¡Mi Cruel Compañero! - Capítulo 172
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172: Capítulo 172 No la amo 172: Capítulo 172 No la amo —Sí.
Siempre serás mi centro, Amor.
Mi visión se volvió borrosa tras sus palabras.
El corazón me palpitaba en el pecho.
Algo se agitó en mi interior y mi pulso se aceleró.
Odiaba mis sentimientos en este momento.
¿Por qué sus palabras tenían tanto poder sobre mí?
—¿No crees que es un poco injusto?
—pregunté, con la voz apenas audible.
—¿Para quién?
—Para tu compañera.
No puedo ser tu centro cuando ella está ahí —dije en voz baja.
Mi cuerpo ardía por nuestra cercanía.
—No la quiero…
Ni un poquito.
Me quedé sin palabras.
Sus palabras eran peligrosas y se aferraban a mi mente.
Se repetían una y otra vez.
«No la quiero, ni un poquito».
¿A qué estaba jugando?
Observé su rostro, pero gritaba sinceridad.
—Di algo —susurró.
Me miró directamente a los ojos.
Sentí que sus palabras eran lo que había estado esperando oír toda mi vida, y, sin embargo, no sabía qué decir.
La oleada de calidez y emoción que recorrió mi cuerpo hizo que se me llenaran los ojos de lágrimas.
Mi respiración era irregular.
Quería decir algo desesperadamente, pero ¿qué podía decir?
Intenté separar los labios, pero no salió ningún sonido.
Ellis se acercó más a mí justo cuando se abrió la puerta.
Me giré y me sequé las lágrimas rápidamente antes de volverme para ver quién entraba.
—David no es nada divertido.
No hemos podido mirar bien antes de que nos pidiera que viniéramos —Cayden fulminó con la mirada a mi novio.
—Ya miraréis la próxima vez.
Por ahora, tengo que estar en una reunión con Mamá —dijo él con dulzura.
Los gemelos no estaban contentos con él.
David me rodeó la cintura con los brazos, atrayéndome hacia él.
Me besó la mejilla.
—¿Estás bien?
—preguntó mientras fulminaba con la mirada a Ellis.
La mirada de Ellis era pura e intensa, y se concentraba solo en mí.
Miré a todas partes menos a él.
Contuve el aliento y asentí.
—Estoy bien —respondí.
Me aparté de David, ya que mi cuerpo temblaba ligeramente.
La tensión entre los dos Alfas era palpable en la habitación.
Me centré en los niños, hablando de lo que habían visto aquí, pero se aburrieron.
Se acercaron a su Papá.
—Papi, ¿podemos ir a por helado ya?
—preguntó Solara.
Ellis asintió con una sonrisa amable.
—Sí.
¿Vienes con nosotros, Amor?
—Ellis me miraba fijamente.
Miré a David y luego a Ellis.
—Id sin mí —sonreí levemente.
Estaba decepcionado, pero asintió secamente.
Los gemelos no parecieron echarme tanto de menos.
Estaban ansiosos por irse.
Ellis me miró una vez más antes de salir de mi despacho.
—¿Qué coño te ha dicho?
—bramó David, clavándome las garras en la carne con rabia.
—¡Dios mío!
¡Joder, ¿es que esto no va a acabar nunca?!
Me pilló por sorpresa lo brusco que fue, pero solo por un segundo.
—¿Pero quién coño te crees que eres para hablarme de esa manera?
—repliqué, apartando su mano de mi cintura de un empujón.
Estaba segura de que dejaría una marca roja.
Se quedó helado y retrocedió.
Me dio la espalda y volvió a mirarme.
—Siento mi tono.
Ese hombre me saca de quicio.
Amor, me llamaste por su nombre.
—Ah, así que ahora usaba eso.
Le sostuve la mirada con dureza.
—Fuera —ordené.
Era una orden de Alfa.
Le sostuve la mirada, mis ojos centellearon.
