Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Siguiente

Mi CEO, mi obsesión - Capítulo 1

  1. Inicio
  2. Mi CEO, mi obsesión
  3. Capítulo 1 - 1 Capítulo 1
Siguiente
Configuración
Tamaño de Fuente
A A 16px
Tipo de Fuente
Color de Fondo

1: Capítulo 1 1: Capítulo 1 INTRUSIÓN.

No se supone que estuviera ahí.

Pero llevaba meses entrando en su casa sin que lo supiera.

Elegí esa noche para hacerlo una vez más, y esperé que él saliera.

Sentada en mi auto no podía apartar los ojos de la propiedad iluminada.

Llovía.

Y por eso era ideal.

De vez en cuando un relámpago cruzaba el cielo plomizo.

Llevaba horas ahí.

Pero soy paciente.

Demasiado.

Finalmente vi su coche salir.

Sonreí mientras me ponía los guantes y se alejaba.

Pasaron minutos.

El repiqueteo de las gotas de agua contra el parabrisas era hipnótico.

No había prisa, si algo sabía yo es que la paciencia es un lujo.

Que resulta en éxito.

Abrí la portezuela y salí a la lluvia fría.

No me importaba mojarme.

Miré a ambos lados de la calle buscando testigos.

Nadie.

Solo los focos alrededor de la mansión.

Y ese silencio insidioso, precursor de lo inesperado.

Crucé empapada, y me acerqué a la verja evitando que la cámara viera mi rostro.

Hacía tres semanas habían cambiado el código de seguridad.

Pero ya lo tenía otra vez.

Eso sucede cuando llevas meses observando.

Tecleé con firmeza.

00-07-77.

Listo.

La verja se abrió con un sonido limpio.

Mínimo.

Y sonreí.

Recorrí el sendero enlajado y rodeé la propiedad por el jardín.

A esa hora y lloviendo, estaba desolado.

Yo sabía exactamente dónde estaba cada cámara.

Abrí sin problemas la puerta trasera.

Caminé segura entre las sombras.

Podría hacerlo con los ojos cerrados.

Conocía el camino de memoria.

En medio de los pasillos y habitaciones flotaba ese olor a colonia, tabaco y cuero caro.

Era su olor.

Aspiré fuerte hasta marearme.

Entonces me detuve frente a una pesada puerta de madera oscura.

Reluciente.

—Hola otra vez —susurré.

Y entré en su oficina como si me perteneciera.

El olor seguía ahí.

Siempre estaba ahí.

Me acerqué a su escritorio.

Documentos, un monitor, un portátil, una caja de habanos medio vacía y dos copas usadas.

Agarré una y la olí.

Luego la otra.

Entonces sonreí.

Era la suya.

Toqué su silla de cuero marrón.

Me senté y di unas vueltas.

Podía sentir su calor.

Aunque no estuviera ahí.

Me froté contra la superficie imaginando obscenidades.

Cerré los ojos.

Y por un momento… fue como si él estuviera conmigo.

Lo viví: Su olor, su piel, sus labios húmedos.

Recosté mi cabeza del borde.

Excitada.

Toqué mis muslos con la yema de mis dedos.

Estaba sumergida en ese delirio, cuando…

—De verdad deberías dejar de hacer esto.

Abrí los ojos y me incorporé de golpe.

Él estaba en la puerta.

Quieto, llenando el espacio.

Pero no sorprendido.

Más bien…

cansado.

—¿Por qué estás en mi casa?

—preguntó.

Y su voz fue un susurro ronco y oscuro.

No grité.

No corrí.

No balbuceé una excusa.

Solo tragué, y lo miré.

Porque después de tanto tiempo… finalmente me estaba mirando a mí.

Y porque supe de inmediato que sabía.

Cada vez que entré lo supo.

Cambiaba el código, seguro esperando que no regresara.

Pero lo hice cada vez.

Y aquí estaba.

El juego había terminado.

Y su calma me descolocó.

—¿Por qué estás en mi casa?

—volvió a preguntar como si leyera un guion.

Yo me puse en pie.

—Porque tú nunca viniste a buscarme —respondí, apretando el borde de mi blusa—, y me acostumbré a jugar contigo sin que estuvieras.

Su expresión no cambió cuando me miró largo.

Lo que dije no tuvo sentido.

¿O sí?

El silencio pesaba.

Estábamos inmóviles.

Mientras el tiempo se escurría, tenso.

Entonces movió su mano.

Apretó el teléfono.

—Voy a llamar a seguridad —dijo.

Yo sonreí.

Porque no había amenaza en sus palabras.

Había otra cosa que no supe definir.

Y me encogí de hombros.

Lo vi titubear.

Apenas.

Un gesto mínimo que no se me escapó.

—Yo no vi a nadie…

pero hazlo —murmuré—.

Antes piensa si eso te va a convenir.

No creo que quieras que revisen…

ciertas cosas…

Un silencio.

Incómodo.

