Mi CEO, mi obsesión - Capítulo 25
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Capítulo 25: Capítulo 25
¿QUIÉN ES EL CEO ACTUAL?
Antes del amanecer estaba de vuelta en mi coche.
Lo escrito en aquella nota me martillaba el cerebro.
Tenía que comprobarlo.
El imponente rascacielos donde radicaba la Compañía de Hugo, apareció ante mis ojos casi una hora después.
Como una silueta fantasmal en medio de la bruma, rodeado por otros gigantes de acero y cristal.
Me metí a un café del otro lado de la avenida, donde solía desayunar.
Ya estaba atiborrado.
De ejecutivos en su mayoría.
El olor a ropa planchada, a laca, lociones, perfumes caros y no tanto; se mezclaba con el del café recién hecho y el tocino frito.
Conseguí un lugar al final, pegado a la entrada de servicio.
Cuando dieron las 7.30 me levanté para ir a la oficina.
Me sentía aprensiva entre tanta gente y no vi a ningún conocido.
Solo caras que me sonaban.
Ya en la torre, me dirigí al despacho de Hugo.
Las piernas me temblaban.
Un sudor frío se deslizó por mi columna.
El lugar de un lujo ostentoso me resultó diferente.
Pero no me detuve a analizarlo.
Caminé hasta el mostrador de mármol negro y transparente.
Una mujer que no era su asistente habitual trabajaba diligente en un ordenador.
Cuando me vio se detuvo.
—¿Se le ofrece algo?
Apreté entre mis dedos mi sobre, y respiré hondo.
—Necesito hablar con el señor Caleius —dije en un tono bajo que intentó ser mesurado.
Sus ojos se abrieron un instante.
No entendí entonces su reacción.
Volvió a mirarme de arriba a abajo.
Y su tono cambió.
—¿Tiene cita con el señor Caleius?
Sonó a pregunta clínica.
Me hizo sentir desnuda.
O en camisa de fuerza.
Tragué y asentí.
Ella apretó levemente sus labios, con una expresión de preocupación y se levantó.
—Regreso enseguida —dijo—. Puede sentarse y esperar.
Eso hice.
Pero no regresó enseguida.
Me entretuve viendo los cuadros que vestían las paredes y eran irreconocibles.
Entonces un hombre vestido con un traje impecable y canas en las sienes se acercó a mí.
Me puse en pie, inconsciente.
Cuando llegó, me dio una sonrisa pulcra y profesional.
Olía a riqueza.
El reloj en su muñeca costaba más que mi coche.
Extendió una mano.
Extendí la mía.
—¿Ha venido por el señor Caleius? —preguntó alzando una ceja.
—Sí… ¿no… está?
—El señor Caleius ya no es el CEO de HC&Asociados —soltó con condescendencia.
Sentí el mundo detenerse.
La nota…
—No… él me citó esta mañana… —aún tartamudeé.
—Lo siento, señorita…
Suspiré.
—Isabella Ross.
Me miró con lástima.
Sí.
Y eso fue molesto, pero no dije nada.
—Perfecto. Señorita Ross, tal vez le jugaron una mala pasada o broma. Hugo Caleius dejó la Compañía hace casi un año.
No dijo más ni se quedó a esperar ni reacción.
Acomodó el nudo de su corbata y después de una ligera inclinación, me dio la espalda.
Caí sentada.
Incapaz de entender.
Ahí estuve hasta que la asistente llegó a mí.
—¿Se encuentra bien?
Asentí.
—Solo estoy… tomándome un minuto.
—Claro.
Comenzó a irse.
Sus tacos arañaban el piso impecable.
—¡Señorita! —la llamé, y se giró—. Solo una pregunta. ¿Quién es el CEO actual de la Compañía? —pregunté, con una sospecha clavada en el pecho.
Ella volvió a sonreír.
—Es el señor Orson Jefferson —soltó.
Con una voz mecánica.
Y cuando oí ese nombre… mis fuerzas me abandonaron.
EL SALTO.
Mis manos apretaban el volante con furia.
Habían pasado cuarenta minutos y seguía sin moverme.
“Orson Jefferson”.
Ya había escuchado ese nombre.
En cuanto salí de la oficina de Hugo… digo, del nuevo CEO, no fui a confirmar mi puesto.
Me aterraba lo que pudiera descubrir y tomé el ascensor hasta el vestíbulo.
No debí estar tan sorprendida.
Esa nota me advirtió.
Las palabras, con la misma caligrafía de la anterior, bailaron en mi cabeza.
“Hugo es pasado. Cuanto antes lo descubras, mejor”.
No es pasado, me dije.
Pero no me lo creí del todo.
Y sentí un miedo paralizante.