Abrió la boca para protestar, pero no salió ningún sonido de ella.
David podría haberse resistido a mi orden, pero no lo hizo.
—Hablaremos cuando te calmes.
—Y con eso, se fue.
Cómo se atreve a gritarme así.
Me toqué el costado donde se habían clavado sus garras, y mi Licántropo interior gruñó.
Ellis
Estaba cabreado cuando encontré a Amor en los brazos de David.
Quise atacar a ese cabrón, pero mi Licántropo irracional, el que siempre pierde los estribos, fue quien me calmó.
Me ordenó que me relajara y respirara hondo.
No mostré mi enfado, aunque normalmente me enfado con facilidad.
Agradecí que mis hijos insistieran en que David lo llevara a su despacho, dejándonos a Amor y a mí a solas.
Le dije que no quería a Charlotte.
Su reacción fue de confusión, dolor y tristeza.
No sabría decir cuál de ellas.
Sin embargo, me alegró haberle dicho la verdad.
Amor no dijo ni una palabra porque David había vuelto.
Ignoré a ese hombre.
—Papi, quiero un helado de lima y tarta de queso con muchos toppings —dijo Solara.
Estábamos en el coche, de camino a por un helado.
Amor era estricta con su dieta.
No les dejaba darse caprichos como yo.
No podía decirles que no.
Le sonreí y ella me devolvió la sonrisa.
—¿Y tú, Cay?
—pregunté.
—A mí me gusta la vainilla —dijo él.
—¿Solo vainilla?
—Sí —respondió.
—Es un aburrido —dijo su hermana.
Volví a mirar a mis hijos.
Seumo sonrió a través del espejo.
Parecían bebés gigantes atrapados en sus sillas de coche.
—La vainilla también es mi sabor favorito —dije.
Cayden me dedicó una sonrisa infantil y mi princesita frunció el ceño.
—Qué aburrido.
Llegamos a la Tierra de Helados.
La estructura estaba cubierta de enormes conos de helado falsos.
Era luminoso y acogedor para los niños.
Parecía que un camión de helados había vomitado encima.
—¿Aquí es donde sirven el mejor helado?
—preguntó Solara.
—Sí.
Mamá, Jace y Lila solían venir aquí —les dije.
—Todo es tan brillante —masculló Cayden, frunciendo el ceño.
Entramos en la tienda.
Estaba casi lleno de gente.
Las familias disfrutaban de la tarde con un helado.
Todo el mundo se puso en pie cuando se dieron cuenta de que entraba, inclinando la cabeza.
La dueña del establecimiento, la señora B, pertenecía a mi manada.
—Alfa, no sabíamos que vendría.
Podríamos haberle despejado ese sitio —dijo la señora B mientras corría hacia nosotros.
Un séquito de trabajadores iba detrás de ella.
Todos se inclinaron respetuosamente.
—No pasa nada.
Estoy aquí para comprarles a estos dos su helado favorito —dije, mirando a mis hijos.
—Alfa, ¿de quién son estas monadas?
—preguntó ella con una sonrisa.
—Son míos —respondí con orgullo, y todo el mundo ahogó un grito.
La señora B chilló de emoción.
Vi a algunas personas levantar la cabeza en nuestra dirección y susurrar.
Algunos estaban confundidos, mientras que otros sonreían en nuestra dirección.
—Oh, cielos.
No sabía que tenía hijos.
Hola, futuros Alfas.
—Volvió a inclinarse, esta vez ante los gemelos.
Mis hijos se sintieron abrumados por la atención que recibían y se acercaron más a mí mientras miraban a su alrededor con recelo.
Me sorprendí sonriendo ante su simple gesto.
La señora B nos llevó a una mesa privada.
Los niños estarían a sus anchas y fuera de la vista de los miembros de mi manada.
Haré una ceremonia de presentación adecuada en mi manada después de hablarlo con Amor.
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