Nuestras miradas se volvieron a encontrar.

Y esperé.

Él levantó el teléfono, despacio.

No apartó los ojos de mí.

—Debería hacerlo —murmuró.

Volví a sonreír.

Sintiéndome segura.

—Pero no lo harás.

Otro silencio.

Su pulgar rozó la pantalla.

Apenas Y entonces… Soltó el teléfono.

—No aún —dijo finalmente—.

Antes quiero saberlo todo.

NO ME DETUVISTE.

Su mano se quedó quieta.

El teléfono, sobre la mesa.

La pantalla contra la superficie.

Me miró, sus ojos oscuros e intensos esperaban.

Como si el siguiente movimiento dependiera de mí.

Esa vez no sonreí.

No con mi boca.

Y le sostuve la mirada.

—Sabía que no lo harías —murmuré.

No respondió.

Solo me observó.

Midiendo.

Con una atención incómoda.

Como si intentara desarmarme pieza por pieza sin tocarme.

Me sentí desnuda.

No era la primera vez que alguien me miraba así.

Pero sí la primera vez que él lo hacía.

—¿Cómo entraste?

—preguntó al fin.

Directo al grano.

Como todo en él.

Me incliné ligeramente hacia adelante, apoyando las manos sobre su escritorio.

—Sabes bien cómo.

Quizás has querido preguntar…

¿por qué?

—He querido preguntar lo justo —gruñó.

Yo no perdí mi calma actuada.

Magistral.

Cada gesto o palabra debían ser con sentido.

Deliberados.

—¿De verdad quieres saberlo?

Él mantuvo silencio.

No apartó la mirada.

Esa mirada.

—Porque si te lo digo —continué—, vas a tener que cambiar muchas cosas.

Un destello cruzó su expresión.

Mínimo.

Pero lo vi.

También sus ojos bajar un segundo.

Apenas lo suficiente, hasta mi pecho.

Mi corazón se aceleró.

La tela de la blusa mojada, pegada a mi piel, marcaba mi sostén negro.

—Ya las cambié —dijo, rompiendo la tensión.

Solté un suspiro e incliné la cabeza.

—Tres veces —murmuré.

El silencio que siguió no fue sorpresivo.

Ahí estuvo.

Pequeño.

Pero suficiente.

Él ya lo sabía.

Y sus ojos se oscurecieron apenas.

Pero no por sorpresa.

Por confirmación.

Me enderecé, sintiendo un poco de frío.

Él no se inmutó.

—Entonces —dijo despacio—, responde la siguiente pregunta.

Ya sabes cuál.

Sonreí.

—No tengo una respuesta para eso.

La distancia entre nosotros empezó a sentirse distinta.

Más corta.

Peligrosa.

Él tomó el teléfono del escritorio.

Sin prisa.

Lo metió en un bolsillo y avanzó dos pasos.

Casi pude percibir su calor.

Estaba segura de que tenía una decisión tomada desde antes de que yo entrara.

Él sabía que iría esa noche.

Sabía que fui antes.

Y ahora estábamos a mano.

Porque yo tampoco conocía sus razones.

—¿Qué quieres?

—preguntó.

Y percibí un poco de urgencia en su tono.

Por eso no respondí de inmediato.

Pero me acerqué un paso.

Luego otro.

Hasta quedar demasiado cerca.

—Tú —dije.

Casi pude sentirlo respirar.

Sus labios se curvaron apenas.

Sus ojos no se movieron.

—Eso no es una respuesta —murmuró.

Sonreí más.

—Claro que lo es.

Entonces él levantó una mano.

No para tocarme.

No todavía.

—Ni lo pienses —dijo, seco.

La palabra cayó entre nosotros como una advertencia.

No como un rechazo.

Y eso… No supe si fue peor.

—No juegues conmigo —añadió.

Volví a mirarlo fijo.

Sin parpadear.

—Llevo meses haciéndolo —respondí en voz baja—.

Y nunca me detuviste.

Aunque lo sabías.

Se acercó un poco más.

Un paso.

Suficiente para casi rozarnos.

Yo no me aparté.

Podía verlo claramente.

Su mandíbula tensa.

Su piel tersa, su afeitado pulcro.

El movimiento sutil de su garganta.

Delatado por su nuez de Adán.

Su olor invadió mis fosas nasales.

Esa loción…

Juro que me habría lanzado a sus brazos, cuando volvió a hablar.

—Tal vez no te detuve —dijo—, porque quería ver hasta dónde ibas a llegar.

El aire se volvió más pesado.

Casi irrespirable.

Ambos retrocedimos un paso.

Yo aflojé mi cuello, él su corbata.

Dos movimientos sincronizados, como si hubieran sido planificados.

Fue extraño.

—Entonces no te va a gustar lo que sigue —solté cuando recobré el control.

—Muéstrame —pidió entre dientes.

Yo solo volví a sonreír.

—Lo haré.

Pero no esta noche.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo