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Mi Familia Explosiva - Capítulo 24

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24: Capítulo 24: Flashback 4 24: Capítulo 24: Flashback 4 La tarde era gris, como si el cielo supiera que algo importante estaba a punto de ocurrir.

Bakugō y Akeno estaban en el bosque detrás del templo, entrenando como siempre.

Pero algo andaba mal.

Akeno fallaba golpes que normalmente daba.

Sus elementalizaciones eran más lentas.

Su bastón parecía más pesado.

—¿Qué te pasa hoy?

—preguntó Bakugō, después de que ella tropezara por tercera vez—.

Pareces un pato mareado.

—No me pasa nada —respondió Akeno, pero su voz sonó débil.

—Mientes.

—No miento.

—Tienes la cara pálida.

Y hace tres días que no comes bien.

Y ayer casi te duermes en la cena.

—Me observas demasiado.

—Alguien tiene que hacerlo.

Akeno se sentó en un tronco caído y se llevó las manos al vientre.

Era un gesto inconsciente, pero Bakugō lo notó.

Él notaba todo lo que ella hacía.

—Akeno —dijo, arrodillándose frente a ella—.

¿Estás enferma?

—No.

—¿Entonces?

—No sé.

—Akeno levantó la vista.

Sus ojos violetas estaban húmedos—.

Hace semanas que me siento rara.

Náuseas por las mañanas.

Cansancio.

Y…

—¿Y qué?

—Mi regla no bajó.

El silencio se extendió entre ellos como un océano.

Bakugō parpadeó una vez.

Dos veces.

Tres.

—¿Eso qué significa?

—preguntó, aunque ya lo sabía.

A los quince años, no era un niño ignorante.

Sus padres le habían hablado.

La escuela también.

—Significa que podría estar embarazada —respondió Akeno, en un susurro.

—¿Podría?

—No estoy segura.

Necesito hacerme una prueba.

—¿Por qué no te la hiciste antes?

—Porque tenía miedo.

—¿Miedo de qué?

—De que fuera verdad.

—Akeno lo miró a los ojos—.

De que cambiaras.

—¿Cambiar?

—De que me dejaras.

Bakugō sintió un golpe en el pecho.

No era una explosión.

Era algo más profundo.

—Eres una idiota —dijo, tomando su cara entre las manos—.

No te voy a dejar.

—¿Ni siquiera si es verdad?

—Ni siquiera si es verdad.

—¿Lo prometes?

—Palabra de Bakugō.

Akeno rompió a llorar.

No era un llanto histérico.

Era un llanto de alivio, de miedo contenido, de esperanza.

Bakugō la abrazó y la sostuvo hasta que los sollozos se calmaron.

—Mañana —dijo él—.

Vamos a la farmacia.

Compramos una prueba.

Y después de saberlo…

decidimos.

—¿Juntos?

—Juntos.

—¿Lo prometes otra vez?

—Te lo prometo todas las veces que quieras.

— Pensamientos de Bakugō (15 años): Embarazada.

Esa palabra no debería estar en mi cabeza.

Tenemos quince años.

Somos niños.

Pero cuando ella dijo que podría ser verdad, lo único que pensé fue “no la dejes sola”.

El miedo a perderla fue más fuerte que el miedo a ser padre.

Eso me asusta.

Pero también me dice que esto es real.

Que lo que siento por ella es más fuerte que cualquier otra cosa.

Pensamientos de Akeno (15 años): Le dije.

No huyó.

No me insultó.

Solo me abrazó.

¿Por qué me abrazó?

Esperaba gritos.

Esperaba que me dijera que era una irresponsable.

En lugar de eso, me abrazó.

Y dijo “juntos”.

Una palabra.

Juntos.

Y de repente el mundo se volvió menos aterrador.

— La Prueba Al día siguiente, Bakugō faltó al colegio por primera vez en su vida sin permiso.

Akeno también.

Se encontraron en la parada de autobús más cercana al templo, ninguno había dormido bien.

—¿Lista?

—preguntó Bakugō.

—No.

—Vamos igual.

Entraron a una farmacia del centro.

El dependiente los miró con sospecha, pero no dijo nada.

