Mi CEO, mi obsesión - Capítulo 23
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23: Capítulo 23 23: Capítulo 23 MI DEPARTAMENTO.
Las piernas me temblaban demasiado como para moverme.
Pero mis ojos no podían apartarse de ese cuchillo ensangrentado.
Enorme.
Su filo aún destellante.
El rastro de sangre continuaba, perdiéndose en el pasillo.
—Hugo —logré articular.
Cerré y abrí los ojos varias veces.
No desapareció.
Entonces me di la vuelta.
No iba a entrar ahí a averiguar nada.
Incluso si era una alucinación, pensaba escapar.
Al diablo mi cartera.
Salí dando tumbos.
El maldito camino empedrado parecía alargarse.
Era angustioso.
Y no podía dejar de pensar en Hugo.
Cuando traspasé la verja, escuché sirenas.
Me metí a mi coche, temblando.
Las llaves estaban puestas y encendí el motor.
“Todo está en tu mente, Isabella.
Hugo está bien.
Solo ve a descansar”.
Me repetí como mantra, pensando en Sue.
¿Por qué en ella?
El chirrido de las llantas me sacó de mi cabeza.
Y miré una última vez a la mansión.
Envuelta en luces espectrales parecía mirarme.
Burlarse de mí.
Doblé la esquina como una exhalación.
No podía dejar de pensar en Hugo, joder.
Pero extrañamente sabía que estaba bien.
Y también que aquel cuchillo y aquella sangre no habían sido reales.
Ni cuenta me di cuando llegué ante el condominio donde estaba mi departamento.
La calle se encontraba desierta.
El cielo gris, desaliñado.
Empecé a subir las escaleras sin fuerzas.
Todavía aturdida.
—Isabella —una puerta se abrió a mi derecha.
La vecina chismosa de abajo, con ojos abiertos como platos—.
Dios mío.
¿Eres tú?
—Claro que lo soy —gruñí.
—Es que…
—titubeó.
Esta vez me detuve.
—¿Es que qué?
—Tu departamento…
—¿Qué pasa con mi departamento?
—la apremié, sintiendo un escalofrío.
—Está rentado.
Como desapareciste…
metieron tus cosas en cajas y…
—¡¿Cómo que desaparecí?!
—grité—.
¡Estuve fuera menos de una maldita semana!
Ella retrocedió.
Vi miedo en sus pupilas.
Pero no me detuve a pensarlo.
—Isabella —balbuceó—, tú…
¿estás bien?
—Lo estoy.
Ahora mismo iré a ver a ese maldito conserje porque va a tener que darme muchas explicaciones —la miré—.
Mi gato…
¿qué hicieron con él?
—Isabella…
Me acerqué.
Ella oprimió su espalda contra la pared.
—¿Estás temblando?
Bien que pudiste alimentar a Max cinco malditos días…
—Tú…
no estás bien.
Resoplé, retrocediendo de vuelta a las escaleras.
—¿A dónde…
vas?
—A mi departamento, obvio.
—Isabella…
Me giré a ella con impaciencia.
—¡¿Qué?!
Ya no repitas mi nombre y di lo que sea.
—Tú…
—¡Dilo de una puta vez!
Mi voz salió distorsionada.
—Tú desapareciste hace casi un año —soltó.
Y yo…
Yo solo pude quedarme como piedra.
MI VIDA EN CAJAS.
Sentada sobre una caja polvorienta en medio de un almacén asfixiante que olía a humedad y abandono, seguía en shock.
Descubrir que llevaba diez meses metida en la mansión, que me dieron por muerta, que mi gato desapareció…
fue demasiado.
Diez meses.
Casi un maldito año.
Y yo seguía jurando que fueron días.
Había reído.
Gritado.
Llorado.
Pasado de la negación a la incredulidad.
Y volví a reír.
Las paredes me devolvieron un eco espeluznante.
Toda mi vida…
resumida en unas cuantas cajas selladas.
Y yo, oscilando en el borde de la cordura y el desatino.
Miré mis manos enguatadas por un rato.
Luego me saqué el guante derecho.
El anillo brilló en mi anular con un resplandor rojizo.
Respiré hondo.
Intenté ordenar mi cabeza.
Hacer un plan.
Pero antes tenía que saber de Hugo.
De mi trabajo.
Volví a reír.
Mi trabajo.
“¿Bromeas, estúpida?” Aunque él me dijo ese mismo día que lo conservaba, por supuesto que en mi mente eran solo unos días de ausencia.
Bueno, él era el CEO.
