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Mi Familia Explosiva - Capítulo 29

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Capítulo 29: Capítulo 29

La noche antes de la excursión a Kuoh, Akeno se sentó en la cocina de la casa de los Bakugō con el teléfono en la mano. Afuera, la lluvia golpeaba suavemente las ventanas, y Rías ya estaba dormida en su cuna después de una noche de juegos y papilla de calabaza. Bakugō estaba a su lado, repasando mentalmente las técnicas que Gran Torino había intentado inculcarle, pero sus ojos se desviaban hacia ella de vez en cuando.

—¿Vas a llamarla o vas a quedarte mirando el teléfono hasta que se descargue la batería? —preguntó él, sin levantar la vista de la hoja de entrenamiento.

—Estoy reuniendo valor —respondió Akeno.

—¿Para llamar a tu madre? ¿Desde cuándo necesitas valor para eso?

—Desde que sé que vamos a ir a Kuoh. Mi madre tiene un sexto sentido para detectar problemas. Y cuando huele problemas, se vuelve… intensa.

—Más intensa de lo normal.

—Sí.

—¿Y eso es malo?

—Eso es agotador.

Bakugō levantó la vista y la miró.

—Llama. Yo estoy aquí. Si se pone intensa, le grito.

—No le grites a mi madre.

—Entonces le hablo fuerte.

—Eso es gritar.

—Es hablar con proyección.

—Es gritar con excusa.

—Exacto.

Akeno rió, y el nudo en su pecho se aflojó un poco. Marcó el número.

La línea sonó una vez. Dos. Tres.

—¿Akeno? —la voz de Shuri Himejima al otro lado era cálida, pero con ese deje de autoridad que acompañaba todas sus palabras—. ¿Eres tú, hija?

—Soy yo, mamá.

—¡Qué alegría oírte! Hace días que no llamas. ¿Cómo está Rías? ¿Cómo está el nuevo bebé? ¿Cómo está ese chico explosivo?

—Todos bien. Rías está durmiendo ahora mismo. El bebé… se mueve mucho. Parece que va a ser tan inquieto como su hermana.

—Eso es herencia Bakugō —dijo Shuri, y Akeno pudo oír la sonrisa en su voz—. ¿Y Katsuki?

—Está aquí a mi lado. Hace como que entrena, pero en realidad me vigila.

—No hago como que entreno —protestó Bakugō al fondo—. Entreno de verdad.

—Te oigo, muchacho —dijo Shuri—. Sigue así. Que mi hija no se descuide.

—No se descuida. La cuido.

—Bien. Porque si no, subo a Tokio y te convierto en rana.

—Usted no sabe convertir personas en ranas.

—Eso crees.

—Mamá —interrumpió Akeno—. Llamo porque tenemos que hablar de algo importante.

Shuri cambió el tono. Se volvió más seria, más atenta.

—¿Qué pasa? ¿Están bien?

—Estamos bien. Pero la U.A. ha organizado una excursión de entrenamiento a Kuoh. Vamos a estar una semana radicando en la Academia Kuoh.

El silencio al otro lado fue breve, pero denso.

—¿En la Academia Kuoh? —repitió Shuri.

—Sí. El director Nezu hizo los arreglos. Parece que los de la academia aceptaron sin problemas.

—¿Sin problemas? —Shuri hizo una pausa—. Eso es… inesperado.

—Eso mismo pensé yo.

—¿Y saben…? —Shuri dejó la frase en el aire.

—No saben. No todavía. Aizawa-sensei intuye que hay algo extraño en la ciudad, pero no sabe qué. Yo no le he contado nada. No es mi secreto.

—Bien hecho. Rías Gremory debe ser quien decida cuándo y cómo contar su verdad.

—Precisamente por eso llamo. ¿Cómo está ella, mamá? La semana pasada parecía agotada.

Shuri suspiró. Era un suspiro que Akeno conocía bien: el suspiro de alguien que lleva un peso que no puede compartir del todo.

—Está estresada, Akeno. Muy estresada. Las responsabilidades de su familia son cada vez más pesadas, y ella es joven. Demasiado joven para llevar todo eso sola.

—¿No la ayudan sus hermanos? ¿Su madre?

—La ayudan. Pero hay cosas que solo ella puede hacer. Cosas que no te puedo explicar por teléfono.

—¿Son peligrosas?

—Son… delicadas. —Shuri hizo otra pausa—. Lo verás cuando llegues. Ella te lo contará. Y quizás, con vosotros allí, se sienta un poco más acompañada.

Akeno apretó el teléfono con fuerza.

—¿Quieres que hable con ella antes de ir? ¿Que le diga…

—No. —Shuri la interrumpió—. Déjala. Está durmiendo ahora mismo por primera vez en tres días. No la despiertes. Cuando lleguéis a Kuoh, la verás. Y entonces podrás ayudarla.

—¿Tú crees que yo puedo ayudarla?