Bakugō compró la prueba más cara, la más precisa, la que prometía resultados en dos minutos.

—¿Por qué esa?

—preguntó Akeno.

—Por si acaso la barata está defectuosa.

—Son iguales.

—No me importa.

Fueron a un café cercano.

Akeno entró al baño.

Bakugō esperó en una mesa, con los dedos tamborileando sobre la madera.

Cada segundo era una eternidad.

Cuando Akeno salió, su rostro era una máscara impasible.

—¿Y?

—preguntó Bakugō, con la voz quebrada.

Akeno se sentó frente a él.

Puso la prueba sobre la mesa.

Dos rayas.

—Positivo.

El mundo se detuvo.

Bakugō miró la prueba.

Miró a Akeno.

Miró la prueba otra vez.

—Mierda —dijo.

—Mierda —acordó ella.

—¿Qué hacemos?

—No lo sé.

—¿Quieres tenerlo?

—No lo sé.

—¿Quieres abortar?

La palabra cayó como un ladrillo.

Akeno se estremeció.

—No —dijo, con una firmeza que sorprendió hasta a ella misma—.

No quiero.

—¿Por qué?

—Porque…

—Akeno se llevó las manos al vientre—.

Porque ya está aquí.

Porque sea lo que sea, es parte de nosotros.

Y no quiero arrepentirme después.

Bakugō la miró largo rato.

—Entonces lo tenemos.

—¿Seguro?

—Nunca estoy seguro de nada.

Pero de esto…

sí.

Akeno le sonrió.

Era una sonrisa temblorosa, frágil, pero real.

—Voy a ser madre.

—Y yo padre.

—Dioses, qué miedo.

—Lo sé.

—¿Vas a estar ahí?

—Siempre.

—¿Incluso cuando el bebé llore a las tres de la mañana?

—Incluso entonces.

—¿Incluso cuando tenga que cambiar pañales?

—No sé cambiar pañales.

Pero aprenderé.

—¿Incluso cuando tu madre quiera matarte?

—Sobre todo entonces.

Akeno rió.

Era una risa entre lágrimas, pero era una risa.

—Te quiero, Katsuki Bakugō.

—Y yo a ti, Akeno Himejima.

—Ahora somos tres.

—…Mierda.

—Mierda, sí.

— Pensamientos de Bakugō: No sé si estoy listo.

No sé si alguien está listo para esto.

Pero cuando ella dijo “no quiero arrepentirme”, entendí.

Porque si la hubiera dejado sola, yo sí me habría arrepentido.

El resto de mi vida.

Así que esto es lo correcto.

Miedo o no miedo.

Pensamientos de Akeno: Alguna vez imaginé ser madre.

Pero no a los quince.

No así.

Sin embargo, cuando vi las dos rayas, no sentí pánico.

Sentí…

responsabilidad.

Y también amor.

Un amor nuevo.

Diferente.

Por alguien que aún no conozco, pero que ya está aquí.

— La Confesión a Mitsuki Tres días después, Bakugō se paró frente a la puerta de su casa con las manos sudorosas.

Sabía que tenía que decírselo.

Akeno estaba en el templo, esperando noticias.

Si iban a seguir adelante, necesitaban el apoyo de sus familias.

Y la familia empezaba con su madre.

—Mamá —dijo, entrando a la cocina donde Mitsuki preparaba la cena.

—¿Qué?

—respondió ella, sin dejar de cortar verduras.

—Necesito hablarte.

—Habla.

—Es importante.

—Más importante que esta cebolla?

Porque si no es más importante, espera.

—Es más importante.

Mitsuki dejó el cuchillo y se giró.

Su expresión cambió cuando vio el rostro de su hijo.

Pálido.

Serio.

Asustado.

—Katsuki —dijo, secándose las manos en el delantal—.

¿Qué pasó?

—Akeno está embarazada.

El silencio fue tan profundo que se podía escuchar el refrigerador zumbando.

Mitsuki parpadeó.

Una vez.

Dos veces.

Tres.

—¿Qué?

—Está embarazada.

De quince semanas, según el médico al que fuimos ayer.

—¿Ya fueron al médico?

—Sí.

