Mi CEO, mi obsesión - Capítulo 2
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2: Capítulo 2 2: Capítulo 2 NO ERES LA ÚNICA.
“No esta noche”.
Mis palabras se quedaron flotando sobre los dos.
Pesadas.
Como una provocación.
Un intento de sonrisa movió apenas sus labios.
Y aunque su expresión no cambió, algo en él sí lo hizo.
Como si una cuerda se tensara más de lo necesario.
—No me gusta que me dejen a medias —dijo al fin.
Su voz fue baja.
Trató de ser controlada, pero debajo hubo un reproche.
La tensión se olía en el aire.
Mezclada con el olor del cuero y su maldita loción.
Un relámpago iluminó todo.
A través de las cortinas descorridas del ventanal.
Pero seguimos inalterables.
Solo en apariencia.
Pasé la lengua por mis labios.
—Entonces no debiste pedírmelo —musité al fin.
En sus ojos saltó algo diferente.
Estábamos demasiado cerca.
Seguí sintiendo el calor de su cuerpo.
Más vivo.
Incluso a través de la tela húmeda.
Mi respiración se volvió lenta.
Consciente.
Deliberada.
Pero él no dijo nada.
Solo…
bajó la mirada.
Esta vez sin disimularlo.
Recorrió mi cuello.
Mi clavícula.
Se detuvo un segundo más de lo necesario en el botón superior de mi blusa.
Un temblor recorrió mi cuerpo.
No supe si lo vio.
Pero entonces sus ojos volvieron a los míos y esta vez, sí había una sonrisa.
Esa sonrisa.
Torcida.
Sin emoción.
Llena de secretos.
Mis dedos se hundieron más contra el escritorio.
—Viniste preparada —murmuró.
No respondí.
Porque era cierto.
—Siempre lo estás —añadió, como si estuviera pensando en voz alta.
Ahí estaba otra vez.
Esa sensación sin definir.
No estaba reaccionando.
Estaba recordando.
—¿Cuántas veces?
—preguntó de pronto.
Mordí mi labio inferior con fuerza.
—¿Eso importa?
—Me interesa —corrigió.
—Pero debes saberlo…
Negó lentamente.
Sonreí.
Volvió a negar, más despacio esta vez.
—No todas —confesó.
—Las suficientes para que ya no puedas fingir que esto te sorprende —solté.
Sus ojos volvieron a los míos.
Fijos.
Con esa oscuridad que me absorbía.
—¿Por qué fingiste no saber?
—Nunca fingí —dijo.
Mi pulso se aceleró.
—Entonces, ¿qué hacías?
—pregunté.
Se tomó su tiempo.
Como si eligiera cada palabra para que no sobrara ninguna.
—Estaba decidiendo…
—respondió— si valías la pena.
El golpe fue limpio.
Pero no retrocedí.
Me acerqué un poco más.
Casi inconsciente.
Lo suficiente para invadir su espacio.
Lo suficiente para rozarnos.
—¿Y?
—murmuré.
Su mandíbula se tensó más aún.
Sentí sus dedos raspar la madera, cerca de los míos.
—Aún no lo sé.
—Mentira.
Levanté la mano.
Despacio.
Sin tocarlo, me detuve a un centímetro de su pecho.
—Si no valiera la pena… —susurré— —ya me habrías detenido.
No respondió.
Mi dedo rozó la tela de su camisa.
Un contacto mínimo.
Intencionado.
Osado.
Su respiración cambió.
Sus ojos golpearon los míos.
Pero no se apartó.
Y eso fue suficiente.
—Estás cruzando una línea —su tono sonó a advertencia.
A esas alturas ya no me iba a detener.
—Hace tiempo que la crucé.
Su mirada bajó al punto donde lo tocaba.
Luego regresó a mí.
Y esa vez, en sus pupilas tomó forma una decisión.
—No eres la única —murmuró.
El mundo se detuvo por un segundo.
No por celos.
Pero sentí curiosidad.
—¿No?
—pregunté suavemente—.
¿Hay alguien especial?
Entonces dio un paso atrás, rompiendo el contacto.
Demasiado pronto.
—No —repitió—.
No eres ni serás la única —una pausa—.
Pero sí eres la única que cree que tiene el control.
Eso.
Ahí estaba el primer desafío real.
Mi sonrisa a continuación fue lenta.
Peligrosa.
Me senté sobre el escritorio y sostuve su mirada.
—Entonces…
quítamelo.
Pareció no entender y sonreí más.
No vio venir el golpe.
—Repítelo —ordenó, intentando dominar la escena.
Y yo no podía esperar a ver cómo lo haría.
—Quítame…
el control —repetí.
No respondió.
Sonrió.
Y despacio, demasiado…
Comenzó a quitarse el saco.
Sin dejar de mirarme.
Como si la decisión ya estuviera tomada.
Como si hubiera estado esperando esto.
Mi pulso se aceleró.
