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Mi Familia Explosiva - Capítulo 2

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  3. Capítulo 2 - 2 Capítulo 2 Confesiones de recreo
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2: Capítulo 2: Confesiones de recreo 2: Capítulo 2: Confesiones de recreo La campana del recreo nunca había sonado tan liberadora para unos, y tan aterradora para otros.

En cuestión de segundos, el grupo habitual de curiosos de la Clase 1-A se arremolinó alrededor del pupitre de Akeno Himejima como polillas atraídas por una llama.

—¡Es una bebé!

¡Una bebé de verdad en nuestra clase!

—exclamó Mina Ashido, prácticamente bailando sobre sus pies mientras observaba a Rías, que seguía en su alfombrita, mordisqueando feliz un sonajero con forma de sol.

—Es increíblemente adorable —susurró Uraraka, con los ojos brillantes—.

Y ese cabello…

es exactamente como el de…

Todas las miradas se desviaron por un momento hacia Bakugō, que estaba sentado en su pupitre con la cabeza gacha, brazos cruzados y una expresión que claramente decía “no me hablen o exploto a alguien”.

Literalmente.

Akeno, en cambio, irradiaba una calma absoluta.

Sonreía con esa expresión serena y ligeramente juguetona que ya comenzaba a intrigar a todos.

—Himejima-san —comenzó Momo Yaoyorozu, dando un paso al frente con su elegancia característica—.

Disculpa mi curiosidad, pero…

¿cómo es posible que estés aquí, en U.A., con una bebé?

Quiero decir, el reglamento…

—Oh, tengo permisos especiales —respondió Akeno con dulzura, inclinando ligeramente la cabeza—.

El director Nezu fue muy comprensivo cuando le expliqué mi situación.

Y Rías se portará bien, ¿verdad, mi tesoro?

La aludida soltó el mordedor y emitió un alegre “¡Agu!” como si estuviera confirmando el acuerdo.

Fue entonces cuando Akeno hizo algo que paralizó a toda la clase.

Se inclinó hacia su hija, le acarició suavemente el cabello rojo fuego y dijo con una voz clara y amorosa: —Rías, cariño, ¿por qué no vas hacia tu padre?

La pequeña pelirroja la miró con sus enormes ojos carmesí, luego dirigió la mirada hacia Bakugō, y una sonrisa gigante e iluminada se extendió por su rostro.

Sin dudarlo ni un segundo, la bebé se giró, se puso en posición de gateo y comenzó a avanzar con una determinación asombrosa para su edad.

—Pero qué bonita, ya gatea —susurró Kirishima, emocionado.

—Mira esa determinación —comentó Kaminari—.

Es igualita a…

Rías atravesó el pequeño espacio que la separaba de Bakugō con la precisión de un misil teledirigido.

Llegó junto a la silla de su padre y, sin pedir permiso, comenzó a trepar por sus piernas con la agilidad de un pequeño mono.

Sus manitas regordetas se aferraban a la tela del uniforme mientras se impulsaba hacia arriba.

Bakugō, que hasta ese momento había estado fingiendo indiferencia, reaccionó de inmediato.

Sus brazos se movieron con una suavidad que nadie le había visto jamás, rodeando a la pequeña y ayudándola a subir hasta que quedó cómodamente instalada en su regazo.

Fue un movimiento tan natural, tan instintivo, que parecía que lo había hecho miles de veces.

—Tsk —gruñó, pero sus manos ya estaban ajustando la pequeña diadema de la bebé, que se había torcido en el ascenso—.

Eres una pequeña guerrera, ¿eh, Rías?

Y entonces ocurrió.

Bakugō Katsuki, el chico que explotaba por todo, que gruñía a cualquiera que se acercara a menos de tres metros, que había declarado en su primer día que iba a ser el número uno y que nadie lo detendría…

se inclinó y depositó un suave beso en la mejilla regordeta de su hija.

El mundo se detuvo.

Los segundos se alargaron como chicle en un día caluroso mientras la Clase 1-A procesaba lo que acababa de presenciar.

Kirishima tenía la mandíbula literalmente en el suelo.

Kaminari parecía haber sufrido un cortocircuito.

Todoroki levantó una ceja, lo más cerca que había estado de mostrar sorpresa en meses.

