos, lectores y custodios de este universo:
Hoy, el último sol se pone sobre las páginas de esta historia, pero su luz no se extingue; se transforma en leyenda. Como el Fénix que ascendió sobre los cielos de Eridia, esta obra despega de mis manos para anidar por siempre en vuestra memoria.
Levantamos un Imperio desde los cimientos del sueño. Juntos, escoltamos a Magnus y Caius en su ascenso; juntos, sentimos el peso de la corona y el rugido de los truenos ante las criptas de los ancestros. Nada de esto —ni una sola torre de mármol, ni una sola gota de sangre real— habría tenido vida sin vuestro aliento. Ustedes no fueron simples espectadores; fueron los Custodios del Trono que protegieron cada capítulo con su lealtad.
Como Arquitecto de este Universo, cierro hoy este libro de oro, pero no guardo mi pluma. El linaje de los sueños es eterno, y nuevas tierras ya comienzan a dibujarse en el horizonte.
Gracias por caminar bajo el estandarte del Águila bicéfala . El Gran Sacro Imperio de Dravendel-Silvaris vivirá mientras uno de ustedes recuerde el aroma del sándalo en la Cámara de Oro o el susurro del viento bajo el Árbol Tule.
¡Larga vida a los grandes emperadores! ¡Larga vida a mis lectores!
Con gratitud eterna ,
Kiro Black
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