Mi Familia Explosiva - Capítulo 1
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1: Capitulo 1: Un nuevo comienzo 1: Capitulo 1: Un nuevo comienzo La mañana en la Clase 1-A de U.A.
High comenzaba como cualquier otra.
Bueno, tan normal como podía ser un día en la clase que albergaba a los futuros héroes más prometedores y ruidosos de Japón.
Bakugō Katsuki estaba, como de costumbre, con los pies sobre el pupitre, bostezando con aburrimiento mientras esperaba que el profesor Aizawa apareciera para comenzar la rutina.
A su alrededor, sus compañeros charlaban animadamente.
—¿Crees que hoy tengamos entrenamiento de combate?
—preguntó Kirishima, todo entusiasmo.
—Ojalá, necesito probar unos nuevos movimientos con mi hielo —respondió Todoroki con su habitual estoicismo.
De repente, la puerta se abrió y la clase se calló al instante.
No era el usual y desaliñado Shōta Aizawa quien entraba con su bolsa de dormir, sino que estaba de pie, completamente despierto y con una expresión que solo podía describirse como de “esto va a ser un dolor de cabeza”.
—Buenos días —dijo con su tono monótono—.
Guarden silencio.
Tenemos una nueva compañera.
Un murmullo de confusión recorrió el aula.
—¿Una nueva compañera?
¿A mitad del curso?
—susurró Uraraka.
—Tiene… asuntos especiales que atender —continuó Aizawa, lanzando una mirada rápida y significativa hacia Bakugō, quien arqueó una ceja con molestia—.
Entrará ahora.
Compórtense como los profesionales que se supone deben ser.
Aizawa abrió la puerta por completo e hizo un gesto para que la persona entrara.
Lo primero que vieron fue una mata de cabello largo y negro azabache que caía como una cascada de tinta.
Luego, unos ojos violetas profundos y brillantes que escrutaron el aula con una mezcla de serenidad y diversión.
La mujer era increíblemente hermosa, vestía el uniforme de U.A.
con una elegancia natural y, lo más impactante de todo, sostenía en brazos a un pequeño bulto envuelto en una manta de color rosa pálido.
Del bulto asomaba una carita redonda y sonrosada, enmarcada por un increíble y esponjoso cabello rojo fuego, tan brillante que parecía arder.
Dos grandes ojos carmesí, idénticos a los de un cierto estudiante explosivo, miraron alrededor con curiosidad.
La clase entera contuvo el aliento.
Un silencio sepulcral, tan denso que podía cortarse, invadió la habitación.
La mujer, Akeno Himejima, sonrió con dulzura.
—Buenos días a todos.
Soy Akeno Himejima y a partir de hoy me uniré a esta clase como una alumna de intercambio con ciertas… particularidades.
Es un gusto conocerlos.
La bebé en sus brazos, Rías, no dejaba de mover la cabecita.
De repente, su mirada se fijó en un punto al fondo del aula.
Sus ojos carmesí se abrieron como platos, una gran sonrisa desdentada se dibujó en su rostro y comenzó a agitar sus pequeños bracitos con energía, emitiendo una serie de gorjeos y balbuceos alegres.
—¡Agu!
¡Buh-buh-buh!
—hizo la pequeña, señalando insistentemente con su manita regordeta.
Todas las miradas siguieron la dirección que señalaba la bebé y se posaron directamente en un pálido y absolutamente paralizado Bakugō Katsuki.
—¿Eh?
—fue lo único que atinó a decir Kaminari, rompiendo el hechizo del silencio.
—No me lo puedo creer… —murmuró Mina Ashido, llevándose las manos a la boca, con los ojos del tamaño de platos.
Akeno siguió la mirada de su hija y su sonrisa se volvió aún más radiante, si eso era posible.
Sin prestar atención al shock general, se acercó a una de las mesas vacías, junto a la ventana.
Con una calma absoluta que contrastaba fuertemente con la atmósfera de la clase, colocó una pequeña y colorida alfombra de actividades en el suelo, al lado de su silla.
Luego, con sumo cuidado, sentó a Rías sobre ella, rodeada de sonajeros y mordedores.
—No se preocupen por ella —dijo Akeno en voz alta, mientras se sentaba y colocaba su bolso—.
Rías es una niña muy tranquila y hace mucho caso.
