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Mi Familia Explosiva - Capítulo 30

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Capítulo 30: Capítulo 30

El autobús de la U.A. avanzaba por la carretera costera, con el sol de la mañana reflejándose en el mar a la izquierda y las montañas verdes a la derecha. En el interior, el ambiente era una mezcla de nervios, emoción y, en algunos casos, sueño.

-No puedo creer que hayamos madrugado tanto -bostezó Kaminari, recostado contra la ventanilla.

-Son las siete de la mañana -dijo Iida, sentado erguido como un soldado-. Es una hora perfectamente razonable.

-Razonable para los que duermen ocho horas. Yo dormí cuatro.

-Eso es problema suyo, no del autobús.

-Iida, eres cruel.

-Soy eficiente.

Detrás de ellos, Kirishima y Mina jugaban a las cartas en un asiento compartido. Más atrás, Todoroki miraba por la ventana con su expresión habitual de vacío elegante. Uraraka e Izuku hablaban en voz baja sobre la próxima excursión.

En la fila central, Bakugō estaba sentado junto a la ventanilla, con los brazos cruzados y el ceño fruncido. No le gustaban los viajes largos. No le gustaban las multitudes. Y definitivamente no le gustaba que el autobús fuera tan lento.

A su lado, Akeno sostenía a Rías en su regazo. La bebé llevaba un vestido rojo claro con mangas de encaje, el pelo rojo fuego recogido en dos pequeños moños laterales, y unos zapatitos blancos que no paraban de moverse al ritmo de una canción.

-Mamá -dijo Rías, dando palmaditas en el pecho de Akeno-. Canción.

-¿Qué canción quieres? -preguntó Akeno, acariciando su cabeza.

-La de los animales.

-¿La de los animales? ¿La que te enseña tu abuela Mitsuki?

-Sí. Esa. La de los animales que hablan.

-Esa no habla de animales -intervino Bakugō-. Esa habla de un granjero que pierde su sombrero.

-Para ella, los animales hablan -respondió Akeno-. Déjala.

Rías asintió con energía.

-Animales hablan. Rías oye.

-¿Oyes a los animales? -preguntó Kirishima desde atrás, con curiosidad.

-Sí. El gato dice miau. El perro dice guau. La vaca dice muuu. Los animales hablan.

-Eso no es hablar. Eso es sonidos.

-Sonidos son palabras para animales.

Kirishima se quedó callado, procesando.

-…Tiene un punto -admitió.

Akeno sonrió y comenzó a cantar. Su voz era suave, melodiosa, y la canción -a pesar de tratar sobre un granjero calvo- sonaba casi celestial.

-“El granjero perdió su sombrero, lo buscó en el gallinero. Las gallinas le dijeron: ¡No lo tenemos, no lo tenemos!”

Rías la acompañaba con palmadas y gritos de “¡No lo tenemos!” cada vez que llegaba el estribillo. Bakugō fingía no escuchar, pero sus dedos tamborileaban en el reposabrazos siguiendo el ritmo.

-Es mona -dijo Mina desde su asiento-. Muy mona.

-Es insoportable -corrigió Bakugō.

-Es mona e insoportable -acordó Mina-. Y es igualita a ti.

-No soy insoportable.

-Eres insoportable y explosivo. Es tu marca registrada.

-Mi marca registrada es ganar.

-Eso también.

En la parte delantera del autobús, sentados con los profesores, los Tres Grandes de la U.A. conversaban en voz baja. Mirio Togata, con su sonrisa perpetua y su cabello rubio despeinado, miraba hacia atrás de vez en cuando con curiosidad.

-Esos dos -dijo, señalando a Bakugō y Akeno-. Los del festival. Son impresionantes.

-¿Los padres adolescentes? -preguntó Nejire Hadō, flotando ligeramente sobre su asiento-. La chica tiene un Quirk muy bonito. Parece una diosa.