Los minutos se arrastraron.
Al rato, más repuesta, giré la llave y salí de ahí.
Conduje sin parar hasta el hostal.
Me encerré en mi cuarto.
Afuera había algunos huéspedes charlando.
Ese día el lugar no asustaba tanto.
Me recosté, dispuesta a esperar hasta la tarde, la llamada de Hugo.
¿Sería posible que tuviera que regresar a la mansión?
Mordí mis uñas un rato.
Hasta que me dormí.
Desperté asustada con el móvil sonando.
Respondí.
—Te dije que huyeras.
Ella.
O yo.
—Lo hice —murmuré—. Solo quiero que me digas quién eres. ¿Mi alter ego? ¿Yo misma en otro tiempo?
Mi voz tembló.
Del otro lado, solo silencio.
—Responde, joder.
—No te fuiste.
Sentí una furia cristalina subir por mi pecho.
—Eso no es una puta respuesta —gruñí.
—Es todo lo que tienes que saber. Sal de Montellion.
Cortó.
Me quedé con el teléfono pegado a la oreja.
Maldición.
¿Cómo se suponía que me fuera sin descifrar qué sucedía?
Alejarme de Hugo no era una opción.
Tenía que descubrir todo.
Hallar explicaciones.
Entender mi vida.
¿Me había vuelto loca?
Debía regresar a aquella noche, casi un año atrás, cuando comenzó.
Respiré hasta hallar calma.
No. Estaba. Loca.
Lo repetí como mantra.
Hasta convencerme.
Spoiler: no me convencí.
Pero tampoco me angustié más.
Había una explicación de todo en algún lado y la iba a encontrar.
Al final de la tarde Hugo no llamó.
Yo tampoco lo hice.
Volví a dormirme y tuve sueños raros.
Visiones borrosas de la mansión.
El cuarto de los espejos.
El cuchillo.
Las notas.
Sue.
Me sentí caer en un hoyo.
Despacio, sin poder moverme.
Mi lengua y párpados pesaban.
Luego, todo desapareció.
Dejé de pensar.
El tiempo dejó de existir.
Unas risas me empezaron a despertar.
El sonido de un recipiente llenándose.
Y una claridad que se coló bajo mis párpados.
Un golpe frente a mí me hizo abrir los ojos.
—¿Vienes a almorzar, Isabella?
Dejé de respirar cuando vi dónde estaba.
—¿Vienes o no?
Miré al dueño de la voz.
Se trataba de Elmer, uno de mis compañeros.
Negué.
Pero no pude decir una palabra.
—Como quieras.
Se fue con los otros.
Reconocí a cada uno.
“Dioses”.
Mi cuerpo no me respondía.
Me urgía saber la fecha.
Una sospecha como densa niebla yacía sobre mí.
Apretando.
Largo rato después pude encender mi teléfono.
Y empecé a reírme como loca.
REGRESIÓN.
Esto…
No podía ser otra cosa que un salto temporal.
Como si una máquina del tiempo me hubiera enviado justo al día en que comenzó la pesadilla.
No pude parar de reír por un buen rato.
Sobre todo porque no sabía si era real o estaba en mi mente.
Pero daba igual.
Así que me levanté, lista para aprovechar el tiempo que durara.
Era mi oportunidad de entender.
De saber qué sucedía.
Salí al pasillo vacío.
Todos deberían estar almorzando.
Caminé hasta la oficina de Hugo.
Sin dudas.
Controlada.
Sentí las risas antes.
Él se acercaba con una mujer agarrada por la cintura.
Le decía cosas al oído y ella reía, sonrojada.
Me detuve.
Mi corazón aplastándome las costillas.
No podía dejar de mirarlo.
Definitivamente estaba loca por ese hombre.
Cuando me pasaron por al lado él me miró.
Un vistazo breve.
Mínimo.
Pero suficiente.
Vi en sus ojos lo que antes no pude.
Sabía.
Claro que sabía.
Y era esa noche cuando debería sorprenderme en su mansión.
Si esto no terminaba antes.
Me quedé apoyada de la pared, calmándome.
Luego sentí hambre y me regresé.
Aparecí en el pequeño restaurante de la primera planta.
Estaba desbordado.
—¡Isabella!
Miré en dirección a la voz.
Elmer.
Sonreí y caminé hacia su mesa.
Me hicieron espacio.
Me senté ahí en silencio mientras ellos charlaban de tonterías.
No recordaba haber vivido esto.
Tal vez la regresión falló.
Y me hallaba en una realidad alternativa.
Atrapada.
Pero no sentía miedo.
Solo no podía esperar a la noche.
Más tarde en mi ordenador, confirmé todos los archivos que había espiado de Hugo y volví a ponerlos en un pendrive que metí en mi sostén.