—¿Sin decirme?

—Teníamos que estar seguros.

—¿Y qué tan seguros están?

—Completamente.

Mitsuki se sentó en una silla.

De repente, sus piernas no la sostenían.

—Katsuki.

¿Tú…

tú eres el padre?

Bakugō sintió un fogonazo de ira.

—¿De quién más iba a ser, mamá?

Solo estamos ella y yo.

Desde los nueve años.

—Lo sé, lo sé.

—Mitsuki levantó una mano—.

Solo…

solo necesito procesar.

—Se quedó en silencio un momento.

Luego, con voz temblorosa—.

¿La vas a dejar?

—No.

—¿La vas a obligar a abortar?

—No.

—¿Entonces?

—Vamos a tenerlo.

Mitsuki cerró los ojos.

Cuando los abrió, estaban húmedos.

—Eres un idiota —dijo.

—Ya lo sé.

—Eres el idiota más grande que he parido.

—También lo sé.

—Y vas a necesitar ayuda.

—Eso…

también lo sé.

Mitsuki se levantó y lo abrazó.

Un abrazo fuerte, casi doloroso.

—Voy a ser abuela —murmuró—.

Dioses.

No estoy lista.

—Yo tampoco estoy listo para ser padre.

Pero aquí estamos.

—¿La quieres?

—La quiero.

—¿Y al bebé?

—Todavía no lo conozco.

Pero también.

Mitsuki se separó y lo miró a los ojos.

—Entonces, ¿qué vamos a hacer?

Nosotros?

—preguntó Bakugō.

Nosotros.

La familia.

Porque esto no es solo tuyo.

Es de todos.

Bakugō sintió un nudo en la garganta.

—Gracias, mamá.

—No me des las gracias.

Me estás dando un infarto.

—Igual.

— La Conversación a Solas Dos días después, mientras Bakugō estaba en la escuela, Akeno bajó la montaña y llamó a la puerta de los Bakugō.

Mitsuki la recibió con los brazos abiertos.

—Pasa, hija.

Sabía que vendrías.

—¿Cómo supo?

—preguntó Akeno, entrando.

—Porque eres una Himejima.

Y las Himejimas no dejan las cosas a medias.

Se sentaron en la sala.

Mitsuki sirvió té.

Akeno aceptó la taza con manos temblorosas.

—No vine a pedir permiso —dijo Akeno, mirándola fijamente—.

Vine a decirle que voy a tener este bebé.

Con Katsuki o sin él.

—¿Sin él?

—Si él se arrepiente, lo tendré sola.

Pero él no se arrepiente.

Lo sé.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque lo conozco.

Porque cuando le dije, no huyó.

Porque ha ido a todas las citas médicas.

Porque me llama todas las noches para preguntarme cómo me siento.

—Akeno sonrió—.

Ese chico que no sabe mostrar emociones…

las muestra conmigo.

Mitsuki asintió, lentamente.

—No pensé que mi hijo pudiera querer a alguien así.

—Ni yo.

—¿Tu madre lo sabe?

—No.

Pero lo sabrá hoy.

Vine aquí antes de subir.

—¿Primero a mí que a tu propia madre?

—Porque usted es la más difícil.

—Akeno sonrió—.

Si usted nos acepta, mi madre también.

Mitsuki rió.

Era una risa genuina.

—Eres lista, Himejima.

—Me han dicho.

—¿Y qué esperas de mí?

—Que me odie.

O que me apoye.

No hay punto medio.

Mitsuki se quedó callada un momento.

Bebió un sorbo de té.

Lo dejó en la mesa.

—No te odio.

—Dijo finalmente—.

Al principio, cuando Katsuki me lo contó, me dio una rabia…

pero no contra ti.

Contra él.

Contra los dos.

Contra el mundo.

—Lo entiendo.

—Pero luego pensé: ¿de qué sirve enfadarse?

Ya está hecho.

El bebé viene.

Y llorar sobre la leche derramada solo sirve para que se enfríe.

—Esa es una analogía extraña.

—Pero efectiva.

Akeno sonrió.

Mitsuki le tomó las manos.

—Vas a ser mi nuera —dijo—.