No por miedo.
Esta vez no.
—Tú lo pediste —dijo.
AHORA JUEGAS CONMIGO.
Terminó de quitarse el saco.
Mi corazón latió en mi garganta.
No podía sacarle los ojos.
Sus músculos palpitaron a través de la camisa.
El techo parecía encogido.
Todo se oscureció alrededor y solo existía él.
Tragué con fuerza.
No pestañeé.
Y cuando dejó caer el saco sobre la silla.
Sin prisa.
Sin apartar los ojos de mí.
Mi pulso se aceleró todavía más.
—Tú lo pediste —repitió.
Su tono fue sensual.
Sonreí apenas.
Rígida.
—Lo…
hice —murmuré.
Hacía calor.
Entonces dio un paso.
Pensé que se acercaría más.
Que reduciría la distancia hasta borrar el aire entre nosotros.
Contuve la respiración.
Estaba segura de no querer que se detuviera.
Cuando de pronto se rompió la magia.
Se detuvo a medio metro.
Demasiado lejos.
Y su mirada ya no era la misma.
Fruncí apenas el ceño.
—¿Eso es todo?
Una sombra de sonrisa cruzó su rostro.
—No.
Pero no fue hacia mí Fue hacia el escritorio.
Y se sentó a mi lado.
No me tocó.
Tuve que soltar el aire.
Lo miré de reojo.
Me observaba de ese modo que me descolocaba.
Y una chispa burlona revoloteaba en sus pupilas.
—Ahora es mi turno —dijo.
Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente.
—¿Turno de qué?
Sus dedos rozaron la superficie de la mesa.
Lentos.
Controlados.
Su brazo me rozó.
Fue electrizante.
Pero mantuve la compostura.
—De hacer preguntas reales —su respuesta llegó justo a tiempo—.
Y esta vez… —añadió— vas a responder.
Sonreí tensa.
—No hago eso…
—Sí lo haces.
Me giré un poco y lo miré fijo.
Iba a ripostar, pero entonces… Pronunció mi nombre.
—Isabella…
Lo exhaló…
como si lo saboreara.
Y dejé de respirar.
El mundo se detuvo.
Por la forma que lo dijo.
Estirándolo.
Con deliberación.
Como si ya lo hubiera probado antes.
Como si llevara tiempo usándolo.
—¿Cómo…?
—No eres la única que observa —respondió.
Me enderecé, y miré un punto en la pared frente a mí.
Ahí cambió todo.
Y no lograba decidir si eso jugaba a mi favor.
—Entonces…
¿comenzamos?
Me tomó unos segundos recuperarme.
Y volví a mirarlo.
Sonreí.
Como si eso pudiera devolverme el terreno perdido.
—¿A jugar?
Él rio.
Por primera vez.
Una risa corta pero suficiente.
Para volver a descolocarme.
—El juego comenzó hace mucho…
Isabella —susurró—.
Justo desde el momento que decidiste meterte…
en mi propiedad —una pausa—.
En mi vida.
Un silencio espeso nos envolvió.
No lo miré a los ojos.
—Responderé entonces —dije, con una calma mínima—, pero solo si tú también respondes.
—Hecho.
Me sorprendió su respuesta y esta vez sí lo miré.
Fijo.
—¿Así de fácil?
—Así de fácil.
Tomé aire con trabajo.
Él estaba tan cerca…
¿Cómo podía tener esa clase de control?
—Ahora juegas conmigo —protesté levemente.
—No —corrigió—.
Ahora entro al juego que tú iniciaste.
Con mis propias fichas.
Mis movimientos.
—No es cierto, ya jugabas.
Sabes mi nombre.
—Solo observaba.
Eso no es jugar.
Mis hombros se tensaron pero igual sonreí.
Puse un mechón de cabello tras mi oreja.
—Bien, eso es perfecto —admití, ya sin excusas—.
Porque lo cambia todo…
volviéndolo impredecible.
—E interesante.
—Lo sé.
No seré piadosa.
Haré lo que sea, incluso romper reglas…
—Eso espero —dijo él—.
Porque no hay reglas…
Isabella —mi nombre en su voz por tercera vez ya no era inocente—.
Y las que hubo, ya las rompiste.
¿Comenzamos?
Ambos nos sonreímos.
No por amistad.
Fueron sonrisas de dos rivales dispuestos a todo por ganar.
Porque el premio lo merecía.
—Tu turno —dije.
Él curvó sus labios.
Apareció esa sonrisa peligrosa.
Los humedeció.
—¿Responderás todo, por difícil que sea?
Arqueó una ceja.
Me ericé.
—Sí.
Todo.
Eso me colocó en el borde de algo.
Donde a cada lado…
solo había abismos.
Con una pregunta atragantada flotando: ¿Y si todo esto fue una trampa que él preparó desde el principio?
Y entonces… hizo la primera pregunta.
—¿Por qué comenzaste a entrar?
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