MI AMADO PRÍNCIPE - Capítulo 164
- Inicio
- MI AMADO PRÍNCIPE
- Capítulo 164 - Capítulo 164: CAPÍTULO 14: El Descanso del Titán
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
Capítulo 164: CAPÍTULO 14: El Descanso del Titán
El Silencio de las Diez de la Mañana
El Imperio no lloraba simplemente la muerte de un ex gobernante o un noble de alto rango. Lloraba la caída de la roca madre, la piedra angular sobre la que se había cimentado el presente de gloria que hoy disfrutaban. La noticia de la partida de Marcio Sylvarion no necesitó de gritos ni de heraldos desesperados; se extendió por las arterias de Dravendel-Silvaris como una ola silenciosa, apagando las risas en las tabernas y deteniendo el martilleo en las forjas.
A las diez de la mañana, el decreto imperial fue proclamado desde el balcón principal. El luto absoluto por quince días no fue recibido como una imposición, sino como una necesidad colectiva. Los estandartes imperiales, aquellos colores vibrantes que representaban la vida, descendieron lentamente a media asta en cada fortaleza fronteriza, en cada palacio de provincia y en cada puesto de avanzada. En su lugar, banderas de un negro tan denso como el vacío comenzaron a ondear, cortando el cielo con su lamento de seda.
Pero el signo más solemne fue el bronce. En cada ciudad, desde la metrópolis de la capital hasta el caserío más remoto en las montañas, las campanas comenzaron su canto fúnebre. Una vez cada hora. Un golpe seco y profundo que vibraba en el pecho de los ciudadanos, recordándoles que el tiempo de un gigante había llegado a su fin. No era un llamado a las armas, sino el pulso de la memoria de un Imperio que se negaba a olvidar a quien lo defendió en sus horas más oscuras.
La Procesión del Escudo de Sangre
Dos días después, el cuerpo de Marcio Sylvarion abandonó por última vez los muros del palacio que ayudó a consolidar. El ataúd, diseñado bajo sus propias instrucciones de sobriedad, era de madera oscura, pulida hasta que el grano de la madera brillaba como el ónix. No había oro excesivo ni gemas incrustadas; solo el símbolo tallado de su casa, una promesa de lealtad que trascendía la tumba.
A su alrededor marchaban los cien hombres de la Guardia del Círculo Interno, el legendario Nivel 3. Eran el Escudo de Sangre. Sus uniformes, de ese color blood red que solo ellos y los emperadores tenían permitido portar, formaban un muro de respeto absoluto. No marchaban con la rapidez de la guerra, sino con la precisión milimétrica de un reloj celestial. Cada bota golpeaba el suelo al unísono, un trueno rítmico que marcaba el paso de la historia hacia la eternidad.
Detrás del féretro, caminando con la humildad de los que realmente aman, iban las dos figuras más poderosas del continente. Magnus y Caius. No vestían sus mantos imperiales de armiño ni sus coronas de diamantes. Iban de riguroso luto, con túnicas negras de corte militar pero despojadas de adornos. Caminaban a pie. Se negaron a usar carruajes de oro o caballos de guerra. En ese largo trayecto hacia la Catedral de San Francisco, no eran los soberanos absolutos; eran hijos despidiendo al hombre que les enseñó el peso de la responsabilidad.
La Catedral de las Lágrimas Silenciosas
La procesión avanzó por la Avenida Imperial, flanqueada por una multitud que guardaba un respeto casi sobrenatural. Al llegar a la Catedral de San Francisco, las pesadas puertas de bronce se abrieron sin un solo chirrido. Dentro, el cuerpo fue dispuesto en la capilla ardiente, rodeado de mil velas blancas.
Durante una hora, el protocolo se rompió para dar paso al pueblo. Miles de ciudadanos entraron en un flujo constante. Nadie hablaba. Nadie profería gritos de dolor. Solo se escuchaba el roce de las ropas y el susurro de las oraciones. Pasaban frente al féretro, inclinando la cabeza ante el hombre que había comandado las legiones que mantenían sus hogares seguros. Sabían que estaban despidiendo al Titán que había sostenido el cielo sobre sus cabezas durante décadas de incertidumbre.
El Viaje hacia la Abundancia de Silvaris
Terminada la ceremonia en la capital, el cortejo inició su viaje final hacia el Principado de Ravengal, la tierra ancestral de los Silvaris, conocida por todos como la tierra de la abundancia. El carruaje funerario, escoltado por la caballería pesada, avanzaba por los caminos imperiales mientras el aire se saturaba con el aroma del incienso y las oraciones de los sacerdotes.
Dentro del carruaje, sentada con una rectitud que desafiaba al cansancio, permanecía la Duquesa Selena. La compañera de vida de Marcio no derramó una sola lágrima en público. Permaneció junto al ataúd, con la mano apoyada sobre la madera, guardando un silencio que hablaba de décadas de amor, batallas compartidas y secretos de estado. Ella era la guardiana final de su memoria, el puente entre el hombre que fue y la leyenda que nacía.
El Manto del Pueblo: El Camino de Seda
Al cruzar el arco triunfal que marcaba la entrada a Silvaris, el protocolo imperial se detuvo ante un acto espontáneo de devoción popular. Los habitantes del principado, desde los campesinos de las viñas hasta los comerciantes de las ciudades, comenzaron a quitarse sus mantos, sus capas y sus abrigos.
Uno tras otro, lanzaron sus prendas al camino polvoriento. En minutos, la ruta se cubrió de miles de telas de colores, formando una alfombra humana que se extendía hasta donde alcanzaba la vista. El féretro de Marcio Sylvarion no volvió a tocar la tierra; avanzó sobre la ropa de su propio pueblo. Era el tributo supremo: los ciudadanos entregaban su protección contra el frío para abrigar el último viaje de su protector. Se arrodillaban al paso del carruaje, no por temor a la guardia, sino por un agradecimiento profundo que no necesitaba palabras.
La Última Revista: El Paso del Titán
Frente a las criptas milenarias de Ravengal, bajo la sombra de los cipreses antiguos, el cortejo se detuvo. Los soldados formaron dos filas de acero, con las espaldas rectas y las miradas fijas en el horizonte, esperando una voz que ya no podía dar órdenes.
Fue entonces cuando Caius Sylvarion dio un paso al frente. Su voz, entrenada para comandar en el fragor del combate, rompió el silencio del valle:
—¡ATENCIÓN!
El ejército reaccionó como un solo organismo. El golpe de las botas resonó como un trueno que sacudió las hojas de los árboles. El Heraldo Imperial avanzó entonces, golpeando el suelo con su bastón ceremonial de oro y ébano.
—¡Paso al Duque Imperial de Valdren y ExAutócrata de las Sedes Históricas! —el primer golpe retumbó en la piedra de la cripta.
—¡Paso al ExGobernador de la Iglesia y Protector Emérito! —el segundo golpe anunció sus títulos sagrados.
—¡Paso al ExComandante Supremo y Gran Caballero de la Orden del Águila Bicéfala! —el tercer golpe honró su carrera militar.
Hubo un silencio absoluto, un vacío en el tiempo donde solo el viento se atrevía a soplar. Entonces, el Heraldo dio un último golpe, el más suave, pero el más poderoso de todos:
—¡Paso a Marcio Sylvarion!
El Ritual de la Sangre y la Piedra
Frente a las criptas milenarias de Ravengal, bajo la sombra de los cipreses antiguos, el cortejo se detuvo. Los soldados formaron dos filas de acero, con las espaldas rectas y las miradas fijas en el horizonte, esperando una voz que ya no podía dar órdenes.
Fue entonces cuando Caius Sylvarion dio un paso al frente. El silencio se volvió tan pesado que el mundo parecía haber quedado sin aire. Se acercó a las pesadas puertas de piedra de la cripta, allí donde el linaje de los Silvaris dormía el sueño de los siglos. Colocó su mano derecha sobre la superficie fría de la entrada, cerró los ojos y su voz, aunque baja, resonó con una autoridad ancestral:
—Pido permiso a los que duermen para entregar a uno de nosotros —dijo con solemnidad—. Recibid al que sostuvo el cielo para que vuestro nombre no fuera olvidado.
Acto seguido, Caius cerró el puño y golpeó la piedra tres veces. ¡Boom! ¡Boom! ¡Boom!
En ese preciso instante, como si el firmamento mismo fuera una extensión de la cripta, el cielo azul profundo se desgarró con un rugido sobrenatural. Tres truenos secos, potentes como salvas de artillería divina, retumbaron sobre el valle de Silvaris. ¡BOOM! ¡BOOM! ¡BOOM! No hubo lluvia, solo el sonido del cielo respondiendo al llamado del hijo. Los ancestros habían dado su consentimiento.
Solo entonces, las puertas de las criptas se abrieron con un gemido de piedra milenaria, cediendo ante el mandato de la sangre. El ataúd fue llevado al interior, hacia el descanso eterno junto a sus antepasados. En ese momento, los cañones de Ravengal dispararon las salvas finales. El eco se perdió entre las colinas, anunciando al mundo que el Titán ya no caminaba entre los hombres, pero que su sombra protegería el Imperio para siempre.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com