Traté de ser natural en la oficina.
Eso no evitó que no dejara de mirar el reloj.
A media tarde empezó a llover.
La lluvia… sí la recordaba.
Era otoño.
Las piezas se acomodaban.
Eso pensaba cuando oí la voz fuerte y cascada de mi jefe.
—El señor Caleius quiere verte en su despacho —un breve silencio, y yo ida—. ¿Estás oyendo, Isabella?
Me estremecí.
Hablaba conmigo.
Y esto… no estaba en los planes.
Nunca antes Hugo me vio.
No me llamó, no pronunció mi nombre.
Me levanté de un salto y salí con torpeza.
¿Él quería verme?
Ese hecho confirmó mi hipótesis de error.
Cuanto más me acercaba más nerviosa me volvía.
Su asistente me miró por encima de los espejuelos cuando me le paré delante.
En silencio.
Haciendo pucheros.
Escéptica.
—Siga.
Entonces era cierto.
Obedecí.
La puerta de hierro y cristal, tapada por cortinas me hacía una invitación secreta.
Dando traspiés llegué ante ella.
Y la empujé.
NO OTRA VEZ.
Me recibieron esos olores a cuero y a caro y a lujo.
Olores que conocía tan bien.
Y me ponían.
Él estaba de espaldas.
Viendo la lluvia a través de una ventana con un vaso de whisky en la mano.
Su espalda ancha.
El saco justo a la medida.
Impecable.
—Siéntate —dijo sin voltear.
Lo hice.
Mi corazón me estaba jugando una mala pasada.
No debería sentirme así.
Entre nosotros había ocurrido de todo.
El sillón estaba frío.
Traté de acomodarme.
Crucé y descrucé las piernas varias veces.
Mierda.
¿Acaso podía ser más obvia?
Respiré hondo y esperé.
Él seguía ajeno.
Los minutos se arrastraron.
Y perdí la paciencia.
—¿Puedo saber para qué me mandó llamar… señor?
Mi voz fue más firme de lo que pensé y eso me alegró.
Fue entonces cuando se giró.
Y sus ojos oscuros y densos se clavaron en los míos.
Hubo un instante en el que el tiempo no existió.
Y si él hubiera sostenido esa mirada, yo habría colapsado.
Pero no lo hizo, y caminó hasta su escritorio.
Alisó su cabello y se reclinó hacia adelante con gracia.
—Roger me dijo que eres la mejor en el departamento —dijo despacio, como si saboreara cada letra, jugueteando con una bola de cristal que hacía de pisapapeles—. ¿Es cierto?
Mi piel ardió.
Traté de sonreír y no lo conseguí del todo.
—Sí el lo dijo… tal vez.
—No seas modesta —contuve la respiración. La forma en que lo dijo… ¿me estaba coqueteando?—. Confío plenamente en la intuición de Roger. Y es por eso que voy a pedirte algo. Pero antes… —una pausa— debo saber si puedo confiar en ti.
Me hizo un guiño y sentí que me derretía.
Incluso mis bragas se mojaron.
Maldita perra.
Tuve deseos de reír, o abalanzarme sobre él.
—Puede confiar en mí —aseguré entonces—. Pocas personas serán más leales que yo.
Cerré la boca temiendo haber hablado de más y bajé la mirada.
Él rio.
—Te creo —dijo al rato.
Mientras yo decidía si correr o evaporarme ahí mismo.
Esa vez lo miré.
—¿En serio?
Asintió.
—Solo debes saber que es un trabajo personal —explicó—. Pero te pagaré muy bien. ¿Aceptas? Es probable que… pueda ponerse un poco peligroso a veces —advirtió, e hizo silencio.
Tragué bajo su intensa mirada.
—Acepto —solté.
Se reclinó en su asiento con una expresión de satisfacción.
—Perfecto. ¿Deseas un whisky?
Iba a decir que sí cuando la puerta se abrió con brusquedad detrás de mí.
—Hugo… —dijo alguien, y di un respingo. Esa voz…— si no actuamos ya, todo se irá a la mierda.
La maldita voz fantasma de la mansión.
Empecé a girarme, rígida.
Me urgía ponerle un rostro.
—Ya lo estoy controlando —gruñó mi CEO.
—Tú no…
—Lárgate.
Me apresuré.
Pero justo cuando lo tenía, algo se rompió alrededor de mí.
Noooo…
La oscuridad me tragó, y caí sobre una superficie dura y desigual.
Olía a tierra y a humedad.
Conocía ese lugar.
No otra vez.
La angustia se apoderó de mí.
No quería mirar.
Pero terminé abriendo los ojos, cuando sentí pasos.
Demasiado familiares.
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