-Y el chico tiene una determinación feroz -añadió Tamaki Amajiki, encogido en su capucha.

-No hablaste con ellos en el festival -dijo Mirio-. Deberías acercarte.

-No quiero. Las multitudes me dan ansiedad.

-Nosotros te protegemos.

-Eso no ayuda.

-Lo sé. Pero lo intento.

El autobús cruzó el cartel de “Bienvenidos a Kuoh” y la carretera se volvió más estrecha, flanqueada por árboles centenarios. La ciudad apareció a lo lejos: pequeña, aparentemente tranquila, con casas de estilo tradicional mezcladas con edificios modernos.

-Es bonita -dijo Uraraka, pegando la cara a la ventanilla-. Parece sacada de una postal.

-No te fíes de las postales -dijo Jirō, con los auriculares puestos-. Las postales mienten.

-¿Tú crees que todo es mentira?

-Creo que todo tiene una capa de mentira. Lo bonito suele esconder algo.

-Eso es muy cínico.

-Eso es experiencia.

Mina, que había dejado las cartas para mirar el paisaje, señaló hacia lo alto de una colina.

-Miren eso.

Todos giraron la cabeza.

La Academia Kuoh se alzaba sobre la ciudad como un castillo de cuento de hadas. Era enorme, de piedra blanca, con torres puntiagudas y jardines perfectamente cuidados. Parecía más una universidad europea que un instituto japonés.

-Es preciosa -susurró Uraraka.

-Es intimidante -corrigió Kaminari.

-Las dos cosas -dijo Akeno, mirándola con una expresión que mezclaba añoranza y aprensión.

El autobús se detuvo frente a la puerta principal. Dos figuras los esperaban.

La primera era Rías Gremory.

Su cabello rojo fuego caía en ondas sobre sus hombros, y sus ojos verdes brillaban con una luz que parecía propia. Vestía el uniforme de la Academia Kuoh: chaqueta negra, falda a cuadros rojos y negros, y una corbata roja. Su presencia era magnética, serena, pero con un trasfondo de poder contenido.

A su lado, una chica más baja, de cabello negro lacio recogido en una cola de caballo baja, y gafas redondas que le daban un aire de bibliotecaria estricta. Su uniforme era idéntico, pero llevaba una insignia de plata en el pecho que la identificaba como miembro del consejo estudiantil.

-Rías -dijo Akeno en voz baja, al verla desde la ventanilla.

Rías Gremory sonrió. Era una sonrisa que iluminaba su rostro y que contrastaba con la tensión que Shuri había mencionado. Pero Akeno la conocía demasiado bien para no notar la sombra detrás de esa sonrisa.

El autobús se detuvo. Las puertas se abrieron.

Aizawa fue el primero en bajar, seguido por los Tres Grandes y el resto de la clase. Los estudiantes de Kuoh que pasaban por allí se detuvieron a mirar, curiosos.

Rías Gremory dio un paso adelante, y sus ojos encontraron a Akeno, que acababa de bajar del autobús con Rías bebé en brazos y Bakugō detrás.

No hubo palabras. No las necesitaron.

Rías Gremory cruzó los pocos metros que las separaban y abrazó a Akeno con fuerza. Un abrazo largo, profundo, de esas amigas que no se ven todos los días pero que cuando se encuentran, el tiempo no ha pasado.

-Te extrañé -dijo Rías Gremory contra el hombro de Akeno.

-Yo también -respondió Akeno, con la voz ligeramente rota.

Se separaron. Rías Gremory bajó la vista hacia la pequeña pelirroja que Akeno sostenía.

-Y tú debes ser Rías.

La bebía abrió los ojos como platos. Reconoció a la mujer pelirroja de las fotos, de las videollamadas, de las historias que su madre le contaba antes de dormir.

-¡Rías madrina! -gritó Rías bebé, estirando los bracitos hacia ella.

Rías Gremory rió, y la risa sonó como agua cristalina. Tomó a la niña en sus brazos con una naturalidad que sorprendió a todos.