Estará entretenida aquí mientras estamos en clase, ¿verdad, mi amor?
Rías, ya más calmada al saber que su objetivo estaba cerca, agarró un sonajero con forma de estrella y lo sacudió con entusiasmo, dedicándole una sonrisa babosa a su madre.
La clase estaba en estado de shock.
Las miradas iban de la serena Akeno, a la adorable bebé, y luego al absolutamente petrificado Bakugō, cuyo rostro había pasado del blanco al rojo intenso en cuestión de segundos.
Finalmente, Bakugō explotó.
Literalmente, pequeñas chispas y detonaciones brotaban de sus palmas mientras se levantaba de un salto, derribando la silla hacia atrás.
—¡¡HIMEJIMA!!
¿¡QUÉ DEMONIOS HACES TÚ AQUÍ!?
—gritó, apuntándola con un dedo tembloroso.
La clase entera dio un salto.
La pequeña Rías, en lugar de asustarse, soltó el sonajero y comenzó a reír a carcajadas, agitando los bracitos hacia el sonido de la voz de su padre.
Le encantaba cuando “papi hacía boom”.
Akeno, sin inmutarse lo más mínimo por la explosión de su compañero, se giró lentamente en su silla, apoyó el codo en el respaldo y posó su mejilla sobre su mano.
Una sonrisa juguetona y un brillo pícaro iluminaron sus ojos violetas mientras observaba al explosivo rubio.
—Arara, Katsuki —dijo con una voz dulce y calmada, como si estuvieran comentando el tiempo—.
¿No es obvio?
Decidí empezar a trabajar, digo, a estudiar, para poder mantener a nuestra linda y pequeña retoño.
El aula explotó en un caos de exclamaciones.
—¡¿RETOÑO?!
—¡¿SU HIJA?!
—¡BAKUGŌ TIENE UNA HIJA!
—¡¿CON ESA MUJER TAN GUAPA?!
—¡¿CÓMO QUE UNA HIJA, BAKUGŌ?!
Kirishima se levantó de golpe, con los ojos brillantes de emoción y confusión a partes iguales.
—¡¿Bakugō, ¿es cierto?!
¡¿Eres papá?!
¡Eso es tan… varonil!
—¡Cállate, pelo de mierda!
—bramó Bakugō, con el rostro rojo como un tomate, las venas del cuello palpitantes—.
¡No es…!
¡Ella no es…!
—¿No soy qué, Katsuki?
—preguntó Akeno, inclinando ligeramente la cabeza con fingida inocencia, mientras acariciaba el suave cabello de su hija.
Bakugō la miró, luego miró a la bebé que lo observaba con devoción absoluta, y luego miró al resto de la clase que lo observaba con una mezcla de incredulidad, diversión y asombro.
Cerró la boca con un chasquido, se dejó caer pesadamente en su silla (que Kirishima tuvo que levantar para él) y cruzó los brazos, fulminando a Akeno con la mirada mientras un tenue sonido de explosiones crepitaba en sus palmas.
—Te voy a matar, Himejima —gruñó entre dientes.
Akeno se limitó a reír suavemente, una risa melodiosa y angelical.
Luego, se inclinó hacia su hija.
Rías, como si lo hubiera estado esperando, extendió una de sus manitas regordetas hacia su padre.
En la palma de su mano, diminutas y casi invisibles, pequeñísimas chispas comenzaron a brotar, imitando a la perfección el Quirk de Bakugō.
Al mismo tiempo, por una fracción de segundo, un destello de luz tenue y pura, similar a un relámpago benévolo, brilló en sus ojos carmesí antes de desaparecer.
Aizawa, que había observado toda la escena desde la puerta con una mano en el rostro, suspiró profundamente.
Esto iba a ser un año mucho, pero mucho más largo de lo que había anticipado.
—Bueno —dijo con su voz cansina—, ya que las presentaciones… familiares han terminado, empecemos la clase.
Himejima, te pondremos al día más tarde.
Y tú —dijo, señalando a Bakugō—.
Controla tus explosiones.
Vas a asustar a la bebé.
—¡Ella no se asusta con nada!
—refutó Bakugō automáticamente, para luego darse cuenta de lo que había admitido y esconder aún más la cabeza entre los hombros, maldiciendo en voz baja mientras el rubor le teñía hasta las orejas.