Entonces lo único que me quedaba era descubrir quién era yo después de casi un año borrada.
Entender ya no era una opción.
Demasiados cabos sueltos y enredados.
La condescendencia de Hugo.
Su enojo.
Su indiferencia.
Me pregunté cuánto de verdad había en mis recuerdos.
O si solo acababa de salir de un coma profundo.
Mierda.
Me levanté y pateé las cajas hasta desahogarme.
Con la respiración agitada, acomodé mi pelo.
—Cordura, Isabella.
Lo que dejaste atrás ya no importa.
Solo tienes que empezar de nuevo.
Y reconquistar a Hugo.
Él.
Mi obsesión.
Mi infierno y cielo a la vez.
Me lamí los labios, descubriendo en ellos el sabor de los suyos.
Me acerqué a una cómoda con un espejo oval de marco dorado, contra la pared agrietada.
Mi cómoda.
Abrí las gavetas.
Una nube de polvo me hizo estornudar.
Entonces me miré en el espejo, que lleno de telarañas me devolvió mi reflejo.
Llevé inconsciente una mano a mi cuello.
El colgante de Hugo.
Lo recordé en la cama.
Pero no habérmelo puesto.
Fruncí el ceño.
Y me aparté de ahí.
No soportaba verme.
Entonces el timbre agudo de un teléfono me hizo dar un salto.
No era mi teléfono.
Pero estaba dentro.
En algún sitio.
Lo busqué con ahínco hasta la extenuación.
No dejó de sonar hasta casi desquiciarme.
Y cuando metí la mano al fondo del último cajón, lo encontré.
Lo tomé deprisa entre mis dedos crispados.
Recordaba ese teléfono.
Lo tenía por previsión.
Pero nunca le puse una tarjeta.
La pantalla brillaba con un número que yo no conocía.
Respondí.
No tenía nada que perder.
Quizás sí que ganar.
—Hola…
—¿Estás bien, Isabella?
Me enderecé.
Era Hugo.
—Hugo…
—respondí sonriendo, mi corazón desbocado—.
¿Cómo…
diste conmigo?
—No preguntes tonterías —dijo en un tono neutral—.
Dijiste que irías por tu cartera, pero solo desapareciste.
La tengo ahora mismo en mis manos —una pausa donde solo podía escuchar su respiración suave—.
Dime, ¿estás bien?
—Sí —mentí—.
Yo…
solo quiero saber si puedo ir mañana a la Compañía y…
—Claro, Isabella.
Estrujé mi ceño.
—¿A pesar de…
todo el tiempo que estuve…
Enmudecí.
—A pesar de eso —su voz fue más amable que antes—.
Te dije que te necesito y yo soy quien manda.
En HC&Asociados yo tengo la última palabra.
Lo dijo con una arrogancia que ya no recordaba.
Mordí mi labio inferior.
Incluso él me confundió bastante en la mansión.
Pero decidí salir de ese túnel.
Su voz me ayudó a hacerlo.
—¿Sigues ahí, Isabella?
—Sí —respondí con rapidez—.
Y te agradezco que me guardaras mi puesto, porque voy a necesitarlo.
—Lo sé.
—Hugo…
¿será que podremos hablar como dos adultos normales?
Su risa suave acarició mi oído.
—Somos adultos, preciosa.
Pero cualquier cosa menos normales.
Tuve que reír también.
—Entiendo, pero…
¿será que podremos recomenzar?
—silencio—.
Es decir, lo que ocurrió…
fue real, ¿verdad?
¿Nosotros…
—Sí, Isabella.
Fue muy real.
Nosotros follamos.
Mucho.
Sonreí hasta que me dolió.
Una excelente noticia en medio de tanta incertidumbre.
—Entonces mañana nos veremos —solté.
—Mañana nos veremos —repitió él—.
Cuídate.
Y cortó.
Yo bajé despacio el teléfono y lo metí en un bolsillo de mi chaqueta.
Seguí sonriendo como idiota, mientras enredaba mis dedos en el colgante.
Olvidé el resto.
Di un salto cuando llamaron a la puerta del almacén.
Volteé para ir a atender cuando mis ojos se quedaron clavados en el reflejo que me devolvió el espejo.
Todo encajaba, menos una cosa.
Y fue suficiente para que jadeara.
Con mi mano enguatada sostenía el cuchillo del salón de Hugo.
Goteaba sangre.
Un grito ahogado.
Miré mi cara…
Los golpes afuera aumentaron.
Y grité más fuerte.
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