-Eres igualita a las fotos -dijo, acariciando su pelo rojo-. Y más bonita.

-Rías bonita -asintió la bebé-. Rías madrina bonita también.

-Gracias, pequeña.

-¿Rías madrina triste?

Rías Gremory parpadeó, sorprendida.

-¿Por qué dices eso?

-Porque ojos madrina brillan. Mamá dice que cuando los ojos brillan es porque se quiere llorar o se quiere reír. Si no ríes, es que quieres llorar.

El silencio se extendió. Los compañeros de la U.A. observaban la escena sin atreverse a respirar.

Rías Gremory sonrió, y esta vez la sonrisa llegó a sus ojos.

-No sé si voy a llorar o reír -admitió-. Pero tenerte aquí me hace querer hacer las dos.

-Rías puede hacer las dos. Mamá dice que está bien.

-Tu mamá es muy sabia.

-Mamá es lista. Papá es explosión.

-¿Y tú?

-Rías es roja.

Rías Gremory rió de verdad. Una risa que liberó parte de su tensión.

-Eres perfecta.

Rías bebé asintió, como si ya lo supiera.

Luego, Rías Gremory levantó la vista hacia Bakugō, que estaba de pie detrás de Akeno con las manos en los bolsillos y el ceño fruncido.

-Katsuki. -Rías Gremory lo miró-. Qué bueno verte.

-Igualmente -respondió él, con su tono habitual.

-Sigues igual de guapo.

Bakugō se quedó callado. Sus orejas se pusieron rojas.

-No digas tonterías -gruñó.

-No son tonterías. Es la verdad. Aunque no te guste escucharla.

-¿Quieres que te explote algo?

-¿Puedes explotar la tarea que me dejaron? Es de matemáticas.

-No.

-Entonces no amenaces.

-No amenazo. Adviento.

-¿Advierto?

-Eso.

Rías Gremory sonrió y le devolvió la bebé a Akeno.

-Te has vuelto más divertido, Katsuki. Antes solo explotabas.

-Sigo explotando.

-Pero ahora también haces chistes malos.

-No son chistes. Son observaciones.

-Las observaciones graciosas son chistes.

-Eso es mentira.

-Es verdad.

-No.

-Sí.

-Ya está bien -interrumpió Akeno, con una sonrisa-. No peleen el primer minuto.

-No peleamos. Discutimos con cariño -dijo Rías Gremory.

-Discutir con cariño es la base de la amistad -añadió Bakugō.

-¿Quién te enseñó eso?

-Tu esposa.

-No soy su esposa -dijo Akeno.

-Aún no -dijo Bakugō.

-Eso no significa que pueda enseñarle cosas.

-Sí.

-No.

-Sí.

Los compañeros de la U.A. observaban la escena con una mezcla de asombro y diversión.

-Bakugō discute con todo el mundo -murmuró Kaminari-. Hasta con las amigas de su novia.

-Es su lenguaje del amor -dijo Kirishima-. Molestar.

-Qué lenguaje más raro.

-Pero efectivo. Mira, Rías Gremory está sonriendo.

Era cierto. La tensión que Akeno había notado seguía ahí, en el fondo, pero por un momento se había disipado.

La chica de las gafas, que había esperado pacientemente, dio un paso adelante.

-Disculpa -dijo, con voz firme pero educada-. Soy Sona Sitri, presidenta del consejo estudiantil. Les daré un tour por las instalaciones mientras sus profesores se reúnen con el director.

-Un placer -dijo Iida, haciendo una reverencia tan abrupta que casi choca con Kaminari-. Soy Iida Tenya, delegado de la Clase 1-A. Permítame agradecerle de antemano su hospitalidad.

-No es necesario agradecer -respondió Sona-. Es nuestra obligación como anfitriones.

-La obligación no excluye la gratitud.

-La gratitud no exige formalidades excesivas.

-Las formalidades son el marco de una sociedad civilizada.

