Mi CEO, mi obsesión - Capítulo 26
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Capítulo 26: Capítulo 26
REGRESIÓN.
Esto…
No podía ser otra cosa que un salto temporal.
Como si una máquina del tiempo me hubiera enviado justo al día en que comenzó la pesadilla.
No pude parar de reír por un buen rato.
Sobre todo porque no sabía si era real o estaba en mi mente.
Pero daba igual.
Así que me levanté, lista para aprovechar el tiempo que durara.
Era mi oportunidad de entender.
De saber qué sucedía.
Salí al pasillo vacío.
Todos deberían estar almorzando.
Caminé hasta la oficina de Hugo.
Sin dudas.
Controlada.
Sentí las risas antes.
Él se acercaba con una mujer agarrada por la cintura.
Le decía cosas al oído y ella reía, sonrojada.
Me detuve.
Mi corazón aplastándome las costillas.
No podía dejar de mirarlo.
Definitivamente estaba loca por ese hombre.
Cuando me pasaron por al lado él me miró.
Un vistazo breve.
Mínimo.
Pero suficiente.
Vi en sus ojos lo que antes no pude.
Sabía.
Claro que sabía.
Y era esa noche cuando debería sorprenderme en su mansión.
Si esto no terminaba antes.
Me quedé apoyada de la pared, calmándome.
Luego sentí hambre y me regresé.
Aparecí en el pequeño restaurante de la primera planta.
Estaba desbordado.
—¡Isabella!
Miré en dirección a la voz.
Elmer.
Sonreí y caminé hacia su mesa.
Me hicieron espacio.
Me senté ahí en silencio mientras ellos charlaban de tonterías.
No recordaba haber vivido esto.
Tal vez la regresión falló.
Y me hallaba en una realidad alternativa.
Atrapada.
Pero no sentía miedo.
Solo no podía esperar a la noche.
Más tarde en mi ordenador, confirmé todos los archivos que había espiado de Hugo y volví a ponerlos en un pendrive que metí en mi sostén.
Traté de ser natural en la oficina.
Eso no evitó que no dejara de mirar el reloj.
A media tarde empezó a llover.
La lluvia… sí la recordaba.
Era otoño.
Las piezas se acomodaban.
Eso pensaba cuando oí la voz fuerte y cascada de mi jefe.
—El señor Caleius quiere verte en su despacho —un breve silencio, y yo ida—. ¿Estás oyendo, Isabella?
Me estremecí.
Hablaba conmigo.
Y esto… no estaba en los planes.
Nunca antes Hugo me vio.
No me llamó, no pronunció mi nombre.
Me levanté de un salto y salí con torpeza.
¿Él quería verme?
Ese hecho confirmó mi hipótesis de error.
Cuanto más me acercaba más nerviosa me volvía.
Su asistente me miró por encima de los espejuelos cuando me le paré delante.
En silencio.
Haciendo pucheros.
Escéptica.
—Siga.
Entonces era cierto.
Obedecí.
La puerta de hierro y cristal, tapada por cortinas me hacía una invitación secreta.
Dando traspiés llegué ante ella.
Y la empujé.
NO OTRA VEZ.
Me recibieron esos olores a cuero y a caro y a lujo.
Olores que conocía tan bien.
Y me ponían.
Él estaba de espaldas.
Viendo la lluvia a través de una ventana con un vaso de whisky en la mano.
Su espalda ancha.
El saco justo a la medida.
Impecable.
—Siéntate —dijo sin voltear.
Lo hice.
Mi corazón me estaba jugando una mala pasada.
No debería sentirme así.
Entre nosotros había ocurrido de todo.
El sillón estaba frío.
Traté de acomodarme.
Crucé y descrucé las piernas varias veces.
Mierda.
¿Acaso podía ser más obvia?
Respiré hondo y esperé.
Él seguía ajeno.
Los minutos se arrastraron.
Y perdí la paciencia.
—¿Puedo saber para qué me mandó llamar… señor?
Mi voz fue más firme de lo que pensé y eso me alegró.
Fue entonces cuando se giró.
Y sus ojos oscuros y densos se clavaron en los míos.
Hubo un instante en el que el tiempo no existió.
Y si él hubiera sostenido esa mirada, yo habría colapsado.
Pero no lo hizo, y caminó hasta su escritorio.
Alisó su cabello y se reclinó hacia adelante con gracia.
—Roger me dijo que eres la mejor en el departamento —dijo despacio, como si saboreara cada letra, jugueteando con una bola de cristal que hacía de pisapapeles—. ¿Es cierto?
Mi piel ardió.
Traté de sonreír y no lo conseguí del todo.
—Sí el lo dijo… tal vez.
—No seas modesta —contuve la respiración. La forma en que lo dijo… ¿me estaba coqueteando?—. Confío plenamente en la intuición de Roger. Y es por eso que voy a pedirte algo. Pero antes… —una pausa— debo saber si puedo confiar en ti.
Me hizo un guiño y sentí que me derretía.
Incluso mis bragas se mojaron.
Maldita perra.
Tuve deseos de reír, o abalanzarme sobre él.
—Puede confiar en mí —aseguré entonces—. Pocas personas serán más leales que yo.
Cerré la boca temiendo haber hablado de más y bajé la mirada.
Él rio.
—Te creo —dijo al rato.
Mientras yo decidía si correr o evaporarme ahí mismo.
Esa vez lo miré.
—¿En serio?
Asintió.
—Solo debes saber que es un trabajo personal —explicó—. Pero te pagaré muy bien. ¿Aceptas? Es probable que… pueda ponerse un poco peligroso a veces —advirtió, e hizo silencio.
Tragué bajo su intensa mirada.
—Acepto —solté.
Se reclinó en su asiento con una expresión de satisfacción.
—Perfecto. ¿Deseas un whisky?
Iba a decir que sí cuando la puerta se abrió con brusquedad detrás de mí.
—Hugo… —dijo alguien, y di un respingo. Esa voz…— si no actuamos ya, todo se irá a la mierda.
La maldita voz fantasma de la mansión.
Empecé a girarme, rígida.
Me urgía ponerle un rostro.
—Ya lo estoy controlando —gruñó mi CEO.
—Tú no…
—Lárgate.
Me apresuré.
Pero justo cuando lo tenía, algo se rompió alrededor de mí.
Noooo…
La oscuridad me tragó, y caí sobre una superficie dura y desigual.
Olía a tierra y a humedad.
Conocía ese lugar.
No otra vez.
La angustia se apoderó de mí.
No quería mirar.
Pero terminé abriendo los ojos, cuando sentí pasos.
Demasiado familiares.
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