¡Mi Cruel Compañero! - Capítulo 277
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- Capítulo 277 - 277 CAPÍTULO 277 No puedes controlarme
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277: CAPÍTULO 277: No puedes controlarme 277: CAPÍTULO 277: No puedes controlarme Aerys
Entré a grandes zancadas, su aroma a vainilla me volvía loco.
Abrí de un portazo la puerta del salón donde ella estaba.
Mi compañera.
Mi hermosa compañera estaba de pie en un rincón de la habitación, con los ojos fijos en mí.
Era despampanante.
—Compañero —susurró Aire.
Ella inspiró y caminó hacia mí.
—Tenemos que hablar —su voz sonaba tan dulce a mis oídos.
Estaba perdido por esta chica.
—Va-vale.
Podemos hablar en mi estudio.
Sígueme, por favor —dije.
Estaba muy emocionado, pero intenté mantener la compostura.
Miré a mis amigos y todos me aclamaron en silencio.
Guié a Elizabeth hasta el estudio y, mientras íbamos, sentí su mirada sobre mí.
Mi licántropo se comportaba como un cachorrito enamorado.
Una vez en el estudio, se apoyó en la pared, en el rincón de la habitación.
¿Qué le pasaba con los rincones?
—Toma asiento —dije.
Era tan humilde.
Ella me hacía ser humilde.
—No, gracias, hay un sujetador ahí —dijo, mirando el sofá.
Sentí que se me iba todo el color de la cara.
Liace estuvo aquí antes de que me fuera.
Debió de dejárselo ella.
—No sé por qué somos compañeros, la verdad.
Tú y yo somos de dos mundos diferentes —su tono era frío.
Gimoteé.
Joder, susurré.
¿Qué me estaba pasando?
—Me fui para pensar y te pusiste a follar con tías.
¿Así es como te vas a comportar cuando tengamos un desacuerdo?
¿Follarte a tus putas?
Negué con la cabeza y fui hacia ella.
Levantó la mano para detenerme en seco.
—No soy ingenua.
Sé que las tienes.
—Elizabeth, eres mi compañera.
Por favor, danos una oportunidad —dije con sinceridad.
Su mirada se dirigió al sofá, observando el sujetador con desdén.
—No pasó nada, te lo juro.
Dejé claro que tengo una compañera.
Elizabeth exhaló y dejó caer la mano a un costado.
—Te daré una oportunidad, pero si veo a tus zorras rondándote, las mataré…
—dijo con ferocidad.
Me sorprendió lo seria que era su expresión.
Dio un paso hacia mí y sus ojos se posaron lentamente en mi entrepierna.
—Y te cortaré las pelotas.
—De acuerdo —asentí.
—No puedes controlarme y respetarás mis decisiones —dijo con rotundidad.
Suspiré y volví a asentir.
—Harry… —dije.
No quería a ese vampiro cerca de ella—.
No lo quiero cerca de ti.
—Seguiré hablando con Harry y viéndolo.
Tienes que confiar en que terminé mi relación con él y que nunca volveré a estar con él de esa manera.
Mi licántropo me dijo que le creyera.
Estaba siendo sincera.
Sin embargo, ¿cómo podía hacerlo?
Habían tenido una relación y parecían muy unidos.
Gruñí, no me gustaba que Harry estuviera cerca de ella.
Elizabeth me fulminó con la mirada.
Joder, qué fiera era.
—Harry es mi asesor de negocios en mi empresa —dijo.
¿Elizabeth tenía una empresa?
Parecía tan joven.
—¿Tienes una empresa?
—Sí, tengo una empresa de transportes y soy dueña de otros negocios —afirmó.
Me impresionó.
Di un paso hacia ella.
—Está bien, puedes seguir viendo a Harry, pero como te mire mal, lo mato —le advertí.
Ella se limitó a poner los ojos en blanco.
—Y quiero que te mudes aquí…
conmigo.
—No.
—¿Por qué?
¡Somos compañeros!
—No me voy a quedar contigo.
Tengo un ático en la ciudad.
Puedo quedarme allí.
—Elizabeth, por favor.
Quédate aquí conmigo —mi voz adoptó un tono más bajo.
La quería aquí, donde pudiera verla y protegerla.
La sujeté por la cintura y la atraje hacia mí.
Surgieron chispas en nuestra piel y ambos nos estremecimos.
Su cara se sonrojó por nuestra proximidad.
Su corazón latía deprisa.
—Está bien, lo pensaré —murmuró ella.
Sonreí.
Sin añadir ni una palabra más, salió de la habitación.
Me quedé paralizado un momento.
Aire me sacó de mi ensimismamiento cuando aulló de felicidad.
No pude evitar aullar también.
Elizabeth
Cerré la puerta del estudio, con el corazón acelerado.
Sonreí al oír su aullido de felicidad.
Me dirigí a la cocina, donde estaban Coswell, Alec y Tonga.
Había otro hombre allí.
Se hizo el silencio cuando me sintieron.
Le sonreí a Tonga, que me devolvió la sonrisa.
Estaba detrás de la encimera, cocinando algo que olía delicioso.
Los chicos estaban jugando a las cartas.
Sentí unos ojos sobre mí y miré fijamente a Coen.
No parecía impresionado conmigo.
Podía sentir los pensamientos de la gente dirigidos a mí.
Era otro de mis dones.
—Luna Elizabeth, ¿le gustaría tomar algo antes de cenar?
—preguntó Tonga.
—Por favor, llámame Elizabeth o Eli —dije.
Las formalidades me resultaban extrañas.
Ella asintió.
—Quisiera un vaso de agua, por favor —dije, sentándome en el taburete de la encimera.
Fue Alec quien me trajo un poco de agua.
—Odio el agua con gas —dije con una mueca.
—¡Yo también!
Siento que la gente finge que le gusta —convino Tonga.
Harry entró, con aire de suficiencia.
Me pregunto qué habrá pasado.
Sentí a mi compañero detrás de mí.
—Mi compañera se quedará aquí conmigo —anunció él.
Me quedé boquiabierta, con los ojos como platos.
—Dije que lo pensaría —le recordé.
—No te llevará mucho tiempo, y entonces podrás venir aquí.
—Decidí no responderle.
Aerys Chasia parecía un hombre decidido.
Intercambié una mirada con Harry.
Me limité a asentir a su pregunta silenciosa.
Aerys procedió a presentar a los hombres de la sala junto con sus cargos.
Coen era un joven guerrero, y el otro hombre corpulento, Tommy, era un rastreador.
Los saludé educadamente.
—¿Puedes contarnos un poco sobre ti?
—me dijo Aerys.
—Me llamo Elizabeth Valord.
Tengo veinticuatro años y soy una mujer de negocios —fui breve.
Asintieron, impresionados.
—Una mujer mayor —sonrió Coswell con suficiencia.
Miré a mi compañero.
Se sonrojó un poco.
Era tan mono.
Le daba vergüenza ser más joven que yo.
En realidad, yo era mayor que la mayoría de la gente.
Decidí meterme con él.
—Pequeño alfa —susurré.
Sus amigos se rieron de él.
Les gruñó, pero todo era en broma.
Nuestras miradas se encontraron y el mundo pareció desvanecerse.
Todo desapareció excepto nosotros.
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