-El marco debe ser flexible para adaptarse a las circunstancias.

-La flexibilidad sin estructura es caos.

-La estructura sin flexibilidad es opresión.

Se quedaron mirándose.

-Me gusta usted -dijo Sona.

-Usted también me cae bien -dijo Iida.

-¿Puedo enseñarle las instalaciones personalmente?

-Sería un honor.

-Entonces venga.

Iida la siguió como un cachorro. Kirishima abrió la boca para decir algo, pero Mina lo detuvo.

-No interrumpas. Está pasando algo hermoso.

-Parece más un debate filosófico que un tour.

-Es su forma de coquetear.

-¿Eso es coquetear?

-Para gente intelectual, sí.

-Qué raro.

-Muy raro. Pero bonito.

El grupo se puso en marcha. Sona caminaba delante con Iida, explicando la historia de la academia. Akeno caminaba junto a Rías Gremory, con Rías bebé en brazos y Bakugō pegado a su lado. Los demás compañeros los seguían, mirando los edificios con curiosidad.

-La escuela tiene más de cien años -explicaba Sona-. Originalmente era un colegio para señoritas, pero se volvió mixto hace dos décadas.

-¿Y por qué está tan alejada de la ciudad? -preguntó Yaoyorozu.

-Para fomentar la concentración académica. Lejos del ruido, más cerca del conocimiento.

-Esa es una filosofía interesante.

-Es una filosofía efectiva.

Pasaron por el edificio principal, la biblioteca (que era enorme, con vitrales y estanterías de roble oscuro), el gimnasio, el campo de deportes, y finalmente llegaron a una zona más apartada del campus. Los árboles se volvían más densos, el camino de tierra más estrecho.

-Aquí -dijo Sona, deteniéndose frente a un edificio antiguo de piedra negra, rodeado de árboles y con una puerta de madera tallada-. El edificio de lo oculto.

Los estudiantes de la U.A. intercambiaron miradas.

-¿Lo oculto? -preguntó Kaminari.

-Es una denominación antigua. El edificio solía albergar un club de investigación de fenómenos sobrenaturales. Ahora es una residencia para estudiantes con… circunstancias especiales.

-¿Circunstancias especiales? -preguntó Jirō.

-Circunstancias que no vienen al caso explicar ahora -respondió Sona con una sonrisa que no era del todo amable-. Rías Gremory reside aquí. Por si quieren verla más tarde, ahora que terminó la visita guiada.

Rías Gremory, que había estado en silencio durante el tour, asintió.

-Gracias, Sona. Me encargo yo.

-Lo sé. -Sona se giró hacia Iida-. ¿Le importaría acompañarme a la sala de profesores? Necesito discutir los horarios de la semana.

-En absoluto -respondió Iida, enderezando la postura-. Será un placer.

Se fueron. Los demás se quedaron frente al edificio de lo oculto, mirando las piedras negras y las ventanas empañadas.

-¿Aquí vives? -preguntó Mina a Rías Gremory.

-Aquí vivo.

-Es… misterioso.

-Lo es. Pero también es acogedor. Una vez que te acostumbras a las corrientes de aire.

-¿Corrientes de aire?

-El edificio es viejo. Las ventanas no sellan bien.

-Ah.

Bakugō miró a Akeno.

-¿Tú sabías de esto?

-Sí.

-¿Y no me lo dijiste?

-No era mi secreto.

-Ya.

Rías Gremory los miró a ambos.

-Entren. Les enseño el interior. Y de paso… tenemos que hablar.

-¿Hablar de qué? -preguntó Kirishima.

-De por qué la U.A. eligió Kuoh para esta excursión. Y de por qué Sona aceptó tan rápido.

-¿Hay una razón?

-Siempre hay una razón. -Rías Gremory abrió la puerta-. La pregunta es si están listos para escucharla.

El edificio las tragó en su penumbra.

Dentro, algo esperaba.

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