No hoy, no mañana, pero algún día.

Así que más vale que empecemos a llevarnos bien.

—¿No le importa que tenga quince años?

—Me importa.

Pero importa más que mi hijo sea feliz.

Y contigo…

lo es.

Nunca lo había visto así.

Nunca.

—Usted no lo ve cuando estamos solos.

—¿Cómo es?

—Sonríe.

Mucho.

Se ríe de mis chistes malos.

Me dice que me quiere cuando cree que estoy dormida.

Mitsuki sintió que el corazón le daba un vuelco.

—Ese no es mi hijo.

—Es mi novio.

—Es tu futuro esposo.

—Eso espero.

Se quedaron en silencio, tomadas de las manos.

Afuera, el sol comenzaba a ponerse.

—Hija —dijo Mitsuki.

—¿Sí?

—Vas a ser una gran madre.

—¿Cómo lo sabe?

—Porque ya estás pensando en el bebé antes que en ti.

Akeno sintió que las lágrimas asomaban.

—Gracias, Mitsuki-san.

—Llámame mamá.

Si quieres.

—Mamá.

—Eso está mejor.

— Pensamientos de Akeno: No sabía que una conversación podía calmar tanto el alma.

Pensé que me echaría.

Que me llamaría irresponsable.

En lugar de eso, me llamó hija.

Y me dijo que sería una buena madre.

Tal vez lo sea.

Tal vez no.

Pero con ella de mi lado, todo duele menos.

Pensamientos de Mitsuki: Esa chica me mira como si tuviera todas las respuestas.

No las tengo.

Pero tiene razón en algo: mi hijo nunca fue tan feliz.

Y si ella es la razón, entonces la acepto.

Con bebé incluido.

Dioses, voy a ser abuela.

¿Cómo llegué a esta edad sin darme cuenta?

— El Parto: El Día Más Largo El bebé nació en invierno.

No era la fecha prevista.

El médico había dicho que nacería en primavera, pero Rías tenía otros planes.

—¡Katsuki!

—la llamada de Akeno lo despertó a las tres de la madrugada—.

¡El bebé…

el bebé viene!

—¿Ahora?

—preguntó él, aún medio dormido—.

¿Pero falta un mes?

—Al bebé no le importa.

¡Por favor, ven!

Bakugō se vistió en segundos, despertó a sus padres, y subió la montaña a velocidad de explosión.

Cuando llegó al templo, Shuri ya había llamado a la partera.

—Va a nacer prematuro —dijo Shuri, con calma—.

Pero es fuerte.

Lo sé.

—¿Puedo entrar?

—preguntó Bakugō.

—No.

—¿Por qué?

—Porque las tradiciones dicen que los hombres no deben presenciar el parto.

—Me importan una mierda las tradiciones.

—Katsuki —la voz de Akeno llegó desde adentro—.

Por favor.

No entres.

Bakugō se quedó paralizado.

—¿Por qué no?

—Porque…

porque no quiero que me veas así.

—¿Así cómo?

—Así…

así vulnerable.

Así rota.

Así fea.

—No eres fea.

—Ahora sí.

—Nunca.

Hubo un momento de silencio.

Luego, un gemido de dolor.

—¡Akeno!

—¡No entres!

—gritó ella, pero su voz se quebró.

Mitsuki puso una mano en el hombro de su hijo.

—Déjala.

Las mujeres sabemos cuándo queremos compañía y cuándo no.

Ahora no.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque he parido uno.

Y te aseguro que en ese momento, lo último que quería era que tu padre me viera.

Bakugō apretó los puños, pero no entró.

Se sentó en el suelo del pasillo, con la espalda contra la pared, y esperó.

Las horas pasaron.

Los gemidos se convirtieron en gritos.

Los gritos en llantos.

Y finalmente, un llanto nuevo.

Un llanto pequeño, agudo, que no venía de Akeno.

—Es niña —anunció la partera—.

Es pequeña.

Pero respira.

Bakugō se puso de pie de un salto.

—¿Puedo entrar ahora?

—Ahora sí.

Entró.

El cuarto olía a sudor, a sangre, a vida.