—¿Bakugō…

acaba de…?

—preguntó Ojirō, incrédulo.

—Besó a su hija —completó Shoji, con un tono de asombro en su voz distorsionada.

—¡ES TAN MOE!

—gritó Mina, agarrando a Uraraka del brazo—.

¡MIRA, ESTÁ SONRIENDO!

¡BAKUGŌ ESTÁ SONRIENDO!

Y era cierto.

No era una sonrisa amplia, ni siquiera era una sonrisa completamente formada, pero la comisura de sus labios se había elevado ligeramente mientras Rías reía y aplaudía, claramente encantada de haber recibido la atención de su padre.

Bakugō notó las miradas y su expresión se torció instantáneamente en un gruñido.

—¿¡Qué miran, pedazos de inútiles!?

¿Nunca vieron a alguien cuidando a su…?

—se detuvo, las palabras atorándose en su garganta.

—¿A su hija?

—completó Akeno con dulzura desde su asiento, observando la escena con una expresión de infinita ternura.

El rubor en las mejillas de Bakugō confirmó lo que todos sospechaban.

Momo Yaoyorozu, recuperándose del shock inicial y con su mente analítica trabajando a toda velocidad, dio un paso al frente.

Era la única manera que tenía de procesar lo que estaba viendo: con lógica y preguntas.

—Himejima-san —comenzó con cuidado—, disculpa que sea tan directa, pero…

¿desde cuándo conoces a Bakugō-san?

Akeno parpadeó, sus largas pestañas negras enmarcando sus brillantes ojos violetas.

Luego sonrió y desvió la mirada hacia Bakugō con un brillo travieso.

—¿Desde cuándo estamos saliendo, Katsuki?

—preguntó con fingida confusión—.

Tú tienes mejor memoria que yo.

Bakugō resopló, ajustando a Rías en su regazo para que no se cayera mientras la pequeña intentaba agarrar uno de los explosivos que decoraban los costados de sus botas.

—Seis años —respondió, como si fuera la cosa más obvia del mundo—.

Hace seis años, idiota.

—Ah, correcto, cariño —asintió Akeno, como si confirmara un dato meteorológico.

Un silencio sepulcral siguió a esa declaración.

—¿SEIS AÑOS?

—exclamó Kaminari—.

¡Pero si tenemos quince!

—La edad de inicio de las relaciones en Japón es…

—comenzó Iida, levantando la mano para hacer su discurso habitual, pero fue interrumpido.

Fue Izuku Midoriya quien dio un paso al frente, su mente analítica trabajando a velocidades comparables a las de su ídolo.

Tenía su libreta en la mano, aunque ni siquiera recordaba haberla sacado.

—Espera, espera, espera —dijo, con el ceño fruncido en confusión—.

Pero si yo conozco a Kacchan desde que éramos niños.

Hemos ido a la misma escuela, vivido en el mismo vecindario…

y nunca, nunca te había visto, Himejima-san.

Akeno lo miró con curiosidad, inclinando ligeramente la cabeza.

Luego sus ojos se iluminaron con reconocimiento.

—Ah, tú eres Midoriya Izuku, ¿verdad?

—preguntó, y cuando Izuku asintió, confundido, ella sonrió ampliamente—.

Katsuki me ha hablado mucho de ti.

Bakugō hizo un sonido estrangulado desde su asiento, abrazando instintivamente a Rías un poco más fuerte mientras la bebé reía al escuchar la voz de su madre.

—¿¡Kacchan ha hablado de mí!?

—Izuku parecía a punto de desmayarse—.

¿¡Bien o mal!?

—Bueno…

—Akeno se llevó un dedo a la barbilla, fingiendo pensar—.

Generalmente eran cosas como “ese maldito nerd” o “el estúpido de Deku”, así que supongo que es su manera de decir que le importas.

—¡Eso no es manera de decir que alguien te importa!

—protestó Izuku.

—Para Kacchan, sí —respondió Akeno con una sonrisa tan serena que desarmaba cualquier discusión.

—Pero sigo sin entender —insistió Izuku—.

¿Cómo es que nunca te vi?

Si iba a casa de Kacchan a menudo cuando éramos pequeños…

—No sé —respondió Akeno con sinceridad—.

He ido muchas veces a casa de Katsuki.