—Tú eres su mejor amiga, Akeno. No hay nadie en quien confíe más. Si alguien puede ayudarla, eres tú. Y ese chico explosivo que tienes a tu lado también puede ayudar. Aunque sea solo para hacer reír a la gente con sus ocurrencias.

—Yo no hago reír —dijo Bakugō desde el fondo.

—Haces reír a Rías. Eso cuenta.

—Rías es un bebé. Se ríe de cualquier cosa.

—Entonces eres gracioso para bebés.

—Eso no es un cumplido.

—Es el único que vas a recibir de mí.

—…Tsk.

Akeno sonrió. La conversación con su madre siempre tenía ese efecto: la conectaba con algo más grande que ella misma, con una tradición, con una historia, con un amor que no necesitaba palabras.

—Mamá —dijo—. ¿Tú estarás ahí? ¿En Kuoh?

—Por supuesto. En el templo. Te espero con comida caliente y el cuarto preparado. También prepare unos pañales de tela para Rías, por si se le acaban los de papel.

—Eres la mejor madre del mundo.

—Lo sé. Pero no lo digas muy alto, que Inko podría oírte y se iba a poner triste.

—Inko-san no es mi madre.

—Pero te quiere como si lo fuera.

—Eso es verdad.

—Cuídate, hija. Y cuida a mi nieta. Y a ese chico explosivo, aunque no se lo merezca.

—Se lo merece. Un poco.

—Solo un poco.

—Adiós, mamá. Nos vemos en Kuoh.

—Que los dioses te acompañen, Akeno Himejima.

La llamada terminó. Akeno se quedó mirando la pantalla del teléfono, que mostraba la foto de Shuri con Rías en brazos, tomada el día en que la bebé cumplió un mes.

—¿Tu madre siempre es tan intensa? —preguntó Bakugō.

—Siempre.

—¿Y tu amiga Rías Gremory? ¿También es intensa?

—Es intensa de otra manera. Ella no grita. Ella… te mira. Y cuando te mira, sientes que está viendo todo lo que eres y todo lo que puedes llegar a ser.

—Suena a presión.

—Es presión. Pero también es un regalo. Porque cuando ella cree en ti, sabes que no es mentira. Es real.

Bakugō asintió, procesando.

—Entonces iremos. Veremos a tu amiga. Y si está estresada, la ayudaremos.

—¿Ayudarás aunque no te haya pedido ayuda?

—La gente que necesita ayuda no siempre la pide. Por eso hay que dársela sin que la pidan.

Akeno lo miró.

—¿Cuándo te volviste tan sabio?

—Cuando empecé a salir contigo. La sabiduría se contagia.

—No, se adquiere por ósmosis.

—Eso es lo mismo.

—No es lo mismo. Una es ciencia. La otra es biología.

—Discutiremos después. Ahora, a dormir. Mañana hay que empacar y Rías se despierta temprano.

—Sí, señor.

—No me llames señor.

—Sí, señor.

—Akeno.

—Lo siento. Es más fuerte que yo.

—¿El sarcasmo?

—El amor.

Bakugō se quedó callado. Luego, lentamente, sonrió.

—Tonta.

—Tu tonta.

Se besaron. Un beso suave, de esos que no necesitan pasión para ser profundos. Un beso de promesa. Un beso de “pase lo que pase, estamos juntos”.

Al otro lado de la ciudad, en el templo de la montaña, Shuri Himejima colgó el teléfono y miró por la ventana. La luna se reflejaba en el jardín. Las luciérnagas bailaban entre los árboles.

—Van a venir —dijo en voz alta.

A su lado, una figura pelirroja se removió en el sofá. Rías Gremory abrió los ojos lentamente, todavía soñolienta.

—¿Quién? —preguntó.

—Akeno. Su chico. La bebé. Todo el mundo.

—¿Todo el mundo? —Rías se incorporó, frotándose los ojos—. ¿Todo el mundo de la U.A.?

—Sí. Van a hacer una excursión a Kuoh. Van a estar en la academia.

Rías se quedó callada. Luego, una sonrisa cansada pero genuina se dibujó en su rostro.

—Hace tiempo que no la veo.

—Lo sé. Por eso será bueno.

—¿Y los demás? ¿Los de la academia? ¿Sabrán…?

—No. No sabrán. Akeno no les ha contado nada.

—Es una buena amiga.

—Es la mejor.

Rías Gremory se levantó y se acercó a la ventana. La luna llena iluminaba la ciudad de Kuoh, esa ciudad envuelta en secretos y velos que apenas empezaban a levantarse.

—Akeno —murmuró—. ¿Qué habrá sido de ti? ¿Cómo serás ahora? ¿Cómo será tu hija?

—Igual que tú —respondió Shuri—. Fuerte. Valiente. Y demasiado responsable para su edad.

—Eso es porque tiene una buena madre.

—Y una buena amiga.

Se quedaron en silencio, mirando la noche.

Kuoh las esperaba.

Y con Kuoh, un reencuentro que cambiaría algo más que una amistad.

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