Akeno estaba en la cama, con el cabello pegado a la frente y un bulto envuelto en una manta blanca contra su pecho.

—Katsuki —dijo, con una sonrisa exhausta—.

Ven.

Bakugō se acercó.

Sus piernas temblaban.

Sus manos temblaban.

Todo él temblaba.

—Ella es…

—comenzó, pero las palabras se le atascaron en la garganta.

—Sí.

—Akeno apartó la manta—.

Ella es nuestra hija.

Bakugō miró la pequeña cara.

Arrugada.

Sonrosada.

Con una mata de pelo rojo fuego que parecía arder bajo la luz de la lámpara.

Pelo rojo.

Rojo.

No negro.

No rubio.

Rojo.

Bakugō sintió que la tierra se abría bajo sus pies.

—Ella…

—su voz se volvió grave—.

Tiene el pelo rojo.

—Sí —respondió Akeno, aún sonriendo.

—Yo no tengo el pelo rojo.

—No.

—Tú tampoco.

—No.

—Entonces…

¿de quién es?

El silencio se extendió como una losa.

Akeno dejó de sonreír.

—¿Qué estás insinuando, Katsuki?

—Que el pelo rojo no viene de mí.

Ni de ti.

—Obviamente.

—¿Obviamente?

—Bakugō dio un paso atrás—.

¿Me estás diciendo que…?

No terminó la frase.

No hizo falta.

Akeno lo entendió todo en ese instante.

—¿Crees que te fui infiel?

—preguntó, con una voz que no era la suya.

Era fría.

Era peligrosa.

—No sé qué creer.

—No sabes, dice.

—Akeno apretó a la bebé contra su pecho—.

Después de seis años juntos.

Después de todo lo que hemos pasado.

¿Crees que te habría traicionado?

—EL PELO ES ROJO —gritó Bakugō—.

¡NO ES MÍO!

—¡ES NUESTRO!

—¡NO PUEDE SER NUESTRO SI NO TENEMOS PELO ROJO!

—¡LOS GENES SON COMPLEJOS, IMBÉCIL!

—¡NO ME LLAMES IMBÉCIL!

—¡Pues no actúes como uno!

La bebé, sintiendo la tensión, comenzó a llorar.

Un llanto desgarrador que atravesó la habitación como un cuchillo.

—Mira lo que hiciste —dijo Akeno, meciendo a la niña.

—¿Yo?

¡Tú me dijiste que el pelo era rojo y no me diste explicaciones!

—No tuve tiempo.

Acabo de parir, Katsuki.

Acabo de expulsar a un ser humano de mi cuerpo.

Perdona si no estoy para dar clases de genética.

Bakugō abrió la boca para responder, pero no salió nada.

Porque era verdad.

Ella acababa de parir.

Sangraba.

Sudaba.

Estaba agotada.

Y él la estaba acusando de infidelidad.

—Yo…

—comenzó, pero no supo cómo seguir.

—Sal —dijo Akeno.

—¿Qué?

—Sal.

Ahora.

No quiero verte.

—Akeno…

—¡SAL!

Bakugō salió.

— La Explicación Mitsuki lo encontró en el pasillo, sentado en el suelo, con la cabeza entre las manos.

—¿Qué pasó?

—preguntó.

—El bebé tiene pelo rojo —respondió él, con voz apagada.

—¿Y?

—No es mío.

—¿Cómo sabes que no es tuyo?

—Porque no tenemos pelo rojo.

—Katsuki.

—Mitsuki se arrodilló frente a él—.

¿Sabes cómo funcionan los genes?

—Claro que sé.

—Entonces sabes que los abuelos pueden tener colores de pelo que los padres no tienen.

—¿Qué?

—Mi madre tenía el pelo rojo.

Tu bisabuela.

Se llama pelo rojo.

Y tu abuela también.

Es un gen recesivo que puede saltar generaciones.

Bakugō levantó la cabeza.

—¿Mentira.

—Pregúntale a tu padre.

Él tiene fotos.

—¿Entonces…

el bebé es mío?

—¿De quién va a ser, idiota?

Si Akeno no ha estado con nadie más.

Tú lo sabes.

Yo lo sé.

Todos lo sabemos.