La señora Mitsuki me quiere muchísimo.

Incluso tengo mi propia taza para el té cuando voy.

Bakugō gruñó desde su asiento, claramente incómodo con el rumbo de la conversación.

—Esa mujer problemática —murmuró— se une a ti, mujer problemática.

Son dos contra uno en mi propia casa.

—Ay, Katsuki, no seas exagerado —rió Akeno—.

Tu madre me adora y lo sabes.

Dice que soy la única persona en el mundo capaz de soportarte.

—¡Yo te soporto!

—protestó débilmente Kirishima.

—Tú eres un caso aparte, pelo de mierda —respondió Bakugō, pero sin el veneno habitual.

Mina, que había estado esperando su momento, se lanzó a la carga.

—Himejima-san, ¿tú eres de la ciudad?

—preguntó con curiosidad—.

¿O viniste de otro lugar para estudiar en U.A.?

Akeno asintió lentamente, y por un momento, su expresión cambió.

Todavía era serena, pero había algo más profundo en sus ojos violetas, algo antiguo y misterioso.

—Soy de esta zona, sí —respondió—.

Pero no vivo exactamente en la ciudad.

Vivo en un templo, en la cima de la montaña que hay detrás del distrito comercial.

—¿Un templo?

—preguntó Uraraka—.

¿Como…

un templo templo?

¿Con monjes y todo?

Akeno rió suavemente, un sonido melodioso que parecía flotar en el aire.

—Soy miko —explicó—.

Una sirviente del templo.

Mi familia ha servido en ese santuario durante generaciones.

Yo soy la encargada actual de los rituales y el cuidado del recinto.

—¡Qué interesante!

—exclamó Izuku, su libreta apareciendo mágicamente en su mano—.

¿Eso significa que tu Quirk tiene alguna relación con tu labor en el templo?

Porque Aizawa-sensei mencionó algo sobre un “rayo sagrado” y…

—Deku —gruñó Bakugō—.

Deja de interrogar a mi…

Se detuvo en seco, consciente de que todas las miradas estaban sobre él otra vez.

—¿Tu qué, Kacchan?

—preguntó Izuku con una sonrisa inocente que no engañaba a nadie.

—Cállate, nerd.

Akeno rió de nuevo, un sonido que parecía iluminar el aula.

—No me importa responder —dijo, y todos se giraron hacia ella—.

Sirvo a Amaterasu-sama, la gran diosa del sol del panteón sintoísta.

Mi Quirk, el Rayo Sagrado, es un don que mi familia ha poseído durante generaciones.

Tiene la capacidad de…

anular otros Quirks.

—¿ANULAR?

—casi todos los presentes hablaron al unísono.

—Es un poder muy útil —continuó Akeno con calma—.

Pero también muy peligroso si se usa incorrectamente.

Por eso mi familia siempre ha servido en el templo, para aprender a controlarlo y usarlo solo cuando es necesario.

—Es impresionante —murmuró Todoroki, observándola con un respeto recién descubierto—.

Un Quirk así podría ser decisivo en situaciones con villanos.

—Exactamente —asintió Akeno—.

Por eso estoy aquí.

Para aprender a ser una heroína y usar mi don para proteger a los demás.

—Y para mantener a nuestra pequeña retoño —añadió con una sonrisa, mirando a Bakugō y Rías.

La bebé, como si supiera que hablaban de ella, soltó una risita burbujeante y aplaudió, pequeñas chispas brotando inofensivamente de sus palmas mientras sus ojos brillaban con un destello de luz divina.

—Tiene ambos Quirks —observó Yaoyorozu con asombro—.

El de Bakugō-san y el tuyo.

Es…

increíble.

—Es una combinación explosiva —comentó Jirō con una sonrisa irónica—.

Literalmente.

Bakugō, por una vez, no tuvo respuesta.

Solo miró a su hija, que ahora jugueteaba con los cordones de sus botas, y luego a Akeno, que lo observaba con una expresión de amor tan pura y profunda que incluso él, con todo su orgullo, no pudo sostener la mirada por más de unos segundos antes de desviarla con un gruñido.

—La campana va a sonar pronto —dijo Koda en un susurro, el primero en hablar en un buen rato.

Como si lo hubiera invocado, el timbre del recreo indicó que era hora de regresar a clases.

