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Mi CEO, mi obsesión - Capítulo 22

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22: Capítulo 22 22: Capítulo 22 COMPLOT.

—¿Hugo?

Sentí mis ojos salirse de sus órbitas.

No era él.

No podía serlo.

Pero sí era su olor.

La alta silueta se disolvió entre las sombras como mismo llegó.

Apreté los puños hasta el dolor.

Y sin pensarlo corrí hacia la puerta.

Me asfixiaba.

Supongo que había llegado a un punto insostenible.

Vi mi coche a lo lejos y corrí.

Pero no me pude acercar.

En lugar de eso el suelo desapareció debajo de mis pies.

Todo se borró.

Y una oscuridad como pared me apretó.

Luego se encendió una luz.

Mortecina.

Había cientos de espejos a mi alrededor.

La cara de Hugo en ellos.

Ensangrentada.

Su peor sonrisa.

Ojos rojos, mirándome.

Con una fijeza aterradora.

Arañé mi cara y grité.

Pero no salió ningún sonido.

Solo un silencio gorgoteante que me estrangulaba.

Los espejos rieron y no podía moverme.

Un coro de risas sórdidas.

Inhumanas.

Que explotaban en mis oídos con un chasquido roto y espeluznante.

Mi corazón quería escapar por mi boca.

Pedí auxilio.

Nada pasó.

Y entonces…

Cuando me vi perdida…

Los malditos se hicieron añicos.

Pedazos y esquirlas llenaron el aire en cámara lenta.

Algunos se clavaron en mi piel y empecé a sangrar.

Apreté los ojos, y volví a sentir el suelo debajo de mí.

Algo me soltó.

Miré.

Estaba sentada, apoyando mis manos en tierra seca y resquebrajada.

Una nube de polvo cubriéndome.

Una tos desgarrada subió desde mi pecho y tosí fuerte, seco.

Hasta que una claridad repentina apareció.

—¿Se encuentra bien, señorita?

Levanté vivamente la cabeza.

La luz hirió mis pupilas.

No vi a nadie.

No vi nada.

—¿Quién es?

—mi voz fue un murmullo ahogado.

—Te dije que huyeras.

Esa maldita frase en esa voz…

Era la mía.

No.

De Ella.

O de ambas.

Todo volvió a fragmentarse en imágenes parpadeantes y confusas.

Vi una cama de hierro frente a mí.

Contenida por paredes desconchadas y sucias.

Cadenas.

Un lamento.

Esta vez no sentí miedo.

Solo una mezcla de desconcierto con claridad.

Y una certeza extendiéndose como gangrena: yo necesitaba ayuda.

¿O se trataba de un complot contra mí?

No podía saberlo.

La visión desapareció.

Vuelta jirones.

La escena empezó a cambiar cuando una mano fuerte se hundió en mi brazo.

Y me sacó de allí.

ME IRÉ YA MISMO.

—¿Qué haces?

La voz ronca de Hugo me devolvió.

Lo miré como si fuera un fantasma.

Luego a mis brazos donde cortó el vidrio.

Ni un rastro.

Intactos.

Observé entonces el lugar.

Estaba en el jardín.

Justo donde comenzó.

No.

Más adentro.

Miré tras Hugo y recibí un puñetazo invisible.

Rosas negras.

Como en el restaurante.

Nunca las había visto.

Y comencé a reír.

Él frunció el ceño sin entender y siguió mi vista.

—¿Ahora te da gracia una flor?

Reí más fuerte.

Quería parar pero no podía.

Mi pecho se sacudía fuerte.

Mis lágrimas saltaron.

Él siguió sujetándome.

Viéndome con condescendencia.

Paciente.

Al fin pude hablar.

—¿Estás montando una especie de película para volverme loca?

—su mirada de “no entiendo” fue honesta, pero no me detuve—.

El juego…

todo…

¿es para que yo pierda la cordura?

¿Por qué?

¿Hay alguna razón oculta…

algo del pasado…

venganza…?

—No sé de qué hablas —sus ojos se clavaron en los míos—.

¿Puedes ser más explícita?

Resoplé.

—Hugo…

—mascullé en tono muy bajo— están pasando cosas inverosímiles.

Veo, oigo, huelo…

¡un montón de locuras que no tienen un puto sentido!

—Cálmate —me sacudió los hombros.

Suave, pero con firmeza.

—¿Qué quieres de mí?

¿Por qué…

me dejaste quedar…

en definitiva?

Me miró largo.

—No lo sé —dijo al fin—.

Creo que…

me pareció divertido.

Me sentí halagado por tu acoso, y…

quise jugar.

Sentí incredulidad.

Yo también creí eso.

Ahora…

ya no.

—Me confundes —confesé, jugueteando con mis dedos—.

Hace nada me gritaste…

me llamaste perra y ahora…

—Tú me confundes —protestó—.

Yo no te veo desde que llegamos en la madrugada.

Contuve la respiración.

—Entonces…

¿recuerdas anoche?

Me miró tratando de adivinar si yo hablaba en serio.

—Claro, Isabella.

No tengo amnesia.

Joder.

Mordí mis labios y quise probar algo.

—Quiero irme —dije.

No hubo tensión alguna en él.

—Entonces hazlo.

—¿Lo dices en serio?

—Lo digo en serio.

Esto se salió un poco de control.

Deberías volver a tu vida.

Como antes de aquella noche.

Me costaba creerlo.

Y juro que eso era más confuso que las visiones terroríficas.

—¿Estás seguro?

—insistí y él asintió—.

¿Cómo va a ser entonces?

Sonrió.

—Como antes.

Sigues colándote en las noches y yo sigo fingiendo que no lo sé.

Moví la cabeza en negación.

Eso no resolvía nada.

—Hugo, de verdad…

en esta mansión suceden cosas muy extrañas —pausa—.

Tú…

te comportas muy extraño.

—Sí —hizo ese gesto pausado de alisar su pelo—.

Admito que me metí bastante en la piel del jugador, pero ya está bien.

Yo seguía sin tragármelo.

¿O era que en realidad no quería irme?

—¿Y la investigación que quieres que haga?…

Sue…

los archivos…

—Puedes hacerlo fuera de aquí.

Silencio.

Ya bastaba.

Había apelado a todo.

Lo mejor era que podía irme.

Lo peor…

que seguía sin respuestas.

—Bueno…

—acepté, bajando los hombros—.

Iré por mi cartera y…

me iré ya mismo.

—Adelante.

Él se hizo a un lado.

Eché a andar en dirección a la mansión.

Con un sabor agridulce en la boca.

Sí.

Irme unos días por higiene mental era lo ideal.

Miré hacia atrás en cuanto ingresé al pórtico.

Un aire frío me hizo encoger.

Ya Hugo no estaba.

No tenía tiempo de haber desaparecido.

No me detuve.

Estaba decidido.

Pero cuando toqué el picaporte sentí algo viscoso entre este y el guante.

Levanté la mano.

Sangre.

Dejé de respirar, y miré hacia abajo.

Había un rastro en dirección al vestíbulo.

El mundo se borró con lo siguiente que vi.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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