Pero tú, en tu inseguridad, acabas de acusar a la mujer que acaba de parir de engañarte.

Bakugō sintió que el suelo se movía.

—Mierda —susurró.

—Mierda, sí.

—¿Qué hago?

—Pedir perdón.

Y rezar para que no te mate.

Bakugō se levantó.

Caminó hacia la puerta.

La abrió.

Akeno seguía en la cama, con la bebé en brazos, llorando en silencio.

—Akeno —dijo él—.

Lo siento.

—No quiero oírlo.

—Lo siento mucho.

—Dije que no.

—Fui un idiota.

—Lo sé.

—Un idiota inseguro.

—También.

—Un idiota inseguro que no sabe genética.

—Eso es lo peor.

Bakugō se acercó a la cama y se arrodilló.

—¿Hay alguna posibilidad de que me perdones?

—¿Por qué debería?

—Porque te quiero.

Porque desde que tengo nueve años solo he querido estar contigo.

Porque si me echas ahora, no sé qué voy a hacer.

Akeno lo miró.

Sus ojos estaban rojos de llorar.

—Katsuki —dijo—.

Eres el hombre más estúpido que he conocido.

—Lo sé.

—Nunca te he sido infiel.

—Lo sé.

Lo comprobé.

—¿Cómo lo comprobaste?

—Mi madre me dijo que el pelo rojo viene de mi bisabuela.

Akeno parpadeó.

—¿Tu bisabuela?

—Sí.

—¿Eso existe?

—Aparentemente.

Hubo un largo silencio.

Luego, Akeno rió.

Una risa entre lágrimas, agotada, pero real.

—Eres un idiota.

—Lo sé.

—Ven aquí.

Bakugō se acercó más.

Akeno puso la bebé en sus brazos.

—Sujétala bien.

La cabeza, Katsuki.

Siempre la cabeza.

Bakugō miró a su hija.

La pequeña había dejado de llorar y ahora lo miraba con sus enormes ojos rojizos, idénticos a los suyos.

—Es igualita a mí —dijo.

—En los ojos, sí.

En el pelo, es como tu bisabuela.

—Le pondremos Rías.

Como tu amiga.

—Rías Himejima-Bakugō.

—Rías Bakugō-Himejima.

El mío primero.

—Discutiremos eso después.

—Está bien.

Bakugō se inclinó y le dio un beso en la mejilla a su hija.

Luego, sin levantarse, le dio un beso en los labios a Akeno.

—Nunca más dudaré de ti —prometió.

—Palabra de Bakugō.

—Palabra de Bakugō.

—Bien.

—Akeno sonrió—.

Ahora tráeme comida.

Parir hambrea.

—¿Qué quieres?

—Todo.

—Eso no es un plato.

—Ahora lo es.

Bakugō fue a la cocina.

Cuando regresó con una bandeja llena de todo lo que encontró, Akeno ya estaba dormida, con Rías acurrucada contra su pecho.

La pequeña pelirroja lo miró con un ojo, parpadeó lentamente, y también se durmió.

—Bueno —murmuró Bakugō, dejando la bandeja en la mesita—.

Somos una familia.

—Sí —dijo Akeno, sin abrir los ojos—.

Somos una familia.

Afuera, el sol comenzaba a salir.

— Pensamientos de Bakugō: Casi la pierdo por mi estupidez.

Por una simple falta de genética.

Nunca me voy a perdonar.

Pero ella sí me perdonó.

Y su perdón vale más que cualquier orgullo.

Voy a ser el mejor padre.

Y el mejor novio.

Y el mejor esposo.

Se lo debo.

Pensamientos de Akeno: Pensé que me iba a dejar.

Pensé que aprovecharía la excusa para irse.

Pero no.

Se quedó.

Y pidió perdón.

Con lágrimas en los ojos.

Mi Katsuki llorando.

Nunca lo había visto así.

Duele que dudara de mí.

Pero duele más pensar que él sufrió por eso.

Ya está.

Lo perdoné.

No vuelvo a mencionarlo.

Pero si alguna vez vuelve a dudar…

lo electrocutaré.

Y no será un poquito.