Lentamente, el grupo comenzó a dispersarse, aunque las miradas de reojo hacia el trío en la parte trasera del aula no cesaron.

Akeno se levantó con gracia y se acercó a Bakugō, extendiendo los brazos para recoger a Rías.

—Vamos, mi amor —dijo suavemente—.

Papá tiene que prestar atención en clase.

—Agu —protestó Rías débilmente, aferrándose al uniforme de Bakugō.

—Ya la verás después —prometió Akeno, y la bebé pareció aceptar el trato, dejándose transferir a los brazos de su madre sin más quejas.

Bakugō se quedó mirando sus manos vacías por un momento, antes de gruñir y cruzarlas sobre el pecho otra vez.

—Tsk.

Como si me importara.

Pero Kirishima, que había visto todo desde su asiento, notó la pequeña sonrisa que se escondía en el rostro de su amigo antes de que la máscara de indiferencia volviera a colocarse en su lugar.

El resto del día transcurrió con relativa normalidad.

Bueno, dentro de lo que podía considerarse “normal” teniendo en cuenta que una de sus nuevas compañeras tenía una bebé en clase y que esa bebé era hija de Bakugō Katsuki.

Cuando las clases terminaron y todos comenzaron a recoger sus cosas, Aizawa apareció en la puerta.

—Himejima —llamó—.

Tengo que llevarte a conocer a algunos profesores más y enseñarte las instalaciones.

Puedes dejar a la pequeña en la guardería de U.A., el director Nezu se aseguró de que estuviera disponible para ti.

—Gracias, Aizawa-sensei —respondió Akeno con una reverencia—.

Pero…

Se giró hacia Bakugō, que estaba recogiendo sus cosas con movimientos bruscos pero lentos, como si estuviera esperando algo.

—Katsuki —dijo con su voz dulce—.

¿Podrías cuidar de Rías mientras hago los trámites?

No creo que tarde más de una hora.

Bakugō se congeló.

Todos los presentes se congelaron.

¿Bakugō?

¿Cuidando a una bebé?

¿Solo?

—¿Y por qué demonios tendría que…?

—comenzó, pero Rías ya había escuchado la voz de su padre y estaba extendiendo los bracitos hacia él desde los brazos de su madre, haciendo esos ruidos de bebé feliz que parecían derretir cualquier resistencia.

—Agu agu buh!

—tradujo la pequeña, que claramente decía “papá, papá, llévame”.

Bakugō la miró.

La bebé lo miró con esos ojos idénticos a los suyos.

Nadie respiró.

—…Dame acá —gruñó finalmente, tendiendo los brazos con una brusquedad que contrastaba con la suavidad con la que sostuvo a su hija una vez que estuvo en sus brazos.

—Sabía que podía contar contigo, cariño —sonrió Akeno, depositando un beso en la mejilla de Bakugō antes de girarse y seguir a Aizawa, que ya se había ido hace rato, claramente sin ganas de presenciar más momentos familiares.

Bakugō se quedó en medio del aula, con su hija en brazos, rodeado de compañeros que lo miraban como si hubiera crecido una segunda cabeza.

—¿Qué miran?

—gruñó—.

¡Largo de aquí!

¡Váyanse a sus malditas casas!

—Pero Bakugō —dijo Kaminari con una sonrisa—, ¿vas a llevar a la bebé a tu dormitorio?

—¿Y qué si lo hago, estúpido?

—Que nosotros también queremos jugar con ella —se quejó Mina—.

¡Es tan mona!

—No es un maldito juguete —respondió Bakugō, girándose para salir del aula con Rías bien sujeta en sus brazos.

Pero antes de cruzar la puerta, se detuvo.

Sin volverse, dijo: —…Pueden venir si quieren.

Pero si la despiertan, los exploto a todos.

Y salió, dejando tras de sí un rastro de compañeros boquiabiertos que tardaron exactamente dos segundos en salir corriendo detrás de él.

—¡¿Bakugō acaba de invitarnos a su habitación?!

—¡Esto es histórico!

—¡Alguien grabelo!

Desde el pasillo, se escuchó un gruñido explosivo seguido de risas de bebé, y todos supieron que, pase lo que pase a partir de ahora, la Clase 1-A nunca volvería a ser la misma.

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