— El Pelo Rojo y la Descarga Eléctrica Tres meses después, la discusión volvió a surgir.

No por infidelidad, sino por curiosidad.

—¿Estás seguro de que tu bisabuela tenía el pelo rojo?

—preguntó Akeno, mientras Rías gateaba por el tatami.

—Mi madre dijo que sí —respondió Bakugō.

—Pero ¿viste las fotos?

—No.

—Entonces no lo sabes.

—Mi madre no miente.

—Tu madre también dijo que el ratón Pérez existe hasta que cumplí diez años.

—Eso es diferente.

—¿Cómo?

—Porque el ratón Pérez es mentira.

Mi bisabuela era real.

—¿Estás seguro?

—Bueno…

no.

Akeno suspiró.

—Katsuki, ¿todavía crees que pudo ser de otro?

—No es que lo crea.

Es que no me gusta no saber.

—¿Y si te demuestro que no hay otro?

—¿Cómo?

Akeno se levantó, fue a un armario, y sacó un álbum de fotos.

—Esto es de mi familia —dijo—.

Mi madre.

Mi abuela.

Mi bisabuela.

Fue abriendo páginas.

En todas, las mujeres tenían el pelo negro.

—Mi familia solo tiene pelo negro —dijo Akeno—.

Desde hace generaciones.

El rojo no aparece.

—Entonces…

—Entonces el rojo es tuyo.

Aunque no tengas fotos.

—¿Y si hubieras estado con otro pelirrojo?

—Si hubiera estado con otro pelirrojo, también me habrías conocido.

No salgo de mi casa excepto para verte a ti.

—Eso es cierto.

—Entonces, ¿de qué dudas?

—No dudo.

Solo…

verifico.

—Verificar es dudar.

—Verificar es asegurarme.

—Son la misma cosa.

—No.

—Sí.

—No.

—Katsuki Bakugō —Akeno cerró el álbum con fuerza—.

¿Me vas a pedir perdón otra vez o tengo que electrocutarte?

—No voy a pedir perdón por preguntar.

—No preguntaste.

Acusaste.

—No acusé.

Pregunté.

—Tu tono fue acusatorio.

—Mi tono siempre es así.

—Conmigo no.

Conmigo eres suave.

—No soy suave con nadie.

—Con Rías sí.

—Rías es mi hija.

—Yo soy la madre de tu hija.

También merezco suavidad.

Bakugō se quedó callado.

Porque era verdad.

—…Lo siento —dijo—.

No debí dudar.

—No.

No debiste.

—¿Me perdonas?

—Ya te perdoné.

Pero si vuelves a dudar…

—¿Qué?

Akeno levantó la mano.

Una pequeña chispa saltó entre sus dedos.

—Te electrocutaré.

Y no será un aviso.

—Ya me has electrocutado antes.

—Esta vez será con ganas.

—…Está bien.

Akeno bajó la mano.

Rías, que había estado observando la discusión con sus grandes ojos rojizos, gateó hasta su padre y se subió a su regazo.

—Papá —dijo, con su voz balbuceante—.

Papá tonto.

—¿Qué dijiste?

—Papá tonto.

Mamá dice.

—Akeno.

—Yo no enseñé eso.

—Mientes.

—Miento, sí.

Pero aprendió sola.

Bakugō agarró a Rías y la alzó en el aire.

—Eres una pequeña traviesa —dijo—.

Igual que tu madre.

—Papá —Rías rió, mostrando sus dos dientecitos—.

Papá explota.

—Sí.

Papá explota.

—Mamá rayo.

—Sí.

Mamá rayo.

—Rías…

—la bebé pensó un momento—.

¡Rías roja!

—Eso —dijo Akeno, acercándose y acariciando su pelo—.

Rías roja.

Nuestra pequeña roja.

—Nuestra —acordó Bakugō.

Y así, entre risas, discusiones, chispas y explosiones, la familia Himejima-Bakugō (o Bakugō-Himejima, aún no decidían) comenzó su camino.

Un camino lleno de rayos y detonaciones.

De amor y de caos.

De un pelo rojo que, aunque nadie sabía de dónde había salido, era el más hermoso que habían visto jamás.

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